Entrevista a Rodolfo Martín Villa

Madrid.- Rodolfo Martín Villa (Santa María del Páramo, 1934) dejó de lado su formación académica de ingeniero Industrial para desempeñar diferentes responsabilidades públicas en multitud de niveles administrativos. En todas ellas destacó por su buena hacer y su diligencia, lo que le llevó a ir asumiendo puestos de mayor responsabilidad con el paso del tiempo y tener que hacer frente a ocupaciones con un notabilísimo peso específico.

Gobernador civil de Barcelona, procurador en Cortes entre la séptima y la décima legislatura,  sus mayores encargos vinieron de la mano de la Transición. Al principio como máximo responsable de la cartera de Relaciones Sindicales y, en un segundo lugar y con la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno, como ministro de Gobernación (lo que hoy se denomina del Interior). Tras un parón en ese tipo de ocupaciones, volvió a la política con la condición de no volver a desempeñar la cartera anterior, de gran dificultad y desgaste, por lo que se encargó de la Administración Territorial, todavía con Suárez, y de la vicepresidencia primera, con Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con la entrevista realizada se conocerá, de primera mano, la ingente labor del Gobierno de Unión de Centro Democrático (UCD), las campañas electorales bajo el prisma del principal encargado de que el desarrollo de las mismas se llevara a cabo de manera legal y satisfactoria, y la opinión de uno de los protagonistas más relevantes de la Transición, como se percibe con el breve repaso a a su biografía.

Pregunta.- ¿Cuándo comenzaron sus labores al frente de un ministerio?

Respuesta.- El día de la muerte de Franco era gobernador civil de Barcelona. En el primer Gobierno de la Monarquía, que se constituyó en los primeros días de diciembre, veinte días después del fallecimiento y presidido por Carlos Arias, que había sido también el presidente del último Gobierno del Generalísimo, fui ministro de Relaciones Sindicales.

P.- ¿Cómo fue ese primer Gobierno? Lo tildaron como demasiado inmovilista.

R.- Ese Gobierno era denominado Arias-Fraga, en el sentido de que algunos de los ministros se debían a la iniciativa del propio presidente del Gobierno y otros a la de Manuel Fraga, que era el vicepresidente segundo y ministro de la Gobernación. El vicepresidente primero era un teniente general del Ejército y el segundo digamos que era el líder político.

Sin embargo, más bien creo que el Gobierno no fue tanto Arias-Fraga como Rey-Arias-Fraga. Pienso y considero que, con los acontecimientos que sucedieron posteriormente y con algunas de las personas que allí estaban o estábamos, los entonces jóvenes reformistas del Franquismo, que andábamos difícilmente cumplidos los cuarenta y que hoy ya nos acercamos peligrosamente a los ochenta, la iniciativa fue más bien del Rey que del propio presidente del Gobierno.

P.- ¿No se produjeron los cambios que se vislumbraban aún antes del fallecimiento de Franco, con el denominado espíritu del doce de febrero?

R.- Fue casi dos años antes de la muerte del Caudillo. Ese tiempo se puede considerar ahora que es un período político corto pero, en aquellos tiempos, los meses eran muy largos. Yo mismo estuve de gobernador en Barcelona entre julio de 1974 y diciembre de 1975, menos de un año y medio, pero un período muy extenso e importante.

Ahí hubo un intento de cambio político que se denominó el Espíritu del 12 de febrero porque coincidió con un discurso que el presidente Arias hizo ante las Cortes. Pero la verdad es que eso no digo que no quedó en nada porque sería ser demasiado severo, pero quedó en poco.

P.- En ese primer período tras la muerte de Franco, hasta el cambio en la presidencia del Gobierno por Adolfo Suárez, ¿cómo era la prensa del momento?

R.- En la prensa, desde el punto de vista formal, se vivía la Ley que Fraga había puesto en marcha en la primavera de 1966 pero, desde el punto de vista de la aplicación práctica de las sanciones, estaba en una situación mucho más abierta. En todo caso, hay que reconocerle a Fraga que la Ley de Prensa fue un avance muy importante. Entre otras cosas se cargó la censura previa.

