El poder de la imagen

Tal día como hoy, hace cincuenta años, falleció uno de los iconos más reconocidos a nivel mundial y sobre el que siguen atisbándose un buen número de dudas y sospechas. Las relativas a su muerte, en la que las diferentes versiones dadas a conocer por las fuentes oficiales y extraoficiales no parecen resolver todos los cabos sueltos que siguen existiendo; y también con respecto a su vida, donde su “actividad” extramatrimonial, conocida después, ponían luz a un modo de comportarse bastante alejado de la imagen idílica que tenían los ciudadanos norteamericanos de antaño del que fue su presidente durante sólo dos años, diez meses y dos días. Suficiente para crear el mito.

John Fitzgerald Kennedy fue el protagonista de dar un paso más en la política, el principal responsable de la modernidad en la comunicación política, parámetros instaurados por él y su equipo y que la gran mayoría de aspirantes a un puesto en la Administración, dependiente de una votación, siguen con la esperanza de llevarlo a buen término y con idénticos resultados que JFK.

Aquel 22 de noviembre de 1963 su mandato terminó abruptamente. Había viajado a la ciudad texana de Dallas con la clara intención de popularizar aún más la imagen del presidente, con vistas a las futuras elecciones de 1964, ya que no había alcanzado la victoria en dicha localidad en los comicios pasados. El día, soleado y apacible, parecía el idóneo para que la comitiva presidencial discurriera por las calles sin la capota, dotándole de la cercanía con su pueblo que todo líder desea en ocasiones, pero no así de una indefensión tal que provocó lo que todo el mundo hoy conoce. Cuando la caravana transitaba por Elm Streeet, una serie de disparos, entre tres y cuatro según las investigaciones, acabaron con la vida de JFK en escaso lapso de tiempo, a pesar de los intentos infructuosos de los equipos médicos por salvarle. Había acabado su mandato y comenzó, en un escaso discurrir de las horas, el de Lyndon Baines Jonhson, que juró su cargo en una dependencia del avión presidencial, el Air Force One, antes de partir de vuelta hacia la Casa Blanca, con los restos mortales de Kennedy.

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Paseo presidencial el fatídico día (elpais.com)

En efemérides como la presente siempre es usual recordar la vida de los personajes que han marcado el devenir futuro de la sociedad, tanto para bien como para mal. La vida de JFK da para mucho, a nivel político y personal. Incluso el de su familia, que ha vivido una serie de tragedias desde aquel 22 de noviembre de 1963, lo que deparó en lo que se ha pasado a llamar la “maldición de los Kennedy”. Pero, aquí y ahora, nos remontaremos a un pasaje de su vida en la que aún no era presidente de los Estados Unidos, sólo aspirante al puesto junto con el republicano Richard Nixon, cuya futura labor daría para muchos artículos como el presente. Pero eso es otro tema.

El 26 de septiembre de 1960 se celebró el primer debate televisado de la historia. Más de setenta millones de estadounidenses, en un período en el que la televisión, además de ser en blanco y negro, no estaba tan generalizada como en nuestros días, habla de la magnitud del acontecimiento. En ella, además de disputarse dos proyectos políticos diferenciados, también lo hicieron dos maneras de afrontar la campaña electoral. La del candidato político que le daba una importancia capital a la comunicación política, habiéndose preparado concienzudamente el acontecimiento y siendo consciente de las potencialidades del nuevo medio; y aquel que no lo consideraba tan relevante, por lo que derivó en su falta de adaptación a las nuevas peculiaridades del debate, llevándole irremediablemente a la derrota.

Nixon decidió comparecer con un traje gris, recordemos que en los inicios de la década de los sesenta la televisión todavía era en blanco y negro, sin maquillar y todavía bajo los efectos de una reciente operación de rodilla. Sus andares en ocasiones lastimosos y el incesante sudor no lucían bien en cámara. Si a eso le sumamos la falta de preparación del futuro presidente, aunque accediera al cargo no en esa llamada a las urnas sino en una posterior, el resultado parecía evidente. Siempre visto desde el prisma actual, el de un tiempo que conoce perfectamente las potencialidades de la imagen en la disputa política.

Por su parte Kennedy adoptó una estrategia completamente diferente. El traje negro le dotó de presencia, su bronceado, apuntalado esa misma mañana, la ayuda del maquillaje que no desdeñó, así como la ingente preparación de los argumentos y de las posibles respuestas, y el hecho puntual de mirar a cámara, como el que adopta la postura de dirigirse a todos los norteamericanos, redundaron directamente en su victoria. Había ganado el debate.

La nota anecdótica de la cita se produjo al conocerse los resultados del coloquio. Es decir, cuando se sometió a escrutinio público el vencedor de la contienda. Para los oyentes de radio, que no se habían dejado influenciar por lo que le dictaban sus ojos y su conciencia, no había imagen que percibir, dieron como ganador al republicano Nixon. Mientras tanto, los telespectadores manifestaron un parecer diametralmente opuesto. Había nacido la nueva manera de hacer campaña y comenzaba a vislumbrarse el poder de la imagen. Sigue latente hoy en día, aunque con las adaptaciones propias del nuevo tiempo.

Si la figura de Kennedy supuso una nueva manera de ejercer el poder, lo que muchos han llamado la modernidad de la política, el citado debate televisivo, el primero, constituyó el del inicio del peso preponderante de la imagen como activo a la hora de arañar votos, con la inestimable colaboración del nuevo medio. Posteriormente, dentro de nuestras fronteras y en los debates entre Felipe González y José María Aznar de 1993, concretamente en el primero, se produjo un hecho de similares características. El entonces presidente descuidó completamente el formato y el aspirante no, lo que le llevó a la victoria. Sin embargo, quedaba un segundo envite para que el dirigente socialista le diera la vuelta a la tortilla, con la inestimable colaboración de Aznar, que no tenía ni por asomo el atractivo de Kennedy ni de otros dirigentes políticos de nuestro país en años pasados. Pero eso será otra historia, fruto de un pionero llamado Kennedy.

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El debate que cambió la comunicación política (abc.es)

El patio

La situación se ha vuelto tensa, muy tensa. Es lógico considerar, a los hechos y las imágenes nos remitimos, que no hay acuerdo entre ambos, que los puntos de fricción han provocado una disputa fuera de toda duda y que la solución al conflicto se antoja harto complicada, sino imposible. El dedo acusador de uno y otro apunta directamente al que ellos consideran enemigo para intentar desacreditarlo, al que ha provocado esa irrupción cuasi volcánica de ira y de argumentos, al menos ellos lo llaman así. Sus “amigos” le jalean, le animan y no hacen sino darle la razón a todo contenido que sale por su boca y a todo gesto que realiza con cualquier parte de su cuerpo; en la esquina contraria, si nos ponemos en términos pugilísticos, ocurre una situación pareja, pero es el otro adversario el que recibe el apoyo de sus fieles.

Bastaría con ir a cualquier patio de colegio para ver sucesos como los citados. Las razones ya serían las propias de los chicos de dicha edad: que le han quitado el balón para disputar el partido de turno, que se han mofado de alguien por cualesquiera que sean la causa, alguna incidencia con el almuerzo o váyase a saber los motivos. Siempre con la inocencia de los más jóvenes en el nacimiento del conflicto y en la solución, en muchas ocasiones con la acción arbitraria del adulto que busca poner fin al motivo que ha llevado a dicha disputa.

Lo verdaderamente preocupante es que esos acontecimientos se trasladen a otros patios bien diferentes: al Congreso de los Diputados o al Senado. Que la solución a los conflictos se antojen no complicado sino utópicos, que los “amigos” de uno y otro los jaleen aunque sean capaz de intentar cubrir las miserias propias y enaltecer las ajenas, que la argumentación de gran parte de ellos carezca de sentido cuando son incapaces de asumir las responsabilidades y las culpas, y que pretendan dar lecciones de ética sin haberse parado a aplicarla en el seno de sus propias formaciones políticas. Así ocurre hoy en día.

En este caso la labor arbitraria parece la nuestra, aunque sólo podamos ejercerla cada cuatro años en el peor de los casos. No parece posible que podamos conseguir a corto plazo que lleguen a un entendimiento, que establezcan unos códigos internos duros y que se apliquen para que en las formaciones destinadas a dirigir los destinos de cualquiera que sea la administración reine la decencia y la honradez. Pero si podemos alejarlos de los puestos de decisión y comenzar a hacer del patio político por excelencia el lugar que siempre debió ser. Ha perdido el rumbo, pero debemos hacer que vuelva a él.

Después de las fiestas del Pilar

En un tiempo no tan lejano las competiciones de los Juegos Escolares comenzaban “después de las fiestas del Pilar”, frase continuamente repetida a los pequeños jugadores y a sus padres, que se interesaban repetidamente a los entrenadores por el inicio de la liga. No había muchas más preocupaciones al respecto, fuera de las propias de la preparación de los respectivos equipos, la mejora de nuestros jugadores y la del cumplimiento de los objetivos que cada uno se marque, no necesariamente e imprescindiblemente vinculados a la consecución de la victoria. Estamos hablando de categorías formativas.

De un tiempo a esta parte, con la crisis económica (también política, aunque algunos no quieran verlo) los ciudadanos de a pie nos hemos tenido que preocupar por aspectos a los que hasta entonces no dedicábamos ni un ápice de nuestras inquietudes. Los dábamos por supuestos. Uno de ellos han sido los Juegos Escolares, garantes perfectos de todo el proceso educativo que deben poseer en su infancia y adolescencia los jugadores, que han visto retrasados su inicio casi un mes, pero que algunos estamentos que rigen los destinos de nuestra Comunidad parecen no darles excesiva importancia.

Esa tardanza puede ser comprensible, hablando de un modo irónico. Teniendo en cuenta que todas las Administraciones controlan al máximo todo el dinero que poseen vía impuestos, siguiendo con la ironía, que ninguno de nuestros euros se gasta de manera innecesaria, continuo con la misma sorna, y que todas, absolutamente todas, las partidas que posee el ejecutivo de turno son imprescindibles para el desempeño del buen gobierno, es comprensible que no haya lugar desde el que obtener el “chocolate del loro” que supone la puesta en marcha de los Juegos Escolares.

Hablemos en serio. Se trata de un nuevo ejemplo en el que la baraja se rompe siempre por el mismo sitio, el más débil. Los paganos son precisamente los más pequeños, los que apenas se quejan, los que su única preocupación se limita en poder jugar a fútbol sala, entrenando entre semana y disputando los encuentros los fines de semana. Quien más, quien menos, ha ido organizando torneos de pretemporada y partidos amistosos, aunque no deja de ser una solución puntual a un problema esperemos que también puntual.

Cada uno tenemos un modelo de competición ideal y son muchas las modificaciones que introduciríamos. En este caso lo aconsejable siempre es empezar por el principio, es decir, no comenzar las competiciones mucho “después de las fiestas del Pilar”, este año ha sido tras el Puente de Todos los Santos, y ceñirnos, al menos como ocurría antaño, a esa expresión antes citada. Y debemos hacerlo por el bien de la propia competición, también por las selecciones que año a año disputan los respectivos Campeonatos de España pero, ante todo, por los jóvenes. Los que apenas se quejan y sólo quieren practicar el deporte que les gusta, aunque cada vez parece que lo tienen más difícil.

Campus de Verano de Fútbol y Fútbol Sala de la FAF

Con el balón como protagonista principal. Así pasaron los más de ochenta chicos y chicas sus primeros días de vacaciones tras el largo esfuerzo de los nueve meses anteriores. Los libros, estrellas del período escolar, dejaron su hueco al esférico para el disfrute de los jóvenes futbolistas. Los madrugones del invierno dejaron el paso a los veraniegos, pero con la alegría de saber que les esperaba el cuero grande de fútbol o el más pequeño de fútbol sala para pasar las siguientes horas del día.

El intenso calor que acompañaba otras ediciones tardó en llegar una semana, no así los protagonistas de las tres semanas, que desde antes de las nueve de la mañana se agolpaban en los vestuarios prestos y dispuestos a disfrutar, con el balón como responsable. Para lo primero, los riegos de agua y las  guerras de globos se erigieron como los remedios más eficaces; para los segundos bastaba con adentrarse en uno de los campos de fútbol y fútbol sala del centro deportivo “Puente de Santiago” y empezar a realizar actividades en las que el recreo era la nota predominante.

Zaragoza.- Todos los conceptos técnicos y tácticos, tanto individuales como colectivos, además de los básicos de un buen calentamiento, fueron trabajados. Pero con una sonrisa en la cara de los pequeños. Los juegos, circuitos, sesiones de tiro y, al final de la mañana, los esperados y deseados partidillos, completaban las jornadas diarias de fútbol y fútbol sala. Todo ello intentando que el compañerismo, la alegría, el buen ambiente y la diversión no quedaran nunca en olvido, sino que fueran la nota predominante de los primeros días del verano.

Ni un segundo de respiro hasta la refrescante ducha, necesaria tras más de cuatro horas de continua actividad, en las que sólo el merecido almuerzo y el tiempo de manualidades (con el fútbol también como influencia principal de las obras de arte) ponían la pausa y daban tiempo para que repusieran sus fuerzas y volvieran al terreno de juego con más ganas, si cabe, de seguir mostrando sus dotes con el balón desde el campo o la portería.

En el recuerdo, hasta el próximo año, quedarán los partidillos de fútbol sala, siete u once; las intensas tandas de penaltis, con las celebraciones más originales a los goles o paradas; las carreras de conducción en las que los conos, en ocasiones, parecían el más rocoso defensa; los encuentros de beisbol pie en las que los monitores participaban con la misma ilusión de un niño; o el juego de las sillas, en el que se decidía el número de globos con el que posteriormente participarían en las refrescantes guerras de agua con las que aliviaron el calor de los primeros días de julio.

Con el final del IX Campus de Verano son muchas las buenas noticias que el principio triste final de la semana o semanas del clínic traen consigo. Nos espera un verano todavía largo y con mucho tiempo para seguir jugando al deporte que más nos gusta, tras él una apasionante temporada con nuestros respectivos equipos para continuar practicándolo y, al final de todo ello, ya en el horizonte, el X Campus de Verano. Para hacer más llevadera la espera seguiremos contando con el balón como fiel acompañante, justo lo que ha ocurrido en las tres primeras semanas de vacaciones.

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El cercano Atarés

Reza una famosa campaña publicitaria de un club deportivo de la ciudad que “a Zaragoza la defiende su gente”. No podía estar más de acuerdo con dicha afirmación. Cada una de las personas residentes o vinculadas emocionalmente con la noble, leal y heroica, deben ser los principales activos de la misma. Ellos y sólo ellos la conocen, la quieren, la deben cuidar y deben buscar que el paso del tiempo no sea más que la excusa perfecta para hacer de nuestras calles un lugar más habitable, próspero y el emplazamiento perfecto para desarrollar lo que un día alguien llamó bienestar.

El pasado jueves 26 de septiembre una de las personalidades que mejor la encarnan falleció como consecuencia de esa “terrible enfermedad”, terminología a la que muchos aluden para no citar la palabra cáncer, quizá como un mecanismo de defensa del ser humano. Hablar de José Atarés es hacerlo de un dirigente político en toda su magnitud, en aquellos tiempos en los que no eran concebidos como un problema, como ocurre hoy en día. Su figura encarna perfectamente a ese ciudadano con mayúsculas, que personificaba la vocación de servicio público y cuya labor política, en sus múltiples responsabilidades, se podría resumir en la búsqueda incesante de la mejora de la ciudad de Zaragoza y, por ende, de la comunidad aragonesa.

Para el recuerdo y disfrute quedarán un buen número de obras, reformas y proyectos emprendidos por la ciudad y que supusieron un notable cambio tanto en la vieja Zaragoza como en la nueva, que ya comenzaba a vislumbrarse. Y en el recuerdo a su persona las innumerables manifestaciones de cariño y afecto, encumbrando una buena cantidad de las virtudes que poseía el bueno de Pepe. Que personas que se encuentran en las antípodas del pensamiento ideológico de Atarés lo recuerden de semejante manera y lo tilden como un buen alcalde es posiblemente una de las mejores muestras de su labor al frente del consistorio, con sus aciertos y sus errores, pero siempre desde la honradez y la cercanía, en unos años en los que el Partido Popular (PP) sufría en Aragón las consecuencias del intento del Transvase del Ebro.

Una de las palabras más repetidas para definir al ex alcalde es cercanía. La que evidenciaba día a día con la gente. Le encantaba conocer de primera mano la opinión de los ciudadanos, se mostraba verdaderamente afable con todo aquel que se acercara en las no pocas ocasiones que tenían de hacerlo y recibía en la Casa Consistorial a todos los que tuvieran algún motivo para hacerlo. Incluso si era un grupo de doce chavales de apenas dieciséis años que “sólo” acababan de ganar un campeonato de España de fútbol sala. Les agasajaba  como aquel que viene a tu casa de visita y le tienes un aprecio considerable, y les hacía sentir muy importantes para la ciudad de Zaragoza. Sin apenas luz y taquígrafos, pero hecho como manera de agradecer a unos zaragozanos que, como bien dijo aquel día del mes de julio de 2002, habían “dejado en lo más alto el nombre de nuestra ciudad”.

No es más que un ejemplo. Uno que yo viví y que aparece de nuevo en mi mente, con la nitidez del que lo recuerda como un hecho inolvidable en su todavía corta existencia y con las huellas del olvido que provoca el incesante paso del tiempo. Para la práctica totalidad de los habitantes de la ciudad serán otros muchos los recuerdos que tengan de él, pero yo me quedo con éste. El que supuso mi contacto directo con el entonces regidor, el que me permitió conocer al hombre y no al político, el que me mostró al cercano Atarés, ese que hoy todos recuerdan como un buen alcalde y una mejor persona. Lástima que el reconocimiento no hubiera sido en vida, error que suele producirse en la mayoría de los casos.

