Entrevista a Pilar Urbano Casaña

Madrid.- Es materialmente imposible entender la entrevista política en nuestro país sin nombrar a Pilar Urbano (Valencia, 1940). Pocos profesionales de la información, por no decir ninguno, se han desenvuelto con mayor brillantez en el genuino género de la pregunta y respuesta, y pocos también han logrado entrevistar a un mayor número de importantes representantes del poder ejecutivo y legislativo del país en un tiempo en el que las dificultades para acceder a ellos eran muy considerables.

Cursó periodismo en la Escuela Oficial, obteniendo el primer puesto de su promoción, y gran parte de su trayectoria ha estado vinculada al diario monárquico ABC, para después pasar por las páginas de Ya, El Mundo y Época, en diferentes responsabilidades. A todo ello hay que sumarle sus apariciones en radio y televisión, que no pasaron de ser meras colaboraciones, y su prolífica carrera como escritora. Las biografías sobre la Reina y el Rey, o la elaborada al juez Baltasar Garzón, constituyeron unas obras de gran trascendencia en la literatura de dicho género en nuestro país.

Contar con su opinión ha permitido conocer gran parte de los acontecimientos acaecidos en la Transición española, la labor del diario ABC en todo ese tiempo, con especial atención a las campañas electorales y a sus relevantes Tertulias, y comprender la estrategia seguida por las diversas formaciones políticas en la contienda. A todo ello, su buen hacer en el género de la entrevista en aquellos años también supone un contenido muy trascendente en su repaso biográfico.

Pregunta.- Llega al ABC de la mano de José Luis Cebrián, que le trajo junto con una serie de profesionales con los que ya había coincidido en el pasado. ¿Era entonces un rotativo cercano al Régimen?

Respuesta.- Sí. Mi llegada al periódico coincidió con el momento en el que Franco va a morir. No sé exactamente la fecha, pero sólo sé que pagaban dos reales, entonces muy poco porque tenían el hecho de que allí había estado Azorín. Yo decía que muy bien, pero que de tocar su pupitre no vivía. A mí me encargaron una sección que se titulaba La máquina de preguntar.

P.- ¿Cómo fueron esas últimas semanas de vida del dictador en el periódico?

R.- Durante mes y medio, desde que enfermó Franco oficialmente el 1 de octubre, tras la presentación ante los españoles en la plaza de Oriente, vamos sabiendo, siempre clandestinamente, off the record, que estaba más enfermo de lo que oficialmente se decía. Por ello empezamos a hacer dos periódicos diarios. Era curioso porque hacíamos uno, que era el periódico del día, y otro que era la previsión de muerte.

Eso es lo que se hace siempre pero aquí existía una especie de conciencia en la clase política de que Franco era inmorible y que era una blasfemia y una herejía hablar de él muerto estando en vida. De modo que a mí que me tocó hacer la tarea de realizar todos los días hacía la encuesta a los personajes principales: Laureano López Rodó, Gregorio López Bravo, Federico Silva o José María de Areilza, entre otros. Los que estaban entonces en la pomada. Yo les decía que se pusieran en situación de que Franco había muerto y que valorasen, pero conforme pasaban las semanas ya iban abriendo su opinión, sincerándola, y siendo no críticos hacia Franco, pero pasando página. Otros no decían eso.

P.- A eso iba. ¿Hizo en torno a trescientas entrevistas?

R.- Yo dejaba un montón de revistas y de publicaciones porque en ABC tenía que ser en exclusiva, pero pagaban dos reales. Entonces Cebrián me dijo que para que yo pudiera cobrar lo que cobraba tenía que demostrar que era Oriana Fallaci. Allí no era cuestión de la calidad sino de acceder. El primer viernes que me dijeron que tenía que entregar para la sección yo di entre siete y diez entrevistas a ministros. El único ex ministro que había allí era Manuel Fraga.

Las entregué y el director las extendió en su mesa. Llamó a un fotógrafo y le pidió que lo fotografiara. Entonces me dijo que por qué no había hecho una columna, a lo que le respondí que lo difícil era acceder pero que una vez que tenía al personaje delante o me recibía ya le hacía una entrevista. Eso es lo que ya me valió para que me dieran otro sueldo.

A donde quiero ir es a lo difícil que era entonces acceder al político enclasado. Luego eran entrevistas muy ortopédicas, muy censuradas por ellos, tanto en las preguntas como en las respuestas, tardías en la gestión, etc. Todavía no estábamos en las elecciones, ni podíamos intuir que se iba a abrir un político a contarte todo.

P.- ¿Qué importancia tenía la entrevista en ABC? ¿Sufrió un relanzamiento cuando usted llegó y comenzó a elaborar dichos productos?

R.- Sin presunción. La entrevista que tenía éxito entonces era la folclórica, a gente como Lola Flores, Antonio El bailarín o a Manuel Benítez El cordobés. Ahí se podía entrar en la entraña de su vida. Pero el político no hacía declaraciones porque tenía que autorizárselas el presidente del Gobierno. La entrevista política no tenía pelo.

Me acuerdo que la primera entrevista política que hago fue a José María Pemán, que me habló del libro prohibido número uno de Franco, de don Juan y de la oposición a Franco. Estuvo en la autocensura de Actualidad Española. Otro caso fue a Pilar Franco, hermana del Generalísimo, en una serie que se tituló Cuando Franco no era el Caudillo. Cuando El Pardo lo supo dijeron que no se podía producir. Como si Franco hubiese nacido ya con dientes y Caudillo.

P.- ¿Cuál fue el primer momento en el que se tuvo acceso a los políticos para entrevistarlos?

R.- La entrevista política no tuvo acceso hasta que cesa Carlos Arias Navarro, que concedió una primera cuando ya no era presidente y se presentaba para el Senado por AP, hecha por Pedro J. Ramírez. Pero hasta después de Arias, del que digo cesa porque fue una dimisión forzada, es cuando ya Adolfo Suárez se planteó que tenía que tener un partido para poder competir y ahí empezaron a llevarse a cabo con cierta frecuencia.

P.- Poco tiempo después de su llegada se produjo el fallecimiento del Generalísimo y el cambio de sistema. ¿Cómo varía el diario ABC? ¿Fue un proceso sencillo al transformarse hacia una monarquía, que es el sistema que siempre ha defendido el rotativo?

