Entrevista a Rodolfo Martín Villa

Madrid.- Rodolfo Martín Villa (Santa María del Páramo, 1934) dejó de lado su formación académica de ingeniero Industrial para desempeñar diferentes responsabilidades públicas en multitud de niveles administrativos. En todas ellas destacó por su buena hacer y su diligencia, lo que le llevó a ir asumiendo puestos de mayor responsabilidad con el paso del tiempo y tener que hacer frente a ocupaciones con un notabilísimo peso específico.

Gobernador civil de Barcelona, procurador en Cortes entre la séptima y la décima legislatura,  sus mayores encargos vinieron de la mano de la Transición. Al principio como máximo responsable de la cartera de Relaciones Sindicales y, en un segundo lugar y con la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno, como ministro de Gobernación (lo que hoy se denomina del Interior). Tras un parón en ese tipo de ocupaciones, volvió a la política con la condición de no volver a desempeñar la cartera anterior, de gran dificultad y desgaste, por lo que se encargó de la Administración Territorial, todavía con Suárez, y de la vicepresidencia primera, con Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con la entrevista realizada se conocerá, de primera mano, la ingente labor del Gobierno de Unión de Centro Democrático (UCD), las campañas electorales bajo el prisma del principal encargado de que el desarrollo de las mismas se llevara a cabo de manera legal y satisfactoria, y la opinión de uno de los protagonistas más relevantes de la Transición, como se percibe con el breve repaso a a su biografía.

Pregunta.- ¿Cuándo comenzaron sus labores al frente de un ministerio?

Respuesta.- El día de la muerte de Franco era gobernador civil de Barcelona. En el primer Gobierno de la Monarquía, que se constituyó en los primeros días de diciembre, veinte días después del fallecimiento y presidido por Carlos Arias, que había sido también el presidente del último Gobierno del Generalísimo, fui ministro de Relaciones Sindicales.

P.- ¿Cómo fue ese primer Gobierno? Lo tildaron como demasiado inmovilista.

R.- Ese Gobierno era denominado Arias-Fraga, en el sentido de que algunos de los ministros se debían a la iniciativa del propio presidente del Gobierno y otros a la de Manuel Fraga, que era el vicepresidente segundo y ministro de la Gobernación. El vicepresidente primero era un teniente general del Ejército y el segundo digamos que era el líder político.

Sin embargo, más bien creo que el Gobierno no fue tanto Arias-Fraga como Rey-Arias-Fraga. Pienso y considero que, con los acontecimientos que sucedieron posteriormente y con algunas de las personas que allí estaban o estábamos, los entonces jóvenes reformistas del Franquismo, que andábamos difícilmente cumplidos los cuarenta y que hoy ya nos acercamos peligrosamente a los ochenta, la iniciativa fue más bien del Rey que del propio presidente del Gobierno.

P.- ¿No se produjeron los cambios que se vislumbraban aún antes del fallecimiento de Franco, con el denominado espíritu del doce de febrero?

R.- Fue casi dos años antes de la muerte del Caudillo. Ese tiempo se puede considerar ahora que es un período político corto pero, en aquellos tiempos, los meses eran muy largos. Yo mismo estuve de gobernador en Barcelona entre julio de 1974 y diciembre de 1975, menos de un año y medio, pero un período muy extenso e importante.

Ahí hubo un intento de cambio político que se denominó el Espíritu del 12 de febrero porque coincidió con un discurso que el presidente Arias hizo ante las Cortes. Pero la verdad es que eso no digo que no quedó en nada porque sería ser demasiado severo, pero quedó en poco.

P.- En ese primer período tras la muerte de Franco, hasta el cambio en la presidencia del Gobierno por Adolfo Suárez, ¿cómo era la prensa del momento?

R.- En la prensa, desde el punto de vista formal, se vivía la Ley que Fraga había puesto en marcha en la primavera de 1966 pero, desde el punto de vista de la aplicación práctica de las sanciones, estaba en una situación mucho más abierta. En todo caso, hay que reconocerle a Fraga que la Ley de Prensa fue un avance muy importante. Entre otras cosas se cargó la censura previa.

P.- También varió en el nombramiento del director, que anteriormente necesitaba contar con el beneplácito de la Administración.

