El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados

No recordar tu vida, si tiene alguna ventaja, es que puedes ver siempre Casablanca como si fuera la primera vez. Como si escucharas por primera vez As Time Goes By y te embargara siempre la duda de qué actriz interpretaba el papel de Ilsa Lund, uno de los más maravillosos de la historia del cine. Arroja cierta sensación de inocencia, como si los ojos, que en ese momento se vuelven vivaces y con la chispa del que está realmente interesado en lo que allí pasa, quisiera adentrarlo en su memoria para que nunca más volviera a salir de allí. Pero lamentablemente es sólo un sentimiento fugaz, que volverá a producirse repetidamente tantas veces visiones el film de Michael Curtiz.

Tiene su lado infantil, en el sentido de que descubren muchas cosas por primera vez. El problema, entre los muchos que hay, a excepción de los pequeños fogonazos que van salpicando la existencia de los enfermos neurológicos, es el continuo deterioro y la dureza que provoca ver como tu familiar te habla con la cara del que ve a un extraño o sin venirle a la mente los maravillosos momentos que un día disfrutasteis juntos. Eso se une a que los años anteriores se manifiestan como una nebulosa en la que pocas cosas, por no decir ninguna, quedan meridianamente claras.

Esa ha sido la nota predominante de los últimos años de vida del que ha sido, sin riesgo a equivocarme, uno de los tres actores principales de la Transición española y uno de los más reseñables españoles del siglo XX. España pierde a Adolfo Suárez, como él un día perdió el recuerdo. Pero su obra, su ingente labor en la construcción de un país democrático, con sus virtudes y sus defectos, pero democrático al fin y al cabo, quedará en los libros de historia. Como ocurría con su persona, al no recordar tantos momentos únicos y extremadamente delicados que vivió en pro de la instauración del sistema que hoy vivimos, sólo bastaría con explicarlos para ver la grandeza del líder político en toda su magnitud.

Él ya no lo sabía, pero había recibido la encomienda de presidir el último Gobierno no democrático y establecer  el viraje tranquilo, sin revolución ni enfrentamiento, pero con las ideas claras y el destino seguro, a la democracia. Había dirigido el Ejecutivo que más modificaciones llevó a término en el menor tiempo posible y había establecido el punto de partida para que todas las ideologías, también la comunista, pudieran enfrentarse libremente en la arena electoral que supone la llamada a las urnas.

Sobre sus hombros, aquellos que denotaban que nos encontrábamos ante un hombre y no el niño que ciertos comportamientos evidenciaban en sus últimos tiempos, habían tenido que aguantar un buen número de situaciones que no muchos habrían podido. Su defensa en las Cortes todavía franquistas de la Ley de Asociaciones Políticas, que marcaban un antes y un después en la historia del país; la Ley para la Reforma Política, momento en el que los procuradores del Régimen se hicieron el “harakiri”, término empleado por Pilar Urbano; la decisión personal de legalizar el Partido Comunista, el “Sábado Santo Rojo”; o la disposición de que las primeras Cortes democráticas, las surgidas tras las elecciones del 15 de junio de 1977, tuvieran como encomienda principal la elaboración de una Constitución en la que se sustentara el nuevo orden establecido.

Pero su estrella se apagó. La vital la ha hecho este 23 de marzo de 2014, en la que aparecerán su nombre y sus obras escritas con letras de oro, y la política comenzó a hacerlo en la toma de investidura de la segunda legislatura, después de los comicios del primero de marzo de 1979. A partir de ese momento su carrera política empezó a encontrarse con demasiados obstáculos para el que pensaba que ya había sorteado demasiados. Lo hizo con los más difíciles, pero los que a priori parecían de más fácil regate se apoderaron de él para acabar abruptamente con su presidencia del Gobierno y con esa providencia que le acompañó hasta el día de San Valero de 1981, en el que anunció su dimisión irrevocable.

No pudo con las tensiones internas de un partido político con demasiadas familias diferenciadas y con un difícil sustento orgánico, en el que todas reclamaban su cuota destacada. Tampoco con los innumerables ataques personales que recibió como línea de flotación de la Unión de Centro Democrático, como así se demostró. Le fue imposible vivir ajeno a la política y creó el Centro Democrático y Social, unas siglas que intentaron quedarse con lo bueno del proyecto anterior y ajustarse a la personalidad y manera de ser de Suárez. Y no pudo permanecer en un sistema democrático relegado a un papel demasiado secundario para un animal político como él, con el carisma, altura de miras y voluntad de consenso que tanto se echa de falta en nuestros días.