R.- Era un periódico monárquico pero muy búnker. Cuando llegó el 23-F, fíjate si pasó tiempo, en el ABC había una actitud de defensa de Jaime Milans del Bosch y de Alfonso Armada. No del golpe en sí, no de Antonio Tejero, pero sí de las personas que estaban implicadas en él.

Yo en el ABC encontraba la resistencia de que, aunque había cambiado el régimen, no lo había hecho la ideología, que seguía siendo de resistencia a una democracia con apertura a los partidos políticos de izquierdas, a una pluralidad sindical y con mucho temor capitalista, de los accionariados de los bancos, a que las izquierdas vinieran a dar la vuelta a esto. Yo me acuerdo de una frase de Guillermo Luca de Tena en 1982, había pasado ya tiempo, en la que dijo: la pasada por la izquierda puede ser una quedada. A finales del año 1982 tenía miedo todavía el ABC. Esa era la actitud.

El cambio de sistema supuso poder hablar del Rey. Pero éste me dijo que el diario, hablando de Luis María Ansón y de los Luca de Tena, era un periódico raro que durante el Franquismo era juanista, pero cuando llegó él seguía siendo juanista o franquista. No entendía su monarquismo.

P.- ¿No le castigó su público fiel esos cambios?

R.- No hacía las mediciones de audiencias. A mí me ha apasionado siempre el periodismo en sí, sin saber ni quién era el dueño ni quién me pagaba. Por aquel entonces la competencia era El País, que acababa de surgir. Pero el primero era liberal, no sesgado de izquierdas, de centro-derecha de accionariado, de capital. Ahí estaba Darío Valcárcel, Carlos Mendo, José María de Areilza o Joaquín Garrigues Walker. Era un periódico de derechas capitalista, que es la más inmóvil que puede haber. Pero no era búnker, no era falangista. A nosotros los periodistas nos gustaba que existiera El País porque así mi periódico se atrevería un poco más.

P.- Nos centramos en legislaturas, posteriormente lo haremos en las campañas electorales. ¿Cómo fue la de Arias Navarro desde el fallecimiento de Franco hasta que cesó en su cargo?

R.- El mismo día que estaba dimitiendo hubo Cortes y dos personas como Pilar Primo de Rivera o como Alejandro Rodríguez Valcárcel me respondieron a las tradicionales notas que les enviaba a los diputados para que me las devolvieran contestadas. La primera me aseguró (leyendo la nota) que no había razón para cambiar la Constitución y el segundo (también leyendo) habló de evolución perceptiva. Decían que no había que modificar nada, que habíamos sido muy grandes y muy felices.

Esa legislatura de Arias seguía siendo la del aplaudismo, donde no estaban acostumbrados al voto a enmiendas. Entonces cuando había una de régimen laboral, que estaba entonces haciéndose, o la Ley de Asociaciones Políticas o del Código Penal, en el momento de realizar alguna enmienda al proyecto del Gobierno no sabían la manera de votarla. Entonces solicitaban que los que dijeran sí que se levantaran y un personaje como Areilza decía que habían estado haciendo gimnasia, al levantarse y sentarse toda la mañana. Se hacía a ojeo, a ojo de buen cubero.

Seguían siendo las Cortes franquistas. Las mismas que cuando el Rey juró se volvieron y ovacionaron a la familia de Franco en el palco. Eran los mismos, pero fueron las Cortes del harakiri, término que me inventé yo. Realmente hubo una generosidad por parte de ellos, que es cuando se les convenció, uno a uno, para que no se opusieran a la reforma política.

P.- ¿Fue Arias un freno al proceso democrático que anhelaba gran parte de la sociedad española?

R.- Sí. Había dos tendencias, dos presiones importantes sobre el Rey y sobre Fraga y Areilza, que era el que viajaba. Una era Europa, nosotros queríamos entrar y ser reconocidos, y el continente deseaba la legalización incluyendo el PCE; y la otra era Estados Unidos, que sí la quería pero a un ritmo lento y no incluyendo al PCE. Ayer leía unas frases de Kissinguer a Areilza que le indicaba que no tuvieran prisa hasta que el Gobierno no tuviera su propio partido de centro muy amplio y las garantías de vencer. Hasta entonces que ganaran tiempo, no reformaran y no abrieran. Y ese era el mensaje que recibía Areilza, ministro de Exteriores, que se lo dio al Rey.

Tuvo que llegar el Monarca al Capitolio, en junio de 1976, y decir que quería una monarquía pluripartidista. Fue clave. El Rey dijo eso, con un discurso escrito por Areilza, y con ello sobrepasó las previsiones de los Estados Unidos. Esa misma tarde nuestro ministro de Exteriores se entrevistó con Kissinguer y es cuando le dijo que no tuvieran prisa, que hicieran lo que les convenga y que no dejaran que los demás les impusieran la hoja de ruta.

P.- En todo ese tiempo Torcuato Fernández-Miranda jugó un papel clave como presidente de las Cortes.

R.- De fondo era él haciendo la comisión de urgencias. Tenía calentando escaños y haciendo tiempo a los procuradores, mientras hacía trámites de urgencias para no reformar por Decreto-Ley e ir pasando cosas importantes para, de la ley a la ley, hacer la reforma. Podemos decir que era el revés de las Cortes. Torcuato era su presidente y como tal era el que las preparaba, las disponía, las manejaba y hacía que estuvieran dispuestas para aprobar la Ley de Asociaciones Políticas, la reforma del Código Penal, la mayoría de edad del Rey y para hacer la Ley para la Reforma Política, donde ya se hicieron el harakiri.

P.- ¿El ABC fue el mismo periódico en esta legislatura o hubo modificaciones de matices?