R.- Esa era una medida muy importante pero el consumidor de prensa, yo me considero eso aunque era un político en activo, no sé si era sensible a si el director del ABC o La Vanguardia lo nombraba la empresa. Sí lo era a que no hubiera censura previa.

P.- De su segunda labor ministerial, como responsable de Gobernación, lo que hoy en día se conoce como ministro de Interior, ¿qué destacaría hasta las primeras elecciones?

R.- Es un período pequeño en el tiempo, de julio de 1976 a junio de 1977, pero no sólo fue denso sino el más fructífero. No digo de toda la historia de España, que sería de cualquier manera un poco desmesurado, sobre todo discutible dicho por mí, pero fue una etapa muy importante. Donde no había partidos políticos, en julio de 1976, los había en julio de 1977, donde no había pluralismo sindical lo había al final o donde no había cámaras representativas elegidas por sufragio universal las hubo. Y, principalmente, algo que va más allá de la solución estrictamente política, que es la reconciliación nacional.

Al final de ese tiempo sucedió una cosa que yo incido en ella mucho, que es que no hay un solo preso político en las cárceles españolas ni un solo exiliado por razones políticas fuera de España.

P.- Uno de los cambios que se produjo en ese período fue la garantización de la libertad de prensa de manera legislativa. ¿Cómo vio ese cambio como lector asiduo de las publicaciones, ya fueran periódicos o revistas?

R.- Uno de los aspectos clave de la Transición fue la prensa. Primero ya era distinta a partir de 1967, también lo fue en el gobierno de Carlos Arias, aunque desde el punto de vista jurídico-formal no hubiera cambiado, y más en la Transición porque era libre.

P.- ¿Cómo resumiría y qué destacaría de la legislatura constituyente?

R.- Fundamentalmente, después de las elecciones del 15 de junio de 1977 creo que en España había un régimen democrático. No era aún constitucional porque todavía había que esperar un año y medio. Era la labor fundamental, no la única, de las Cortes constituyentes, las elegidas en ese mes. Pero ya era una situación en la que no sólo de hecho, sino de derecho, se respiraban todas las libertades fundamentales. Lo que es la parte dogmática de la Constitución, en cuanto a los derechos y libertades, no es que ya se ejercieran en España, sino que se disfrutaban legalmente porque había un proceso del cual no se habla muchas veces y es que, en esa primavera, ya suscribieron todos los convenios internacionales de esa materia, empezando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es decir, hubo una labor que fundamentalmente se hizo desde el Ministerio de Asuntos Exteriores que pasó, por ser de política exterior, más desapercibida. Se acordaron esos convenios y, una vez firmados y suscritos por España, formaron parte de la legislación interna, con lo que en el año 1977 todas las libertades no sólo se disfrutaban sino que estaban reconocidas.

P.- Ya ha dado algún retazo,  pero ¿qué valoración hace de la Constitución?

R.- Desde su aprobación han pasado treinta y cuatro años. No nos tenemos que rasgar las vestiduras porque se pretenda reformar. Creo que los aspectos fundamentales, que son la declaración de derechos y deberes fundamentales a los que me refería, el hecho de poder disfrutar de un poder legislativo impecablemente representativo, un gobierno que nace de ese poder legislativo, por tanto democrático y constitucional, y una justicia independiente, resulta indiscutible. Puede que la organización del ejecutivo pueda hacerse de otra forma, las Cortes elegidas de otra manera o la justicia configurarse distinto también, pero lo fundamental no se discute.

P.- Pasamos a UCD, una formación que usted conoce bien. En ese tiempo se puso en marcha dicho partido político. ¿Cómo se concibió?

R.- Era la formación política que lideraba el Gobierno y Adolfo Suárez para presentarse a las primeras elecciones. Es decir, es evidente que nosotros, cuando nos nombran para el primer Ejecutivo que forma Suárez en 1976, no somos un Gobierno democrático, somos uno formado de acuerdo con la legislación vigente en el Régimen de Franco. Tenemos ese resultado que decía antes de las libertades políticas, sindicales o la reconciliación nacional, pero seguimos siendo no democráticos.

