Entrevista a Manuel Vicent

Madrid.- Manuel Vicent (Villavieja, 1936) constituye el perfecto ejemplo de un prolífico escritor que ha desempeñado también su quehacer en el mundo del periodismo. A pesar de su primera formación en Derecho y Filosofía en la Universidad de Valencia, su traslado a Madrid trajo consigo aparejado su inscripción en la Escuela Oficial de Periodismo y su primer contacto con ese oficio.

Nunca ha pertenecido a la plantilla de un medio de comunicación, su tarea se centraba en colaboraciones o en redactar crónicas y columnas, dependiendo del medio en el que lo llevara a cabo. Empezó escribiendo novela, labor que sigue efectuando, y en sus planes nunca entró hacerlo en los periódicos, como finalmente ocurrió. Su primera incursión fue en el diario Madrid, tras ello hizo lo propio en Hermano Lobo y Triunfo, dos publicaciones del mismo grupo, y seguidamente en El País. Allí fue en donde más relevancia ha tenido su obra, como redactor de las Crónicas Parlamentarias, de unos artículos en la última página, unos daguerretipos en el semanal y, finalmente, unas entrevistas a dos páginas en el semanal y diversos artículos de opinión.

Con la conversación mantenida con él se ha podido conocer más y mejor dos publicaciones muy relevantes en la Transición y en las que trabajó: Triunfo y El País. Vicent, como una de las plumas más relevantes de ambas cabeceras, podía suministrar, así lo hizo, una gran información al respecto del semanario y del diario, respectivamente.

Pregunta.- Trabajó en la revista Triunfo. ¿Cuál era su labor allí?

Respuesta.- De colaborador y no de columnista, sino redactor de crónicas. Entré a través de Hermano Lobo, que era de la misma empresa. Siempre he sido colaborador, nunca he estado en plantilla en ningún periódico. Empecé escribiendo novela y no me imaginaba, ni estaba en mis proyectos, que iba a escribir en los periódicos. Pensaba que me dedicaría a crear obras narrativas.

P.- ¿Cómo empezó entonces su relación con el periodismo?

R.- En el periódico Madrid. Entonces era un rotativo de la tarde, del Opus Dei, pero de la parte aperturista y antifranquista. Ya estaba vigente la Ley Fraga, en la que se había suprimido la censura previa y no tenías la obligación de ir a que nadie te tachara, ni a publicar determinados artículos que te mandaban desde el Ministerio, pero sí tenías la opción, que es lo que más les fastidiaba al Régimen, de no escribir sobre determinados aspectos, de no ponderar algunos acontecimientos. Les fastidiaba más lo que no escribías que lo que sí. Por ejemplo, valorar poco un acontecimiento del 1 de mayo, del día de San José o de la inauguración de un pantano.

Yo empecé escribiendo una columna en la tercera página, muy crítica. Los clásicos pellizquitos de monja que se les podían dar entonces al Franquismo. Cualquier cosa que escribieras tenías la complicidad del lector.

P.- ¿Tras esa etapa inicia su actividad en Hermano Lobo, como paso previo a Triunfo?

R.- Cuando ese periódico desapareció, que fue dinamitado por la censura, se fundó la revista Hermano Lobo. Empecé a escribir artículos políticos allí, también con la complicidad del lector, que sabía leer entre líneas. La redacción estaba en la planta baja, en el sótano, mientras que la de Triunfo estaba en la primera planta. En ese momento yo entré por el sótano.

El primer artículo que escribí en Triunfo fue sobre la justicia democrática, la primera vez que se habló de ello. La revista previamente había sido una publicación de cine y espectáculos, y después de política extranjera y cultural. Lo que sucedía es que todo lo que se decía de fuera tenía una connotación interna. Eso ya sucedía en el Madrid, que fue cerrado por un artículo sobre de Gaulle. Con el mismo Cuco Cerecedo, que hacía las crónicas deportivas, el lector avisado sabía que Bernabéu era Franco en el palco y que las extremas izquierdas siempre eran más rápidas que las extremas derechas. Y que la defensa siempre era la Brigada Social.