R.- No puedo incidir en eso porque era una redactora que no estaba mucho en el periódico. Estaba en la calle, en el Parlamento, en la sede de Castellana tres, en los ministerios o en los despachos. Yo hacía calle política y daba mi crónica por teléfono. Al periódico me iba los domingos para organizar papeles, cuando ya no había nadie allí. Por ello las mutaciones interiores de redacción para mí eran inapreciables

En el ABC hubo una apertura que era comenzar las tertulias del periódico para la pedagogía del quién es quién. Y luego unas comidas que teníamos off the record en el Black Bess, que estaba en la parte alta de Serrano, cerca de la sede del periódico, y allí estaban tres o cuatro prebostes del ABC, unos redactores, entre los que asistían Pedro J. o yo, los cuatro o cinco políticos y el director del rotativo. Los políticos eran lo que entonces se consideraba la oposición moderada, que podía ser Jordi Pujol, Joaquín Ruíz-Giménez, Areilza, Federico Silva Muñoz o Cruz Martínez Esteruelas.

Todo eso era nuevo. Yo tenía clara conciencia de que el periodista estaba haciendo una pedagogía de la democracia, de quiénes eran los que venían, qué es lo que venía y cómo será. Por ejemplo, llamando a La Zarzuela y preguntando si el Rey iba a votar el referéndum para la reforma política. Entonces se desconocía. Lo que quería el fotógrafo era saber a la hora que votaban para acudir, pero a la víspera todavía no se sabía. Luego se decidió que el Rey iba a votar los referéndums solamente.

P.- Hablamos de la legislatura Suárez antes de las primeras elecciones. ¿Qué valoración hace de ese Gobierno?

R.- El llamado Gobierno penene fue un gran Ejecutivo, con arrojo, con temeridad e, incluso, con valentía. Todos ellos estaban muy motivados en que había que hacer la apertura.

P.- Una de sus principales acciones fue la Ley para la Reforma Política.

R.- Hay mucha leyenda pero en efecto fue el Rey y Adolfo Suárez los que, en el Parador de Segovia, en una servilleta de papel no hacen la norma, sino los hay que necesarios. El príncipe entonces le preguntó cómo se pasaba a la democracia y Suárez, gobernador de Segovia, le dijo que había que abrir los sindicatos, legalizar las reuniones y los partidos políticos, realizar una reforma fiscal, etc.

Es un hay que que ya le entró en la cabeza al Príncipe y que coincidía bastante con lo que le dijo su padre, don Juan, y con lo que oía en Europa. La Ley fue luego un folio que Torcuato Fernández-Miranda le entregó a Suárez un día y le dijo que en ese texto estaban los pasos para ir de la ley a la ley. Torcuato no era Gobierno y no podía hacer la norma, por lo que le dijo que no tenía ni padre ni madre. Que si le servía que adelante.

Primero una servilleta, segundo un folio y tercero Adolfo le pidió a Torcuato que desarrollara ese texto. Eso ya entró bastante avanzado al Gobierno y luego es Landelino Lavilla el que la articuló. En esa Ley ya entró, por la vía del referéndum, la legalización de los partidos, las dos cámaras, la nueva Ley Electoral, el fin del monopolio sindical, la libertades de reunión y de asociación, etc. De matute estuvo también el referéndum a la Monarquía. Eran cinco artículos y se mencionaba cinco veces Rey o Monarquía. No se hablaba de jefatura del Estado. Rey o Monarquía.

P.- ¿Cómo la vio la izquierda?

R.- Fue bien vista, también por las izquierdas, que vieron que venían dos cámaras, que iba a haber participación ciudadana a través de los partidos y que iba a haber sindicatos plurales. Eso interesaba a todos porque los socialistas no querían que el sindicato fuera único porque lo iba a heredar CCOO. Era el miedo que había también en Europa. El sindicalismo había que romperlo para que hubiera muchos, no sólo uno.

P.- Otra de sus más destacadas acciones fue la legalización del PCE. ¿Estaba de acuerdo el Rey?

R.- En la legalización del PCE no es que se buscase una estrategia sibilina o maquiavélica de buscar que fuera el Sábado Santo. Es una responsabilidad del Gobierno. Entonces el Rey todavía era un Monarca absoluto, no era constitucional, por lo que hay que suponer que dijo que sí. No hay vestigio ninguno de la presencia, del aliento, del estímulo del Rey a la legalización del PCE. Lo que hay es el dato de que no estaba en España ese día.

P.- Posiblemente, para comprender el devenir de los acontecimientos y las fechas en las que se produjo era necesario hacer un repaso cronológico. ¿Cómo comenzó a dirimirse el asunto?

R.- El Lunes Santo el Tribunal Supremo, con razón, devolvió los estatutos del PCE al Gobierno y le dijo que vieran si eran aceptables según la ley pero que, de momento, era una decisión política, no judicial. Que entrarían cuando hubiera indicios de delito. De modo que ahí tienen razón, no es que tiraran la patata caliente sino que no le correspondía.

Suárez fue informado y llamó a los que tenían algo que hacer en esa situación. Al ministro de Justicia, Landelino Lavilla, al de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, al vicepresidente de la Defensa y del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, y al vicepresidente segundo, Alfonso Osorio, que creía que no era oportuno todavía. A éstos se les informó y se les dio un encargo a cada uno. A Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, no le informó y sólo le preguntó que dónde iba a estar en esas vacaciones, a lo que respondió que en El Escorial. Cuando llegó la legalización, Oreja tuvo el encargo de hacer un comunicado a todas las delegaciones diplomáticas.

El presidente le preguntó a Landelino Lavilla qué hacer. El ministro propuso remitirlo a nuestro ministerio fiscal, para ver si había delito en los estatutos, y es lo que se hizo. Reunió a la junta de fiscales y éstos fueron los que evacuaron un informe rapidísimamente, quizá porque se querían ir de vacaciones, tampoco hay que ver ahí más historia.

A Gutiérrez Mellado le indicó que le comunicara a los ministros militares, todavía no había informe de los fiscales, que el Gobierno asumía la legalización, teniéndola que hacer ellos mismos. Lo que no les dijo es cuando, porque no se sabía, no había engaño. El miércoles no había todavía informe fiscal. Ese mismo día por la tarde adiós muy buenas, cada pájaro a su nido. Todo el mundo se fue a sus vacaciones de Semana Santa, el primero Martín Villa. También el gobernador de Madrid, Juan José Rosón, que estaba en Ibiza, Osorio en Andalucía y Landelino Lavilla a Manzanares el Real. Se queda sólo Suárez. El Rey y Carrillo tampoco están, el segundo se encontraba en Cannes, en la finca de Teodulfo Lagunero.