A partir de 1977 somos un Gobierno aún no constitucional, pero sí democrático porque hemos ganado las elecciones. ¿Cómo lo hicimos? Con la formación de la UCD y aprovechando, fundamentalmente, el capital político que suponía el patrimonio de aquel Ejecutivo y, en el orden político y personal, el de Suárez.

P.- ¿Quién ideó la formación? ¿Fue consecuencia de las circunstancias?

R.- Es un partido formado desde el Gobierno y por Suárez en el que había personalidades muy importantes a título individual del mundo democristiano, del liberal o del socialdemócrata, no PSOE, pero que fundamentalmente eran los reformistas del Franquismo, los que constituyeron el primer Gobierno de Suárez y los que cumplieron esa etapa que hemos dicho: la primera de la Transición.

P.- ¿Estaba toda la Transición planificada al milímetro?

R.- Hay personas que tratan de darle una pureza y una categoría que tampoco tenía porque aseguraban que fue milimétricamente concebida desde el principio hasta el final. Algunos llegaban a decir que todo el proceso estaba escrito en una servilleta de papel que habían escrito el Rey y Suárez en los años sesenta en un restaurante de Segovia cuando Suárez era gobernador. Eso es no conocer la política, España y a los dos personajes presuntamente escribidores de la servilleta.

En el otro extremo, la Transición era un conjunto de improvisaciones en los que hoy no sabíamos lo que teníamos que hacer mañana. Tampoco es cierto. Es decir, creo que Suárez en particular y el Gobierno de verdad de la Transición, que es el de 1976, sí sabía el punto de partida y el de llegada, que se alcanzó en 1977 con la democracia plena, aún no constitucionalizada.

P.- ¿UCD fue un producto político para un momento determinado o la idea principal era darle visos de continuidad en el tiempo y que fuera lo que hoy es el PP, el principal partido representativo del centro-derecha?

R.- Pudo pasar aquello que decía Adolfo Suárez de que sería un partido de ciento siete años. Esa cifra era una forma de hablar. Sin embargo no fue así. Al final lo que ha resultado de la reciente historia de España es que UCD, más que un partido político, era una empresa política para la Transición. Yo siempre insisto en que en las sociedades siempre hay una causa por las que se disuelven y es el cumplimiento del objeto social. Y, realmente, el desempeño del objeto social de UCD fue la Transición. Culminada ésta, terminó el partido.

Pero, bien es verdad, que es un análisis a posteriori y en función de lo que pasó. A lo mejor si hoy hubiera existido mi contestación habría sido distinta. Pero lo que pasó, pasó.

P.- ¿La importancia que tenía el presidente Suárez en la formación política hacía imposible que continuara sin su presencia?

R.- El tema tampoco es exactamente personal. Tal y como han sucedido las cosas, la explicación es más que era una empresa para la Transición y que, culminada ésta, concluyó UCD. Es evidente que el partido no hubiera sido posible sin Suárez, hubiera sido otro tipo de cosa, pero tampoco hay que ligar el declive de de UCD al de Suárez, o viceversa. No hay que hacer esa relación tan matemática y unívoca.

P.- ¿No era una formación política demasiado heterogénea?

R.- No era un tema de heterogeneidad. Si la historia posterior hubiera sido distinta sabe Dios lo que hubiéramos dicho. Pero como resulta que todas esas familias políticas ideológicas que estaban en UCD, con personalidades muy importantes todas y cada una de ellas, en virtud de los sucesos posteriores se quisieron medir por sí mismas y se vio que la fuerza que tenían era escasa, por no decir nula. Resultaba claro que la UCD también fueron esas personalidades y esas fuerzas políticas. Pero fundamentalmente fue el joven reformismo del Régimen de Franco, no al cien por cien.

Otra cosa es que, desde el punto de vista funcional, resultaba que la UCD cumplía en España, a la muerte de Franco, el papel que la democracia cristiana, al final de la Guerra Mundial, cumplió en Italia o en Alemania. Pero tampoco fuimos un partido democristiano.

P.- Nos centramos en las elecciones. ¿Qué destacaría de las primeras, las del quince de junio de 1977?

R.- Por la izquierda un resultado muy significativo. El partido por antonomasia era el PCE. Es decir, el Franquismo tenía su partido único y el antifranquismo también, que eran los comunistas. Y, sin embargo, cuando se abren las urnas, lo cierto es que la izquierda vota al PSOE, que había tenido claramente un protagonismo mucho menos importante en los años anteriores pero representaba mucho mejor la tradición izquierdista.