En el mundo era lo mismo. La política internacional la escribía Eduardo Haro Tecglen y todo tenía una connotación política. En la parte cultural aparecía, en aquel momento, tanto en cine, teatro u arte, lo último que se llevaba.

P.- ¿Qué significaba leer Triunfo?

R.- Ideológicamente hablando, tenerla bajo el brazo, también Hermano Lobo, era un tic. Sabías que quién llevaba la revista era progresista, un antifranquista, por decirlo de alguna manera. Progre era un insulto de la derecha, algo despectivo.

P.- ¿Recuerda cuál fue el punto de inflexión de Triunfo para comenzar a abordar temas políticos?

R.- A medida que se fue abriendo la censura, más allá de la muerte de Franco, porque Triunfo estuvo cerrada un par de veces. A mí, a Francisco Umbral o a Manuel Summers nos llevaron un par de veces al juzgado. No les llegaron a condenar, aunque a mí lo llegaron a hacer por un artículo publicado en una revista llamada Personas, por desacato contra un juez que se llamaba Chaparro, que había sacado por la puerta falsa el asunto de Montejurra, con el hombre de la gabardina blanca. No me aplicaron la amnistía porque consideraron que ese desacato era del Código Penal normal, pero hasta el último momento logre escabullirme, ya cuando estaba sentado en el banquillo.

P.- Refiriéndonos a diferentes personajes de la revista, ¿qué diría de José Ángel Ezcurra?

R.- Era una persona que, en esos momentos sin él darse cuenta, arriesgó mucho. Él venía de Valencia, de un ambiente frívolo. La revista Triunfo era de espectáculos, de artistas de cine y de aspectos similares. Por una serie de circunstancias empresariales fue derivando hacia una revista política, cayó en manos de gente muy politizada como Haro Tecglen. Sin tener una idea muy amplia de la democracia y de la libertad se dejó seducir por ese proyecto, después se enamoró perdidamente de ese proyecto y tras ello se puso en cabeza de ese proyecto. Al final estaba como un timbre de gloria el haber conducido esa empresa primero a la polémica, después a la contienda y finalmente ha pasado como uno de los que arriesgó. Hay un momento en el que lo haces con el dinero y la cárcel.

Fue alguien que no se imaginaba donde le iba a llegar esa empresa y esa aventura. Era algo muy parecido, en otra dimensión, que lo que le pasó a Suárez. Ahora la aventura es lo que trae el viento. En ese momento nadie sabía dónde iba a traer el viento la libertad o la democracia. Y Ezcurra igual.

P.- Ha hablado de Haro Tecglen. ¿Cómo era?

R.- Era un superdotado para la escritura, con un talento extraordinario, que aparecía en Triunfo bajo cuatro pseudónimos. Era de esos todoterrenos que estaban siempre en la parte interior. Nunca daba la cara, ni estaba en un primer plano, pero tenía ese talento para estar en segundo plano dirigiendo. De esos que daban todo lo mejor de sí sentados.

De la parte progresista, en esos momentos nadie opinaba nada sin haber leído a Haro Tecglen. Era el que escribía lo que tenías que decir. Tenía una influencia enorme.

Después de ahí pasó a la sección de opinión de El País y, como muchas veces era contradictorio con la línea que adoptaba el periódico, se quedó un poco desbancado. Pasó a un rinconcito en la página de televisión, que estaba poco valorada, pero su talento hizo que la gente abriera el periódico por esa parte. Y, desde ese lugar, le permitían incluso disparar contra la propia Dictadura. A veces se lo decía, no sé si le sentaba bien o mal, pero era como ese maqui perdido en la guerra que no sabía que los aviones que pasaban eran de Iberia e iban a Mallorca.

P.- ¿Era de ese tipo de periodistas vitales para una redacción?

R.- Como la vida no le trató bien personalmente, tuvo muchos problemas familiares, él tenía una especie de desencanto muy profundo. A veces le llevaba a ser injusto en algunos juicios, pero siempre era lúcido y superdotado. Es de esos periodistas que para una redacción son irrepetibles e imprescindibles porque, muriera el que muriera a las once de la noche a punto de cerrar, fuera un político internacional o un artista, él siempre en media hora te escribía un artículo. Y en un periódico un ser de este calibre es importantísimo.

