AVE de paso

El pasado domingo 15 de diciembre fue uno de esos momentos que gusta a todo dirigente político. Llegó el tiempo de la fotografía, en el que las sonrisas y las buenas palabras inundan todas las instantáneas que se toman de tan magno acontecimiento, y las palabras no hacen sino incidir en la nueva oportunidad que se abre a la ciudadanía. Da igual el signo político, de hecho suelen aparecer unidos los representantes públicos de las diversas siglas y administraciones. Ese día no hay oposición. Parece que no hay inconvenientes, lo que en los contratos se ha tildado siempre de letra pequeña. Pero, lamentablemente, sólo lo parece. En la mayoría de ocasiones existe y más bien pronto que tarde suele salir a la luz.

A bombo y platillo, como gusta hacer esos acontecimientos, se presentó la conexión ferroviaria por alta velocidad entre España y Francia. Desde ese preciso momento, un total de cinco convoyes por destino conectarán un total de diecisiete ciudades de nuestro país y del territorio galo. De ellos, uno saldrá desde Madrid con destino Marsella, mientras que el resto partirá de la ciudad condal, con final en París en dos casos, y con llegada a Lyon y Tolouse en los restantes.

El resto de las localidades españolas “afortunadas” han sido Gerona y Figueras. Con todos los respetos, medianas o pequeñas urbes nacionales que no justifican la parada de cada uno de los cinco trenes que discurren en ambos sentidos. Por el contrario, Zaragoza, la eterna olvidada, será ciudad de paso. O ni eso. Ya se han encargado de que el discurrir sea efectuado por la ronda sur, aquella destinada a desviar las mercancías peligrosas y las conexiones directas entre Madrid y Barcelona, en el mismo trazado en el que iba destinada una estación próxima a la Feria de Muestras, a la Plataforma Logística y al aeropuerto. Pero de eso no hay nada. Se trata del enésimo olvido de Madrid para con el territorio aragonés.

Ni atendiendo a la lógica, en muchos casos subjetiva, ni a las cifras, totalmente objetivas, se sostiene esa decisión. Los 700.000 habitantes de Zaragoza, ciudad de paso y equidistante entre las dos más habitadas del país, parece poseer ciudadanos de segunda, frente a los 97.000 de Gerona y los 45.000 de Figueras, cuyo tratamiento dista mucho del recibido por los aragoneses. Sin duda, irónicamente hablando, están plenamente justificadas las quejas de la Generalitat por otro agravio de tal magnitud en la primera Comunidad que tiene las cuatro capitales conectadas por la alta velocidad y cinco conexiones diarias con el país vecino desde tres de sus localidades.

Aragón en general, y Zaragoza en particular, vuelve a sentirse discriminado, no sin razón. Tierra noble y leal, parte indispensable de la formación de España, esa que otros pretenden resquebrajar, al tiempo que se quejan de un tratamiento supuestamente discriminatorio mientras reciben mucho más que el resto a cambio, debe cambiar muy mucho su manera de actuar para ser tenida en consideración. Hay que alzar la voz, quejarse para ser oídos por todos y evitar que vuelva a producirse un nuevo desagravio, como el sufrido no hace mucho tiempo atrás con la Travesía Central del Pirineo o con la reapertura del Canfranc.

No puede ser que su capital, posiblemente la ciudad mejor conectada del país, a una distancia casi equidistante con Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao; además de su cercanía con otras capitales como las otras dos aragonesas, también con Logroño, Pamplona, Soria, Lérida y Castellón; incluso con la frontera francesa, aunque todavía esté sin explotar ese trayecto en toda su potencialidad; sólo sea ave de paso, en lugar de parada obligada para alguno de los grandes trayectos que unan los dos países. Si la voluntad no existe, aludamos a la rasmia que tienen los aragoneses para conseguir simplemente lo que es justo: no volver a ser ninguneados, como parece haberse convertido en costumbre.

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Zaragoza no debe ser sólo ciudad de paso (heraldo.es)

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