José Atarés
Imagen extraída de la web del Senado

Entrevista a Rodolfo Martín Villa

Madrid.- Rodolfo Martín Villa (Santa María del Páramo, 1934) dejó de lado su formación académica de ingeniero Industrial para desempeñar diferentes responsabilidades públicas en multitud de niveles administrativos. En todas ellas destacó por su buena hacer y su diligencia, lo que le llevó a ir asumiendo puestos de mayor responsabilidad con el paso del tiempo y tener que hacer frente a ocupaciones con un notabilísimo peso específico.

Gobernador civil de Barcelona, procurador en Cortes entre la séptima y la décima legislatura,  sus mayores encargos vinieron de la mano de la Transición. Al principio como máximo responsable de la cartera de Relaciones Sindicales y, en un segundo lugar y con la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno, como ministro de Gobernación (lo que hoy se denomina del Interior). Tras un parón en ese tipo de ocupaciones, volvió a la política con la condición de no volver a desempeñar la cartera anterior, de gran dificultad y desgaste, por lo que se encargó de la Administración Territorial, todavía con Suárez, y de la vicepresidencia primera, con Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con la entrevista realizada se conocerá, de primera mano, la ingente labor del Gobierno de Unión de Centro Democrático (UCD), las campañas electorales bajo el prisma del principal encargado de que el desarrollo de las mismas se llevara a cabo de manera legal y satisfactoria, y la opinión de uno de los protagonistas más relevantes de la Transición, como se percibe con el breve repaso a a su biografía.

Pregunta.- ¿Cuándo comenzaron sus labores al frente de un ministerio?

Respuesta.- El día de la muerte de Franco era gobernador civil de Barcelona. En el primer Gobierno de la Monarquía, que se constituyó en los primeros días de diciembre, veinte días después del fallecimiento y presidido por Carlos Arias, que había sido también el presidente del último Gobierno del Generalísimo, fui ministro de Relaciones Sindicales.

P.- ¿Cómo fue ese primer Gobierno? Lo tildaron como demasiado inmovilista.

R.- Ese Gobierno era denominado Arias-Fraga, en el sentido de que algunos de los ministros se debían a la iniciativa del propio presidente del Gobierno y otros a la de Manuel Fraga, que era el vicepresidente segundo y ministro de la Gobernación. El vicepresidente primero era un teniente general del Ejército y el segundo digamos que era el líder político.

Sin embargo, más bien creo que el Gobierno no fue tanto Arias-Fraga como Rey-Arias-Fraga. Pienso y considero que, con los acontecimientos que sucedieron posteriormente y con algunas de las personas que allí estaban o estábamos, los entonces jóvenes reformistas del Franquismo, que andábamos difícilmente cumplidos los cuarenta y que hoy ya nos acercamos peligrosamente a los ochenta, la iniciativa fue más bien del Rey que del propio presidente del Gobierno.

P.- ¿No se produjeron los cambios que se vislumbraban aún antes del fallecimiento de Franco, con el denominado espíritu del doce de febrero?

R.- Fue casi dos años antes de la muerte del Caudillo. Ese tiempo se puede considerar ahora que es un período político corto pero, en aquellos tiempos, los meses eran muy largos. Yo mismo estuve de gobernador en Barcelona entre julio de 1974 y diciembre de 1975, menos de un año y medio, pero un período muy extenso e importante.

Ahí hubo un intento de cambio político que se denominó el Espíritu del 12 de febrero porque coincidió con un discurso que el presidente Arias hizo ante las Cortes. Pero la verdad es que eso no digo que no quedó en nada porque sería ser demasiado severo, pero quedó en poco.

P.- En ese primer período tras la muerte de Franco, hasta el cambio en la presidencia del Gobierno por Adolfo Suárez, ¿cómo era la prensa del momento?

R.- En la prensa, desde el punto de vista formal, se vivía la Ley que Fraga había puesto en marcha en la primavera de 1966 pero, desde el punto de vista de la aplicación práctica de las sanciones, estaba en una situación mucho más abierta. En todo caso, hay que reconocerle a Fraga que la Ley de Prensa fue un avance muy importante. Entre otras cosas se cargó la censura previa.

P.- También varió en el nombramiento del director, que anteriormente necesitaba contar con el beneplácito de la Administración.

R.- Esa era una medida muy importante pero el consumidor de prensa, yo me considero eso aunque era un político en activo, no sé si era sensible a si el director del ABC o La Vanguardia lo nombraba la empresa. Sí lo era a que no hubiera censura previa.

P.- De su segunda labor ministerial, como responsable de Gobernación, lo que hoy en día se conoce como ministro de Interior, ¿qué destacaría hasta las primeras elecciones?

R.- Es un período pequeño en el tiempo, de julio de 1976 a junio de 1977, pero no sólo fue denso sino el más fructífero. No digo de toda la historia de España, que sería de cualquier manera un poco desmesurado, sobre todo discutible dicho por mí, pero fue una etapa muy importante. Donde no había partidos políticos, en julio de 1976, los había en julio de 1977, donde no había pluralismo sindical lo había al final o donde no había cámaras representativas elegidas por sufragio universal las hubo. Y, principalmente, algo que va más allá de la solución estrictamente política, que es la reconciliación nacional.

Al final de ese tiempo sucedió una cosa que yo incido en ella mucho, que es que no hay un solo preso político en las cárceles españolas ni un solo exiliado por razones políticas fuera de España.

P.- Uno de los cambios que se produjo en ese período fue la garantización de la libertad de prensa de manera legislativa. ¿Cómo vio ese cambio como lector asiduo de las publicaciones, ya fueran periódicos o revistas?

R.- Uno de los aspectos clave de la Transición fue la prensa. Primero ya era distinta a partir de 1967, también lo fue en el gobierno de Carlos Arias, aunque desde el punto de vista jurídico-formal no hubiera cambiado, y más en la Transición porque era libre.

P.- ¿Cómo resumiría y qué destacaría de la legislatura constituyente?

R.- Fundamentalmente, después de las elecciones del 15 de junio de 1977 creo que en España había un régimen democrático. No era aún constitucional porque todavía había que esperar un año y medio. Era la labor fundamental, no la única, de las Cortes constituyentes, las elegidas en ese mes. Pero ya era una situación en la que no sólo de hecho, sino de derecho, se respiraban todas las libertades fundamentales. Lo que es la parte dogmática de la Constitución, en cuanto a los derechos y libertades, no es que ya se ejercieran en España, sino que se disfrutaban legalmente porque había un proceso del cual no se habla muchas veces y es que, en esa primavera, ya suscribieron todos los convenios internacionales de esa materia, empezando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es decir, hubo una labor que fundamentalmente se hizo desde el Ministerio de Asuntos Exteriores que pasó, por ser de política exterior, más desapercibida. Se acordaron esos convenios y, una vez firmados y suscritos por España, formaron parte de la legislación interna, con lo que en el año 1977 todas las libertades no sólo se disfrutaban sino que estaban reconocidas.

P.- Ya ha dado algún retazo,  pero ¿qué valoración hace de la Constitución?

R.- Desde su aprobación han pasado treinta y cuatro años. No nos tenemos que rasgar las vestiduras porque se pretenda reformar. Creo que los aspectos fundamentales, que son la declaración de derechos y deberes fundamentales a los que me refería, el hecho de poder disfrutar de un poder legislativo impecablemente representativo, un gobierno que nace de ese poder legislativo, por tanto democrático y constitucional, y una justicia independiente, resulta indiscutible. Puede que la organización del ejecutivo pueda hacerse de otra forma, las Cortes elegidas de otra manera o la justicia configurarse distinto también, pero lo fundamental no se discute.

P.- Pasamos a UCD, una formación que usted conoce bien. En ese tiempo se puso en marcha dicho partido político. ¿Cómo se concibió?

R.- Era la formación política que lideraba el Gobierno y Adolfo Suárez para presentarse a las primeras elecciones. Es decir, es evidente que nosotros, cuando nos nombran para el primer Ejecutivo que forma Suárez en 1976, no somos un Gobierno democrático, somos uno formado de acuerdo con la legislación vigente en el Régimen de Franco. Tenemos ese resultado que decía antes de las libertades políticas, sindicales o la reconciliación nacional, pero seguimos siendo no democráticos.

A partir de 1977 somos un Gobierno aún no constitucional, pero sí democrático porque hemos ganado las elecciones. ¿Cómo lo hicimos? Con la formación de la UCD y aprovechando, fundamentalmente, el capital político que suponía el patrimonio de aquel Ejecutivo y, en el orden político y personal, el de Suárez.

P.- ¿Quién ideó la formación? ¿Fue consecuencia de las circunstancias?

R.- Es un partido formado desde el Gobierno y por Suárez en el que había personalidades muy importantes a título individual del mundo democristiano, del liberal o del socialdemócrata, no PSOE, pero que fundamentalmente eran los reformistas del Franquismo, los que constituyeron el primer Gobierno de Suárez y los que cumplieron esa etapa que hemos dicho: la primera de la Transición.

P.- ¿Estaba toda la Transición planificada al milímetro?

R.- Hay personas que tratan de darle una pureza y una categoría que tampoco tenía porque aseguraban que fue milimétricamente concebida desde el principio hasta el final. Algunos llegaban a decir que todo el proceso estaba escrito en una servilleta de papel que habían escrito el Rey y Suárez en los años sesenta en un restaurante de Segovia cuando Suárez era gobernador. Eso es no conocer la política, España y a los dos personajes presuntamente escribidores de la servilleta.

En el otro extremo, la Transición era un conjunto de improvisaciones en los que hoy no sabíamos lo que teníamos que hacer mañana. Tampoco es cierto. Es decir, creo que Suárez en particular y el Gobierno de verdad de la Transición, que es el de 1976, sí sabía el punto de partida y el de llegada, que se alcanzó en 1977 con la democracia plena, aún no constitucionalizada.

P.- ¿UCD fue un producto político para un momento determinado o la idea principal era darle visos de continuidad en el tiempo y que fuera lo que hoy es el PP, el principal partido representativo del centro-derecha?

R.- Pudo pasar aquello que decía Adolfo Suárez de que sería un partido de ciento siete años. Esa cifra era una forma de hablar. Sin embargo no fue así. Al final lo que ha resultado de la reciente historia de España es que UCD, más que un partido político, era una empresa política para la Transición. Yo siempre insisto en que en las sociedades siempre hay una causa por las que se disuelven y es el cumplimiento del objeto social. Y, realmente, el desempeño del objeto social de UCD fue la Transición. Culminada ésta, terminó el partido.

Pero, bien es verdad, que es un análisis a posteriori y en función de lo que pasó. A lo mejor si hoy hubiera existido mi contestación habría sido distinta. Pero lo que pasó, pasó.

P.- ¿La importancia que tenía el presidente Suárez en la formación política hacía imposible que continuara sin su presencia?

R.- El tema tampoco es exactamente personal. Tal y como han sucedido las cosas, la explicación es más que era una empresa para la Transición y que, culminada ésta, concluyó UCD. Es evidente que el partido no hubiera sido posible sin Suárez, hubiera sido otro tipo de cosa, pero tampoco hay que ligar el declive de de UCD al de Suárez, o viceversa. No hay que hacer esa relación tan matemática y unívoca.

P.- ¿No era una formación política demasiado heterogénea?

R.- No era un tema de heterogeneidad. Si la historia posterior hubiera sido distinta sabe Dios lo que hubiéramos dicho. Pero como resulta que todas esas familias políticas ideológicas que estaban en UCD, con personalidades muy importantes todas y cada una de ellas, en virtud de los sucesos posteriores se quisieron medir por sí mismas y se vio que la fuerza que tenían era escasa, por no decir nula. Resultaba claro que la UCD también fueron esas personalidades y esas fuerzas políticas. Pero fundamentalmente fue el joven reformismo del Régimen de Franco, no al cien por cien.

Otra cosa es que, desde el punto de vista funcional, resultaba que la UCD cumplía en España, a la muerte de Franco, el papel que la democracia cristiana, al final de la Guerra Mundial, cumplió en Italia o en Alemania. Pero tampoco fuimos un partido democristiano.

P.- Nos centramos en las elecciones. ¿Qué destacaría de las primeras, las del quince de junio de 1977?

R.- Por la izquierda un resultado muy significativo. El partido por antonomasia era el PCE. Es decir, el Franquismo tenía su partido único y el antifranquismo también, que eran los comunistas. Y, sin embargo, cuando se abren las urnas, lo cierto es que la izquierda vota al PSOE, que había tenido claramente un protagonismo mucho menos importante en los años anteriores pero representaba mucho mejor la tradición izquierdista.

En la derecha sucedió algo similar. Por un lado había un grupo en el que existía un liderazgo innegable de Fraga, pero que aparece, lo fuera o no lo fuera, menos reformista en relación con el Sistema que terminaba; y, por el otro, coexistía un grupo que aparecía claramente más reformista, más de libertades clásicas, más para la Constitución de todos, que era la UCD.

P.- ¿Por lo tanto ganó la moderación?

R.- Ganó la moderación tanto en la derecha como en la izquierda.

P.- ¿Por eso ganó UCD o también había que sumarle el bagaje del año anterior en el Ejecutivo?

R.- Todo se le parece como una gota de agua a otra. Es decir, el bagaje del primer año de Suárez como presidente del Gobierno se produce fundamentalmente por la moderación y ganó la mesura. ¿Qué es antes la moderación o el bagaje de Suárez? Normalmente el bagaje de Suárez es la consecuencia.

Una moderación que se ocupaba de salvaguardar determinadas cosas. Por ejemplo, en mi caso el orden público. Es decir, era importante el hacer ver a los españoles que era posible un régimen de libertades salvaguardando el orden, aunque hubiera libertad.

P.- En ese tiempo usted era el responsable de Gobernación y de que los comicios se llevaran a cabo de manera adecuada. ¿Alguna dificultad reseñable en estas primeras elecciones?

R.- Recuerdo lo mal que lo pasé a la hora de dar los resultados. Primero me equivoqué al cien por cien porque en el Ministerio me dijeron que no me preocupara, que teníamos un sistema informático perfecto que funcionaba muy bien con dos grandes ordenadores, uno de la Dirección General de Tráfico (DGT) y otro de Correos y Telecomunicación. Seguramente fuera verdad que el sistema era bueno, pero hicimos el ridículo porque me equivoqué en confiar en algo que objetivamente hablando era cierto, que el ordenador de Correos era buenísimo y capaz de digerir procesos más complicados que las elecciones, pero que no tenía experiencia en tareas como esas, al igual que el de la DGT.

Por otro lado pecamos de un exceso de purismo en el sentido de no querer contratar a nadie fuera de la Administración. Recuerdo aquella noche con horror porque resultó que cuando ya, por la vía de los partidos, incluida la UCD, sabíamos cómo estaban las elecciones, sólo podíamos dar resultados por unos porcentajes ínfimos. Como institución estábamos haciendo el ridículo.

A aquello colaboró también un aspecto. En virtud a una desconfianza en torno al Gobierno que organizaba las elecciones pro domo sua, resultaba que el Ejecutivo no tenía información de las mesas electorales. Así como ahora hay un delegado del Gobierno que toma los datos porque se los dan una vez terminado el escrutinio y lo pasa al sistema informático, que ya hay empresas que lo hacen, antes no. Entonces teníamos que esperar a que nos diera los resultados la Junta Electoral. Estaba presidida, a los niveles territoriales, por los jueces respectivos y recuerdo con espanto, dentro de todo, los resultados de Sevilla. El gobernador ya me los estaba dando, ya los sabía, pero no me llegaban los datos porque el presidente de la Audiencia se había retirado a dormir y hasta que no volvió a las diez de la mañana no pudimos darlos.

P.- ¿Se solventaron esos problemas en la segunda llamada a las urnas?

R.- Sí. Ya dije que metí la pata hace dos años y que no lo iba a volver a hacer. Por lo tanto, no lo hizo ni el ordenador de la DGT ni el de Correos. Lo hizo una empresa especializada. En aquel entonces, también por un exceso de purismo quizá, pero resultó muy bien, concertamos con una empresa de informática pública, que dependía del Instituto Nacional de Industria, y eso fue un avance.

Además, ya se permitió, porque los partidos, con independencia de la desconfianza respecto al Gobierno ya se dieron cuenta de que no podían exigir información si no la daban, que hubiera un delegado que iba a las mesas. Y, por último, que elección tras elección vas teniendo una base de datos que te aproxima mucho más. En aquel entonces te podías creer que el PCE iba a barrer en Palencia, cosa que hoy a nadie se le ocurre que pueda suceder.

P.- Y en los comicios de 1979 se obtienen unos resultados muy parejos con respecto a la anterior convocatoria.

R.- Lo más destacado es que desapareció el partido socialdemócrata de Tierno Galván, que se integró en el PSOE, y que UCD adjuntó algunas personalidades del mundo democristiano. Pero prácticamente la presencia es la misma y se sacaron los mismos resultados.

P.- ¿Por qué cree que se produjeron? No hubo, en la anterior legislatura, la verdadera confrontación política que se verá a partir de marzo de 1979.

R.- La hubo pero, fundamentalmente, la gran tarea de ese año largo fue la Constitución. Por lo tanto, creo que lo que tuvo el mayor valor fue el consenso constitucional.

P.- ¿Cómo encaró, comunicativamente hablando, el partido del que formaba parte la estrategia en las campañas electorales?

R.- No es una respuesta que pueda darle porque comprenda que, en ese tiempo, era el ministro de la Gobernación y bastante tenía ya entre manos para ocuparme también de la comunicación. Son acciones que correspondieron más al grupo de personas de la cercanía de Suárez en las que, por supuesto, el presidente era un activo muy importante. Además era muy adecuado para la comunicación, por lo tanto es lógico que se le diera mucha relevancia.

P.- Poniendo el foco en la personalidad, objeto central de la presente tesis doctoral, ¿qué importancia cree que posee que el electorado conozca esos aspectos de los candidatos políticos que se presentan a las elecciones?

R.- Creo que en general, no sólo en las primeras elecciones, en virtud de que tenemos para el Congreso un sistema que es proporcional, de listas cerradas y bloqueadas, creo que al que se está juzgando es al partido, más que al candidato. Sobre todo en aquellos momentos en los que buena parte de ellos eran absolutamente desconocidos. Ahora, para bien o para mal, son más conocidos.