P.- Y hábleme de otra pluma importante como era Manuel Vázquez Montalbán.

R.- Tenía un talento enorme. Era un grafómano, no podía vivir sin escribir, ya fuera de pie, sentado o boca arriba. Poseía un pensamiento marxista, pero lo definiría como un marxista pop. Tenía una lucha política porque estuvo en la cárcel y se destapó en Triunfo, en esa Crónica sentimental de España que estuvo muerta en un cajón durante varios meses, hasta que alguien la leyó, comenzó a publicarlas y lo colocó en un primer plano.

Por otra parte era comunista, no dejó nunca de serlo y casi se quedó solo. Él decía: por lo menos dejadme que sea yo el que cierre la puerta. Era tímido, pero a la vez irónico. Un gran trabajador que cumplía con su obligación de escribir, no podía fallar nunca.

P.- ¿Dónde radicaba la importancia de Triunfo? Ha dicho que influía mucho ideológicamente.

R.- Había interpretado algo que estaba en el ambiente, que era lo que entonces se llamaba la alcantarilla política, los que estaban en la cárcel, en la clandestinidad, en la lucha de la universidad, los sindicatos o los estudiantes. Había una carga magnética en el ambiente, con las hormonas juveniles que rompieron las posturas y que veían que esto tenía salida, que era algo absolutamente cutre. Querían estar en Europa, con un horizonte de libertad, con el mercado común, etc. Todo eso lo sintetizó en un momento.

Después hubo otros como Cuadernos para el Diálogo, pero ya era más de partido, de la Democracia Cristiana, de Joaquín Ruíz-Giménez. Ya se sabía lo que querían. Era como el germen de un partido que después lo sería. Triunfo era la carga magnética que había en el aire y que la sustentaba.

P.- ¿Qué opinión le merecen las escisiones que hubo en Triunfo?

R.- Dentro de Triunfo hubo una escisión y se fundó La Calle, pero también como partido, así como los Cuadernos ya eran democristianos. También hubo otra en Hermano Lobo, que era un humor blanco, aunque la carga política era de profundidad. Este caso fue a una revista en Barcelona que ya era mucho más política, mientras que la primera apostaba por un humor, en principio, no comprometido en ninguna parte política, pero que la carga de profundidad era mucho más influyente porque estaba reventando los cimientos de la sociedad.

P.- ¿Esa importancia de Triunfo vino determinada también por su morfología, con artículos amplios, y su lenguaje?

R.- Sí, porque eran artículos que, en su momento, contenían todo. Estaban los mejores, los que en aquel momento se creía uno que eran los mejores. Y después, cada uno en su sitio, eran gente solvente.

P.- ¿Qué pasó con la muerte de Triunfo?

R.- Se extinguió porque salió El País y todos los que escribíamos en la revista. Es decir, el clima que rodeaba a Triunfo lo absorbió el nuevo rotativo. Ya no tenía sentido esperar a leer en la revista lo que leías todos los días en el periódico diario y escrito por las mismas personas.

P.- Ha hablado del surgimiento de El País como una de las causas que provocó el final de la revista. ¿Pudo ser también el hecho de ofrecer un producto más arcaico en relación con otras publicaciones como Cambio 16?

R.- Cambio 16 era más política, más de chismorreo político. Triunfo era una revista muy seria, como la parte formal de todo aquello. La apertura y el chismorreo político se fueron apoderando en la gente.

P.- ¿Hasta qué punto influyó el hecho de haber conseguido determinadas reivindicaciones democráticas?

R.- Mucho, porque dejó de ser un tic clandestino. Ya se había conseguido la libertad y sobre todo, porque lo que se escribía en Triunfo se hacía en El País.

P.- ¿Cómo inicia su labor en la cabecera de Prisa?

R.- Yo no entré en el primer momento. Estaba en Triunfo, que se solapó con el periódico algún tiempo. A mí un día, ya en 1976, me llamó el director, Juan Luis Cebrián, para decirme si quería escribir las crónicas parlamentarias. Era verano, estaba ya de vacaciones, y dudé, pero empecé a escribirlas desde el primer momento, desde que se reunieron y se produjo la entrada de Santiago Carrillo, Pasionaria y Manuel Fraga.

