Ágora

La política ha vuelto al ágora, pero a su manera. En aquellos emplazamientos griegos, representaciones perfectas del encuentro mercantil, cultural y de discusión política, con las asambleas a la orden del día, Pericles se erigió como uno de sus personajes más destacados, sino el que más. El denominado “primer ciudadano de Atenas”, un verdadero virtuoso de la palabra y de la argumentación, era perfectamente conocido por los que allí acudían. Se estaba afinadamente al tanto de cómo era, cómo se movía o cómo hablaba dicho protagonista, incluso también del mayor o menor atractivo físico. Cuestión de gustos.

Con el paso de los años, muchos a decir verdad, la comunicación política tiene muy presente estos hechos y el aspirante a un determinado puesto, denominado incluso “salvador” como consecuencia de la intensidad y cariz de la campaña, es exhibido como un verdadero producto a la ciudadanía. Ese marketing político hace exactamente lo mismo con la manifestación de una idea concreta, esa que te permite ganar unas elecciones: “Yes we can” en los Estados Unidos, expresión muy manida ya en multitud de acontecimientos deportivos, y “Por el cambio”, en la reciente casuística e historia española.

La realidad del momento, principalmente cuando llega una campaña electoral, pero no sólo en esos días de intensa actividad, es preocuparse por aspectos en ocasiones nimios de la actuación del político de turno. Su atuendo, la búsqueda de la significación en la corbata elegida y en el color de la misma, o la manera de mover las manos son analizados al milímetro, dejando en ocasiones en un segundo plano la manifestación de las ideas o la confrontación de pareceres que tanto destacaban en la Antigua Grecia. Ocupan no poco espacio en la construcción de ese producto en el que se ha convertido el pretendiente a un cargo público.

Echando una mirada selectiva al pasado se podría iniciar la búsqueda, en un tiempo no tan lejano, para el perfeccionamiento de una democracia, la española, sobre la que aparecen muchas voces discrepantes y que abogan por una reforma en profundidad. Hace poco más de cuarenta años, la prehistoria del sistema que vivimos en la actualidad, tuvieron lugar los maravillosos debates constitucionales, que algunos tildaron, parafraseando a José Ortega y Gasset, de “jabalíes y tenores”; las oratorias en el Congreso de los Diputados y el Senado evidenciaban la brillantez e ingente formación de sus señorías, sin papeles, pero con las ideas claras y la capacidad de manifestarlas de igual manera; el voto en conciencia era empleado en no pocas ocasiones, ese que hoy en día está reducido a la mínima expresión, previo pago de una multa por romper lo que llaman “disciplina de partido”; y era palpable y evidente la intencionalidad de la gran mayoría de formaciones políticas de llegar a acuerdos, renunciando a sus prelados iniciales y buscando el punto de entendimiento y consenso entre dos posicionamientos dispares.

El conocimiento de nuestro pasado permite estar al tanto los errores cometidos para evitar caer en ellos de nuevo. También para percibir con mucha mayor nitidez, mediante la perspectiva que nos dota el tiempo, las pérdidas que la ciudadanía ha sufrido en todo ese tiempo. Dentro del cambio necesario y aconsejable que requiere la democracia española bien estaría recuperar aquellas características que un día tuvimos y hoy no. No supone más que una vuelta al pasado en ese sentido, lo que se traduciría en el mantenimiento de la esencia de lo que en su día fueron aquellas plazas griegas, conocidas como ágoras.

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