P.- ¿Cuándo se conoció la esperada decisión fiscal?

R.- El Viernes Santo dieron el informe de que no había delito, no delinquía. Era un partido que no tenía obediencia internacional, no promovía la subversión del Estado, reconocía la Monarquía y los símbolos españoles, y que quería participar libremente en el Sistema y en las instituciones. Y el sábado se produjo la noticia.

El Rey llamó por teléfono a Carmen Díez de Rivera, que era la secretaria de Suárez, a su apartamento y le dijo que se había legalizado el PCE. Ella llamó a Pilar Bravo, a Jaime Ballesteros y al presidente. Suárez, que, en vez de congratularse con ella, le preguntó cómo lo sabía y si había tenido hermetismo en esa decisión. Entre otras cosas era importante que no se supiera para que los ultras no se organizaran. Carmen le respondió que había sido el Rey y Adolfo no le contestó.

P.- Esa decisión, como por otra parte era esperado, produjo reacciones en los sectores más conservadores y progresistas del país.

R.- La reacción del búnker militar fue muy dura, muy peligrosa, y esa sí que tuvo que aplacarla el Rey. Dimitió Gabriel Pita da Veiga, ministro de Marina, pero también quisieron hacerlo Félix Álvarez-Arenas, ministro del Ejército, y Carlos Franco Iribarnegaray, que era el del aire. Con éste último fue la Reina la que le dijo que fingiera que estaba con un catarro o con una gripe y no fuera. Pero había militares que estaban dispuestos a sacar el espadón.

En esos momentos Carrillo reunió al Comité Federal y fue cuando dijo, José Mario Armero jugó aquí un papel maravilloso, estamos viviendo unas horas gravísimas que pueden ser de irreversible involución y que se pierda todo lo que se ha ganado. Entonces fue cuando les pidió lo que él le ha prometido a Suárez: visualizar el respeto a la bandera española y decir que estaban con la Monarquía. Todo eso supuso una moderación, una templanza, una prudencia y un arte político importante. Eso se merece una medalla al mérito civil. Fue importante porque la reacción del búnker fue muy dura.

A partir de ahí una de las cosas importantes es que Carrillo empezó a ser no un político de salón, pero se jugó su liderazgo en el partido porque dejó de ser un contestatario, un reivindicativo y un revolucionario, y pasó a ser un colaborador de lo que venía, de la democracia, como lo demuestran los Pactos de la Moncloa.

P.- Tras las primeras elecciones tuvo lugar la legislatura constituyente. ¿Qué tuvo de especial esos casi dos años?

R.- Fue maratoniana mañana, tarde y noche. Yo no tomé vacaciones porque no me interesó, quería estar ahí. Recuerdo las ponencias constitucionales en la sala María de la Pineda de las Cortes, con los padres de la Constitución, y estábamos dos o tres periodistas que nos turnábamos para estar siempre uno en vela y que no se fueran. A veces les preguntabas a los políticos a dónde iban y te respondían que al servicio. Hubo incluso portazos. Se iban y estaban diez días sin hablarse.

Era nuestra Constitución y había una implicación importante. No nos importaba si el que hablaba era un socialista, un comunista o un catalán. Nosotros estábamos en la Constitución para todos y ese era el clima político que había y se manifestaba en los periódicos también, con la excepción de Alcázar o Arriba. Pero hasta Nuestra Bandera o Mundo Obrero tenían ese clima.

Los redactores políticos dirigíamos más que el director. Tenemos para comer mañana a fulano y a mengano. Eso quería decir que cinco páginas. He quedado con Calvo-Sotelo que me va a decir que han fundado un partido político. Ya lo dábamos hecho. Ese era el periodismo que nosotros hacíamos, el de proponer. Había un dinamismo informativo que era el dinamismo político. Te lo ingeniabas tú. No era tampoco fácil porque había muchos partidos.

P.- Habría debates muy interesantes en ese período.

R.- Hubo algunos muy bonitos, de esos que se decían de jabalíes y tenores. Por ejemplo, todos tienen derecho a la vida, todos los nacidos tienen derecho a la vida o todos los españoles tienen derecho a la vida. En este caso en todos no había aborto. Ahí estaban Tierno Galván, Herrero de Miñón o López Bravo. Es decir, se lucían las oratorias desde el escaño, sin papel, distinto a ahora que leen todo. No había una obediencia al partido, había mucho más voto en conciencia. Pero incluido un Blas Piñar estaba en que se iba a eso, se sentaba junto a Juan María Bandrés en el grupo mixto.

En la mesa de edad, el día que empezaron las Cortes, estaba Pasionaria. Es que es muy fuerte. Le tocó presidir por edad junto con Rafael Alberti. ¿Qué se siente ahí? Es importante sentarse, pero es más sentirse. Había sido muy peligrosa su vuelta, llegó el mismo día que don Juan renunciaba. Había que templar, que no hubiera entusiasmo de sus partidarios ni reacción de los altos extremos.

P.- Antes de las primeras elecciones se llevaron a cabo unos productos periodísticos como Cien españoles para la democracia. ¿Respondía a la necesidad de presentar los candidatos políticos a la población española?

R.- Sí, porque muchos eran conocidos del Sistema pero no se habían manifestado en cuanto a su proyecto o ideas. Tenían que opinar ya al margen de la organización anterior. Otros eran nuevos y había que presentarlos en sociedad, nunca mejor dicho. Y hacerlo, por ejemplo, como con Joaquín Garrigues Walker, como liberal. Hasta entonces no se llamaban nada, eran abogados o el hijo del ministro Antonio Garrigues.

Nos encontramos con que, de pronto, había una serie de liberales que cada uno tenía su chiringuito pero ninguno tenía un logotipo, ni unas siglas, ni un ideario conocido. Quien dice eso dice democracia cristiana. No es lo mismo Gil-Robles, un jurásico que venía del tiempo de la República, que Gil-Robles Gil-Delgado, que es su hijo, o que Joaquín Ruíz-Giménez. O los socialdemócratas, como Francisco Fernández Ordoñez.

Por otra parte estaba el hecho de que se hizo el aglutinante de la UCD y el surgimiento de la Platajunta. Ahí estaban los líderes de los partidos de la oposición, no eran conocidos y había que presentarlos porque iban a ser votables.