En la derecha sucedió algo similar. Por un lado había un grupo en el que existía un liderazgo innegable de Fraga, pero que aparece, lo fuera o no lo fuera, menos reformista en relación con el Sistema que terminaba; y, por el otro, coexistía un grupo que aparecía claramente más reformista, más de libertades clásicas, más para la Constitución de todos, que era la UCD.

P.- ¿Por lo tanto ganó la moderación?

R.- Ganó la moderación tanto en la derecha como en la izquierda.

P.- ¿Por eso ganó UCD o también había que sumarle el bagaje del año anterior en el Ejecutivo?

R.- Todo se le parece como una gota de agua a otra. Es decir, el bagaje del primer año de Suárez como presidente del Gobierno se produce fundamentalmente por la moderación y ganó la mesura. ¿Qué es antes la moderación o el bagaje de Suárez? Normalmente el bagaje de Suárez es la consecuencia.

Una moderación que se ocupaba de salvaguardar determinadas cosas. Por ejemplo, en mi caso el orden público. Es decir, era importante el hacer ver a los españoles que era posible un régimen de libertades salvaguardando el orden, aunque hubiera libertad.

P.- En ese tiempo usted era el responsable de Gobernación y de que los comicios se llevaran a cabo de manera adecuada. ¿Alguna dificultad reseñable en estas primeras elecciones?

R.- Recuerdo lo mal que lo pasé a la hora de dar los resultados. Primero me equivoqué al cien por cien porque en el Ministerio me dijeron que no me preocupara, que teníamos un sistema informático perfecto que funcionaba muy bien con dos grandes ordenadores, uno de la Dirección General de Tráfico (DGT) y otro de Correos y Telecomunicación. Seguramente fuera verdad que el sistema era bueno, pero hicimos el ridículo porque me equivoqué en confiar en algo que objetivamente hablando era cierto, que el ordenador de Correos era buenísimo y capaz de digerir procesos más complicados que las elecciones, pero que no tenía experiencia en tareas como esas, al igual que el de la DGT.

Por otro lado pecamos de un exceso de purismo en el sentido de no querer contratar a nadie fuera de la Administración. Recuerdo aquella noche con horror porque resultó que cuando ya, por la vía de los partidos, incluida la UCD, sabíamos cómo estaban las elecciones, sólo podíamos dar resultados por unos porcentajes ínfimos. Como institución estábamos haciendo el ridículo.

A aquello colaboró también un aspecto. En virtud a una desconfianza en torno al Gobierno que organizaba las elecciones pro domo sua, resultaba que el Ejecutivo no tenía información de las mesas electorales. Así como ahora hay un delegado del Gobierno que toma los datos porque se los dan una vez terminado el escrutinio y lo pasa al sistema informático, que ya hay empresas que lo hacen, antes no. Entonces teníamos que esperar a que nos diera los resultados la Junta Electoral. Estaba presidida, a los niveles territoriales, por los jueces respectivos y recuerdo con espanto, dentro de todo, los resultados de Sevilla. El gobernador ya me los estaba dando, ya los sabía, pero no me llegaban los datos porque el presidente de la Audiencia se había retirado a dormir y hasta que no volvió a las diez de la mañana no pudimos darlos.

P.- ¿Se solventaron esos problemas en la segunda llamada a las urnas?

R.- Sí. Ya dije que metí la pata hace dos años y que no lo iba a volver a hacer. Por lo tanto, no lo hizo ni el ordenador de la DGT ni el de Correos. Lo hizo una empresa especializada. En aquel entonces, también por un exceso de purismo quizá, pero resultó muy bien, concertamos con una empresa de informática pública, que dependía del Instituto Nacional de Industria, y eso fue un avance.

Además, ya se permitió, porque los partidos, con independencia de la desconfianza respecto al Gobierno ya se dieron cuenta de que no podían exigir información si no la daban, que hubiera un delegado que iba a las mesas. Y, por último, que elección tras elección vas teniendo una base de datos que te aproxima mucho más. En aquel entonces te podías creer que el PCE iba a barrer en Palencia, cosa que hoy a nadie se le ocurre que pueda suceder.