P.- Sería un periodo muy productivo e intenso, informativamente hablando.

R.- Fue, desde el punto de vista periodístico y literario, de una intensidad y una maravilla notables. Cebrián, en ese momento, me dijo que me diera una vuelta por las Cortes y después escribiera lo que quisiera. Tenía que hacer una crónica literaria de la sesión y de lo que me apeteciera. Era un género literario-periodístico muy utilizado en España, muy antiguo. Todos los grandes habían pasado por esa experiencia de hacer crónica parlamentaria, como por ejemplo Azorín o Wenceslao Fernández Flores. Y era muy leído porque era liviano.

Estuve solamente en la primera legislatura, que primero no era constituyente. Desde que se inició hasta el día que se proclamó la Constitución. Del primer discurso del Rey hasta el último. Después ya lo dejé y empecé a escribir artículos, primero en la última página, que era donde aparecíamos Rosa Montero, Juan Cueto y yo, turnándonos; después pasé a realizar unos daguerrotipos en el semanal y, tras ello, unas entrevistas a dos páginas los sábados y a realizar opinión.

P.- ¿Fue un periódico ideado por el centro-derecha que acabó convirtiéndose en progresista?

R.- Le pasó lo mismo que a Triunfo. Después de los escombros de la Guerra Civil, en el aire había quedado en suspensión el regeneracionismo, la institución libre de enseñanza, el orteguismo, una cultura burguesa que en España es rara avis, un burguesismo ilustrado, europeísta, demócrata, junto a la palabra república. Todo eso estaba. El País lo sintetizó, capitaneado empresarialmente al principio por una serie de personas.

Afortunadamente el Franquismo no le dejó salir a la calle. Si en ese momento hubiera aparecido habría surgido manchado porque tendría que haber publicado la muerte de Franco con los panegíricos y las exequias inevitables, con lo cual aquello hubiera nacido salpicado. Afortunadamente no se le dejó salir. Lo hizo fuera y a partir de ahí hubo muchas sacudidas empresariales para adueñarse de la línea del periódico. Primero por una derecha liberal, muy marcadamente de derechas, y segundo por otra más progresista. Ahí hubo una lucha bastante dura y, al final, cogió esa línea progresista, independiente, liberal y europeísta.

La parte que apostaban por la otra línea no tuvieron ningún motivo para adueñarse de él, porque la que finalmente triunfó ganó muchísimo dinero, con lo cual la otra voz fue quedándose sin representación en los Consejos de Administración.

P.- ¿Fue un periódico muy estudiado? ¿Modernizó el periodismo existente hasta la fecha?

R.- Fue un producto muy bien hecho. Era muy necesario y había también una experiencia de periódicos muy influyentes en el hecho de que fuera el primer presidente el hijo de Ortega y Gasset, que venía de El Imparcial y El Sol. Después el periódico lo hacían los periodistas. El director sabía hacerlo y, de hecho, enseguida el éxito económico le dio un bálsamo. Y era muy influyente en ese aspecto porque siempre se ha dicho que era un periódico del PSOE. Era al revés. El PSOE era de El País. Era mucho más importante que el partido político.

En él estaban todos los que tenían que estar. Después se consagró porque siempre hay un momento en la historia que te fuerza a dar la talla. Y ese hecho se produjo en el 23F. Se arriesgó. Ese día todos los periodistas que estaban en ese momento en la redacción dejaron de escribir mientras se reunía el staff para ver lo que se hacía y se pusieron cara a la puerta, esperando la entrada de los militares. Al ver que no lo hicieron se pensó que no sabían la dirección o que era una chapuza que no estaba claro. A las ocho o nueve de la tarde el periódico salió con el titular El País, con la Constitución. Ahora parece fácil pero no lo era y ahí se consagró. También el Rey lo utilizó para legitimarse, pero el diario se erigió ese día como un periódico que daba la cara. No es lo mismo salir ahí que hacerlo dos horas después de otro periódico.

