El poder de la imagen

Tal día como hoy, hace cincuenta años, falleció uno de los iconos más reconocidos a nivel mundial y sobre el que siguen atisbándose un buen número de dudas y sospechas. Las relativas a su muerte, en la que las diferentes versiones dadas a conocer por las fuentes oficiales y extraoficiales no parecen resolver todos los cabos sueltos que siguen existiendo; y también con respecto a su vida, donde su “actividad” extramatrimonial, conocida después, ponían luz a un modo de comportarse bastante alejado de la imagen idílica que tenían los ciudadanos norteamericanos de antaño del que fue su presidente durante sólo dos años, diez meses y dos días. Suficiente para crear el mito.

John Fitzgerald Kennedy fue el protagonista de dar un paso más en la política, el principal responsable de la modernidad en la comunicación política, parámetros instaurados por él y su equipo y que la gran mayoría de aspirantes a un puesto en la Administración, dependiente de una votación, siguen con la esperanza de llevarlo a buen término y con idénticos resultados que JFK.

Aquel 22 de noviembre de 1963 su mandato terminó abruptamente. Había viajado a la ciudad texana de Dallas con la clara intención de popularizar aún más la imagen del presidente, con vistas a las futuras elecciones de 1964, ya que no había alcanzado la victoria en dicha localidad en los comicios pasados. El día, soleado y apacible, parecía el idóneo para que la comitiva presidencial discurriera por las calles sin la capota, dotándole de la cercanía con su pueblo que todo líder desea en ocasiones, pero no así de una indefensión tal que provocó lo que todo el mundo hoy conoce. Cuando la caravana transitaba por Elm Streeet, una serie de disparos, entre tres y cuatro según las investigaciones, acabaron con la vida de JFK en escaso lapso de tiempo, a pesar de los intentos infructuosos de los equipos médicos por salvarle. Había acabado su mandato y comenzó, en un escaso discurrir de las horas, el de Lyndon Baines Jonhson, que juró su cargo en una dependencia del avión presidencial, el Air Force One, antes de partir de vuelta hacia la Casa Blanca, con los restos mortales de Kennedy.

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Paseo presidencial el fatídico día (elpais.com)

En efemérides como la presente siempre es usual recordar la vida de los personajes que han marcado el devenir futuro de la sociedad, tanto para bien como para mal. La vida de JFK da para mucho, a nivel político y personal. Incluso el de su familia, que ha vivido una serie de tragedias desde aquel 22 de noviembre de 1963, lo que deparó en lo que se ha pasado a llamar la “maldición de los Kennedy”. Pero, aquí y ahora, nos remontaremos a un pasaje de su vida en la que aún no era presidente de los Estados Unidos, sólo aspirante al puesto junto con el republicano Richard Nixon, cuya futura labor daría para muchos artículos como el presente. Pero eso es otro tema.

El 26 de septiembre de 1960 se celebró el primer debate televisado de la historia. Más de setenta millones de estadounidenses, en un período en el que la televisión, además de ser en blanco y negro, no estaba tan generalizada como en nuestros días, habla de la magnitud del acontecimiento. En ella, además de disputarse dos proyectos políticos diferenciados, también lo hicieron dos maneras de afrontar la campaña electoral. La del candidato político que le daba una importancia capital a la comunicación política, habiéndose preparado concienzudamente el acontecimiento y siendo consciente de las potencialidades del nuevo medio; y aquel que no lo consideraba tan relevante, por lo que derivó en su falta de adaptación a las nuevas peculiaridades del debate, llevándole irremediablemente a la derrota.

Nixon decidió comparecer con un traje gris, recordemos que en los inicios de la década de los sesenta la televisión todavía era en blanco y negro, sin maquillar y todavía bajo los efectos de una reciente operación de rodilla. Sus andares en ocasiones lastimosos y el incesante sudor no lucían bien en cámara. Si a eso le sumamos la falta de preparación del futuro presidente, aunque accediera al cargo no en esa llamada a las urnas sino en una posterior, el resultado parecía evidente. Siempre visto desde el prisma actual, el de un tiempo que conoce perfectamente las potencialidades de la imagen en la disputa política.

Por su parte Kennedy adoptó una estrategia completamente diferente. El traje negro le dotó de presencia, su bronceado, apuntalado esa misma mañana, la ayuda del maquillaje que no desdeñó, así como la ingente preparación de los argumentos y de las posibles respuestas, y el hecho puntual de mirar a cámara, como el que adopta la postura de dirigirse a todos los norteamericanos, redundaron directamente en su victoria. Había ganado el debate.

La nota anecdótica de la cita se produjo al conocerse los resultados del coloquio. Es decir, cuando se sometió a escrutinio público el vencedor de la contienda. Para los oyentes de radio, que no se habían dejado influenciar por lo que le dictaban sus ojos y su conciencia, no había imagen que percibir, dieron como ganador al republicano Nixon. Mientras tanto, los telespectadores manifestaron un parecer diametralmente opuesto. Había nacido la nueva manera de hacer campaña y comenzaba a vislumbrarse el poder de la imagen. Sigue latente hoy en día, aunque con las adaptaciones propias del nuevo tiempo.

Si la figura de Kennedy supuso una nueva manera de ejercer el poder, lo que muchos han llamado la modernidad de la política, el citado debate televisivo, el primero, constituyó el del inicio del peso preponderante de la imagen como activo a la hora de arañar votos, con la inestimable colaboración del nuevo medio. Posteriormente, dentro de nuestras fronteras y en los debates entre Felipe González y José María Aznar de 1993, concretamente en el primero, se produjo un hecho de similares características. El entonces presidente descuidó completamente el formato y el aspirante no, lo que le llevó a la victoria. Sin embargo, quedaba un segundo envite para que el dirigente socialista le diera la vuelta a la tortilla, con la inestimable colaboración de Aznar, que no tenía ni por asomo el atractivo de Kennedy ni de otros dirigentes políticos de nuestro país en años pasados. Pero eso será otra historia, fruto de un pionero llamado Kennedy.

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El debate que cambió la comunicación política (abc.es)

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