Por un lado el sistema de listas cerradas y bloqueadas para el Congreso y, por el otro, el hecho de que, por aquel entonces, los políticos eran nuevos y poco conocidos, provocaba que lo que importaba no eran los candidatos, era el cabeza de cartel. El número uno.

Yo en alguna ocasión he insistido que aquí estamos en un régimen monárquico pero que, cada cuatro años, elegimos una especie de presidente de la república. Todos los partidos dicen que tal persona es candidato a la presidencia del Gobierno. Eso, desde el punto de vista jurídico-formal, no es verdad. Suárez y González eran el número uno de sus respectivos partidos por la circunscripción de Madrid. Pero, sin embargo, la costumbre política, lo que se enseña y los carteles políticos que circulaban en provincias eran del candidato número uno.

P.- ¿Eso puede justificar que, en prácticamente todas las formaciones, sea el líder el que monopolice esos contenidos?

R.- Sí. Sobre todo eso fue mucho más notorio en las primeras elecciones. En la actualidad tampoco se lo puedo decir con mucho conocimiento de causa porque ya llevo mucho tiempo no participando, pero comprendo que ahora puede tener alguna importancia el candidato local o provincial. Pero en las provincias hay mejor o peor resultado si en el conjunto nacional hay mejor o peor resultado.

P.- En un caso muy concreto y al hilo de lo que dice, ¿cree que el PCE se equivocó al presentar en las primeras elecciones a la vieja guardia, en lugar de los jóvenes que habían llevado a cabo la oposición dentro de las fronteras del país?

R.- Aquí el Franquismo era un sistema de monopartido, pero el antifranquismo también era, en términos reales, un monopartido. Y el partido por antonomasia en aquel entonces era el PCE. Eso servía para estar en la clandestinidad pero, cuando se llegó a la vida política libre, el PCE tenía la fuerza que tuvo antaño. El 18 de julio de 1936 apenas poseía diputados en el Congreso.

P.- ¿Considera que la sociedad demandaba esos contenidos personales relacionados con los principales líderes políticos?

R.- No sé si la sociedad lo demandaba pero el resultado fue ese, que fundamentalmente se votaba a los líderes.

P.- En otras entrevistas me han indicado que las apariciones del presidente Suárez con su familia en la revista Hola, como contenido de personalidad, le fue de gran ayuda para el conocimiento de su persona y de sus rasgos propios.

R.- Si influían mucho sus fotos en el Hola con su familia no lo sé. El que sí influía era él y el resto de los candidatos números uno. Algunos, sobre todo en esa constitución de UCD, que había líderes importantes de las distintas ideologías políticas, llegaron a creer que si tenían éxito era porque en una u otra provincia barría la democracia cristiana, el liberalismo o la socialdemocracia. En absoluto. Se demostró luego que quien barría o no era la UCD y, a título personal, Adolfo Suárez.

P.- ¿Los candidatos de UCD eran suficientemente conocidos en las elecciones?

R.- En las primeras no. Pero ni los de UCD, ni los del PSOE, ni los del PCE.

P.- Le enseño unos casos que llevó a cabo su formación en las segundas elecciones. Bajo la denominación de UCD informa realizó unas entrevistas de personalidad a diferentes candidatos. ¿Lo recuerda?

R.- Debo decirle con sinceridad que estas cosas las seguía muy poco. Comprenda que cada uno teníamos nuestros problemas. Fíjese que en las primeras elecciones no es que hubiera que montar la democracia, había que ensamblar el aparato de la democracia. Ahora todo eso de las urnas y de las papeletas ya está hecho. Pero montar por primera vez y preguntarse cómo se hacía lo de las papeletas y el secreto del voto era complejo. Todo eso que ahora forma parte de la ordinaria administración política había que montarlo y fue un problema.

P.- ¿En los UCD informa usted no participó por sus responsabilidades gubernamentales?

R.- A parte de que la responsabilidad era de UCD, tampoco quiero presumir de que no quería poner mis pecados a las manos del partido, sino que con hacerlo en el Gobierno ya tenía jornada para veinticuatro, cuarenta y ocho, y hasta setenta y dos horas.

P.- Hablando de las segundas elecciones, los casos no centrados en el principal líder centrista que abordaban la personalidad fueron un artículo sobre los candidatos en Guipúzcoa, en el que aparecía Marcelino Oreja; uno sobre mujeres aspirantes en las elecciones, con la representación de Carmela García Moreno; y un tercer producto basado en Joaquín Garrigues Walker. Es decir, casos puntualísimos y muy justificados.

R.- En el primer caso lo publicaron las revistas nacionales porque podía tener interés en que dos personalidades como ellas se presentaran en el País Vasco. UCD no había tenido candidato en Guipúzcoa en 1977. Lo de Marcelino no dejaba de ser un atrevimiento que se presentara allí.

Eran casos muy puntuales, de consumo nacional y de sectores muy determinados. Quizá una cosa tan singular como lo de Marcelino en Guipúzcoa no pasó desapercibido, vaya por delante, pero el resultado dependía del candidato número uno.

P.- El único caso meramente personal, el de Garrigues Walker, ¿estaba justificado por la singularidad del personaje?

R.- En las primeras elecciones se presentó en Murcia y en las segundas ya los líderes democristianos y liberales vinieron casi todos a Madrid. Pero era un poco lo que le decía. Con independencia de lo que le indicaba, el resultado en Murcia hubiera sido el mismo con usted de candidato, como demostró la historia. Yo no estoy discutiendo la validez política de estos líderes, ya que, por ejemplo Garrigues Walker era de primera, pero con escasos votos detrás. Los tenía la formación política en la que participaron y buena prueba de ello es que cuando los liberales o los democristianos se tratan de presentar por sí mismos no obtuvieron ningún escaño.

Si unas personalidades tan significadas de la democracia cristiana, como era Joaquín Ruiz-Giménez o José María Gil Robles, no sacan escaño, el primero en Madrid y el segundo en Salamanca, ese hecho le da una idea de la fuerza que tenían esas opciones políticas. Es decir, que la tuvieron cuando se metieron en una empresa más importante, que era la que dirigía Adolfo Suárez.

El único que acertó siempre fue Francisco Fernández Ordoñez, nunca se midió por sí mismo. O estuvo en UCD o estuvo en el PSOE.

P.- ¿Qué papel tiene para usted la prensa en todo este primer período de la nueva democracia?

R.- El verdadero protagonismo está en los españoles. Aquí había habido un cambio nada pequeño entre el año 1960 y 1975. El país socialmente, económicamente y culturalmente era ya moderno, pero coincidía con un Régimen político que no lo era. Por lo tanto, fue más sencillo de lo que parece hacer el cambio político porque antes la sociedad se había modernizado. Ahí está la clave del tema.

Dentro de eso muchos aspectos de la Transición no hubieran sido como fueron sin la prensa. Del mismo modo que la prensa no hubiera sido lo que fue sin la Transición. Se alimentan así.

P.- Le pido su opinión sobre el ABC. Hizo un cambio en ese período, en el pasado apoyaba al Régimen pero luego se pusieron en clave democrática.

R.- Dentro de un planteamiento siempre honesto que le ha caracterizado y le caracteriza, el ABC jugó más en la derecha de AP que en la UCD. Y en ese sentido claramente no conectó con la demanda del conjunto de la derecha española.

P.- ¿Cómo piensa que fue el cambio de la publicación con las modificaciones políticas que se estaban produciendo? ¿Le facilitó el hecho de tratarse de una variación hacia la Monarquía, que es el sistema que ellos defienden?

R.- Ha sido tradicionalmente un periódico monárquico. No sólo así, sino también dinástico y eso le honra. Pero, por las razones que fuera, dentro de haber optado más por UCD que por AP, lo hizo por los segundos. Pudo haber mantenido el equilibrio, pero en ese sentido no lo hizo.

P.- Usted participó en las Tertulias electorales de ABC. ¿Se acuerda de ellas?

R.- Fue la primera vez que pisé el ABC. Por las razones que fuera yo no había ido allí. Fueron bastante agradables. Me acuerdo como acontecimiento y pienso que por aquel entonces se discutiría el estado nacional, la lucha antiterrorista, etc. Aspectos normales de la campaña.

P.- ¿Respondía a la necesidad que tenía la sociedad española de debate?

R.- Había habido pocos debates y los periódicos buscaban esas salidas. En el caso de Suárez tenía cierta reacción contraria a esa serie de operaciones. Hace unos días hablaba con una persona que me preguntaba cuándo cambió la estrella de Suárez, a lo que le respondí que lo hizo en el momento de la investidura, que por otro lado no se produjo, tras las elecciones de 1979. Entonces ya había Constitución, el presidente del Gobierno tenía que salir de una investidura votada en el Congreso de los Diputados, pero no estaba clara la organización de esa votación, si antes había un sufragio del presidente del Gobierno o no. Por las razones que fueran, Suárez permaneció opuesto a esa operación previa y ese fue el punto de inflexión del presidente.

P.- A parte de que el PSOE anunciara que en esa segunda legislatura iba a comenzar la verdadera labor de oposición.

R.- Sí, pero encontró un filón de oposición desde el mismo día de la votación de presidente.

P.- ¿Cómo percibió el surgimiento de un diario moderno para la época como fue El País?

R.- Es un periódico más de la Transición que nadie, entre otras cosas porque los demás existían. Nació unos meses después de la muerte de Franco. Frente a la prensa existente, la del Movimiento, los vientos de la Transición fueron unos que le dieron de popa al barco de El País. Pero luego hicieron un buen periódico. Otra cosa es que la autoridad que le viene dada en función de esa situación, que nació en un momento en el que los vientos a su barco le dan de popa, al cabo de un cierto tiempo la pierde.

P.- ¿Ocupó el lugar necesario de cabecera representativa del centro-izquierda?

R.- Es que no había voz. El espacio político que rellenó El País era uno inexistente en el momento de su nacimiento.

P.- Y para terminar las revistas, que perdieron su importancia en detrimento de los periódicos.

R.- Fueron buen producto. Las revistas fueron consecuencia de aquella etapa singular. Les ha pasado como a los dirigentes políticos de las llamadas familias ideológicas de la UCD, que tenían a su frente, que eran muy importantes, pero que cuando llega la vida normal desaparecieron todas o casi todas.

P.- ¿Cambio 16 la recuerda como la más importante de aquel período?

R.- Sí.

P.- ¿Y Triunfo?

R.- Ya venía de antes. Hay que reconocer que ideológicamente era una izquierda muy presente. Más que de activismo político, que si lo tenía lo disimulaba, era más cultural e ideológica.

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(22 de enero de 2013 en la sede de Técnicas Reunidas)

Entrevista a Pilar Urbano Casaña

Madrid.- Es materialmente imposible entender la entrevista política en nuestro país sin nombrar a Pilar Urbano (Valencia, 1940). Pocos profesionales de la información, por no decir ninguno, se han desenvuelto con mayor brillantez en el genuino género de la pregunta y respuesta, y pocos también han logrado entrevistar a un mayor número de importantes representantes del poder ejecutivo y legislativo del país en un tiempo en el que las dificultades para acceder a ellos eran muy considerables.

Cursó periodismo en la Escuela Oficial, obteniendo el primer puesto de su promoción, y gran parte de su trayectoria ha estado vinculada al diario monárquico ABC, para después pasar por las páginas de Ya, El Mundo y Época, en diferentes responsabilidades. A todo ello hay que sumarle sus apariciones en radio y televisión, que no pasaron de ser meras colaboraciones, y su prolífica carrera como escritora. Las biografías sobre la Reina y el Rey, o la elaborada al juez Baltasar Garzón, constituyeron unas obras de gran trascendencia en la literatura de dicho género en nuestro país.

Contar con su opinión ha permitido conocer gran parte de los acontecimientos acaecidos en la Transición española, la labor del diario ABC en todo ese tiempo, con especial atención a las campañas electorales y a sus relevantes Tertulias, y comprender la estrategia seguida por las diversas formaciones políticas en la contienda. A todo ello, su buen hacer en el género de la entrevista en aquellos años también supone un contenido muy trascendente en su repaso biográfico.

Pregunta.- Llega al ABC de la mano de José Luis Cebrián, que le trajo junto con una serie de profesionales con los que ya había coincidido en el pasado. ¿Era entonces un rotativo cercano al Régimen?

Respuesta.- Sí. Mi llegada al periódico coincidió con el momento en el que Franco va a morir. No sé exactamente la fecha, pero sólo sé que pagaban dos reales, entonces muy poco porque tenían el hecho de que allí había estado Azorín. Yo decía que muy bien, pero que de tocar su pupitre no vivía. A mí me encargaron una sección que se titulaba La máquina de preguntar.

P.- ¿Cómo fueron esas últimas semanas de vida del dictador en el periódico?

R.- Durante mes y medio, desde que enfermó Franco oficialmente el 1 de octubre, tras la presentación ante los españoles en la plaza de Oriente, vamos sabiendo, siempre clandestinamente, off the record, que estaba más enfermo de lo que oficialmente se decía. Por ello empezamos a hacer dos periódicos diarios. Era curioso porque hacíamos uno, que era el periódico del día, y otro que era la previsión de muerte.

Eso es lo que se hace siempre pero aquí existía una especie de conciencia en la clase política de que Franco era inmorible y que era una blasfemia y una herejía hablar de él muerto estando en vida. De modo que a mí que me tocó hacer la tarea de realizar todos los días hacía la encuesta a los personajes principales: Laureano López Rodó, Gregorio López Bravo, Federico Silva o José María de Areilza, entre otros. Los que estaban entonces en la pomada. Yo les decía que se pusieran en situación de que Franco había muerto y que valorasen, pero conforme pasaban las semanas ya iban abriendo su opinión, sincerándola, y siendo no críticos hacia Franco, pero pasando página. Otros no decían eso.

P.- A eso iba. ¿Hizo en torno a trescientas entrevistas?

R.- Yo dejaba un montón de revistas y de publicaciones porque en ABC tenía que ser en exclusiva, pero pagaban dos reales. Entonces Cebrián me dijo que para que yo pudiera cobrar lo que cobraba tenía que demostrar que era Oriana Fallaci. Allí no era cuestión de la calidad sino de acceder. El primer viernes que me dijeron que tenía que entregar para la sección yo di entre siete y diez entrevistas a ministros. El único ex ministro que había allí era Manuel Fraga.

Las entregué y el director las extendió en su mesa. Llamó a un fotógrafo y le pidió que lo fotografiara. Entonces me dijo que por qué no había hecho una columna, a lo que le respondí que lo difícil era acceder pero que una vez que tenía al personaje delante o me recibía ya le hacía una entrevista. Eso es lo que ya me valió para que me dieran otro sueldo.

A donde quiero ir es a lo difícil que era entonces acceder al político enclasado. Luego eran entrevistas muy ortopédicas, muy censuradas por ellos, tanto en las preguntas como en las respuestas, tardías en la gestión, etc. Todavía no estábamos en las elecciones, ni podíamos intuir que se iba a abrir un político a contarte todo.

P.- ¿Qué importancia tenía la entrevista en ABC? ¿Sufrió un relanzamiento cuando usted llegó y comenzó a elaborar dichos productos?

R.- Sin presunción. La entrevista que tenía éxito entonces era la folclórica, a gente como Lola Flores, Antonio El bailarín o a Manuel Benítez El cordobés. Ahí se podía entrar en la entraña de su vida. Pero el político no hacía declaraciones porque tenía que autorizárselas el presidente del Gobierno. La entrevista política no tenía pelo.

Me acuerdo que la primera entrevista política que hago fue a José María Pemán, que me habló del libro prohibido número uno de Franco, de don Juan y de la oposición a Franco. Estuvo en la autocensura de Actualidad Española. Otro caso fue a Pilar Franco, hermana del Generalísimo, en una serie que se tituló Cuando Franco no era el Caudillo. Cuando El Pardo lo supo dijeron que no se podía producir. Como si Franco hubiese nacido ya con dientes y Caudillo.

P.- ¿Cuál fue el primer momento en el que se tuvo acceso a los políticos para entrevistarlos?

R.- La entrevista política no tuvo acceso hasta que cesa Carlos Arias Navarro, que concedió una primera cuando ya no era presidente y se presentaba para el Senado por AP, hecha por Pedro J. Ramírez. Pero hasta después de Arias, del que digo cesa porque fue una dimisión forzada, es cuando ya Adolfo Suárez se planteó que tenía que tener un partido para poder competir y ahí empezaron a llevarse a cabo con cierta frecuencia.

P.- Poco tiempo después de su llegada se produjo el fallecimiento del Generalísimo y el cambio de sistema. ¿Cómo varía el diario ABC? ¿Fue un proceso sencillo al transformarse hacia una monarquía, que es el sistema que siempre ha defendido el rotativo?

R.- Era un periódico monárquico pero muy búnker. Cuando llegó el 23-F, fíjate si pasó tiempo, en el ABC había una actitud de defensa de Jaime Milans del Bosch y de Alfonso Armada. No del golpe en sí, no de Antonio Tejero, pero sí de las personas que estaban implicadas en él.

Yo en el ABC encontraba la resistencia de que, aunque había cambiado el régimen, no lo había hecho la ideología, que seguía siendo de resistencia a una democracia con apertura a los partidos políticos de izquierdas, a una pluralidad sindical y con mucho temor capitalista, de los accionariados de los bancos, a que las izquierdas vinieran a dar la vuelta a esto. Yo me acuerdo de una frase de Guillermo Luca de Tena en 1982, había pasado ya tiempo, en la que dijo: la pasada por la izquierda puede ser una quedada. A finales del año 1982 tenía miedo todavía el ABC. Esa era la actitud.

El cambio de sistema supuso poder hablar del Rey. Pero éste me dijo que el diario, hablando de Luis María Ansón y de los Luca de Tena, era un periódico raro que durante el Franquismo era juanista, pero cuando llegó él seguía siendo juanista o franquista. No entendía su monarquismo.

P.- ¿No le castigó su público fiel esos cambios?