P.- ¿Influyó en el éxito adelantarse a Diario 16 en sus planes de lanzar a los quioscos un periódico diario?

R.- En ese momento, que El País creó un vacío alrededor, succionó todo el talento periodístico que había en este país y acabó con Triunfo, con Cambio 16 y con Cuadernos para el Diálogo. En ese momento era El País, después hubo otros como Diario 16, pero era una línea que había marcado ya el periódico de Prisa. Ante todo era un rotativo bien hecho y eso es lo importante. A lo mejor Diario 16 sería más fácil de leer, más divertido y ameno, pero el diario en el que colaboraba estaba muy bien hecho en ese momento.

P.- Hablamos de las elecciones. ¿Cómo afrontó El País las primeras, las del 15 de junio de 1977?

R.- Como una oportunidad para que España fuera democrática, llegando con la máxima naturalidad y libertad. Apostó por lo que El País era, la libertad y la democracia. Yo no tengo una idea muy clara pero me sentía muy cómodo en ese momento. La verdad es que la primera Transición era una aventura, la palabra significa lo que te trae el viento, y en aquel momento era una empresa en la que toda la parte antifranquista estaba dispuesta a dar lo mejor de sí. Así como ahora hay una cosa tóxica, que todo el mundo da lo peor, entonces era a ver si lo sacábamos entre todos y había un espíritu positivo. Y El País se puso al frente de esto.

P.- En las primeras elecciones, ¿tomó partido el rotativo por alguna formación o era más a favor de la democracia?

R.- Era democracia y posiblemente con cierta reticencia a toda la parte de la UCD. Era antifraga y aquellos magníficos. Fraga fue el primero que ideó hacer el diario y capitaneó la facción que quería apoderarse del periódico. Jugaba a la contra porque ya era un fenómeno periodístico y El País disparaba, más que nada, contra este grupo de franquistas. Después a Suárez no lo tomaban en cuenta porque era un advenedizo y apostó por González, pero creo que no tomó una postura ideológica.

P.- ¿Qué diferencias percibió en las segundas elecciones, en la nueva victoria de Suárez?

R.- Creo que, en ese momento, ya estaba más decantada hacia el socialismo. Ya se definía más por un futuro contra Suárez, considerando que esa primera etapa había pasado y que había cumplido con su labor. De hecho, el presidente del Gobierno fue traicionado por los suyos y parte se fueron a los socialistas y otros con Fraga.

Ahí se dividió y El País apostó por la parte que se iban con los socialistas, como por ejemplo Francisco Fernández Ordoñez.

P.- Hablando de la personalidad. ¿Considera relevante conocer al personaje, su manera de ser o su trayectoria de cara a las elecciones?

R.- En política se ha vuelto al ágora. Es decir, a Pericles lo veías como personaje, cómo se movía, cómo hablaba y lo conocías personalmente. A través de los medios de comunicación ahora se ha vuelto a lo mismo. Tú al personaje lo ves, lo oyes y te cae bien físicamente. Después está toda la política americana de vender un personaje político como un producto. De hecho, los americanos lo han descubierto y lo han incorporado a su sistema, saben que cuando un candidato te toca o te da la mano consigue un voto. Pero eso ya es un marketing político.

Y después, que aquí también se ha aprendido, un candidato o incluso una idea política se lanza como un producto. De hecho las elecciones se ganan solamente con una frase porque la gente no está para dos. Por ejemplo, podemos o por el cambio. Y después saber que en un mitin tienes que hablar a la gente dependiendo del número. Cuanta más haya la psicología de la multitud se reduce. Es decir, a cincuenta mil personas en un recinto hay que hablarles como si lo hicieras a un niño de nueve años. Si le hablas como si tuvieran cincuenta años no te entienden, no te escuchan, se aburren.

Ahora se le da más importancia a la corbata. Esos que te dicen la que debes ponerte o que no muevas las manos. Eso es un producto que, junto con una idea madre, gana las elecciones. Pero, a la vez, el candidato sale de una cosa que está deseando la gente. No es el héroe el que conduce a una sociedad, sino que es la sociedad, el espíritu de un tiempo, el que fabrica un mito. No es Hitler el que enloquece a un público alemán, sino que es la locura del pueblo alemán el que fabrica en este caso a un dictador. La sociedad te va generando ese muñeco que sintetiza. Hay que saber venderlo y aquí lo hizo de maravilla Felipe.