P.- También varió en el nombramiento del director, que anteriormente necesitaba contar con el beneplácito de la Administración.

R.- Esa era una medida muy importante pero el consumidor de prensa, yo me considero eso aunque era un político en activo, no sé si era sensible a si el director del ABC o La Vanguardia lo nombraba la empresa. Sí lo era a que no hubiera censura previa.

P.- De su segunda labor ministerial, como responsable de Gobernación, lo que hoy en día se conoce como ministro de Interior, ¿qué destacaría hasta las primeras elecciones?

R.- Es un período pequeño en el tiempo, de julio de 1976 a junio de 1977, pero no sólo fue denso sino el más fructífero. No digo de toda la historia de España, que sería de cualquier manera un poco desmesurado, sobre todo discutible dicho por mí, pero fue una etapa muy importante. Donde no había partidos políticos, en julio de 1976, los había en julio de 1977, donde no había pluralismo sindical lo había al final o donde no había cámaras representativas elegidas por sufragio universal las hubo. Y, principalmente, algo que va más allá de la solución estrictamente política, que es la reconciliación nacional.

Al final de ese tiempo sucedió una cosa que yo incido en ella mucho, que es que no hay un solo preso político en las cárceles españolas ni un solo exiliado por razones políticas fuera de España.

P.- Uno de los cambios que se produjo en ese período fue la garantización de la libertad de prensa de manera legislativa. ¿Cómo vio ese cambio como lector asiduo de las publicaciones, ya fueran periódicos o revistas?

R.- Uno de los aspectos clave de la Transición fue la prensa. Primero ya era distinta a partir de 1967, también lo fue en el gobierno de Carlos Arias, aunque desde el punto de vista jurídico-formal no hubiera cambiado, y más en la Transición porque era libre.

P.- ¿Cómo resumiría y qué destacaría de la legislatura constituyente?

R.- Fundamentalmente, después de las elecciones del 15 de junio de 1977 creo que en España había un régimen democrático. No era aún constitucional porque todavía había que esperar un año y medio. Era la labor fundamental, no la única, de las Cortes constituyentes, las elegidas en ese mes. Pero ya era una situación en la que no sólo de hecho, sino de derecho, se respiraban todas las libertades fundamentales. Lo que es la parte dogmática de la Constitución, en cuanto a los derechos y libertades, no es que ya se ejercieran en España, sino que se disfrutaban legalmente porque había un proceso del cual no se habla muchas veces y es que, en esa primavera, ya suscribieron todos los convenios internacionales de esa materia, empezando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es decir, hubo una labor que fundamentalmente se hizo desde el Ministerio de Asuntos Exteriores que pasó, por ser de política exterior, más desapercibida. Se acordaron esos convenios y, una vez firmados y suscritos por España, formaron parte de la legislación interna, con lo que en el año 1977 todas las libertades no sólo se disfrutaban sino que estaban reconocidas.

P.- Ya ha dado algún retazo,  pero ¿qué valoración hace de la Constitución?

R.- Desde su aprobación han pasado treinta y cuatro años. No nos tenemos que rasgar las vestiduras porque se pretenda reformar. Creo que los aspectos fundamentales, que son la declaración de derechos y deberes fundamentales a los que me refería, el hecho de poder disfrutar de un poder legislativo impecablemente representativo, un gobierno que nace de ese poder legislativo, por tanto democrático y constitucional, y una justicia independiente, resulta indiscutible. Puede que la organización del ejecutivo pueda hacerse de otra forma, las Cortes elegidas de otra manera o la justicia configurarse distinto también, pero lo fundamental no se discute.

P.- Pasamos a UCD, una formación que usted conoce bien. En ese tiempo se puso en marcha dicho partido político. ¿Cómo se concibió?

R.- Era la formación política que lideraba el Gobierno y Adolfo Suárez para presentarse a las primeras elecciones. Es decir, es evidente que nosotros, cuando nos nombran para el primer Ejecutivo que forma Suárez en 1976, no somos un Gobierno democrático, somos uno formado de acuerdo con la legislación vigente en el Régimen de Franco. Tenemos ese resultado que decía antes de las libertades políticas, sindicales o la reconciliación nacional, pero seguimos siendo no democráticos.