R.- No hacía las mediciones de audiencias. A mí me ha apasionado siempre el periodismo en sí, sin saber ni quién era el dueño ni quién me pagaba. Por aquel entonces la competencia era El País, que acababa de surgir. Pero el primero era liberal, no sesgado de izquierdas, de centro-derecha de accionariado, de capital. Ahí estaba Darío Valcárcel, Carlos Mendo, José María de Areilza o Joaquín Garrigues Walker. Era un periódico de derechas capitalista, que es la más inmóvil que puede haber. Pero no era búnker, no era falangista. A nosotros los periodistas nos gustaba que existiera El País porque así mi periódico se atrevería un poco más.

P.- Nos centramos en legislaturas, posteriormente lo haremos en las campañas electorales. ¿Cómo fue la de Arias Navarro desde el fallecimiento de Franco hasta que cesó en su cargo?

R.- El mismo día que estaba dimitiendo hubo Cortes y dos personas como Pilar Primo de Rivera o como Alejandro Rodríguez Valcárcel me respondieron a las tradicionales notas que les enviaba a los diputados para que me las devolvieran contestadas. La primera me aseguró (leyendo la nota) que no había razón para cambiar la Constitución y el segundo (también leyendo) habló de evolución perceptiva. Decían que no había que modificar nada, que habíamos sido muy grandes y muy felices.

Esa legislatura de Arias seguía siendo la del aplaudismo, donde no estaban acostumbrados al voto a enmiendas. Entonces cuando había una de régimen laboral, que estaba entonces haciéndose, o la Ley de Asociaciones Políticas o del Código Penal, en el momento de realizar alguna enmienda al proyecto del Gobierno no sabían la manera de votarla. Entonces solicitaban que los que dijeran sí que se levantaran y un personaje como Areilza decía que habían estado haciendo gimnasia, al levantarse y sentarse toda la mañana. Se hacía a ojeo, a ojo de buen cubero.

Seguían siendo las Cortes franquistas. Las mismas que cuando el Rey juró se volvieron y ovacionaron a la familia de Franco en el palco. Eran los mismos, pero fueron las Cortes del harakiri, término que me inventé yo. Realmente hubo una generosidad por parte de ellos, que es cuando se les convenció, uno a uno, para que no se opusieran a la reforma política.

P.- ¿Fue Arias un freno al proceso democrático que anhelaba gran parte de la sociedad española?

R.- Sí. Había dos tendencias, dos presiones importantes sobre el Rey y sobre Fraga y Areilza, que era el que viajaba. Una era Europa, nosotros queríamos entrar y ser reconocidos, y el continente deseaba la legalización incluyendo el PCE; y la otra era Estados Unidos, que sí la quería pero a un ritmo lento y no incluyendo al PCE. Ayer leía unas frases de Kissinguer a Areilza que le indicaba que no tuvieran prisa hasta que el Gobierno no tuviera su propio partido de centro muy amplio y las garantías de vencer. Hasta entonces que ganaran tiempo, no reformaran y no abrieran. Y ese era el mensaje que recibía Areilza, ministro de Exteriores, que se lo dio al Rey.

Tuvo que llegar el Monarca al Capitolio, en junio de 1976, y decir que quería una monarquía pluripartidista. Fue clave. El Rey dijo eso, con un discurso escrito por Areilza, y con ello sobrepasó las previsiones de los Estados Unidos. Esa misma tarde nuestro ministro de Exteriores se entrevistó con Kissinguer y es cuando le dijo que no tuvieran prisa, que hicieran lo que les convenga y que no dejaran que los demás les impusieran la hoja de ruta.

P.- En todo ese tiempo Torcuato Fernández-Miranda jugó un papel clave como presidente de las Cortes.

R.- De fondo era él haciendo la comisión de urgencias. Tenía calentando escaños y haciendo tiempo a los procuradores, mientras hacía trámites de urgencias para no reformar por Decreto-Ley e ir pasando cosas importantes para, de la ley a la ley, hacer la reforma. Podemos decir que era el revés de las Cortes. Torcuato era su presidente y como tal era el que las preparaba, las disponía, las manejaba y hacía que estuvieran dispuestas para aprobar la Ley de Asociaciones Políticas, la reforma del Código Penal, la mayoría de edad del Rey y para hacer la Ley para la Reforma Política, donde ya se hicieron el harakiri.

P.- ¿El ABC fue el mismo periódico en esta legislatura o hubo modificaciones de matices?

R.- No puedo incidir en eso porque era una redactora que no estaba mucho en el periódico. Estaba en la calle, en el Parlamento, en la sede de Castellana tres, en los ministerios o en los despachos. Yo hacía calle política y daba mi crónica por teléfono. Al periódico me iba los domingos para organizar papeles, cuando ya no había nadie allí. Por ello las mutaciones interiores de redacción para mí eran inapreciables

En el ABC hubo una apertura que era comenzar las tertulias del periódico para la pedagogía del quién es quién. Y luego unas comidas que teníamos off the record en el Black Bess, que estaba en la parte alta de Serrano, cerca de la sede del periódico, y allí estaban tres o cuatro prebostes del ABC, unos redactores, entre los que asistían Pedro J. o yo, los cuatro o cinco políticos y el director del rotativo. Los políticos eran lo que entonces se consideraba la oposición moderada, que podía ser Jordi Pujol, Joaquín Ruíz-Giménez, Areilza, Federico Silva Muñoz o Cruz Martínez Esteruelas.

Todo eso era nuevo. Yo tenía clara conciencia de que el periodista estaba haciendo una pedagogía de la democracia, de quiénes eran los que venían, qué es lo que venía y cómo será. Por ejemplo, llamando a La Zarzuela y preguntando si el Rey iba a votar el referéndum para la reforma política. Entonces se desconocía. Lo que quería el fotógrafo era saber a la hora que votaban para acudir, pero a la víspera todavía no se sabía. Luego se decidió que el Rey iba a votar los referéndums solamente.

P.- Hablamos de la legislatura Suárez antes de las primeras elecciones. ¿Qué valoración hace de ese Gobierno?

R.- El llamado Gobierno penene fue un gran Ejecutivo, con arrojo, con temeridad e, incluso, con valentía. Todos ellos estaban muy motivados en que había que hacer la apertura.

P.- Una de sus principales acciones fue la Ley para la Reforma Política.

R.- Hay mucha leyenda pero en efecto fue el Rey y Adolfo Suárez los que, en el Parador de Segovia, en una servilleta de papel no hacen la norma, sino los hay que necesarios. El príncipe entonces le preguntó cómo se pasaba a la democracia y Suárez, gobernador de Segovia, le dijo que había que abrir los sindicatos, legalizar las reuniones y los partidos políticos, realizar una reforma fiscal, etc.

Es un hay que que ya le entró en la cabeza al Príncipe y que coincidía bastante con lo que le dijo su padre, don Juan, y con lo que oía en Europa. La Ley fue luego un folio que Torcuato Fernández-Miranda le entregó a Suárez un día y le dijo que en ese texto estaban los pasos para ir de la ley a la ley. Torcuato no era Gobierno y no podía hacer la norma, por lo que le dijo que no tenía ni padre ni madre. Que si le servía que adelante.

Primero una servilleta, segundo un folio y tercero Adolfo le pidió a Torcuato que desarrollara ese texto. Eso ya entró bastante avanzado al Gobierno y luego es Landelino Lavilla el que la articuló. En esa Ley ya entró, por la vía del referéndum, la legalización de los partidos, las dos cámaras, la nueva Ley Electoral, el fin del monopolio sindical, la libertades de reunión y de asociación, etc. De matute estuvo también el referéndum a la Monarquía. Eran cinco artículos y se mencionaba cinco veces Rey o Monarquía. No se hablaba de jefatura del Estado. Rey o Monarquía.

P.- ¿Cómo la vio la izquierda?

R.- Fue bien vista, también por las izquierdas, que vieron que venían dos cámaras, que iba a haber participación ciudadana a través de los partidos y que iba a haber sindicatos plurales. Eso interesaba a todos porque los socialistas no querían que el sindicato fuera único porque lo iba a heredar CCOO. Era el miedo que había también en Europa. El sindicalismo había que romperlo para que hubiera muchos, no sólo uno.

P.- Otra de sus más destacadas acciones fue la legalización del PCE. ¿Estaba de acuerdo el Rey?

R.- En la legalización del PCE no es que se buscase una estrategia sibilina o maquiavélica de buscar que fuera el Sábado Santo. Es una responsabilidad del Gobierno. Entonces el Rey todavía era un Monarca absoluto, no era constitucional, por lo que hay que suponer que dijo que sí. No hay vestigio ninguno de la presencia, del aliento, del estímulo del Rey a la legalización del PCE. Lo que hay es el dato de que no estaba en España ese día.

P.- Posiblemente, para comprender el devenir de los acontecimientos y las fechas en las que se produjo era necesario hacer un repaso cronológico. ¿Cómo comenzó a dirimirse el asunto?

R.- El Lunes Santo el Tribunal Supremo, con razón, devolvió los estatutos del PCE al Gobierno y le dijo que vieran si eran aceptables según la ley pero que, de momento, era una decisión política, no judicial. Que entrarían cuando hubiera indicios de delito. De modo que ahí tienen razón, no es que tiraran la patata caliente sino que no le correspondía.

Suárez fue informado y llamó a los que tenían algo que hacer en esa situación. Al ministro de Justicia, Landelino Lavilla, al de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, al vicepresidente de la Defensa y del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, y al vicepresidente segundo, Alfonso Osorio, que creía que no era oportuno todavía. A éstos se les informó y se les dio un encargo a cada uno. A Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, no le informó y sólo le preguntó que dónde iba a estar en esas vacaciones, a lo que respondió que en El Escorial. Cuando llegó la legalización, Oreja tuvo el encargo de hacer un comunicado a todas las delegaciones diplomáticas.

El presidente le preguntó a Landelino Lavilla qué hacer. El ministro propuso remitirlo a nuestro ministerio fiscal, para ver si había delito en los estatutos, y es lo que se hizo. Reunió a la junta de fiscales y éstos fueron los que evacuaron un informe rapidísimamente, quizá porque se querían ir de vacaciones, tampoco hay que ver ahí más historia.

A Gutiérrez Mellado le indicó que le comunicara a los ministros militares, todavía no había informe de los fiscales, que el Gobierno asumía la legalización, teniéndola que hacer ellos mismos. Lo que no les dijo es cuando, porque no se sabía, no había engaño. El miércoles no había todavía informe fiscal. Ese mismo día por la tarde adiós muy buenas, cada pájaro a su nido. Todo el mundo se fue a sus vacaciones de Semana Santa, el primero Martín Villa. También el gobernador de Madrid, Juan José Rosón, que estaba en Ibiza, Osorio en Andalucía y Landelino Lavilla a Manzanares el Real. Se queda sólo Suárez. El Rey y Carrillo tampoco están, el segundo se encontraba en Cannes, en la finca de Teodulfo Lagunero.

P.- ¿Cuándo se conoció la esperada decisión fiscal?

R.- El Viernes Santo dieron el informe de que no había delito, no delinquía. Era un partido que no tenía obediencia internacional, no promovía la subversión del Estado, reconocía la Monarquía y los símbolos españoles, y que quería participar libremente en el Sistema y en las instituciones. Y el sábado se produjo la noticia.

El Rey llamó por teléfono a Carmen Díez de Rivera, que era la secretaria de Suárez, a su apartamento y le dijo que se había legalizado el PCE. Ella llamó a Pilar Bravo, a Jaime Ballesteros y al presidente. Suárez, que, en vez de congratularse con ella, le preguntó cómo lo sabía y si había tenido hermetismo en esa decisión. Entre otras cosas era importante que no se supiera para que los ultras no se organizaran. Carmen le respondió que había sido el Rey y Adolfo no le contestó.

P.- Esa decisión, como por otra parte era esperado, produjo reacciones en los sectores más conservadores y progresistas del país.

R.- La reacción del búnker militar fue muy dura, muy peligrosa, y esa sí que tuvo que aplacarla el Rey. Dimitió Gabriel Pita da Veiga, ministro de Marina, pero también quisieron hacerlo Félix Álvarez-Arenas, ministro del Ejército, y Carlos Franco Iribarnegaray, que era el del aire. Con éste último fue la Reina la que le dijo que fingiera que estaba con un catarro o con una gripe y no fuera. Pero había militares que estaban dispuestos a sacar el espadón.

En esos momentos Carrillo reunió al Comité Federal y fue cuando dijo, José Mario Armero jugó aquí un papel maravilloso, estamos viviendo unas horas gravísimas que pueden ser de irreversible involución y que se pierda todo lo que se ha ganado. Entonces fue cuando les pidió lo que él le ha prometido a Suárez: visualizar el respeto a la bandera española y decir que estaban con la Monarquía. Todo eso supuso una moderación, una templanza, una prudencia y un arte político importante. Eso se merece una medalla al mérito civil. Fue importante porque la reacción del búnker fue muy dura.

A partir de ahí una de las cosas importantes es que Carrillo empezó a ser no un político de salón, pero se jugó su liderazgo en el partido porque dejó de ser un contestatario, un reivindicativo y un revolucionario, y pasó a ser un colaborador de lo que venía, de la democracia, como lo demuestran los Pactos de la Moncloa.

P.- Tras las primeras elecciones tuvo lugar la legislatura constituyente. ¿Qué tuvo de especial esos casi dos años?

R.- Fue maratoniana mañana, tarde y noche. Yo no tomé vacaciones porque no me interesó, quería estar ahí. Recuerdo las ponencias constitucionales en la sala María de la Pineda de las Cortes, con los padres de la Constitución, y estábamos dos o tres periodistas que nos turnábamos para estar siempre uno en vela y que no se fueran. A veces les preguntabas a los políticos a dónde iban y te respondían que al servicio. Hubo incluso portazos. Se iban y estaban diez días sin hablarse.

Era nuestra Constitución y había una implicación importante. No nos importaba si el que hablaba era un socialista, un comunista o un catalán. Nosotros estábamos en la Constitución para todos y ese era el clima político que había y se manifestaba en los periódicos también, con la excepción de Alcázar o Arriba. Pero hasta Nuestra Bandera o Mundo Obrero tenían ese clima.

Los redactores políticos dirigíamos más que el director. Tenemos para comer mañana a fulano y a mengano. Eso quería decir que cinco páginas. He quedado con Calvo-Sotelo que me va a decir que han fundado un partido político. Ya lo dábamos hecho. Ese era el periodismo que nosotros hacíamos, el de proponer. Había un dinamismo informativo que era el dinamismo político. Te lo ingeniabas tú. No era tampoco fácil porque había muchos partidos.

P.- Habría debates muy interesantes en ese período.

R.- Hubo algunos muy bonitos, de esos que se decían de jabalíes y tenores. Por ejemplo, todos tienen derecho a la vida, todos los nacidos tienen derecho a la vida o todos los españoles tienen derecho a la vida. En este caso en todos no había aborto. Ahí estaban Tierno Galván, Herrero de Miñón o López Bravo. Es decir, se lucían las oratorias desde el escaño, sin papel, distinto a ahora que leen todo. No había una obediencia al partido, había mucho más voto en conciencia. Pero incluido un Blas Piñar estaba en que se iba a eso, se sentaba junto a Juan María Bandrés en el grupo mixto.

En la mesa de edad, el día que empezaron las Cortes, estaba Pasionaria. Es que es muy fuerte. Le tocó presidir por edad junto con Rafael Alberti. ¿Qué se siente ahí? Es importante sentarse, pero es más sentirse. Había sido muy peligrosa su vuelta, llegó el mismo día que don Juan renunciaba. Había que templar, que no hubiera entusiasmo de sus partidarios ni reacción de los altos extremos.

P.- Antes de las primeras elecciones se llevaron a cabo unos productos periodísticos como Cien españoles para la democracia. ¿Respondía a la necesidad de presentar los candidatos políticos a la población española?

R.- Sí, porque muchos eran conocidos del Sistema pero no se habían manifestado en cuanto a su proyecto o ideas. Tenían que opinar ya al margen de la organización anterior. Otros eran nuevos y había que presentarlos en sociedad, nunca mejor dicho. Y hacerlo, por ejemplo, como con Joaquín Garrigues Walker, como liberal. Hasta entonces no se llamaban nada, eran abogados o el hijo del ministro Antonio Garrigues.

Nos encontramos con que, de pronto, había una serie de liberales que cada uno tenía su chiringuito pero ninguno tenía un logotipo, ni unas siglas, ni un ideario conocido. Quien dice eso dice democracia cristiana. No es lo mismo Gil-Robles, un jurásico que venía del tiempo de la República, que Gil-Robles Gil-Delgado, que es su hijo, o que Joaquín Ruíz-Giménez. O los socialdemócratas, como Francisco Fernández Ordoñez.

Por otra parte estaba el hecho de que se hizo el aglutinante de la UCD y el surgimiento de la Platajunta. Ahí estaban los líderes de los partidos de la oposición, no eran conocidos y había que presentarlos porque iban a ser votables.

P.- ¿Se percibía ya, antes incluso de la primera campaña electoral, la preponderancia del líder?

R.- En los partidos había una tendencia a los liderazgos fuertes. Ellos rivalizaban mucho las representaciones o reducían mucho el dramatis personae, el cartel. Alfonso Guerra no era conocido, ni Txiki Benegas o Guillermo Galeote. Era Felipe González. O Fraga. Estaban los Siete magníficos, pero era Fraga. No es lo mismo una entrevista con Cruz Martínez Esteruelas que con el líder de AP.

P.- ¿Estos textos pudieron ser el punto de partida para que los políticos vieran la importancia que tenía el hecho de presentarse a la sociedad?

R.- Yo pienso que influyó en la sinceridad. La impertinencia e insolencia del periodista, incluso la agresividad, les iba haciendo tomar conciencia de que eran un animal político para la gente. Tenían que ser para la población y que responder a todo aquello que los ciudadanos quisieran preguntar. Yo les decía que en Estados Unidos a un candidato le preguntaban hasta dónde había comprado la ropa interior, si su hijo se drogaba y cuánto había pagado a hacienda. Y a ti no te estaba preguntando si ibas a misa.