P.- Y en los comicios de 1979 se obtienen unos resultados muy parejos con respecto a la anterior convocatoria.

R.- Lo más destacado es que desapareció el partido socialdemócrata de Tierno Galván, que se integró en el PSOE, y que UCD adjuntó algunas personalidades del mundo democristiano. Pero prácticamente la presencia es la misma y se sacaron los mismos resultados.

P.- ¿Por qué cree que se produjeron? No hubo, en la anterior legislatura, la verdadera confrontación política que se verá a partir de marzo de 1979.

R.- La hubo pero, fundamentalmente, la gran tarea de ese año largo fue la Constitución. Por lo tanto, creo que lo que tuvo el mayor valor fue el consenso constitucional.

P.- ¿Cómo encaró, comunicativamente hablando, el partido del que formaba parte la estrategia en las campañas electorales?

R.- No es una respuesta que pueda darle porque comprenda que, en ese tiempo, era el ministro de la Gobernación y bastante tenía ya entre manos para ocuparme también de la comunicación. Son acciones que correspondieron más al grupo de personas de la cercanía de Suárez en las que, por supuesto, el presidente era un activo muy importante. Además era muy adecuado para la comunicación, por lo tanto es lógico que se le diera mucha relevancia.

P.- Poniendo el foco en la personalidad, objeto central de la presente tesis doctoral, ¿qué importancia cree que posee que el electorado conozca esos aspectos de los candidatos políticos que se presentan a las elecciones?

R.- Creo que en general, no sólo en las primeras elecciones, en virtud de que tenemos para el Congreso un sistema que es proporcional, de listas cerradas y bloqueadas, creo que al que se está juzgando es al partido, más que al candidato. Sobre todo en aquellos momentos en los que buena parte de ellos eran absolutamente desconocidos. Ahora, para bien o para mal, son más conocidos.

Por un lado el sistema de listas cerradas y bloqueadas para el Congreso y, por el otro, el hecho de que, por aquel entonces, los políticos eran nuevos y poco conocidos, provocaba que lo que importaba no eran los candidatos, era el cabeza de cartel. El número uno.

Yo en alguna ocasión he insistido que aquí estamos en un régimen monárquico pero que, cada cuatro años, elegimos una especie de presidente de la república. Todos los partidos dicen que tal persona es candidato a la presidencia del Gobierno. Eso, desde el punto de vista jurídico-formal, no es verdad. Suárez y González eran el número uno de sus respectivos partidos por la circunscripción de Madrid. Pero, sin embargo, la costumbre política, lo que se enseña y los carteles políticos que circulaban en provincias eran del candidato número uno.

P.- ¿Eso puede justificar que, en prácticamente todas las formaciones, sea el líder el que monopolice esos contenidos?

R.- Sí. Sobre todo eso fue mucho más notorio en las primeras elecciones. En la actualidad tampoco se lo puedo decir con mucho conocimiento de causa porque ya llevo mucho tiempo no participando, pero comprendo que ahora puede tener alguna importancia el candidato local o provincial. Pero en las provincias hay mejor o peor resultado si en el conjunto nacional hay mejor o peor resultado.

P.- En un caso muy concreto y al hilo de lo que dice, ¿cree que el PCE se equivocó al presentar en las primeras elecciones a la vieja guardia, en lugar de los jóvenes que habían llevado a cabo la oposición dentro de las fronteras del país?

R.- Aquí el Franquismo era un sistema de monopartido, pero el antifranquismo también era, en términos reales, un monopartido. Y el partido por antonomasia en aquel entonces era el PCE. Eso servía para estar en la clandestinidad pero, cuando se llegó a la vida política libre, el PCE tenía la fuerza que tuvo antaño. El 18 de julio de 1936 apenas poseía diputados en el Congreso.

P.- ¿Considera que la sociedad demandaba esos contenidos personales relacionados con los principales líderes políticos?

R.- No sé si la sociedad lo demandaba pero el resultado fue ese, que fundamentalmente se votaba a los líderes.

P.- En otras entrevistas me han indicado que las apariciones del presidente Suárez con su familia en la revista Hola, como contenido de personalidad, le fue de gran ayuda para el conocimiento de su persona y de sus rasgos propios.