P.- Mi tesis versa sobre los contenidos personales en las dos primeras campañas electorales. Salvo la excepción del PCE en las primeras elecciones, en las que mostró a más personajes que el líder, como Pasionaria o Rafael Alberti, en la mayoría de los casos estaba monopolizado por el principal candidato. ¿Cómo cree que lo enfocaron los distintos partidos políticos?

R.- Durante la clandestinidad del Franquismo el socialismo no existía. Los rojos eran comunistas todos. Había en el exterior unos socialistas de la guerra y también había unos comunistas. Los primeros, en el congreso de Suresnes, apostaron por unas nuevas caras.

Aquí todo el mundo se creía que iba a ser un comunismo tipo italiano, con Ramón Tamames o Nicolás Sartorius, que eran los jóvenes. Pero aquí viene la democracia y el socialismo, que no había sido nada, lo único que exhibe es una palabra mágica que es socialismo y una cara nueva, como un héroe que viene del sur, de la clandestinidad. Los comunistas se presentan con veinte caras que son las imágenes de la guerra, todos. Pasionaria, Simón Sánchez Montero, que había sido torturado un millón de veces en la cárcel, Rafael Alberti, Ignacio Gallego…

P.- ¿Se equivocó el comunismo con esa estrategia?

R.- Se equivocó totalmente. Era imposible que esta gente, que habían sido héroes de la guerra y de la clandestinidad, lograra unos buenos resultados. Era impensable pero eso fue, a su vez, la causa de que no tuvieran salida. Primero porque la sociedad española quería olvidar la guerra. Es decir, el proyecto fundamental de la Transición fue que esta vez no nos vamos a matar. Otros nostálgicos, de la derecha y de la izquierda sí, pero el grueso de la sociedad era de pensar en olvidar el enfrentamiento bélico porque la juventud no la conocía. Sabíamos que había habido una pero no la habíamos sufrido.

Y después si el socialismo te daba un izquierdismo que ya dejaba de lado el marxismo hacía que fuera una ideología digerible.

P.- El presidente era una persona que tenía mucha telegenia, vendía muy bien ante las cámaras. ¿Le ayudó el hecho de ser posiblemente el dirigente político que más se mostraba al electorado, incluso en revistas como Hola?

R.- Lo de Suárez puede ser. En ese momento había dos líderes: él y Felipe. Incluso físicamente. Eran dos formas contrapuestas de ser España. Uno aguerrido, valiente, un poco horterilla y catetillo, pero atractivo y audaz; y el otro más misterioso, más en el fondo de la sociedad. Uno venía del Franquismo, del Movimiento, y otro venía de la clandestinidad. Pero uno venía del Movimiento destinado a limpiar las cuadras del Franquismo.

Eran dos héroes, incluso físicamente tenían el diseño de dos héroes, dos jóvenes que se enfrentaban en las Cortes como dos personajes del oeste, a ver quien desenfundaba primero. Y después la historia te pone en tu sitio, como con el 23-F. Es como cuando en el mar viene una tempestad. El mar no quiere horteras que arriesgan, pero cuando viene la tempestad el mar te exige que des la talla. ¿Qué pasa con la tempestad política que hubo el 23-F? ¿Quién da la talla? Suárez, no solamente porque no se tiró al suelo, sino porque arriesgó el pellejo saliendo del escaño para salvar al amigo, que era Gutiérrez Mellado. Esa cosa ibérica de arriesgar la vida por un amigo y el haber sido traicionado por los suyos le convierte en un héroe romántico que cada día ha ido creciendo muchísimo más.

P.- Le hablo de unos casos concretos que se publicaron en ABC y en El País. Eran espacios publicitarios y, bajo la denominación de UCD informa, se realizaron entrevistas de personalidad a diferentes candidatos de la formación. ¿Cree que esas entrevistas pudieron ayudar a los centristas, presentando al segundo escalafón e, incluso, al tercero de sus dirigentes?