P.- ¿Se percibía ya, antes incluso de la primera campaña electoral, la preponderancia del líder?

R.- En los partidos había una tendencia a los liderazgos fuertes. Ellos rivalizaban mucho las representaciones o reducían mucho el dramatis personae, el cartel. Alfonso Guerra no era conocido, ni Txiki Benegas o Guillermo Galeote. Era Felipe González. O Fraga. Estaban los Siete magníficos, pero era Fraga. No es lo mismo una entrevista con Cruz Martínez Esteruelas que con el líder de AP.

P.- ¿Estos textos pudieron ser el punto de partida para que los políticos vieran la importancia que tenía el hecho de presentarse a la sociedad?

R.- Yo pienso que influyó en la sinceridad. La impertinencia e insolencia del periodista, incluso la agresividad, les iba haciendo tomar conciencia de que eran un animal político para la gente. Tenían que ser para la población y que responder a todo aquello que los ciudadanos quisieran preguntar. Yo les decía que en Estados Unidos a un candidato le preguntaban hasta dónde había comprado la ropa interior, si su hijo se drogaba y cuánto había pagado a hacienda. Y a ti no te estaba preguntando si ibas a misa.

Este fue el punto en el que se les dijo que usted no sólo puede hablar sino que debe hacerlo. Tiene que desnudarse en público.

P.- Sobre todo con tantas siglas.

R.- Me acuerdo cuando les decía que nada de off the record. A mí no me interesa saber, me interesa informar. Me decían que no lo respetaba pero es que no lo quiero, no me importa. No quería conocer lo que este señor quería decirme, para eso me voy con mis amigos que cuentan chistes. Lo que tienen que contarme es un vehículo para los lectores.

P.- ¿Cómo fueron, informativamente hablando, las elecciones del 15 de junio de 1977?

R.- Era el tiempo de la sopa de letras. Se vivieron con mucho entusiasmo y poseían una falta de marketing llamativo. Los banqueros no se atrevían a dar dinero a los partidos políticos. El primero que lo dio fue Luis Valls Taberner del Banco Popular y fue al PCE, que decían que si no pagaban morían.

El día de las elecciones había que ir a todos los puestos y a ver cómo votaba cada personaje. Por la noche acudimos a los escrutinios y veíamos el ambiente en Cortes, en Zarzuela, en el Ministerio del Interior y en la sede de los partidos. El recuento era más lento y mientras había euforia, decepción, etc.

Yo hice una crónica de color, de pálpito, de mucho pulso. En mi caso iba transmitiendo en fragmentos. A tal hora esto, en otra aquello, aunque luego eso cambiaba con los resultados, que eran tardíos. Nosotros, los periodistas, no sabíamos cómo se tenía que hacer eso todavía y hubo una cierta americanización.

Al terminar las elecciones de 1977, Fraga dijo, al ver los resultados del PSOE, sin hablar de los suyos, que fueron pésimos, que este país ha demostrado que tiene buena memoria. Una frase muy gallega pero que estaba clara. Él indicó que habían vuelto a donde nos quedamos, en 1936.

P.- Y, con el perfeccionamiento lógico de un sistema que va engrasándose, ¿qué diferencias hubo en los comicios de 1979?

R.- Ya había Constitución y entonces ya había adversarios, contrincantes. Cada uno iba a afirmarse en lo suyo.

P.- ¿Hubo cambios en la relación entre los periodistas y los dirigentes políticos?

R.- Nosotros vivíamos mucho la vida de los partidos, de todos ellos, y donde había más simpatía, más fraternidad, era en el PSOE y en el PCE. No sé si se querían ganar a la prensa pero normalmente casi todo lo ventilábamos con unas copas de vino. Empezaba a haber un conocimiento personal, un tú a tú.

El periodista hubo acercarse al unte. No al económico sino al amistoso, a la confidencia, al off the record, al que yo te cargo la conciencia con este secreto, al amiguismo. Me acuerdo de estar huyendo de tener amigos. Te invitaban a muchas cosas: excursiones, montañismo o senderismo. Cosas inocentes. Pero es que había una personalización, en la que, por ejemplo, te decían que querían que conocieras a Felipe González de cerca. Te metían en su coche y hacías la campaña con él.  Yo me pegaba a ellos porque el partido quería y el periódico también. Era muy americano eso. Quería verle hasta afeitarse si era posible.

P.- En las segundas elecciones, dentro de mi análisis, hubo dos casos similares con una sombra al presidente del Gobierno y otra a Felipe González en Cambio 16. Se les siguió unos días en la intensa labor en la campaña electoral.

R.- La gente no leía los programas de los partidos, ahora siguen sin hacerlo. Había dos cosas que les interesaban: los mítines en el lugar y el spot final de televisión. Era el mensaje que quedaba a la gente. En Calahorra, por ejemplo, iba una señora que decía yo ya he oído a Osorio, Suárez, Ruíz-Giménez, Blas Piñar y González, me falta uno. Era el circo. Iba a un espectáculo, la diversión del lugar.

El ejemplo del spot electoral con el que se vence unas elecciones fue el de Adolfo Suárez con el discurso del miedo. Fueron tan importantes esos cinco minutos suyos en televisión, en los que ganó las elecciones, que la Internacional Socialista pidió el vídeo, lo analizó, y fue cuando en 1979 habló con la plana mayor del PSOE y les dijo que si querían tocar poder debían dejar en paz a la UCD. El activo político que tenían era Adolfo Suárez. Fue un acoso y derribo desde entonces centrado en él. Por eso llegó la moción de censura.

El discurso ese lo hizo Fernando Ónega. Fueron cinco minutos muy serios, cantando las maldades que podían ocurrir si ganaba el PSOE, que estaba en disposición de hacerlo. En el caso contrario estuvo Fraga Iribarne, al que le perjudicó. En el spot suyo de las primeras elecciones la silla que le pusieron era cuadrada y oscura. Parecía Frankestein. Yo lo vi con él y le dije que me había parecido muy bien, pero era terrible.

P.- En las dos elecciones estudiadas se llevaron a cabo las Tertulias electorales de ABC, verdadero producto estrella de la cabecera en aquellos días. ¿Cómo se concibieron?