R.- Si influían mucho sus fotos en el Hola con su familia no lo sé. El que sí influía era él y el resto de los candidatos números uno. Algunos, sobre todo en esa constitución de UCD, que había líderes importantes de las distintas ideologías políticas, llegaron a creer que si tenían éxito era porque en una u otra provincia barría la democracia cristiana, el liberalismo o la socialdemocracia. En absoluto. Se demostró luego que quien barría o no era la UCD y, a título personal, Adolfo Suárez.

P.- ¿Los candidatos de UCD eran suficientemente conocidos en las elecciones?

R.- En las primeras no. Pero ni los de UCD, ni los del PSOE, ni los del PCE.

P.- Le enseño unos casos que llevó a cabo su formación en las segundas elecciones. Bajo la denominación de UCD informa realizó unas entrevistas de personalidad a diferentes candidatos. ¿Lo recuerda?

R.- Debo decirle con sinceridad que estas cosas las seguía muy poco. Comprenda que cada uno teníamos nuestros problemas. Fíjese que en las primeras elecciones no es que hubiera que montar la democracia, había que ensamblar el aparato de la democracia. Ahora todo eso de las urnas y de las papeletas ya está hecho. Pero montar por primera vez y preguntarse cómo se hacía lo de las papeletas y el secreto del voto era complejo. Todo eso que ahora forma parte de la ordinaria administración política había que montarlo y fue un problema.

P.- ¿En los UCD informa usted no participó por sus responsabilidades gubernamentales?

R.- A parte de que la responsabilidad era de UCD, tampoco quiero presumir de que no quería poner mis pecados a las manos del partido, sino que con hacerlo en el Gobierno ya tenía jornada para veinticuatro, cuarenta y ocho, y hasta setenta y dos horas.

P.- Hablando de las segundas elecciones, los casos no centrados en el principal líder centrista que abordaban la personalidad fueron un artículo sobre los candidatos en Guipúzcoa, en el que aparecía Marcelino Oreja; uno sobre mujeres aspirantes en las elecciones, con la representación de Carmela García Moreno; y un tercer producto basado en Joaquín Garrigues Walker. Es decir, casos puntualísimos y muy justificados.

R.- En el primer caso lo publicaron las revistas nacionales porque podía tener interés en que dos personalidades como ellas se presentaran en el País Vasco. UCD no había tenido candidato en Guipúzcoa en 1977. Lo de Marcelino no dejaba de ser un atrevimiento que se presentara allí.

Eran casos muy puntuales, de consumo nacional y de sectores muy determinados. Quizá una cosa tan singular como lo de Marcelino en Guipúzcoa no pasó desapercibido, vaya por delante, pero el resultado dependía del candidato número uno.

P.- El único caso meramente personal, el de Garrigues Walker, ¿estaba justificado por la singularidad del personaje?

R.- En las primeras elecciones se presentó en Murcia y en las segundas ya los líderes democristianos y liberales vinieron casi todos a Madrid. Pero era un poco lo que le decía. Con independencia de lo que le indicaba, el resultado en Murcia hubiera sido el mismo con usted de candidato, como demostró la historia. Yo no estoy discutiendo la validez política de estos líderes, ya que, por ejemplo Garrigues Walker era de primera, pero con escasos votos detrás. Los tenía la formación política en la que participaron y buena prueba de ello es que cuando los liberales o los democristianos se tratan de presentar por sí mismos no obtuvieron ningún escaño.

Si unas personalidades tan significadas de la democracia cristiana, como era Joaquín Ruiz-Giménez o José María Gil Robles, no sacan escaño, el primero en Madrid y el segundo en Salamanca, ese hecho le da una idea de la fuerza que tenían esas opciones políticas. Es decir, que la tuvieron cuando se metieron en una empresa más importante, que era la que dirigía Adolfo Suárez.

El único que acertó siempre fue Francisco Fernández Ordoñez, nunca se midió por sí mismo. O estuvo en UCD o estuvo en el PSOE.

P.- ¿Qué papel tiene para usted la prensa en todo este primer período de la nueva democracia?