Este fue el punto en el que se les dijo que usted no sólo puede hablar sino que debe hacerlo. Tiene que desnudarse en público.

P.- Sobre todo con tantas siglas.

R.- Me acuerdo cuando les decía que nada de off the record. A mí no me interesa saber, me interesa informar. Me decían que no lo respetaba pero es que no lo quiero, no me importa. No quería conocer lo que este señor quería decirme, para eso me voy con mis amigos que cuentan chistes. Lo que tienen que contarme es un vehículo para los lectores.

P.- ¿Cómo fueron, informativamente hablando, las elecciones del 15 de junio de 1977?

R.- Era el tiempo de la sopa de letras. Se vivieron con mucho entusiasmo y poseían una falta de marketing llamativo. Los banqueros no se atrevían a dar dinero a los partidos políticos. El primero que lo dio fue Luis Valls Taberner del Banco Popular y fue al PCE, que decían que si no pagaban morían.

El día de las elecciones había que ir a todos los puestos y a ver cómo votaba cada personaje. Por la noche acudimos a los escrutinios y veíamos el ambiente en Cortes, en Zarzuela, en el Ministerio del Interior y en la sede de los partidos. El recuento era más lento y mientras había euforia, decepción, etc.

Yo hice una crónica de color, de pálpito, de mucho pulso. En mi caso iba transmitiendo en fragmentos. A tal hora esto, en otra aquello, aunque luego eso cambiaba con los resultados, que eran tardíos. Nosotros, los periodistas, no sabíamos cómo se tenía que hacer eso todavía y hubo una cierta americanización.

Al terminar las elecciones de 1977, Fraga dijo, al ver los resultados del PSOE, sin hablar de los suyos, que fueron pésimos, que este país ha demostrado que tiene buena memoria. Una frase muy gallega pero que estaba clara. Él indicó que habían vuelto a donde nos quedamos, en 1936.

P.- Y, con el perfeccionamiento lógico de un sistema que va engrasándose, ¿qué diferencias hubo en los comicios de 1979?

R.- Ya había Constitución y entonces ya había adversarios, contrincantes. Cada uno iba a afirmarse en lo suyo.

P.- ¿Hubo cambios en la relación entre los periodistas y los dirigentes políticos?

R.- Nosotros vivíamos mucho la vida de los partidos, de todos ellos, y donde había más simpatía, más fraternidad, era en el PSOE y en el PCE. No sé si se querían ganar a la prensa pero normalmente casi todo lo ventilábamos con unas copas de vino. Empezaba a haber un conocimiento personal, un tú a tú.

El periodista hubo acercarse al unte. No al económico sino al amistoso, a la confidencia, al off the record, al que yo te cargo la conciencia con este secreto, al amiguismo. Me acuerdo de estar huyendo de tener amigos. Te invitaban a muchas cosas: excursiones, montañismo o senderismo. Cosas inocentes. Pero es que había una personalización, en la que, por ejemplo, te decían que querían que conocieras a Felipe González de cerca. Te metían en su coche y hacías la campaña con él.  Yo me pegaba a ellos porque el partido quería y el periódico también. Era muy americano eso. Quería verle hasta afeitarse si era posible.

P.- En las segundas elecciones, dentro de mi análisis, hubo dos casos similares con una sombra al presidente del Gobierno y otra a Felipe González en Cambio 16. Se les siguió unos días en la intensa labor en la campaña electoral.

R.- La gente no leía los programas de los partidos, ahora siguen sin hacerlo. Había dos cosas que les interesaban: los mítines en el lugar y el spot final de televisión. Era el mensaje que quedaba a la gente. En Calahorra, por ejemplo, iba una señora que decía yo ya he oído a Osorio, Suárez, Ruíz-Giménez, Blas Piñar y González, me falta uno. Era el circo. Iba a un espectáculo, la diversión del lugar.

El ejemplo del spot electoral con el que se vence unas elecciones fue el de Adolfo Suárez con el discurso del miedo. Fueron tan importantes esos cinco minutos suyos en televisión, en los que ganó las elecciones, que la Internacional Socialista pidió el vídeo, lo analizó, y fue cuando en 1979 habló con la plana mayor del PSOE y les dijo que si querían tocar poder debían dejar en paz a la UCD. El activo político que tenían era Adolfo Suárez. Fue un acoso y derribo desde entonces centrado en él. Por eso llegó la moción de censura.

El discurso ese lo hizo Fernando Ónega. Fueron cinco minutos muy serios, cantando las maldades que podían ocurrir si ganaba el PSOE, que estaba en disposición de hacerlo. En el caso contrario estuvo Fraga Iribarne, al que le perjudicó. En el spot suyo de las primeras elecciones la silla que le pusieron era cuadrada y oscura. Parecía Frankestein. Yo lo vi con él y le dije que me había parecido muy bien, pero era terrible.

P.- En las dos elecciones estudiadas se llevaron a cabo las Tertulias electorales de ABC, verdadero producto estrella de la cabecera en aquellos días. ¿Cómo se concibieron?

R.- Se juntaron varios factores. Había un elemento externo importante e influyente que era El País, la competencia; un instinto periodístico en los jefes de que España cambiaba, entonces había que abrirse; el poco tiempo y mucho protagonismo, por el que no daba tiempo a cada día una entrevista; y la presencia de algo tan novedoso y nuevo que podía ocupar varias páginas, como podía ser el debate entre ellos, convirtiéndose en una especie de circo, en la arena, la contienda.

Nos adelantamos a los debates televisivos. Aquello se hacía en la antigua biblioteca del ABC, que también tenía redacción. Se disponía una mesa larga y ahí estaban ellos. El público preguntaba y los periodistas tomábamos nota. Era para nosotros, muy endogámica. Antes los entrevistábamos a pie de máquina.

Ahí iba la gente de lo más curioso porque podía asistir un político o un psiquiatra, como Juan Antonio Vallejo Nájera. Se sentaban para atraer gente y le preguntaban ellos mismos al político, también los de la mesa y el público, aunque siempre era más tímido. Esto funcionaba a la vez que el Club Siglo XXI, que era otra tribuna de apertura y de oralidad que había comenzado un poco antes.

Dicho de otra forma, periodismo y tribunas culturales iban dando aire y aliento a la apertura política. No eran sólo las revistas del destape. Con eso la gente decía que ya se podían hacer más cosas. Pero el mensaje político del quién es quién y usted que me vende no se complementaba con grandes programas, se hablaba siempre de una España abierta, pero no había acciones concretas que hablaran de cómo bajar la inflación, por citar un caso.

P.- ¿Por qué en no hubo representantes del PCE en el producto estrella de ABC en 1977?

R.- Porque eran demonios con cuernos. Ni en las tertulias ni en las entrevistas. Ni siquiera Nicolás Sartorius o Pilar Bravo. Ramón Tamames posiblemente fue de los primeros.

(Busca un libro de su excelsa biblioteca que me enseña, se trata de España cambia la piel. Entrevistas políticas). Muchas de estas entrevistas no pudieron publicarse, otras sí. Algunas no pudieron porque estaba el comienzo del Rey, la pre-transición o todo lo que me estás preguntando. A quien podíamos hacerlo entonces era a los del búnker. Por ejemplo, aquí hay una charla con Tierno Galván que no pudo salir.

P.- En los casos de las primeras elecciones, de todas las entrevistas analizadas, fuera de las existentes en las tertulias, el caso más progresista era el de Fernando Morán.

R.- Porque era diplomático, iba con cuello de pajarita y disimulaba ser del PSOE. Había un tope y donde la ley no la ponía estaba la ideología de los partidos.

ABC era muy de derechas. Yo hubo un momento en el que me tuve que ir. Me fui porque no iba a quedarme más en este periódico para estar todo el día zumbándole al PSOE, no dejándoles gobernar. Había que ser objetiva.

P.- ¿Era mucha la importancia de la personalidad en campaña?

R.- Se llamaba entonces carisma.

P.- De las estrategias de las formaciones políticas, en el caso de UCD estaba monopolizada por Adolfo Suárez como presidente, candidato y responsable de la obra pasada.

R.-  Él tenía a sus asesores políticos pero el que hizo la UCD fue Calvo Sotelo. Se descolgó del Gobierno para poder participar en elecciones. Suárez dijo que quien quisiera participar tenía que dejar de ser ministro, salvo él. Me acuerdo de aquella campaña en la que era presidente que llevábamos con él dieciséis coches. Pero luego tenía el encanto de la persona.

En medio hubo otras cosas, que eran también campañas, en las que estaban todos los partidos y todos los protagonistas. Eran las autonomías. Ahí no había rivalidad entre ellos, sino que cada uno iba a venderle el mismo producto: la autonomía. Se desvestían de las siglas del partido, lo importante ahora ahí era la España autonómica. Unos ponían un poco más de énfasis en el federalismo y otros en la unidad.

P.- ¿Le ayudó al presidente Suárez aparecer con su familia en otras publicaciones diferentes, caso de Hola?

R.- Posiblemente sí. Pero te voy a decir una cosa. A mí me ha ocurrido que he viajado con Osorio y en el mismo tren iba su mujer, pero él ha estado conmigo y la mujer estaba en otro lado. Con Fraga no he visto a su mujer y con Adolfo tampoco la he visto en campaña nunca, ni a los hijos.

En cambio con Carrillo, Carmen, su esposa, venía con nosotros cuando sabía que iba yo para que no me sintiera tan incómoda entre tantos escoltas, que eran todos hombres. Ella viajaba conmigo, traía una bandeja de bocadillos para los policías y los mecánicos del avión, y tanto a la ida como a la vuelta venían los hijos a despedirle y a recibirle, que de entonces los conozco. Para mi Carrillo era como un viajante de comercio que iba y venía, e imagino que estarían tan acostumbrados como mi familia a mí, que no venían a despedirme a cada viaje porque era mi modo de vida.

Yo he visto el tema familiar muy unido, muy armonioso, en Santiago Carrillo y a lo mejor no lo he visto tanto en Adolfo Suárez porque tenía otra independencia. Lo he visto con mucha gente alrededor.

P.- ¿Interesaban el resto de líderes centristas o es que no había tales?

R.- Interesaban algunos, por ejemplo Joaquín Garrigues Walker.

P.- En las elecciones de 1979 el único artículo personal en exclusiva, dejando de lado a los principales líderes, fue a él.

R.- Ahí sí que se veía que un hombre que podía ser el recambio de Suárez era Joaquín Garrigues Walker. Lo digo porque hubo una campaña que me la hice con él. Tenía una charme americana que gustaba, hablaba mucho off the record, decía muchas gansadas y luego otras on the record que eran muy jugosas.

Podría decir que tenía la democracia dentro, no necesitó leérsela en ningún manual y conservo fotocopias de las cartas que él enviaba a los distintos miembros del Gobierno de Suárez explicándoles la democracia o por qué era bueno que hubiera una Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), ayudar a la UGT, que hubiera una pluralidad sindical, porque los militares no debían participar en política y más cosas, no tan simples.

Veías que había un hombre de Estado que además podía permitirse que no tuviera grandes cosas que hacer en el Gobierno. Era lúdico, no estaba irritado, no era confrontante, ni agresivo, ni tenía la sensación de contrincantes. Al contrario, quería coincidir con el otro en un lavadero municipal donde estaban haciendo campaña.

Sus mítines eran una gansada, siempre eran pura risa. En Totana dijo al público que eran todos muy guapos pero que le hubiera gustado que viniese Bárbara Rey. Que cuando fuera el ministro de Obras Públicas, que era él, teníais que decirle que os arreglasen estas carreteras, que había sido un sobresalto venir hasta aquí. Todo esto en broma. Le daba a la confrontación electoral un bálsamo.

P.- Dentro de la UCD los otros casos personales fueron un pequeño retazo de Calvo-Sotelo en 1977 y dos referencias más en 1979 a Marcelino Oreja, por su candidatura en Guipúzcoa, y a Carmela García Moreno, como ejemplo de mujer que se presentaba a las elecciones, junto con representantes de las otras formaciones principales.

R.- El carisma era Adolfo Suárez y era el activo político. Su discurso era personal: puedo prometer y prometo.

P.- En las elecciones de 1979 se llevaron a cabo los espacios publicitarios UCD informa, que consistía en entrevistas de personalidad a los diferentes candidatos de la formación. No sé si lo recuerda.

R.- No interesaba. Seguía habiendo un pluralismo pero seguía siendo Suárez, que con sus últimos cinco minutos ganó las elecciones.

P.- ¿No cree que le dio réditos electorales dichas entrevistas de personalidad?

R.- No lo medí. La cuestión es que ni me acuerdo de esta publicidad, estaría viajando por ahí.

P.- ¿Sirvió para dar cierta uniformidad a las diferentes tendencias de UCD?

R.- En esos momentos ya empezaron los protagonismos y las luchas por el poder. Las baronías nacieron entonces. Es decir, que no se improvisaron en 1980. Ya estallaron en la casa de la pradera. Estaban en letargo, pero no aletargadas, estaban ahí como el rescoldo en las brasas.

Todos saben que es con UCD, con esa marca. Lo que pasa es que ahí sucedió algo que no era electoral. Suárez tenía dos problemas. Uno era el de las muelas, que al final resultó que le habían dejado gasas dentro y tenía una infección continua, lo que le hizo declinar responsabilidades de Gobierno en Abril Martorell, que era el verdadero alfil del presidente. Con la dimisión de su colaborador, Suárez se quedó sin protección, a parte del problema que iba teniendo con el Rey y los que poseía con la banca, algo con la Iglesia y bastante con el Ejército y los empresarios. No porque hubiera enfrentamientos, sino porque no los recibía al estar enfermo.

Y luego estaba el tema exterior, que no quería entrar en la OTAN. Estaba llevando una política exterior distinta de la que quería el Rey, con unas distonías fuertes y manifiestas.

P.- ¿Cómo eran las reuniones del partido?

R.- El otro día estuve leyendo los diarios de Pío Cabanillas y eran todo estrategias de cómo neutralizar a un díscolo. Era un partido que no tenía una orgánica, muy atomizado, muy fragmentado y cada uno con una taifa. Todo eso estaba en ebullición, más las tentaciones que tenían de seguir en el poder pasándose a otros sitios, como hicieron los socialdemócratas, no solamente Francisco Fernández Ordoñez. Había una dinámica centrífuga, por lo que es lógico que Suárez quisiera capitalizar y decir que aquí el palo era él.

Calvo-Sotelo lo ilustraba muy gráficamente. Él decía que era el varillaje de un abanico y que si lo quitabas se rompía.

P.- ¿Por qué cree que otras formaciones no hicieron esos productos?

R.- Esos anuncios pudieron atender a que dentro había reinos de taifas y mucho líder que quería ser de su propia camarilla. Había varios de los entrevistados que querían ser presidentes del Gobierno, por lo que atender a esas demandas era lógico, además de dar una imagen de pluralidad para, más que nada, calmar las ansias de protagonismo que tenían los barones. En otros partidos había más disciplina y el líder era el líder.

Yo lo sé porque en los desayunos del Ritz, un grupo de cinco mujeres periodistas, había veces que decíamos que teníamos que hacer hasta tres en una semana porque había mucho protagonista que quería participar. Gente de todos los partidos que querían venir, hasta los de ETA.

P.- Cambiamos al PSOE, con otra destacada cabeza de cartel como Felipe González, que también monopolizaba.

R.- Él no hizo estos repartos de la tarta.

P.- ¿Intentó dar una imagen de modernidad primero contra el resto de socialismos y luego contra UCD?

R.- Con los otros socialismos lo que hizo fue fagocitarlos, todos menos el andaluz y el PSUC, que era más comunista. Del PSOE histórico, cuando se acabaron esas siglas, asumió a algunos de esos nombres.

Felipe González era el líder y lo fue frente a Rodolfo Llopis y Tierno Galván. Había un momento, en el año 1976, que en Bruselas hubo una reunión de gente de la OCDE y estaba Areilza. Entonces le preguntó el holandés Andersen que quién de los tres (González, Tierno o Llopis) tenía más posibilidades de ganar el voto popular, a lo que respondió que Felipe. Ante esos les ganó González. Tierno lideraba un movimiento, el PSP, y tenía su propio carisma que desarrolló como alcalde, pero siempre era el incordio que tenía el PSOE.

González era un líder fabricado, a pesar suyo. No quería ser el primer secretario general en el congreso de Suresnes. Se le elaboró y no es que se le dijera la manera de actuar, pero sí lo que tenía que decir y la forma de comportarte. Por ejemplo él no participó en la Constitución, fueron Alfonso Guerra y Gregorio Peces Barba los que negociaron con Abril Martorell. No iba a las reuniones con el empresariado o con los banqueros, iba a que le conocieran y a quitarles miedos. No tenía tajadas del partido que le obligaran a retomar relaciones con el espectáculo, con la Iglesia o con la banca. Él no entraba. En los Pactos de la Moncloa no quería ir. Carrillo me dijo que lo llevaron de la oreja y Fuentes Quintana aseguró que no quería asistir. El motivo es que sabía que eso era una foto en la que iban a entrar gente como Carrillo, pero una instantánea para salvarle la cara de las averías económicas a UCD.

P.- En la campaña electoral, según las palabras de Joaquín Leguina, el responsable, que era Alfonso Guerra, tenía claro que el que vendía era González y que era él al que había que mostrar. Se refería también a la imagen de modernidad que escenificaba con una camisa de cuadros que no se volvió a poner.

R.- Hay un momento que sí. En Cien años de honradez, en blanco y negro con un puntito rojo, ahí estaba con camisa de cuadros y pana, el hombre de la pana. El otro día estuve viendo unas fotos de González en casa de José María Armero. En la primera estaba él con pana y en la segunda con un chaleco, un terno elegantísimo y una corbata de seda. Había pasado un año y fue un cambio.

Hubo un momento que fue a ver a Jaime Carvajal de Urquijo, amigo del Rey desde los estudios primarios, presidente del Banco Urquijo y mensajero del Monarca, que le dijo que lo que temía era la idea de que percibieran a un PSOE asilvestrado. Es cuando le comentó que había que cambiar la indumentaria. Tenía que entenderse con todos. Hubo gente como Miguel Boyer o Claudio Boada que los introdujeron en la sociedad económica y empresarial.