R.- Se juntaron varios factores. Había un elemento externo importante e influyente que era El País, la competencia; un instinto periodístico en los jefes de que España cambiaba, entonces había que abrirse; el poco tiempo y mucho protagonismo, por el que no daba tiempo a cada día una entrevista; y la presencia de algo tan novedoso y nuevo que podía ocupar varias páginas, como podía ser el debate entre ellos, convirtiéndose en una especie de circo, en la arena, la contienda.

Nos adelantamos a los debates televisivos. Aquello se hacía en la antigua biblioteca del ABC, que también tenía redacción. Se disponía una mesa larga y ahí estaban ellos. El público preguntaba y los periodistas tomábamos nota. Era para nosotros, muy endogámica. Antes los entrevistábamos a pie de máquina.

Ahí iba la gente de lo más curioso porque podía asistir un político o un psiquiatra, como Juan Antonio Vallejo Nájera. Se sentaban para atraer gente y le preguntaban ellos mismos al político, también los de la mesa y el público, aunque siempre era más tímido. Esto funcionaba a la vez que el Club Siglo XXI, que era otra tribuna de apertura y de oralidad que había comenzado un poco antes.

Dicho de otra forma, periodismo y tribunas culturales iban dando aire y aliento a la apertura política. No eran sólo las revistas del destape. Con eso la gente decía que ya se podían hacer más cosas. Pero el mensaje político del quién es quién y usted que me vende no se complementaba con grandes programas, se hablaba siempre de una España abierta, pero no había acciones concretas que hablaran de cómo bajar la inflación, por citar un caso.

P.- ¿Por qué en no hubo representantes del PCE en el producto estrella de ABC en 1977?

R.- Porque eran demonios con cuernos. Ni en las tertulias ni en las entrevistas. Ni siquiera Nicolás Sartorius o Pilar Bravo. Ramón Tamames posiblemente fue de los primeros.

(Busca un libro de su excelsa biblioteca que me enseña, se trata de España cambia la piel. Entrevistas políticas). Muchas de estas entrevistas no pudieron publicarse, otras sí. Algunas no pudieron porque estaba el comienzo del Rey, la pre-transición o todo lo que me estás preguntando. A quien podíamos hacerlo entonces era a los del búnker. Por ejemplo, aquí hay una charla con Tierno Galván que no pudo salir.

P.- En los casos de las primeras elecciones, de todas las entrevistas analizadas, fuera de las existentes en las tertulias, el caso más progresista era el de Fernando Morán.

R.- Porque era diplomático, iba con cuello de pajarita y disimulaba ser del PSOE. Había un tope y donde la ley no la ponía estaba la ideología de los partidos.

ABC era muy de derechas. Yo hubo un momento en el que me tuve que ir. Me fui porque no iba a quedarme más en este periódico para estar todo el día zumbándole al PSOE, no dejándoles gobernar. Había que ser objetiva.

P.- ¿Era mucha la importancia de la personalidad en campaña?

R.- Se llamaba entonces carisma.

P.- De las estrategias de las formaciones políticas, en el caso de UCD estaba monopolizada por Adolfo Suárez como presidente, candidato y responsable de la obra pasada.

R.-  Él tenía a sus asesores políticos pero el que hizo la UCD fue Calvo Sotelo. Se descolgó del Gobierno para poder participar en elecciones. Suárez dijo que quien quisiera participar tenía que dejar de ser ministro, salvo él. Me acuerdo de aquella campaña en la que era presidente que llevábamos con él dieciséis coches. Pero luego tenía el encanto de la persona.

En medio hubo otras cosas, que eran también campañas, en las que estaban todos los partidos y todos los protagonistas. Eran las autonomías. Ahí no había rivalidad entre ellos, sino que cada uno iba a venderle el mismo producto: la autonomía. Se desvestían de las siglas del partido, lo importante ahora ahí era la España autonómica. Unos ponían un poco más de énfasis en el federalismo y otros en la unidad.

P.- ¿Le ayudó al presidente Suárez aparecer con su familia en otras publicaciones diferentes, caso de Hola?

R.- Posiblemente sí. Pero te voy a decir una cosa. A mí me ha ocurrido que he viajado con Osorio y en el mismo tren iba su mujer, pero él ha estado conmigo y la mujer estaba en otro lado. Con Fraga no he visto a su mujer y con Adolfo tampoco la he visto en campaña nunca, ni a los hijos.

En cambio con Carrillo, Carmen, su esposa, venía con nosotros cuando sabía que iba yo para que no me sintiera tan incómoda entre tantos escoltas, que eran todos hombres. Ella viajaba conmigo, traía una bandeja de bocadillos para los policías y los mecánicos del avión, y tanto a la ida como a la vuelta venían los hijos a despedirle y a recibirle, que de entonces los conozco. Para mi Carrillo era como un viajante de comercio que iba y venía, e imagino que estarían tan acostumbrados como mi familia a mí, que no venían a despedirme a cada viaje porque era mi modo de vida.

Yo he visto el tema familiar muy unido, muy armonioso, en Santiago Carrillo y a lo mejor no lo he visto tanto en Adolfo Suárez porque tenía otra independencia. Lo he visto con mucha gente alrededor.

P.- ¿Interesaban el resto de líderes centristas o es que no había tales?

R.- Interesaban algunos, por ejemplo Joaquín Garrigues Walker.

P.- En las elecciones de 1979 el único artículo personal en exclusiva, dejando de lado a los principales líderes, fue a él.

R.- Ahí sí que se veía que un hombre que podía ser el recambio de Suárez era Joaquín Garrigues Walker. Lo digo porque hubo una campaña que me la hice con él. Tenía una charme americana que gustaba, hablaba mucho off the record, decía muchas gansadas y luego otras on the record que eran muy jugosas.

Podría decir que tenía la democracia dentro, no necesitó leérsela en ningún manual y conservo fotocopias de las cartas que él enviaba a los distintos miembros del Gobierno de Suárez explicándoles la democracia o por qué era bueno que hubiera una Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), ayudar a la UGT, que hubiera una pluralidad sindical, porque los militares no debían participar en política y más cosas, no tan simples.