Él no era consciente de ello en los últimos años. La balanza que mide las bondades y defectos, que también los tiene como todas las personas, está tremendamente desnivelada a su favor. Hoy en día, en el que sólo se ponen de manifiesto los desperfectos de nuestra democracia, es un gran momento para echar la vista atrás, recordar su papel y encumbrar su figura. Fueron unos años nada sencillos y en su haber quedará para siempre la instauración del sistema político menos imperfecto de los existentes en nuestro país, integrando a todos y sin que mediara ningún enfrentamiento entre españoles, y el comienzo de la época más estable y próspera de la historia del país. Lejos quedan aquellos versos de Antonio Machado que leyó en la defensa de la Ley de Asociaciones Políticas, pero que están más de actualidad que nunca un día como hoy:

Está el hoy abierto al mañana
mañana al infinito
Hombres de España:
Ni el pasado ha muerto
Ni está el mañana ni el ayer escrito.

Última imagen pública de Suárez, acompañado del Rey y cargada de un enorme simbolismo (autor: Adolfo Suárez hijo)

Última imagen pública de Suárez, acompañado del Rey y cargada de un enorme simbolismo (autor: Adolfo Suárez hijo)

El cercano Atarés

Reza una famosa campaña publicitaria de un club deportivo de la ciudad que “a Zaragoza la defiende su gente”. No podía estar más de acuerdo con dicha afirmación. Cada una de las personas residentes o vinculadas emocionalmente con la noble, leal y heroica, deben ser los principales activos de la misma. Ellos y sólo ellos la conocen, la quieren, la deben cuidar y deben buscar que el paso del tiempo no sea más que la excusa perfecta para hacer de nuestras calles un lugar más habitable, próspero y el emplazamiento perfecto para desarrollar lo que un día alguien llamó bienestar.

El pasado jueves 26 de septiembre una de las personalidades que mejor la encarnan falleció como consecuencia de esa “terrible enfermedad”, terminología a la que muchos aluden para no citar la palabra cáncer, quizá como un mecanismo de defensa del ser humano. Hablar de José Atarés es hacerlo de un dirigente político en toda su magnitud, en aquellos tiempos en los que no eran concebidos como un problema, como ocurre hoy en día. Su figura encarna perfectamente a ese ciudadano con mayúsculas, que personificaba la vocación de servicio público y cuya labor política, en sus múltiples responsabilidades, se podría resumir en la búsqueda incesante de la mejora de la ciudad de Zaragoza y, por ende, de la comunidad aragonesa.

Para el recuerdo y disfrute quedarán un buen número de obras, reformas y proyectos emprendidos por la ciudad y que supusieron un notable cambio tanto en la vieja Zaragoza como en la nueva, que ya comenzaba a vislumbrarse. Y en el recuerdo a su persona las innumerables manifestaciones de cariño y afecto, encumbrando una buena cantidad de las virtudes que poseía el bueno de Pepe. Que personas que se encuentran en las antípodas del pensamiento ideológico de Atarés lo recuerden de semejante manera y lo tilden como un buen alcalde es posiblemente una de las mejores muestras de su labor al frente del consistorio, con sus aciertos y sus errores, pero siempre desde la honradez y la cercanía, en unos años en los que el Partido Popular (PP) sufría en Aragón las consecuencias del intento del Transvase del Ebro.

Una de las palabras más repetidas para definir al ex alcalde es cercanía. La que evidenciaba día a día con la gente. Le encantaba conocer de primera mano la opinión de los ciudadanos, se mostraba verdaderamente afable con todo aquel que se acercara en las no pocas ocasiones que tenían de hacerlo y recibía en la Casa Consistorial a todos los que tuvieran algún motivo para hacerlo. Incluso si era un grupo de doce chavales de apenas dieciséis años que “sólo” acababan de ganar un campeonato de España de fútbol sala. Les agasajaba  como aquel que viene a tu casa de visita y le tienes un aprecio considerable, y les hacía sentir muy importantes para la ciudad de Zaragoza. Sin apenas luz y taquígrafos, pero hecho como manera de agradecer a unos zaragozanos que, como bien dijo aquel día del mes de julio de 2002, habían “dejado en lo más alto el nombre de nuestra ciudad”.