P.- En el PCE sí que se observa una diferencia en las primeras elecciones, en las que además de interesar Carrillo, también lo hicieron personalidades muy relevantes de los exiliados, caso de Pasionaria o Rafael Alberti. ¿Comparte con Cristina Almeida que pudo ser una equivocación en la estrategia comunicativa de la formación?

R.- Ellos jugaron la carta heroica pero la gente que había hecho aquí la oposición, a los que podían conocer como por ejemplo a Jorge Semprún, que, como todos los que habían estado aquí, lo habían hecho en la clandestinidad, no eran nadie, eran anónimos. A los otros se les conocía de la historia, eran héroes de la resistencia.

En otra ideología, por ejemplo, tenía más importancia un Josep Tarradellas que un Jordi Pujol o un Miquel Roca.

P.- ¿Provocó el rechazo del electorado moderado que presentaran a dichas personalidades exiliadas?

R.- Es que no iban a un electorado moderado. Lo que pasó ahí es que estaba el PSOE, que se llevó a mucho votante del PCE. Aquí lo que había organizado era CCOO y eso era la maquinaria. Cuando se legalizó el PCE uno de los objetivos era contarlos, saber los que eran porque tenían miedo de que fueran muchos. Cuando ocurrió el asesinato de los laboralistas de Atocha, en el entierro, que el propio Rey lo sobrevoló para verlo, vieron una procesión sepulcral en silencio, orden, que parecía un ejército. Avanzaban con las flores en forma de hoz y martillo y decían se siente, se siente, Carrillo está presente.

El PCE, por tanto, no es que sacaran a la Pasionaria, sino que a los comunistas ella les gustaba, al igual que Carrillo, Simón Sánchez Montero o Marcelino Camacho. Y esos eran los que tenían que votar.

P.- Compartieron protagonismo, por los motivos que fuera ¿no?

R.- Sí, pero el telonero era Carrillo. Se le votaba a él porque Dolores era una anciana, un icono vivo, pero venía mayor ya. Además era la soviética, para entendernos, aspecto que Carrillo tuvo que cortar para poder ser legalizado, que no hubiera dependencias ni económicas, ni ideológicas ni de directivas internacionales. Pero ella venía hablando de que tenía allí a sus hijos, sus nietos soviéticos y tenía casa en Moscú, por lo que tampoco querían lucirla mucho.

La historia luego continuó. Expulsaron al propio líder, luego vino Gerardo Iglesias y después Julio Anguita. Entre ellos mismos no había un acuerdo en el liderazgo porque el PCE tampoco es de líderes, es de masas. Y si no es así, no tiene razón de ser.

P.- Y en el caso de AP primero, CD después, la preponderancia era de Fraga para bien o para mal.

R.- Le pregunté a Fraga y me dijo que a los magníficos los hacía vicepresidentes y ponía a cada uno en su sitio. No es que repartiera poder, sino un cargo. Se notaba en ellos que el más demócrata de todos era Areilza, pero los demás no. Ni Martínez Esteruelas, ni Silva Muñoz, ni Enrique Tomás de Carranza, ni López Rodó. A lo mejor no querían que continuara el Franquismo, pero, posiblemente, no sabían lo que querían que viniera.

El propio Areilza hubiera sido partidario de hacer la reforma por Decreto-Ley, lo tiene puesto en sus diarios. No pensaba en dos cámaras elegidas por sufragio universal, sino una y la otra corporativa. Incluso  que continuara el Consejo Nacional del Movimiento. Areilza mismo y Fraga pensaban que, en vez de partidos, podrían ser familias, sindicatos y municipio. Seguían pensando lo mismo que José Antonio.

P.- La importancia de la prensa en el período parece esencial. En el caso de El País, ¿atendió a la necesidad de contar con un medio afín al centro-izquierda?

R.- Más tarde, no en aquel momento. A partir de 1982, un poco antes del Gobierno del PSOE. El País comenzó a diferenciarse entre 1980 y 1981, cuando se produjo el acoso a Suárez. Se veía que venían los socialistas y fue cuando hicieron la moción de censura y luego la de confianza. A partir de ahí el periódico sabía que sus lectores estaban en el centro, por lo que tenía mucho interés en que el PSOE se centrara. Había una dinámica de influencia mutua, una sinergia.

P.- Y para concluir la relevancia de las revistas, en especial las dos de mi estudio: Cambio 16 y Triunfo.

R.- Cambio 16 tenía mucha importancia. Por ejemplo, cuando el Rey hizo el primer viaje a los Estados Unidos, en el que iba a hablar de la apertura democrática en el Capitolio, corrió el riesgo de ser cerrada durante cuatro meses. Lo que hizo fue publicar una imagen del Monarca bailando claqué. Es un primer ejemplo. Sufrió muchas censuras.

Triunfo igual. Ellos tenían unos lectores, no eran de impacto nacional. Lo que pasa es que se repicaban cosas. Las radios lo hacían con informaciones publicadas por las revistas, curándose en salud.

Pilar Urbano

(23 de enero de 2013 en su estudio)

 

Entrevista a Manuel Vicent

Madrid.- Manuel Vicent (Villavieja, 1936) constituye el perfecto ejemplo de un prolífico escritor que ha desempeñado también su quehacer en el mundo del periodismo. A pesar de su primera formación en Derecho y Filosofía en la Universidad de Valencia, su traslado a Madrid trajo consigo aparejado su inscripción en la Escuela Oficial de Periodismo y su primer contacto con ese oficio.

Nunca ha pertenecido a la plantilla de un medio de comunicación, su tarea se centraba en colaboraciones o en redactar crónicas y columnas, dependiendo del medio en el que lo llevara a cabo. Empezó escribiendo novela, labor que sigue efectuando, y en sus planes nunca entró hacerlo en los periódicos, como finalmente ocurrió. Su primera incursión fue en el diario Madrid, tras ello hizo lo propio en Hermano Lobo y Triunfo, dos publicaciones del mismo grupo, y seguidamente en El País. Allí fue en donde más relevancia ha tenido su obra, como redactor de las Crónicas Parlamentarias, de unos artículos en la última página, unos daguerretipos en el semanal y, finalmente, unas entrevistas a dos páginas en el semanal y diversos artículos de opinión.

Con la conversación mantenida con él se ha podido conocer más y mejor dos publicaciones muy relevantes en la Transición y en las que trabajó: Triunfo y El País. Vicent, como una de las plumas más relevantes de ambas cabeceras, podía suministrar, así lo hizo, una gran información al respecto del semanario y del diario, respectivamente.

Pregunta.- Trabajó en la revista Triunfo. ¿Cuál era su labor allí?

Respuesta.- De colaborador y no de columnista, sino redactor de crónicas. Entré a través de Hermano Lobo, que era de la misma empresa. Siempre he sido colaborador, nunca he estado en plantilla en ningún periódico. Empecé escribiendo novela y no me imaginaba, ni estaba en mis proyectos, que iba a escribir en los periódicos. Pensaba que me dedicaría a crear obras narrativas.

P.- ¿Cómo empezó entonces su relación con el periodismo?

R.- En el periódico Madrid. Entonces era un rotativo de la tarde, del Opus Dei, pero de la parte aperturista y antifranquista. Ya estaba vigente la Ley Fraga, en la que se había suprimido la censura previa y no tenías la obligación de ir a que nadie te tachara, ni a publicar determinados artículos que te mandaban desde el Ministerio, pero sí tenías la opción, que es lo que más les fastidiaba al Régimen, de no escribir sobre determinados aspectos, de no ponderar algunos acontecimientos. Les fastidiaba más lo que no escribías que lo que sí. Por ejemplo, valorar poco un acontecimiento del 1 de mayo, del día de San José o de la inauguración de un pantano.

Yo empecé escribiendo una columna en la tercera página, muy crítica. Los clásicos pellizquitos de monja que se les podían dar entonces al Franquismo. Cualquier cosa que escribieras tenías la complicidad del lector.

P.- ¿Tras esa etapa inicia su actividad en Hermano Lobo, como paso previo a Triunfo?

R.- Cuando ese periódico desapareció, que fue dinamitado por la censura, se fundó la revista Hermano Lobo. Empecé a escribir artículos políticos allí, también con la complicidad del lector, que sabía leer entre líneas. La redacción estaba en la planta baja, en el sótano, mientras que la de Triunfo estaba en la primera planta. En ese momento yo entré por el sótano.

El primer artículo que escribí en Triunfo fue sobre la justicia democrática, la primera vez que se habló de ello. La revista previamente había sido una publicación de cine y espectáculos, y después de política extranjera y cultural. Lo que sucedía es que todo lo que se decía de fuera tenía una connotación interna. Eso ya sucedía en el Madrid, que fue cerrado por un artículo sobre de Gaulle. Con el mismo Cuco Cerecedo, que hacía las crónicas deportivas, el lector avisado sabía que Bernabéu era Franco en el palco y que las extremas izquierdas siempre eran más rápidas que las extremas derechas. Y que la defensa siempre era la Brigada Social.

En el mundo era lo mismo. La política internacional la escribía Eduardo Haro Tecglen y todo tenía una connotación política. En la parte cultural aparecía, en aquel momento, tanto en cine, teatro u arte, lo último que se llevaba.

P.- ¿Qué significaba leer Triunfo?

R.- Ideológicamente hablando, tenerla bajo el brazo, también Hermano Lobo, era un tic. Sabías que quién llevaba la revista era progresista, un antifranquista, por decirlo de alguna manera. Progre era un insulto de la derecha, algo despectivo.

P.- ¿Recuerda cuál fue el punto de inflexión de Triunfo para comenzar a abordar temas políticos?

R.- A medida que se fue abriendo la censura, más allá de la muerte de Franco, porque Triunfo estuvo cerrada un par de veces. A mí, a Francisco Umbral o a Manuel Summers nos llevaron un par de veces al juzgado. No les llegaron a condenar, aunque a mí lo llegaron a hacer por un artículo publicado en una revista llamada Personas, por desacato contra un juez que se llamaba Chaparro, que había sacado por la puerta falsa el asunto de Montejurra, con el hombre de la gabardina blanca. No me aplicaron la amnistía porque consideraron que ese desacato era del Código Penal normal, pero hasta el último momento logre escabullirme, ya cuando estaba sentado en el banquillo.

P.- Refiriéndonos a diferentes personajes de la revista, ¿qué diría de José Ángel Ezcurra?

R.- Era una persona que, en esos momentos sin él darse cuenta, arriesgó mucho. Él venía de Valencia, de un ambiente frívolo. La revista Triunfo era de espectáculos, de artistas de cine y de aspectos similares. Por una serie de circunstancias empresariales fue derivando hacia una revista política, cayó en manos de gente muy politizada como Haro Tecglen. Sin tener una idea muy amplia de la democracia y de la libertad se dejó seducir por ese proyecto, después se enamoró perdidamente de ese proyecto y tras ello se puso en cabeza de ese proyecto. Al final estaba como un timbre de gloria el haber conducido esa empresa primero a la polémica, después a la contienda y finalmente ha pasado como uno de los que arriesgó. Hay un momento en el que lo haces con el dinero y la cárcel.

Fue alguien que no se imaginaba donde le iba a llegar esa empresa y esa aventura. Era algo muy parecido, en otra dimensión, que lo que le pasó a Suárez. Ahora la aventura es lo que trae el viento. En ese momento nadie sabía dónde iba a traer el viento la libertad o la democracia. Y Ezcurra igual.

P.- Ha hablado de Haro Tecglen. ¿Cómo era?

R.- Era un superdotado para la escritura, con un talento extraordinario, que aparecía en Triunfo bajo cuatro pseudónimos. Era de esos todoterrenos que estaban siempre en la parte interior. Nunca daba la cara, ni estaba en un primer plano, pero tenía ese talento para estar en segundo plano dirigiendo. De esos que daban todo lo mejor de sí sentados.

De la parte progresista, en esos momentos nadie opinaba nada sin haber leído a Haro Tecglen. Era el que escribía lo que tenías que decir. Tenía una influencia enorme.

Después de ahí pasó a la sección de opinión de El País y, como muchas veces era contradictorio con la línea que adoptaba el periódico, se quedó un poco desbancado. Pasó a un rinconcito en la página de televisión, que estaba poco valorada, pero su talento hizo que la gente abriera el periódico por esa parte. Y, desde ese lugar, le permitían incluso disparar contra la propia Dictadura. A veces se lo decía, no sé si le sentaba bien o mal, pero era como ese maqui perdido en la guerra que no sabía que los aviones que pasaban eran de Iberia e iban a Mallorca.

P.- ¿Era de ese tipo de periodistas vitales para una redacción?

R.- Como la vida no le trató bien personalmente, tuvo muchos problemas familiares, él tenía una especie de desencanto muy profundo. A veces le llevaba a ser injusto en algunos juicios, pero siempre era lúcido y superdotado. Es de esos periodistas que para una redacción son irrepetibles e imprescindibles porque, muriera el que muriera a las once de la noche a punto de cerrar, fuera un político internacional o un artista, él siempre en media hora te escribía un artículo. Y en un periódico un ser de este calibre es importantísimo.

P.- Y hábleme de otra pluma importante como era Manuel Vázquez Montalbán.

R.- Tenía un talento enorme. Era un grafómano, no podía vivir sin escribir, ya fuera de pie, sentado o boca arriba. Poseía un pensamiento marxista, pero lo definiría como un marxista pop. Tenía una lucha política porque estuvo en la cárcel y se destapó en Triunfo, en esa Crónica sentimental de España que estuvo muerta en un cajón durante varios meses, hasta que alguien la leyó, comenzó a publicarlas y lo colocó en un primer plano.

Por otra parte era comunista, no dejó nunca de serlo y casi se quedó solo. Él decía: por lo menos dejadme que sea yo el que cierre la puerta. Era tímido, pero a la vez irónico. Un gran trabajador que cumplía con su obligación de escribir, no podía fallar nunca.

P.- ¿Dónde radicaba la importancia de Triunfo? Ha dicho que influía mucho ideológicamente.

R.- Había interpretado algo que estaba en el ambiente, que era lo que entonces se llamaba la alcantarilla política, los que estaban en la cárcel, en la clandestinidad, en la lucha de la universidad, los sindicatos o los estudiantes. Había una carga magnética en el ambiente, con las hormonas juveniles que rompieron las posturas y que veían que esto tenía salida, que era algo absolutamente cutre. Querían estar en Europa, con un horizonte de libertad, con el mercado común, etc. Todo eso lo sintetizó en un momento.

Después hubo otros como Cuadernos para el Diálogo, pero ya era más de partido, de la Democracia Cristiana, de Joaquín Ruíz-Giménez. Ya se sabía lo que querían. Era como el germen de un partido que después lo sería. Triunfo era la carga magnética que había en el aire y que la sustentaba.

P.- ¿Qué opinión le merecen las escisiones que hubo en Triunfo?

R.- Dentro de Triunfo hubo una escisión y se fundó La Calle, pero también como partido, así como los Cuadernos ya eran democristianos. También hubo otra en Hermano Lobo, que era un humor blanco, aunque la carga política era de profundidad. Este caso fue a una revista en Barcelona que ya era mucho más política, mientras que la primera apostaba por un humor, en principio, no comprometido en ninguna parte política, pero que la carga de profundidad era mucho más influyente porque estaba reventando los cimientos de la sociedad.

P.- ¿Esa importancia de Triunfo vino determinada también por su morfología, con artículos amplios, y su lenguaje?

R.- Sí, porque eran artículos que, en su momento, contenían todo. Estaban los mejores, los que en aquel momento se creía uno que eran los mejores. Y después, cada uno en su sitio, eran gente solvente.

P.- ¿Qué pasó con la muerte de Triunfo?

R.- Se extinguió porque salió El País y todos los que escribíamos en la revista. Es decir, el clima que rodeaba a Triunfo lo absorbió el nuevo rotativo. Ya no tenía sentido esperar a leer en la revista lo que leías todos los días en el periódico diario y escrito por las mismas personas.

P.- Ha hablado del surgimiento de El País como una de las causas que provocó el final de la revista. ¿Pudo ser también el hecho de ofrecer un producto más arcaico en relación con otras publicaciones como Cambio 16?

R.- Cambio 16 era más política, más de chismorreo político. Triunfo era una revista muy seria, como la parte formal de todo aquello. La apertura y el chismorreo político se fueron apoderando en la gente.

P.- ¿Hasta qué punto influyó el hecho de haber conseguido determinadas reivindicaciones democráticas?

R.- Mucho, porque dejó de ser un tic clandestino. Ya se había conseguido la libertad y sobre todo, porque lo que se escribía en Triunfo se hacía en El País.

P.- ¿Cómo inicia su labor en la cabecera de Prisa?

R.- Yo no entré en el primer momento. Estaba en Triunfo, que se solapó con el periódico algún tiempo. A mí un día, ya en 1976, me llamó el director, Juan Luis Cebrián, para decirme si quería escribir las crónicas parlamentarias. Era verano, estaba ya de vacaciones, y dudé, pero empecé a escribirlas desde el primer momento, desde que se reunieron y se produjo la entrada de Santiago Carrillo, Pasionaria y Manuel Fraga.

P.- Sería un periodo muy productivo e intenso, informativamente hablando.

R.- Fue, desde el punto de vista periodístico y literario, de una intensidad y una maravilla notables. Cebrián, en ese momento, me dijo que me diera una vuelta por las Cortes y después escribiera lo que quisiera. Tenía que hacer una crónica literaria de la sesión y de lo que me apeteciera. Era un género literario-periodístico muy utilizado en España, muy antiguo. Todos los grandes habían pasado por esa experiencia de hacer crónica parlamentaria, como por ejemplo Azorín o Wenceslao Fernández Flores. Y era muy leído porque era liviano.