Veías que había un hombre de Estado que además podía permitirse que no tuviera grandes cosas que hacer en el Gobierno. Era lúdico, no estaba irritado, no era confrontante, ni agresivo, ni tenía la sensación de contrincantes. Al contrario, quería coincidir con el otro en un lavadero municipal donde estaban haciendo campaña.

Sus mítines eran una gansada, siempre eran pura risa. En Totana dijo al público que eran todos muy guapos pero que le hubiera gustado que viniese Bárbara Rey. Que cuando fuera el ministro de Obras Públicas, que era él, teníais que decirle que os arreglasen estas carreteras, que había sido un sobresalto venir hasta aquí. Todo esto en broma. Le daba a la confrontación electoral un bálsamo.

P.- Dentro de la UCD los otros casos personales fueron un pequeño retazo de Calvo-Sotelo en 1977 y dos referencias más en 1979 a Marcelino Oreja, por su candidatura en Guipúzcoa, y a Carmela García Moreno, como ejemplo de mujer que se presentaba a las elecciones, junto con representantes de las otras formaciones principales.

R.- El carisma era Adolfo Suárez y era el activo político. Su discurso era personal: puedo prometer y prometo.

P.- En las elecciones de 1979 se llevaron a cabo los espacios publicitarios UCD informa, que consistía en entrevistas de personalidad a los diferentes candidatos de la formación. No sé si lo recuerda.

R.- No interesaba. Seguía habiendo un pluralismo pero seguía siendo Suárez, que con sus últimos cinco minutos ganó las elecciones.

P.- ¿No cree que le dio réditos electorales dichas entrevistas de personalidad?

R.- No lo medí. La cuestión es que ni me acuerdo de esta publicidad, estaría viajando por ahí.

P.- ¿Sirvió para dar cierta uniformidad a las diferentes tendencias de UCD?

R.- En esos momentos ya empezaron los protagonismos y las luchas por el poder. Las baronías nacieron entonces. Es decir, que no se improvisaron en 1980. Ya estallaron en la casa de la pradera. Estaban en letargo, pero no aletargadas, estaban ahí como el rescoldo en las brasas.

Todos saben que es con UCD, con esa marca. Lo que pasa es que ahí sucedió algo que no era electoral. Suárez tenía dos problemas. Uno era el de las muelas, que al final resultó que le habían dejado gasas dentro y tenía una infección continua, lo que le hizo declinar responsabilidades de Gobierno en Abril Martorell, que era el verdadero alfil del presidente. Con la dimisión de su colaborador, Suárez se quedó sin protección, a parte del problema que iba teniendo con el Rey y los que poseía con la banca, algo con la Iglesia y bastante con el Ejército y los empresarios. No porque hubiera enfrentamientos, sino porque no los recibía al estar enfermo.

Y luego estaba el tema exterior, que no quería entrar en la OTAN. Estaba llevando una política exterior distinta de la que quería el Rey, con unas distonías fuertes y manifiestas.

P.- ¿Cómo eran las reuniones del partido?

R.- El otro día estuve leyendo los diarios de Pío Cabanillas y eran todo estrategias de cómo neutralizar a un díscolo. Era un partido que no tenía una orgánica, muy atomizado, muy fragmentado y cada uno con una taifa. Todo eso estaba en ebullición, más las tentaciones que tenían de seguir en el poder pasándose a otros sitios, como hicieron los socialdemócratas, no solamente Francisco Fernández Ordoñez. Había una dinámica centrífuga, por lo que es lógico que Suárez quisiera capitalizar y decir que aquí el palo era él.

Calvo-Sotelo lo ilustraba muy gráficamente. Él decía que era el varillaje de un abanico y que si lo quitabas se rompía.

P.- ¿Por qué cree que otras formaciones no hicieron esos productos?

R.- Esos anuncios pudieron atender a que dentro había reinos de taifas y mucho líder que quería ser de su propia camarilla. Había varios de los entrevistados que querían ser presidentes del Gobierno, por lo que atender a esas demandas era lógico, además de dar una imagen de pluralidad para, más que nada, calmar las ansias de protagonismo que tenían los barones. En otros partidos había más disciplina y el líder era el líder.

Yo lo sé porque en los desayunos del Ritz, un grupo de cinco mujeres periodistas, había veces que decíamos que teníamos que hacer hasta tres en una semana porque había mucho protagonista que quería participar. Gente de todos los partidos que querían venir, hasta los de ETA.

P.- Cambiamos al PSOE, con otra destacada cabeza de cartel como Felipe González, que también monopolizaba.

R.- Él no hizo estos repartos de la tarta.

P.- ¿Intentó dar una imagen de modernidad primero contra el resto de socialismos y luego contra UCD?

R.- Con los otros socialismos lo que hizo fue fagocitarlos, todos menos el andaluz y el PSUC, que era más comunista. Del PSOE histórico, cuando se acabaron esas siglas, asumió a algunos de esos nombres.

Felipe González era el líder y lo fue frente a Rodolfo Llopis y Tierno Galván. Había un momento, en el año 1976, que en Bruselas hubo una reunión de gente de la OCDE y estaba Areilza. Entonces le preguntó el holandés Andersen que quién de los tres (González, Tierno o Llopis) tenía más posibilidades de ganar el voto popular, a lo que respondió que Felipe. Ante esos les ganó González. Tierno lideraba un movimiento, el PSP, y tenía su propio carisma que desarrolló como alcalde, pero siempre era el incordio que tenía el PSOE.

González era un líder fabricado, a pesar suyo. No quería ser el primer secretario general en el congreso de Suresnes. Se le elaboró y no es que se le dijera la manera de actuar, pero sí lo que tenía que decir y la forma de comportarte. Por ejemplo él no participó en la Constitución, fueron Alfonso Guerra y Gregorio Peces Barba los que negociaron con Abril Martorell. No iba a las reuniones con el empresariado o con los banqueros, iba a que le conocieran y a quitarles miedos. No tenía tajadas del partido que le obligaran a retomar relaciones con el espectáculo, con la Iglesia o con la banca. Él no entraba. En los Pactos de la Moncloa no quería ir. Carrillo me dijo que lo llevaron de la oreja y Fuentes Quintana aseguró que no quería asistir. El motivo es que sabía que eso era una foto en la que iban a entrar gente como Carrillo, pero una instantánea para salvarle la cara de las averías económicas a UCD.