No es más que un ejemplo. Uno que yo viví y que aparece de nuevo en mi mente, con la nitidez del que lo recuerda como un hecho inolvidable en su todavía corta existencia y con las huellas del olvido que provoca el incesante paso del tiempo. Para la práctica totalidad de los habitantes de la ciudad serán otros muchos los recuerdos que tengan de él, pero yo me quedo con éste. El que supuso mi contacto directo con el entonces regidor, el que me permitió conocer al hombre y no al político, el que me mostró al cercano Atarés, ese que hoy todos recuerdan como un buen alcalde y una mejor persona. Lástima que el reconocimiento no hubiera sido en vida, error que suele producirse en la mayoría de los casos.

José Atarés
Imagen extraída de la web del Senado

Ágora

La política ha vuelto al ágora, pero a su manera. En aquellos emplazamientos griegos, representaciones perfectas del encuentro mercantil, cultural y de discusión política, con las asambleas a la orden del día, Pericles se erigió como uno de sus personajes más destacados, sino el que más. El denominado “primer ciudadano de Atenas”, un verdadero virtuoso de la palabra y de la argumentación, era perfectamente conocido por los que allí acudían. Se estaba afinadamente al tanto de cómo era, cómo se movía o cómo hablaba dicho protagonista, incluso también del mayor o menor atractivo físico. Cuestión de gustos.

Con el paso de los años, muchos a decir verdad, la comunicación política tiene muy presente estos hechos y el aspirante a un determinado puesto, denominado incluso “salvador” como consecuencia de la intensidad y cariz de la campaña, es exhibido como un verdadero producto a la ciudadanía. Ese marketing político hace exactamente lo mismo con la manifestación de una idea concreta, esa que te permite ganar unas elecciones: “Yes we can” en los Estados Unidos, expresión muy manida ya en multitud de acontecimientos deportivos, y “Por el cambio”, en la reciente casuística e historia española.

La realidad del momento, principalmente cuando llega una campaña electoral, pero no sólo en esos días de intensa actividad, es preocuparse por aspectos en ocasiones nimios de la actuación del político de turno. Su atuendo, la búsqueda de la significación en la corbata elegida y en el color de la misma, o la manera de mover las manos son analizados al milímetro, dejando en ocasiones en un segundo plano la manifestación de las ideas o la confrontación de pareceres que tanto destacaban en la Antigua Grecia. Ocupan no poco espacio en la construcción de ese producto en el que se ha convertido el pretendiente a un cargo público.

Echando una mirada selectiva al pasado se podría iniciar la búsqueda, en un tiempo no tan lejano, para el perfeccionamiento de una democracia, la española, sobre la que aparecen muchas voces discrepantes y que abogan por una reforma en profundidad. Hace poco más de cuarenta años, la prehistoria del sistema que vivimos en la actualidad, tuvieron lugar los maravillosos debates constitucionales, que algunos tildaron, parafraseando a José Ortega y Gasset, de “jabalíes y tenores”; las oratorias en el Congreso de los Diputados y el Senado evidenciaban la brillantez e ingente formación de sus señorías, sin papeles, pero con las ideas claras y la capacidad de manifestarlas de igual manera; el voto en conciencia era empleado en no pocas ocasiones, ese que hoy en día está reducido a la mínima expresión, previo pago de una multa por romper lo que llaman “disciplina de partido”; y era palpable y evidente la intencionalidad de la gran mayoría de formaciones políticas de llegar a acuerdos, renunciando a sus prelados iniciales y buscando el punto de entendimiento y consenso entre dos posicionamientos dispares.

El conocimiento de nuestro pasado permite estar al tanto los errores cometidos para evitar caer en ellos de nuevo. También para percibir con mucha mayor nitidez, mediante la perspectiva que nos dota el tiempo, las pérdidas que la ciudadanía ha sufrido en todo ese tiempo. Dentro del cambio necesario y aconsejable que requiere la democracia española bien estaría recuperar aquellas características que un día tuvimos y hoy no. No supone más que una vuelta al pasado en ese sentido, lo que se traduciría en el mantenimiento de la esencia de lo que en su día fueron aquellas plazas griegas, conocidas como ágoras.