Estuve solamente en la primera legislatura, que primero no era constituyente. Desde que se inició hasta el día que se proclamó la Constitución. Del primer discurso del Rey hasta el último. Después ya lo dejé y empecé a escribir artículos, primero en la última página, que era donde aparecíamos Rosa Montero, Juan Cueto y yo, turnándonos; después pasé a realizar unos daguerrotipos en el semanal y, tras ello, unas entrevistas a dos páginas los sábados y a realizar opinión.

P.- ¿Fue un periódico ideado por el centro-derecha que acabó convirtiéndose en progresista?

R.- Le pasó lo mismo que a Triunfo. Después de los escombros de la Guerra Civil, en el aire había quedado en suspensión el regeneracionismo, la institución libre de enseñanza, el orteguismo, una cultura burguesa que en España es rara avis, un burguesismo ilustrado, europeísta, demócrata, junto a la palabra república. Todo eso estaba. El País lo sintetizó, capitaneado empresarialmente al principio por una serie de personas.

Afortunadamente el Franquismo no le dejó salir a la calle. Si en ese momento hubiera aparecido habría surgido manchado porque tendría que haber publicado la muerte de Franco con los panegíricos y las exequias inevitables, con lo cual aquello hubiera nacido salpicado. Afortunadamente no se le dejó salir. Lo hizo fuera y a partir de ahí hubo muchas sacudidas empresariales para adueñarse de la línea del periódico. Primero por una derecha liberal, muy marcadamente de derechas, y segundo por otra más progresista. Ahí hubo una lucha bastante dura y, al final, cogió esa línea progresista, independiente, liberal y europeísta.

La parte que apostaban por la otra línea no tuvieron ningún motivo para adueñarse de él, porque la que finalmente triunfó ganó muchísimo dinero, con lo cual la otra voz fue quedándose sin representación en los Consejos de Administración.

P.- ¿Fue un periódico muy estudiado? ¿Modernizó el periodismo existente hasta la fecha?

R.- Fue un producto muy bien hecho. Era muy necesario y había también una experiencia de periódicos muy influyentes en el hecho de que fuera el primer presidente el hijo de Ortega y Gasset, que venía de El Imparcial y El Sol. Después el periódico lo hacían los periodistas. El director sabía hacerlo y, de hecho, enseguida el éxito económico le dio un bálsamo. Y era muy influyente en ese aspecto porque siempre se ha dicho que era un periódico del PSOE. Era al revés. El PSOE era de El País. Era mucho más importante que el partido político.

En él estaban todos los que tenían que estar. Después se consagró porque siempre hay un momento en la historia que te fuerza a dar la talla. Y ese hecho se produjo en el 23F. Se arriesgó. Ese día todos los periodistas que estaban en ese momento en la redacción dejaron de escribir mientras se reunía el staff para ver lo que se hacía y se pusieron cara a la puerta, esperando la entrada de los militares. Al ver que no lo hicieron se pensó que no sabían la dirección o que era una chapuza que no estaba claro. A las ocho o nueve de la tarde el periódico salió con el titular El País, con la Constitución. Ahora parece fácil pero no lo era y ahí se consagró. También el Rey lo utilizó para legitimarse, pero el diario se erigió ese día como un periódico que daba la cara. No es lo mismo salir ahí que hacerlo dos horas después de otro periódico.

P.- ¿Influyó en el éxito adelantarse a Diario 16 en sus planes de lanzar a los quioscos un periódico diario?

R.- En ese momento, que El País creó un vacío alrededor, succionó todo el talento periodístico que había en este país y acabó con Triunfo, con Cambio 16 y con Cuadernos para el Diálogo. En ese momento era El País, después hubo otros como Diario 16, pero era una línea que había marcado ya el periódico de Prisa. Ante todo era un rotativo bien hecho y eso es lo importante. A lo mejor Diario 16 sería más fácil de leer, más divertido y ameno, pero el diario en el que colaboraba estaba muy bien hecho en ese momento.

P.- Hablamos de las elecciones. ¿Cómo afrontó El País las primeras, las del 15 de junio de 1977?

R.- Como una oportunidad para que España fuera democrática, llegando con la máxima naturalidad y libertad. Apostó por lo que El País era, la libertad y la democracia. Yo no tengo una idea muy clara pero me sentía muy cómodo en ese momento. La verdad es que la primera Transición era una aventura, la palabra significa lo que te trae el viento, y en aquel momento era una empresa en la que toda la parte antifranquista estaba dispuesta a dar lo mejor de sí. Así como ahora hay una cosa tóxica, que todo el mundo da lo peor, entonces era a ver si lo sacábamos entre todos y había un espíritu positivo. Y El País se puso al frente de esto.

P.- En las primeras elecciones, ¿tomó partido el rotativo por alguna formación o era más a favor de la democracia?

R.- Era democracia y posiblemente con cierta reticencia a toda la parte de la UCD. Era antifraga y aquellos magníficos. Fraga fue el primero que ideó hacer el diario y capitaneó la facción que quería apoderarse del periódico. Jugaba a la contra porque ya era un fenómeno periodístico y El País disparaba, más que nada, contra este grupo de franquistas. Después a Suárez no lo tomaban en cuenta porque era un advenedizo y apostó por González, pero creo que no tomó una postura ideológica.

P.- ¿Qué diferencias percibió en las segundas elecciones, en la nueva victoria de Suárez?

R.- Creo que, en ese momento, ya estaba más decantada hacia el socialismo. Ya se definía más por un futuro contra Suárez, considerando que esa primera etapa había pasado y que había cumplido con su labor. De hecho, el presidente del Gobierno fue traicionado por los suyos y parte se fueron a los socialistas y otros con Fraga.

Ahí se dividió y El País apostó por la parte que se iban con los socialistas, como por ejemplo Francisco Fernández Ordoñez.

P.- Hablando de la personalidad. ¿Considera relevante conocer al personaje, su manera de ser o su trayectoria de cara a las elecciones?

R.- En política se ha vuelto al ágora. Es decir, a Pericles lo veías como personaje, cómo se movía, cómo hablaba y lo conocías personalmente. A través de los medios de comunicación ahora se ha vuelto a lo mismo. Tú al personaje lo ves, lo oyes y te cae bien físicamente. Después está toda la política americana de vender un personaje político como un producto. De hecho, los americanos lo han descubierto y lo han incorporado a su sistema, saben que cuando un candidato te toca o te da la mano consigue un voto. Pero eso ya es un marketing político.

Y después, que aquí también se ha aprendido, un candidato o incluso una idea política se lanza como un producto. De hecho las elecciones se ganan solamente con una frase porque la gente no está para dos. Por ejemplo, podemos o por el cambio. Y después saber que en un mitin tienes que hablar a la gente dependiendo del número. Cuanta más haya la psicología de la multitud se reduce. Es decir, a cincuenta mil personas en un recinto hay que hablarles como si lo hicieras a un niño de nueve años. Si le hablas como si tuvieran cincuenta años no te entienden, no te escuchan, se aburren.

Ahora se le da más importancia a la corbata. Esos que te dicen la que debes ponerte o que no muevas las manos. Eso es un producto que, junto con una idea madre, gana las elecciones. Pero, a la vez, el candidato sale de una cosa que está deseando la gente. No es el héroe el que conduce a una sociedad, sino que es la sociedad, el espíritu de un tiempo, el que fabrica un mito. No es Hitler el que enloquece a un público alemán, sino que es la locura del pueblo alemán el que fabrica en este caso a un dictador. La sociedad te va generando ese muñeco que sintetiza. Hay que saber venderlo y aquí lo hizo de maravilla Felipe.

P.- Mi tesis versa sobre los contenidos personales en las dos primeras campañas electorales. Salvo la excepción del PCE en las primeras elecciones, en las que mostró a más personajes que el líder, como Pasionaria o Rafael Alberti, en la mayoría de los casos estaba monopolizado por el principal candidato. ¿Cómo cree que lo enfocaron los distintos partidos políticos?

R.- Durante la clandestinidad del Franquismo el socialismo no existía. Los rojos eran comunistas todos. Había en el exterior unos socialistas de la guerra y también había unos comunistas. Los primeros, en el congreso de Suresnes, apostaron por unas nuevas caras.

Aquí todo el mundo se creía que iba a ser un comunismo tipo italiano, con Ramón Tamames o Nicolás Sartorius, que eran los jóvenes. Pero aquí viene la democracia y el socialismo, que no había sido nada, lo único que exhibe es una palabra mágica que es socialismo y una cara nueva, como un héroe que viene del sur, de la clandestinidad. Los comunistas se presentan con veinte caras que son las imágenes de la guerra, todos. Pasionaria, Simón Sánchez Montero, que había sido torturado un millón de veces en la cárcel, Rafael Alberti, Ignacio Gallego…

P.- ¿Se equivocó el comunismo con esa estrategia?

R.- Se equivocó totalmente. Era imposible que esta gente, que habían sido héroes de la guerra y de la clandestinidad, lograra unos buenos resultados. Era impensable pero eso fue, a su vez, la causa de que no tuvieran salida. Primero porque la sociedad española quería olvidar la guerra. Es decir, el proyecto fundamental de la Transición fue que esta vez no nos vamos a matar. Otros nostálgicos, de la derecha y de la izquierda sí, pero el grueso de la sociedad era de pensar en olvidar el enfrentamiento bélico porque la juventud no la conocía. Sabíamos que había habido una pero no la habíamos sufrido.

Y después si el socialismo te daba un izquierdismo que ya dejaba de lado el marxismo hacía que fuera una ideología digerible.

P.- El presidente era una persona que tenía mucha telegenia, vendía muy bien ante las cámaras. ¿Le ayudó el hecho de ser posiblemente el dirigente político que más se mostraba al electorado, incluso en revistas como Hola?

R.- Lo de Suárez puede ser. En ese momento había dos líderes: él y Felipe. Incluso físicamente. Eran dos formas contrapuestas de ser España. Uno aguerrido, valiente, un poco horterilla y catetillo, pero atractivo y audaz; y el otro más misterioso, más en el fondo de la sociedad. Uno venía del Franquismo, del Movimiento, y otro venía de la clandestinidad. Pero uno venía del Movimiento destinado a limpiar las cuadras del Franquismo.

Eran dos héroes, incluso físicamente tenían el diseño de dos héroes, dos jóvenes que se enfrentaban en las Cortes como dos personajes del oeste, a ver quien desenfundaba primero. Y después la historia te pone en tu sitio, como con el 23-F. Es como cuando en el mar viene una tempestad. El mar no quiere horteras que arriesgan, pero cuando viene la tempestad el mar te exige que des la talla. ¿Qué pasa con la tempestad política que hubo el 23-F? ¿Quién da la talla? Suárez, no solamente porque no se tiró al suelo, sino porque arriesgó el pellejo saliendo del escaño para salvar al amigo, que era Gutiérrez Mellado. Esa cosa ibérica de arriesgar la vida por un amigo y el haber sido traicionado por los suyos le convierte en un héroe romántico que cada día ha ido creciendo muchísimo más.

P.- Le hablo de unos casos concretos que se publicaron en ABC y en El País. Eran espacios publicitarios y, bajo la denominación de UCD informa, se realizaron entrevistas de personalidad a diferentes candidatos de la formación. ¿Cree que esas entrevistas pudieron ayudar a los centristas, presentando al segundo escalafón e, incluso, al tercero de sus dirigentes?

R.- No lo sé. No lo recuerdo. A mí si me das a elegir entre las dos opciones me quedo con la de El País porque está mejor hecho, es la forma moderna de un periódico, frente a la antigua de ABC.

P.- ¿Por qué en todas las formaciones eran muy conocidos los líderes y el segundo escalafón no se mostraba tanto?

R.- Aquí se apostó por las terribles listas cerradas. Eso que en aquel momento se hizo para congregar las fuerzas políticas en pocos partidos porque aquí había muchos. Pero ha producido una claustrofobia del partido. En la república y en cualquier país del mundo está prohibido leer. Aquí hay que hacerlo. Si lees no sabes la persona que ha escrito eso. Mientras que si hablas, improvisas y eres tú.

Imagínate qué pensaría si en el Parlamento inglés estuvieras allí leyendo. Es impensable. Aquí lo que se ha producido es una claustrofobia de los partidos y, de hecho, todo eso de la corrupción y de la política obedece a que, en los partidos, la política está poco ventilada. La sensación que ahora te produce cada partido es que es como una habitación cerrada.

P.- No sé si recuerda las Tertulias electorales de ABC. ¿Qué necesidad había de debate en aquellos días?

R.- En la pre-democracia había cenas, Gavilanes por ejemplo, y después las tertulias, que han derivado en las que se llevan a cabo en la radio y en la televisión, que son cloacas.

En ese momento la diferencia fundamental de la Transición con lo que hay ahora es el concepto que existía de adversario, pero amigo. Y eso funcionó durante la Transición, hasta que en el segundo período de Aznar volvió otra vez al amigo/enemigo. Es el concepto africanista de la política. A mi amigo leche de camella, a mi enemigo una patada en la barriga. Y estamos en eso.

P.- Para concluir, ¿cómo valoraría el papel de la prensa en la Transición?

R.- En la primera etapa muy bien, con todas las caídas que hubo, con la libertad unos lo hicieron mejor que otros. Valía todo y se podía perdonar todo porque era el momento en el que el maestro se va de la escuela y todos los niños empiezan a tirar tiza a la pizarra. Luego se ha ido degradando.

P.- ¿Cuánto dura ese primer momento?

R.- Toda la Transición hasta la mitad del socialismo. Durante el inicio de la nueva democracia entrabas en un bar y si estaban los del otro grupo bien. Salías de las Cortes y todos los periodistas de distintos medios eran amigos e iban al mismo pub y al mismo restaurante a comer juntos. A partir de un momento, en cuanto las infanterías se introducen e infectan el periodismo, es entrar en un lugar y tener cuidado con los profesionales de otro medio de comunicación.

P.- ¿La Ley Fraga cómo cambió el periodismo?

R.- Lo he dicho con una frase que escribí en Triunfo: Fraga cortó las alambradas, pero dejó las minas dentro. Cuando había alambradas tenías que ir al Ministerio y un infumable te decía lo que no podías publicar. No arriesgabas más que la humillación y el papel. Después había contenidos de inserción obligatoria.

Fraga eso lo quitó, pero dejó el campo sembrado de minas. De hecho, cuando ya tenías la edición podías saltar por los aires, como lo hizo el diario Madrid y su edificio.

P.- Hablemos de las dos publicaciones que aún no hemos comentado. El primero es el ABC, con ese cambio de sistema, que lógicamente defendió por la línea editorial que poseía.

R.- Era un periódico conservador, de derechas, pero siempre era un rotativo fiable, bien hecho literariamente, en el que escribían las mejores firmas, los académicos, etc. En esa segunda Transición periodística empezó a ser un periódico histérico. Esos buenos modales que siempre ha tenido, esa templanza del hombre conservador, los perdió en la última etapa.

P.- Ya ha hablado de la importancia de las revistas. ¿Su opinión de Cambio 16 como caso concreto?

R.- Cambio 16 e Interviú, en ese momento, fue un fenómeno de una apertura, de un erotismo suave en el caso de la segunda, de escándalos. No sé si Cambio 16 se publica ahora mismo.

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(24 de enero de 2013 en el Hotel Eurobuilding)

Entrevista a Manuel Campo Vidal

Zaragoza.- Manuel Campo Vidal (Camporrells, 1951) es uno de los personajes más relevantes del periodismo, tanto escrito como principalmente audiovisual. Pasará a la historia como el informador que moderó el primer debate electoral televisado entre dos candidatos a la presidencia del Gobierno en nuestro país, con Felipe González y José María Aznar como protagonistas, el 24 de mayo de 1993; y como el que más veces ha desempeñado esa función en dichos formatos durante la nueva democracia española.

La Cadena Ser, Antena 3 o Audiovisual Sports, y la revista Triunfo constituyen tres de los numerosos medios en los que ha ocupado diversas responsabilidades, desde las propias periodísticas hasta también directivas. El hoy presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión fue relevante para la investigación como consecuencia de su labor como corresponsal en Barcelona de la revista Triunfo. Su pertenencia y conocimientos le permitieron dar una visión fidedigna de una de las publicaciones más relevantes de la Transición española.

Pregunta.- Si no me equivoco llegó a Triunfo en el año 1978, cuando se fueron una serie de redactores que fundaron la revista La Calle. ¿Cómo fue su trayectoria la publicación primero semanal y después mensual?

Respuesta.- Yo estoy en ese período hasta que realmente cierra la revista Triunfo, primero era semanal y después mensual. Tuve la inmensa suerte de tener un profesor que se llamaba Manuel Vázquez Montalbán. Era mi profesor en la Escuela de Periodismo de la Iglesia de Barcelona, compartíamos la redacción, él como una persona ya de gran nombre en la sección de Internacional como comentarista y yo era becario en el mismo diario, el rotativo Tele-exprés. Cuando capital cercano al PCE monta una revista que se llama La Calle varias personas se van de Triunfo, cesa particularmente el redactor jefe, César Alonso de los Ríos, y Manuel Vázquez Montalbán, que era su estandarte, se van de una a otra. Entonces él tiene la inmensa generosidad de recomendarme al propietario, José Ángel Ezcurra, como el corresponsal en Cataluña. Manuel era mucho más que eso en dicha Comunidad pero yo quedo como el corresponsal en Cataluña.

Hace poco, en un homenaje a Vázquez Montalbán, Juan Cruz de El País decía: yo cuando empezó a escribir Manuel Campo Vidal pensé que era un pseudónimo de Manolo Vázquez, lo cual es un honor para mí que me confundieran con un pseudónimo de un personaje como era él.

P.- La tesis aborda, en lo que a las revistas se refiere, las publicaciones Triunfo y Cambio 16. ¿Qué diferencias existían entre una y otra?

Triunfo era mucho más analítica y Cambio 16 tenía dos particularidades: era una revista mucho más pegada a la actualidad inmediata, mucho más informativa, y además poseía una mejor información de uno de los grupos que aspiraba a liderar la Transición política española. Me refiero al mundo de los socialdemócratas, por tanto de Francisco Fernández Ordoñez, de Carlos Bustelo, etc., a través de su propietario y editor, que era un personaje realmente muy singular, digno de una novela, que era Juan Tomás de Salas. La diferencia estaba ahí: Triunfo era de izquierda analítica y la otra era una revista socialdemócrata pero mucho más pegada a la actualidad y centrada en el corto plazo de la información de esa semana.

