El gobierno nonato

¿Qué hubiera pasado si España, apenas cinco años después del fallecimiento del Generalísimo Franco, hubiera vuelto a tener un ejecutivo encabezado por un militar? ¿Hubieran sido partícipes del mismo los políticos de las diversas sensibilidades existentes en el Congreso de los Diputados? ¿Cómo habría sido posible la coexistencia temporal de personalidades tan diversas y diferentes en un contexto que requería de una acción clara y nítida para superar las dificultades del año 1981?

El pasado domingo de madrugada falleció uno de los personajes que, muy posiblemente, tuviera alguna de esas claves y que se ha llevado con él a la tumba. El general Alfonso Armada fue uno de los acusados por el intento de Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, con una condena a treinta años de la que sólo cumplió hasta 1988, cuando recibió el indulto. Para algunos era el “elefante blanco” que esperaban los encargados de realizar el golpe en la sede de la soberanía popular, para otros el conocedor de la identidad exacta del mismo.

En aquellos primeros años de la nueva democracia, el general Armada era uno de los más reconocidos miembros del cuerpo militar español, aunque bien es cierto que sus continuos enfrentamientos con el presidente Suárez provocó que fuera relevado de su puesto de secretario de la Casa del Rey tras diecisiete años de servicio a la Monarquía, sustituido por Sabino Fernández Campo, persona clave en la mencionada efeméride. Su amistad con el Rey era latente y el respecto de don Juan Carlos hacia su persona también, ya que fue incluso instructor del Jefe del Estado democrático en su formación militar. Apenas unos días antes del intento por adueñarse del poder legítimo, Armada había accedido al puesto de segundo jefe del Estado Mayor del Ejército.

Aquel 23 de febrero, en plena votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno, tras la dimisión de Suárez fechas antes (maniobra para evitar sucesos como el que estaba a punto de producirse, según algunos estudiosos), el teniente coronel de Ejército, Antonio Tejero, interrumpió en el momento en el que el diputado socialista Manuel Núñez Encabo, en pie, manifestaba el sentido negativo de su voto.  Eran las 18,30 horas, los disparos al techo se hicieron atronadores y la práctica totalidad de diputados echaron el cuerpo a tierra. Salvo tres, aquellos que eran conscientes de que si triunfaba la maniobra su suerte estaba echada, hicieran o no por apartarse de las balas: el presidente Suárez, el comunista Santiago Carrillo y el ministro Manuel Gutiérrez Mellado, que incluso se enfrentó a ellos de forma encarecida y evitó que le tiraran al suelo, zancadilla mediante.

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Entrada de Tejero al Congreso en plena votación (rtve.es)

De la historia del golpe se ha escrito mucho y se ha investigado también, aunque habrá determinados pasajes que posiblemente nunca verán la luz. Para el recuerdo la famosa frase de Tejero, pistola en mano, en el que espetaba a los diputados el archiconocido “se sienten, coño”, expresión que hoy todavía se recuerda con la alegría de ver que el intento quedó en eso, en nada más; el discurrir de tanques por las calles de Valencia, fruto de la decisión de otro de los actores más destacados del golpe, el capitán Jaime Milans del Bosch; las marchas militares que sonaban en la frecuencia de Radio Nacional de España, en lo que pasó a denominarse la “noche de los transistores” por la ingente labor que realizaron los informadores a la puerta del Congreso; y el mensaje del Rey, en el que manifestaba el punto de vista de la Corona ante tan magno acontecimiento.

Lo que allí sucedió se puede conocer en multitud de obras escritas y reportajes televisivos que se han publicado y emitido a lo largo del tiempo. Aquí nos quedaremos con una de las causas que pueden explicar el fracaso de la intentona, que no es otra que la coexistencia, en el mismo momento, de dos golpes, e incluso tres, dependiendo del actor responsable del asalto al Congreso. La idea prevista por el general Armada, con un gobierno de concentración y la presencia de políticos incluso comunistas, y la del asaltante, que no había llevado a cabo esa acción para ver a representantes del PCE dirigiendo los destinos del país, chocaban irremediablemente.

Si las negociaciones hubieran tenido éxito, los nombres de los futuros ministros no sería muy diferente a la siguiente, conocida con el paso de los años. A la ya mencionada presidencia de Armada, se le unirían dos vicepresidencias: la política, con Felipe González (PSOE) y la económica, en manos de José María López de Letona, antiguo gobernador del Banco de España. El resto del ejecutivo estaba formado por cuatro centristas, Pío Cabanillas (Ministro de Hacienda), José Luís Álvarez (Obras Públicas), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (Educación) y Agustín Rodríguez Sahagún (Industria); tres socialistas, Gregorio Peces Barba (Justicia), Javier Solana (Transportes) y Enrique Múgica (Sanidad); dos conservadores de CD, Manuel Fraga (Defensa) y José María de Areilza (Exteriores); dos comunistas, Ramón Tamames (Economía) y Jordi Solé Tura (Trabajo); dos militares, el general Manuel Saavedra Palmeiro (Interior) y el general José Antonio Sáenz de Santamaría (Autonomías); y tres independientes, el presidente de la CEOE, Carlos Ferrer Salat (Comercio), el abogado Antonio Garrigues Walker (Cultura) y el director de la agencia EFE, Luis María Ansón (Prensa).

Pero se tratará de un gobierno que nunca verá la luz. El discurso del Monarca aceleró el desenlace, unido a las divergencias que comenzaban a ser insalvables para los diversos actores protagonistas del Golpe, por lo que la lista antes mencionada quedó en papel mojado. El comandante de la División Acorazada Brunete, Ricardo Pardo Zancada, que había acudido a las puertas del Congreso con ciento trece policías militares y otras intenciones, fue el encargado de firmar lo que se denominó el “pacto del capó”, por el lugar en el que estamparon definitivamente la rúbrica de su rendición. Se trataba de un documento con múltiples condiciones: el teniente coronel Tejero asumía la responsabilidad de los actos, se entregaría en el acuartelamiento de El Pardo y exigía que no hubiera reporteros gráficos cuando saliera del Congreso de los Diputados.

Dieciocho horas después, el Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 había llegado a su fin. Ganó la democracia, perdieron aquellos que intentaron, una vez más, imponer el futuro del país a su voluntad, y la sociedad española demostró una madurez impropia de un sistema tan poco extendido en el tiempo. El periodismo estuvo también a la altura de las circunstancias y la radio, como medio de comunicación, cosechó un prestigio desde aquel día que hoy todavía perdura en el tiempo. La lista antes mencionada quedará también para el recuerdo como el gobierno nonato.

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Participantes del Golpe de Estado del 23F (rtve.es)

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