P.- En la campaña electoral, según las palabras de Joaquín Leguina, el responsable, que era Alfonso Guerra, tenía claro que el que vendía era González y que era él al que había que mostrar. Se refería también a la imagen de modernidad que escenificaba con una camisa de cuadros que no se volvió a poner.

R.- Hay un momento que sí. En Cien años de honradez, en blanco y negro con un puntito rojo, ahí estaba con camisa de cuadros y pana, el hombre de la pana. El otro día estuve viendo unas fotos de González en casa de José María Armero. En la primera estaba él con pana y en la segunda con un chaleco, un terno elegantísimo y una corbata de seda. Había pasado un año y fue un cambio.

Hubo un momento que fue a ver a Jaime Carvajal de Urquijo, amigo del Rey desde los estudios primarios, presidente del Banco Urquijo y mensajero del Monarca, que le dijo que lo que temía era la idea de que percibieran a un PSOE asilvestrado. Es cuando le comentó que había que cambiar la indumentaria. Tenía que entenderse con todos. Hubo gente como Miguel Boyer o Claudio Boada que los introdujeron en la sociedad económica y empresarial.

P.- En el PCE sí que se observa una diferencia en las primeras elecciones, en las que además de interesar Carrillo, también lo hicieron personalidades muy relevantes de los exiliados, caso de Pasionaria o Rafael Alberti. ¿Comparte con Cristina Almeida que pudo ser una equivocación en la estrategia comunicativa de la formación?

R.- Ellos jugaron la carta heroica pero la gente que había hecho aquí la oposición, a los que podían conocer como por ejemplo a Jorge Semprún, que, como todos los que habían estado aquí, lo habían hecho en la clandestinidad, no eran nadie, eran anónimos. A los otros se les conocía de la historia, eran héroes de la resistencia.

En otra ideología, por ejemplo, tenía más importancia un Josep Tarradellas que un Jordi Pujol o un Miquel Roca.

P.- ¿Provocó el rechazo del electorado moderado que presentaran a dichas personalidades exiliadas?

R.- Es que no iban a un electorado moderado. Lo que pasó ahí es que estaba el PSOE, que se llevó a mucho votante del PCE. Aquí lo que había organizado era CCOO y eso era la maquinaria. Cuando se legalizó el PCE uno de los objetivos era contarlos, saber los que eran porque tenían miedo de que fueran muchos. Cuando ocurrió el asesinato de los laboralistas de Atocha, en el entierro, que el propio Rey lo sobrevoló para verlo, vieron una procesión sepulcral en silencio, orden, que parecía un ejército. Avanzaban con las flores en forma de hoz y martillo y decían se siente, se siente, Carrillo está presente.

El PCE, por tanto, no es que sacaran a la Pasionaria, sino que a los comunistas ella les gustaba, al igual que Carrillo, Simón Sánchez Montero o Marcelino Camacho. Y esos eran los que tenían que votar.

P.- Compartieron protagonismo, por los motivos que fuera ¿no?

R.- Sí, pero el telonero era Carrillo. Se le votaba a él porque Dolores era una anciana, un icono vivo, pero venía mayor ya. Además era la soviética, para entendernos, aspecto que Carrillo tuvo que cortar para poder ser legalizado, que no hubiera dependencias ni económicas, ni ideológicas ni de directivas internacionales. Pero ella venía hablando de que tenía allí a sus hijos, sus nietos soviéticos y tenía casa en Moscú, por lo que tampoco querían lucirla mucho.

La historia luego continuó. Expulsaron al propio líder, luego vino Gerardo Iglesias y después Julio Anguita. Entre ellos mismos no había un acuerdo en el liderazgo porque el PCE tampoco es de líderes, es de masas. Y si no es así, no tiene razón de ser.

P.- Y en el caso de AP primero, CD después, la preponderancia era de Fraga para bien o para mal.

R.- Le pregunté a Fraga y me dijo que a los magníficos los hacía vicepresidentes y ponía a cada uno en su sitio. No es que repartiera poder, sino un cargo. Se notaba en ellos que el más demócrata de todos era Areilza, pero los demás no. Ni Martínez Esteruelas, ni Silva Muñoz, ni Enrique Tomás de Carranza, ni López Rodó. A lo mejor no querían que continuara el Franquismo, pero, posiblemente, no sabían lo que querían que viniera.

El propio Areilza hubiera sido partidario de hacer la reforma por Decreto-Ley, lo tiene puesto en sus diarios. No pensaba en dos cámaras elegidas por sufragio universal, sino una y la otra corporativa. Incluso  que continuara el Consejo Nacional del Movimiento. Areilza mismo y Fraga pensaban que, en vez de partidos, podrían ser familias, sindicatos y municipio. Seguían pensando lo mismo que José Antonio.

P.- La importancia de la prensa en el período parece esencial. En el caso de El País, ¿atendió a la necesidad de contar con un medio afín al centro-izquierda?

R.- Más tarde, no en aquel momento. A partir de 1982, un poco antes del Gobierno del PSOE. El País comenzó a diferenciarse entre 1980 y 1981, cuando se produjo el acoso a Suárez. Se veía que venían los socialistas y fue cuando hicieron la moción de censura y luego la de confianza. A partir de ahí el periódico sabía que sus lectores estaban en el centro, por lo que tenía mucho interés en que el PSOE se centrara. Había una dinámica de influencia mutua, una sinergia.

P.- Y para concluir la relevancia de las revistas, en especial las dos de mi estudio: Cambio 16 y Triunfo.

R.- Cambio 16 tenía mucha importancia. Por ejemplo, cuando el Rey hizo el primer viaje a los Estados Unidos, en el que iba a hablar de la apertura democrática en el Capitolio, corrió el riesgo de ser cerrada durante cuatro meses. Lo que hizo fue publicar una imagen del Monarca bailando claqué. Es un primer ejemplo. Sufrió muchas censuras.

Triunfo igual. Ellos tenían unos lectores, no eran de impacto nacional. Lo que pasa es que se repicaban cosas. Las radios lo hacían con informaciones publicadas por las revistas, curándose en salud.

Pilar Urbano

(23 de enero de 2013 en su estudio)

 

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