R.- No lo sé. No lo recuerdo. A mí si me das a elegir entre las dos opciones me quedo con la de El País porque está mejor hecho, es la forma moderna de un periódico, frente a la antigua de ABC.

P.- ¿Por qué en todas las formaciones eran muy conocidos los líderes y el segundo escalafón no se mostraba tanto?

R.- Aquí se apostó por las terribles listas cerradas. Eso que en aquel momento se hizo para congregar las fuerzas políticas en pocos partidos porque aquí había muchos. Pero ha producido una claustrofobia del partido. En la república y en cualquier país del mundo está prohibido leer. Aquí hay que hacerlo. Si lees no sabes la persona que ha escrito eso. Mientras que si hablas, improvisas y eres tú.

Imagínate qué pensaría si en el Parlamento inglés estuvieras allí leyendo. Es impensable. Aquí lo que se ha producido es una claustrofobia de los partidos y, de hecho, todo eso de la corrupción y de la política obedece a que, en los partidos, la política está poco ventilada. La sensación que ahora te produce cada partido es que es como una habitación cerrada.

P.- No sé si recuerda las Tertulias electorales de ABC. ¿Qué necesidad había de debate en aquellos días?

R.- En la pre-democracia había cenas, Gavilanes por ejemplo, y después las tertulias, que han derivado en las que se llevan a cabo en la radio y en la televisión, que son cloacas.

En ese momento la diferencia fundamental de la Transición con lo que hay ahora es el concepto que existía de adversario, pero amigo. Y eso funcionó durante la Transición, hasta que en el segundo período de Aznar volvió otra vez al amigo/enemigo. Es el concepto africanista de la política. A mi amigo leche de camella, a mi enemigo una patada en la barriga. Y estamos en eso.

P.- Para concluir, ¿cómo valoraría el papel de la prensa en la Transición?

R.- En la primera etapa muy bien, con todas las caídas que hubo, con la libertad unos lo hicieron mejor que otros. Valía todo y se podía perdonar todo porque era el momento en el que el maestro se va de la escuela y todos los niños empiezan a tirar tiza a la pizarra. Luego se ha ido degradando.

P.- ¿Cuánto dura ese primer momento?

R.- Toda la Transición hasta la mitad del socialismo. Durante el inicio de la nueva democracia entrabas en un bar y si estaban los del otro grupo bien. Salías de las Cortes y todos los periodistas de distintos medios eran amigos e iban al mismo pub y al mismo restaurante a comer juntos. A partir de un momento, en cuanto las infanterías se introducen e infectan el periodismo, es entrar en un lugar y tener cuidado con los profesionales de otro medio de comunicación.

P.- ¿La Ley Fraga cómo cambió el periodismo?

R.- Lo he dicho con una frase que escribí en Triunfo: Fraga cortó las alambradas, pero dejó las minas dentro. Cuando había alambradas tenías que ir al Ministerio y un infumable te decía lo que no podías publicar. No arriesgabas más que la humillación y el papel. Después había contenidos de inserción obligatoria.

Fraga eso lo quitó, pero dejó el campo sembrado de minas. De hecho, cuando ya tenías la edición podías saltar por los aires, como lo hizo el diario Madrid y su edificio.

P.- Hablemos de las dos publicaciones que aún no hemos comentado. El primero es el ABC, con ese cambio de sistema, que lógicamente defendió por la línea editorial que poseía.

R.- Era un periódico conservador, de derechas, pero siempre era un rotativo fiable, bien hecho literariamente, en el que escribían las mejores firmas, los académicos, etc. En esa segunda Transición periodística empezó a ser un periódico histérico. Esos buenos modales que siempre ha tenido, esa templanza del hombre conservador, los perdió en la última etapa.

P.- Ya ha hablado de la importancia de las revistas. ¿Su opinión de Cambio 16 como caso concreto?

R.- Cambio 16 e Interviú, en ese momento, fue un fenómeno de una apertura, de un erotismo suave en el caso de la segunda, de escándalos. No sé si Cambio 16 se publica ahora mismo.

VLUU L210  / Samsung L210

(24 de enero de 2013 en el Hotel Eurobuilding)