P.- También el lenguaje influía ¿no?

R.- Sí. Cambio 16 tenía un lenguaje mucho más periodístico y  Triunfo tenía uno mucho más profesoral, analítico y reposado. Ésta última, en medio, tenía dos o tres grandes escritores: Eduardo Haro Tecglen, que era subdirector pero que también llenaba media revista con pseudónimos distintos, firmaba Pozuelo entre otras denominaciones; o Manuel Vázquez Montalbán, que era un prolífico escritor y se firmaba como la Baronesa de Orly, Luís Dávila para asuntos deportivos, Manolo V el Empecinado, etc. De ahí que Juan Cruz pensara que Manuel Campo Vidal era otro pseudónimo suyo.

P.- ¿Y por qué dejó de tener éxito? ¿Influyó mucho la prensa diaria o la llegada de la democracia y con ella la consecución de algunas de las reivindicaciones que se clamaban desde las distintas publicaciones?

R.- No. Yo creo que fundamentalmente en la crisis general de todos los semanarios, es verdad que Cambio 16 resistió algunos meses o años más, pero en unas condiciones bastante precarias,  el elemento fundamental fueron los dominicales de los periódicos. Es decir, el espacio que poseían los semanarios fue ocupado directamente por los dominicales de los periódicos. Y luego que los periódicos, particularmente El País, empezaron a dar una información que antes tenías que ir a buscar a los semanarios, con el ejemplo de Cambio 16, pero que a partir de aquel momento ya estaba en la prensa diaria.

P.- ¿No cree que la llegada de la democracia, con la que ya muchos de los principios que se defendían antes parece que se habían alcanzado, pudo haber influido en la despolitización de la sociedad y, por ende, en el consumo de un menor número de productos periodísticos centrados en ese tipo de contenidos?

R.- Puede ser pero yo creo que había razones sobretodo empresariales y de ciclo de información.  Aquellas que ibas a buscar a los semanarios porque eran los que más informaban ya la tenías día a día, con lo cual  podríamos decir que el semanario lo mataban, por un lado, los periódicos diarios y, en su parte más complementaria, los dominicales de los periódicos.

Yo creo que eso fue determinante porque los principios eran los mismos. Cuadernos para el Diálogo y Triunfo defendían la democracia, pero El País y otros rotativos también lo hacían. Con lo cual no era un tema de principios, sino editorial.

P.- Ya centrados en las elecciones, vivió unas como lector de Triunfo, las del 15 de junio de 1977, y otras como trabajador de la publicación, el 1 de marzo de 1979. ¿Qué diferencias percibió entre una y otra llamada a las urnas?

R.- Las elecciones de 1977 eran las de la sorpresa y las de 1979 las de la consolidación. De la sorpresa porque todavía había mucha gente en España que creía que el PCE iba a tener más diputados que el PSOE dada su gran actividad en los últimos años de la Dictadura y eso se demostró que no fue así. En las elecciones de 15 de junio Santiago Carrillo tuvo veinte diputados y Felipe González ciento dieciocho. Es decir, prácticamente le multiplica por seis, con lo que se ve claramente que la alternativa de poder a cualquier expresión de la derecha era el PSOE, pero en aquel momento previo a las votaciones no sabíamos lo que iba a suceder.

Hubo grandes sorpresas. Que quiénes invocaban la obra de Franco en junio de 1977, un Régimen que acababa de terminar no hacía ni dos años con la muerte del Generalísimo, es decir, Fraga Iribarne, Alianza Popular y una buena parte de su ex ministros, con los llamados Siete magníficos, resulta que obtienen sólo dieciséis diputados y que el último presidente del Gobierno de Franco y primero de la Monarquía, Carlos Arias Navarro, no salió elegido senador por Madrid. Era algo que no podía esperarse nadie.

P.- ¿Y las particularidades de los segundos comicios, primeros con una Carta Magna aprobada?

R.- Las elecciones de 1979, ya con un texto constitucional en la mano para sorpresa de todos y probablemente para desconcierto de muchos, fueron convocadas por el presidente Adolfo Suárez para el 1 de marzo y luego las municipales para el 3 de abril. Son los comicios de la consolidación. Felipe cree que puede ser presidente en aquel momento, pero sólo gana tres diputados; Suárez cree que puede tener mayoría absoluta, pero sólo gana tres diputados; y el PCE sólo gana tres diputados. Es curioso que las tres fuerzas principales avanzaran lo mismo.

Y se hunde el sector de Alianza Popular, que ya va con esa fórmula de CD que cree que ampliará y baja nueve, con Areilza, Osorio y Fraga como diputados, Las trillizas que les llamaban en aquel momento.

P.- ¿Cómo afrontó Triunfo las elecciones de 1979, en las que usted estuvo trabajando allí?

R.- No tengo una conciencia muy clara de la manera de plantear las elecciones y no me gustaría improvisar. Tengo mucho más claras las primeras elecciones catalanas del año 1980 porque me tocaba muy directamente. Pero con relación a los comicios nacionales yo no estaba en el núcleo de redacción, yo vivía en Barcelona y no sé, aunque hablé años después mucho y mantuve hasta su muerte una buena amistad con su propietario y director, José Ángel Ezcurra, pero no tengo la consciencia de cómo se las planteó.

Triunfo también vivió esa sorpresa por el hecho de que el PCE, que es verdad que había estado mucho más activo en la oposición democrática que el PSOE, tenía veinte diputados en 1977 y veintitrés después. Siempre hubo leyendas asociadas a la posición de la revista, que si estaba financiada por la Unión Soviética y cosas así, pero que son absolutamente impresentables e insostenibles. No tenía nada que ver.

P.- Como experto en comunicación que es, la importancia de dar a conocer el personaje político, los elementos personales como complemento a su labor política, ¿cómo de importante fue en aquellos años?

R.- Hubo un elemento que desconcertó probablemente a todos. Adolfo Suárez tenía una gran relación personal con la familia Sánchez Junco, propietarios de Hola. Y dicha publicación, que es un medio de comunicación de una gran influencia familiar en España, le dio apoyo y apareció en reportajes con toda su familia. Yo recomiendo que se busquen los ejemplares de la revista previos a ambas elecciones y verás la diferencia de tratamiento que había de Adolfo Suárez con otros líderes. Digamos que existía el pudor de yo no enseño mi familia. Eso se hacía mucho en el ámbito de la izquierda, aunque Fraga nunca apareció con su mujer, por lo tanto también la derecha. Suárez volvió a lo kennediano, no sólo entiende la televisión sino que entiende también la revista Hola. Y le ayuda mucho.

P.- Centrados ya en la revista Triunfo, con relación a un artículo suyo relativo a la ruptura de la Entesa, hay ejemplos de dos pequeños retazos personales, una clara muestra de lo que se encontraba en las páginas del medio. De Juan Benet destaca que lo calificó como caballo de la candidatura.

R.- Yo creo que lo digo en el sentido de caballo tractor. Josep Benet era una persona absolutamente respetada en los ámbitos intelectuales en Cataluña y fue un gran éxito del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) el poderlo incorporar allí. Luego fue candidato a las elecciones del Parlamento de Cataluña como independiente en las listas del PSUC y no ha habido elección posterior en la que dicha formación o cualquiera de sus derivados, en este momento Iniciativa per Catalunya (ICV), tuviera tanta presencia.

P.- Con respecto a Andreu Abelló se refirió a su currículum como presidente del Tribunal de Casación de la Generalitat.

R.- Era un hecho muy relevante. Era el único cargo del ámbito de la Generalitat que sobrevive políticamente, digámoslo así, para presentarse a las elecciones en la Entesa. No recordaba este artículo.

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(8 de noviembre de 2012. Colegio de Farmacéuticos de Zaragoza)

 

Entrevista a José Javier Aleixandre Ybargüen

Madrid.- José Javier Aleixandre (Irún, 1924) llama la atención por la coincidencia de su apellido con el genial escritor Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura en 1977. Sobrino y tío, el personaje que nos atañe pudo heredar de él las virtudes de las que su antepasado hizo gala, con una prolífica obra literaria. La narrativa, las obras de teatro, los cuentos infantiles y, sobre todo, la poesía le han hecho convertirse en uno de los mejores líricos del país en el siglo XX.

En el  periodismo su labor principal ha pasado por las cabeceras Ya, ABC, en la que fue enviado especial en la siempre difícil localización de Oriente Medio, y Actualidad Española, en la que llegó a ser redactor jefe. Muy conocidas fueron las charlas que llevaba a cabo, caracterizadas por realizarse sin ningún tipo de mecanismo de grabación, lo que le valió la incredulidad y alabanzas de buena parte de sus entrevistados.

En la tesis doctoral elaborada, el peso específico del personaje estaba fuera de toda duda. Es el autor de los productos informativos más presentes en la investigación, como fueron las entrevistas de personalidad a los candidatos centristas, aparecidas en los UCD informa. El hecho de querer conocer la manera de producirlas y las peticiones recibidas por parte de la formación de centro nos llevó a realizarle una entrevista muy específica al respecto.

Pregunta.- ¿Cómo se idearon los espacios UCD informa? ¿Fue un proyecto nacido de usted o propuesto por el propio partido?

Respuesta.- Me lo pidió UCD. Es decir, yo no fui a hacerles las entrevistas para llevárselas, sino que fue un personaje de dicho partido, que era amigo mío, el que me solicitó que llevara a cabo una serie de entrevistas a los candidatos que aparecieron finalmente, ya que estaba realizando unas charlas que tenían bastante fama. Yo respondí que encantado, que no tenía ningún inconveniente.

Lo que sí hice fue plantearlas como Así es y así piensa. Para el cómo son busqué los detalles más atractivos que podía haber en el personaje y en el cómo piensan lo que prometían y qué pretendían.

P.- ¿Se fijó en algún modelo que se había realizado en la prensa extranjera o fue completamente original por parte suya?

R.- Fue idea mía.

P.- ¿Tenía usted alguna vinculación con UCD?

R.- Ninguna. En absoluto.

P.- ¿Fue la única vez que ha trabajado para UCD?

R.- Sí.

P.- Entonces, ¿no hubo más productos similares a los UCD informa en posteriores convocatorias electorales, ya fuera de esa formación o de otra?

R.- Yo creo que fue la única vez aunque tuvieron mucho éxito.

P.- ¿Usted en aquel momento en qué estaba trabajando?

R.- Yo era periodista y en aquel año, ya superados los cincuenta años, estaba en Actualidad Española, de redactor jefe.

P.- ¿Y realizaba generalmente productos periodísticos similares?

R.- Hacía una entrevista cada semana a la persona que estaba en aquel momento en el candelero, ya fuera Boby Deglané, por ejemplo, que era un profesional de radio; ya fuera un poeta, un dramaturgo, etc. La persona de la que se hablaba en esa semana yo iba a realizarle una entrevista larga y procuraba acudir además al sitio donde radicaba. Es decir, a José María Pemán se la hice en su finca del Cerro Nuevo en Jerez o a Fernando Argenta se la hice en Castrourdiales.

P.- ¿UCD informa fue realizado de la misma manera o como era un producto diferenciado se llevó a cabo de una forma distinta?

R.- No fui a buscarles a su lugar específico sino que las hice en Madrid. Y además, en este caso, a diferencia de los otros mencionados anteriormente en los que yo no tenía tanta responsabilidad, pues era a un poeta, a un dramaturgo o a un cantante, yo quería tener una prueba de lo que me decían y por ahí tengo los casetes con las que tengo guardados su voz y sus respuestas.

P.- En los UCD informa también había pequeñas entrevistas a representantes de la cultura, del deporte o del periodismo. ¿Las hizo usted?

R.- No. Sólo me encargue de llevar a cabo las entrevistas a los candidatos políticos del partido.

P.- ¿Cómo era el proceso de elaboración de las charlas?

R.- Me hacía un guión, que no leía y me aprendía de memoria, y se lo iba preguntando. Posteriormente, no las escribía de acuerdo con el momento en el que me contestaban, sino que una empezaba por el final, otra por el principio y otra por el medio. Igual que en las entrevistas que yo hacía a los no políticos.

Es decir, cada vez usaba un camino distinto pero llegaba, al final, al mismo sitio.

P.- La mayoría de las entrevistas no están publicadas en el formato de pregunta-respuesta. ¿Qué buscaba con ello?

R.- Normalmente yo no he hecho entrevistas de pregunta y respuesta. Yo hacía una novela de la entrevista.

P.- ¿Qué buscaba conocer del personaje? Porque las entrevistas que aparecieron había elementos comunes como su lugar de origen, su familia, el interés por la política, el mensaje que lanzaban al electorado…

R.- Yo buscaba eso, que se supiera cómo era el personaje. Que el que leyera la entrevista tuviera constancia de cómo era ese candidato y para eso daba los detalles que pudiera hacerle más atractivo, eludiendo los que pudieran ir en contra del personaje. Y luego lo que tenía mucha importancia para mí en este caso era que dijeran qué pensaban, qué prometían, qué pensaban hacer y cómo efectuarlo.

En este caso era un empeño especial, que no tenía en otros casos, en los que era totalmente libre. Aquí tenía un cierto corsé.

P.- ¿Le dio UCD una serie de premisas a cumplir en las entrevistas?

R.- No, ninguna. Que hiciera lo que yo quisiera.

P.- ¿Eligió los personajes?

R.- No, me los dieron. La lista la decidieron ellos.

P.- ¿En ningún momento se planteó el hecho de incluir al presidente Suárez entre los protagonistas?

R.- No me lo propusieron.

P.- ¿Tiene constancia de los medios escritos en los que se introdujo dichos espacios publicitarios?

R.- No me acuerdo en absoluto.

P.- ¿Por qué no ha habido más casos? ¿Por qué no se ha repetido en más ocasiones?

R.- No lo sé. No tengo ni idea.

P.- Mi tesis gira en torno a la personalidad de los candidatos políticos. ¿Cómo de importante es que el pueblo conozca a sus dirigentes políticos en ese sentido?

R.- Yo lo considero importantísimo. Fundamental. Es esencial que para votar a una persona se sepa cómo es y qué quiere hacer.

P.- ¿Hoy en día se sabe?

R.- Se sabe en cierto modo. En mi caso concreto puedo asegurar que todo lo que se me dijo era cierto. Supongo que habrá algunas entrevistas que son mentira y en las que se ha inventado algo para que la gente pique. En mi particular no hubo tal situación. Todo lo que conté era verdad.

P.- ¿Y por qué antes sí tuvo lugar un caso como el que realizó y hoy en día no existen? ¿Tiene algo que ver la dificultad para acceder al personaje, en comparación con un período, el primero en democracia, en el que la política parecía mucho más de andar por casa, si se permite la expresión?

R.- No lo sé porque yo estoy retirado desde hace mucho tiempo y no sé lo que ocurre ahora.

P.- Hubo un caso similar en CD, que un día en concreto hizo una entrevista a Ramón País. Mantenía la similitud con su ejemplo en el hecho de tratarse de un espacio publicitario contratado pero la entrevista era informativa. ¿Cree que es un ejemplo de que se han desaprovechado oportunidades por parte de los partidos políticos?

R.- Yo creo que se han desaprovechado muchas oportunidades.

P.- ¿Y la izquierda especialmente, al provenir de fuera de las estructuras del Régimen?

R.- No lo sé porque yo nunca he sido político. Y como no lo he sido no he pertenecido nunca a ninguna formación, aunque ideológicamente he sido más próximo a la derecha que a la izquierda. Por ese motivo he tenido más contacto con gente de derechas que con gente de izquierdas.

P.- ¿Influyeron los UCD informa para el resultado final de las elecciones de 1979?

R.- Espero que sí pero no tengo ninguna constancia de ello. Supongo porque todos confiamos en la obra que hacemos, sino no la llevaríamos a cabo. Pero no tengo ninguna evidencia ni he vuelto a hablar con toda esta gente porque, de todos ellos, conocía personalmente a dos. A Leopoldo Calvo-Sotelo, debido a la amistad que me unía a Pepe Calvo-Sotelo, el hijo de José Calvo-Sotelo, que fue protomártir. Además también lo era de Luis Emilio, su hermano, y por ello era conocido de esa familia. Y a Antonio Fontán, que también era muy amigo porque yo era redactor jefe de Actualidad Española y él era el director.  Pero de los demás no.

P.- Hablando en clave interna de UCD. ¿No cree que con estos productos buscaran obtener una cierta homogeneidad en unas siglas que tenían bajo sí una gran cantidad de tendencias políticas en algunos aspectos dispares?

R.- Lo desconozco porque no estaba dentro de la formación. No convivía con ellos, ni los conocía, ni sabía quiénes eran.

P.- En temas más genéricos, ¿cuál es su opinión sobre el papel de la prensa en la Transición española?

R.- El papel de la prensa lo considero siempre, en cualquier momento, muy importante. Es fundamental porque creo que, a pesar de todo y todavía, el periódico manda en las casas. Es decir, en un domicilio lo que más cuenta es el periódico, más que la televisión. Me refiero a este momento. No sé si dejará de ser así. Pero todavía creo que sí es.

P.- ¿Y en ese momento concreto de la Transición?

R.- Fue fundamental y creo que se hizo bien.

P.- ¿Qué opina de la aventura del diario El País?

R.- Es un periódico muy importante, muy bien hecho que, cuando salió, era muy importante un diario que no fuera ABC. Es decir, que hubiera un contraste entre dos periódicos importantes de la mañana. Y creo que lo hizo muy bien.

P.- ¿Y el papel de las revistas? Ahora ocupan un lugar más secundario, algo que no ocurre en la actualidad

R.- Entonces la revista era muy importante. Actualidad Española, que era en la que trabajé muchos años, tenía muchos lectores y muchos seguidores, y estaba al día de todo.

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(28 de noviembre de 2012 en su domicilio)