El patio

La situación se ha vuelto tensa, muy tensa. Es lógico considerar, a los hechos y las imágenes nos remitimos, que no hay acuerdo entre ambos, que los puntos de fricción han provocado una disputa fuera de toda duda y que la solución al conflicto se antoja harto complicada, sino imposible. El dedo acusador de uno y otro apunta directamente al que ellos consideran enemigo para intentar desacreditarlo, al que ha provocado esa irrupción cuasi volcánica de ira y de argumentos, al menos ellos lo llaman así. Sus “amigos” le jalean, le animan y no hacen sino darle la razón a todo contenido que sale por su boca y a todo gesto que realiza con cualquier parte de su cuerpo; en la esquina contraria, si nos ponemos en términos pugilísticos, ocurre una situación pareja, pero es el otro adversario el que recibe el apoyo de sus fieles.

Bastaría con ir a cualquier patio de colegio para ver sucesos como los citados. Las razones ya serían las propias de los chicos de dicha edad: que le han quitado el balón para disputar el partido de turno, que se han mofado de alguien por cualesquiera que sean la causa, alguna incidencia con el almuerzo o váyase a saber los motivos. Siempre con la inocencia de los más jóvenes en el nacimiento del conflicto y en la solución, en muchas ocasiones con la acción arbitraria del adulto que busca poner fin al motivo que ha llevado a dicha disputa.

Lo verdaderamente preocupante es que esos acontecimientos se trasladen a otros patios bien diferentes: al Congreso de los Diputados o al Senado. Que la solución a los conflictos se antojen no complicado sino utópicos, que los “amigos” de uno y otro los jaleen aunque sean capaz de intentar cubrir las miserias propias y enaltecer las ajenas, que la argumentación de gran parte de ellos carezca de sentido cuando son incapaces de asumir las responsabilidades y las culpas, y que pretendan dar lecciones de ética sin haberse parado a aplicarla en el seno de sus propias formaciones políticas. Así ocurre hoy en día.

En este caso la labor arbitraria parece la nuestra, aunque sólo podamos ejercerla cada cuatro años en el peor de los casos. No parece posible que podamos conseguir a corto plazo que lleguen a un entendimiento, que establezcan unos códigos internos duros y que se apliquen para que en las formaciones destinadas a dirigir los destinos de cualquiera que sea la administración reine la decencia y la honradez. Pero si podemos alejarlos de los puestos de decisión y comenzar a hacer del patio político por excelencia el lugar que siempre debió ser. Ha perdido el rumbo, pero debemos hacer que vuelva a él.

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2 pensamientos en “El patio

  1. Bienvenido al mundo del blog, contemporáneo. Me alegra mucho que te embarques en esta aventura y ser el primero que te deje un comentario. Además has empezado escribiendo un buen post. Mucha suerte. Un abrazo.

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