R.- El verdadero protagonismo está en los españoles. Aquí había habido un cambio nada pequeño entre el año 1960 y 1975. El país socialmente, económicamente y culturalmente era ya moderno, pero coincidía con un Régimen político que no lo era. Por lo tanto, fue más sencillo de lo que parece hacer el cambio político porque antes la sociedad se había modernizado. Ahí está la clave del tema.

Dentro de eso muchos aspectos de la Transición no hubieran sido como fueron sin la prensa. Del mismo modo que la prensa no hubiera sido lo que fue sin la Transición. Se alimentan así.

P.- Le pido su opinión sobre el ABC. Hizo un cambio en ese período, en el pasado apoyaba al Régimen pero luego se pusieron en clave democrática.

R.- Dentro de un planteamiento siempre honesto que le ha caracterizado y le caracteriza, el ABC jugó más en la derecha de AP que en la UCD. Y en ese sentido claramente no conectó con la demanda del conjunto de la derecha española.

P.- ¿Cómo piensa que fue el cambio de la publicación con las modificaciones políticas que se estaban produciendo? ¿Le facilitó el hecho de tratarse de una variación hacia la Monarquía, que es el sistema que ellos defienden?

R.- Ha sido tradicionalmente un periódico monárquico. No sólo así, sino también dinástico y eso le honra. Pero, por las razones que fuera, dentro de haber optado más por UCD que por AP, lo hizo por los segundos. Pudo haber mantenido el equilibrio, pero en ese sentido no lo hizo.

P.- Usted participó en las Tertulias electorales de ABC. ¿Se acuerda de ellas?

R.- Fue la primera vez que pisé el ABC. Por las razones que fuera yo no había ido allí. Fueron bastante agradables. Me acuerdo como acontecimiento y pienso que por aquel entonces se discutiría el estado nacional, la lucha antiterrorista, etc. Aspectos normales de la campaña.

P.- ¿Respondía a la necesidad que tenía la sociedad española de debate?

R.- Había habido pocos debates y los periódicos buscaban esas salidas. En el caso de Suárez tenía cierta reacción contraria a esa serie de operaciones. Hace unos días hablaba con una persona que me preguntaba cuándo cambió la estrella de Suárez, a lo que le respondí que lo hizo en el momento de la investidura, que por otro lado no se produjo, tras las elecciones de 1979. Entonces ya había Constitución, el presidente del Gobierno tenía que salir de una investidura votada en el Congreso de los Diputados, pero no estaba clara la organización de esa votación, si antes había un sufragio del presidente del Gobierno o no. Por las razones que fueran, Suárez permaneció opuesto a esa operación previa y ese fue el punto de inflexión del presidente.

P.- A parte de que el PSOE anunciara que en esa segunda legislatura iba a comenzar la verdadera labor de oposición.

R.- Sí, pero encontró un filón de oposición desde el mismo día de la votación de presidente.

P.- ¿Cómo percibió el surgimiento de un diario moderno para la época como fue El País?

R.- Es un periódico más de la Transición que nadie, entre otras cosas porque los demás existían. Nació unos meses después de la muerte de Franco. Frente a la prensa existente, la del Movimiento, los vientos de la Transición fueron unos que le dieron de popa al barco de El País. Pero luego hicieron un buen periódico. Otra cosa es que la autoridad que le viene dada en función de esa situación, que nació en un momento en el que los vientos a su barco le dan de popa, al cabo de un cierto tiempo la pierde.

P.- ¿Ocupó el lugar necesario de cabecera representativa del centro-izquierda?

R.- Es que no había voz. El espacio político que rellenó El País era uno inexistente en el momento de su nacimiento.

P.- Y para terminar las revistas, que perdieron su importancia en detrimento de los periódicos.

R.- Fueron buen producto. Las revistas fueron consecuencia de aquella etapa singular. Les ha pasado como a los dirigentes políticos de las llamadas familias ideológicas de la UCD, que tenían a su frente, que eran muy importantes, pero que cuando llega la vida normal desaparecieron todas o casi todas.

P.- ¿Cambio 16 la recuerda como la más importante de aquel período?

R.- Sí.

P.- ¿Y Triunfo?

R.- Ya venía de antes. Hay que reconocer que ideológicamente era una izquierda muy presente. Más que de activismo político, que si lo tenía lo disimulaba, era más cultural e ideológica.

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(22 de enero de 2013 en la sede de Técnicas Reunidas)