A partir de 1977 somos un Gobierno aún no constitucional, pero sí democrático porque hemos ganado las elecciones. ¿Cómo lo hicimos? Con la formación de la UCD y aprovechando, fundamentalmente, el capital político que suponía el patrimonio de aquel Ejecutivo y, en el orden político y personal, el de Suárez.

P.- ¿Quién ideó la formación? ¿Fue consecuencia de las circunstancias?

R.- Es un partido formado desde el Gobierno y por Suárez en el que había personalidades muy importantes a título individual del mundo democristiano, del liberal o del socialdemócrata, no PSOE, pero que fundamentalmente eran los reformistas del Franquismo, los que constituyeron el primer Gobierno de Suárez y los que cumplieron esa etapa que hemos dicho: la primera de la Transición.

P.- ¿Estaba toda la Transición planificada al milímetro?

R.- Hay personas que tratan de darle una pureza y una categoría que tampoco tenía porque aseguraban que fue milimétricamente concebida desde el principio hasta el final. Algunos llegaban a decir que todo el proceso estaba escrito en una servilleta de papel que habían escrito el Rey y Suárez en los años sesenta en un restaurante de Segovia cuando Suárez era gobernador. Eso es no conocer la política, España y a los dos personajes presuntamente escribidores de la servilleta.

En el otro extremo, la Transición era un conjunto de improvisaciones en los que hoy no sabíamos lo que teníamos que hacer mañana. Tampoco es cierto. Es decir, creo que Suárez en particular y el Gobierno de verdad de la Transición, que es el de 1976, sí sabía el punto de partida y el de llegada, que se alcanzó en 1977 con la democracia plena, aún no constitucionalizada.

P.- ¿UCD fue un producto político para un momento determinado o la idea principal era darle visos de continuidad en el tiempo y que fuera lo que hoy es el PP, el principal partido representativo del centro-derecha?

R.- Pudo pasar aquello que decía Adolfo Suárez de que sería un partido de ciento siete años. Esa cifra era una forma de hablar. Sin embargo no fue así. Al final lo que ha resultado de la reciente historia de España es que UCD, más que un partido político, era una empresa política para la Transición. Yo siempre insisto en que en las sociedades siempre hay una causa por las que se disuelven y es el cumplimiento del objeto social. Y, realmente, el desempeño del objeto social de UCD fue la Transición. Culminada ésta, terminó el partido.

Pero, bien es verdad, que es un análisis a posteriori y en función de lo que pasó. A lo mejor si hoy hubiera existido mi contestación habría sido distinta. Pero lo que pasó, pasó.

P.- ¿La importancia que tenía el presidente Suárez en la formación política hacía imposible que continuara sin su presencia?

R.- El tema tampoco es exactamente personal. Tal y como han sucedido las cosas, la explicación es más que era una empresa para la Transición y que, culminada ésta, concluyó UCD. Es evidente que el partido no hubiera sido posible sin Suárez, hubiera sido otro tipo de cosa, pero tampoco hay que ligar el declive de de UCD al de Suárez, o viceversa. No hay que hacer esa relación tan matemática y unívoca.

P.- ¿No era una formación política demasiado heterogénea?

R.- No era un tema de heterogeneidad. Si la historia posterior hubiera sido distinta sabe Dios lo que hubiéramos dicho. Pero como resulta que todas esas familias políticas ideológicas que estaban en UCD, con personalidades muy importantes todas y cada una de ellas, en virtud de los sucesos posteriores se quisieron medir por sí mismas y se vio que la fuerza que tenían era escasa, por no decir nula. Resultaba claro que la UCD también fueron esas personalidades y esas fuerzas políticas. Pero fundamentalmente fue el joven reformismo del Régimen de Franco, no al cien por cien.

Otra cosa es que, desde el punto de vista funcional, resultaba que la UCD cumplía en España, a la muerte de Franco, el papel que la democracia cristiana, al final de la Guerra Mundial, cumplió en Italia o en Alemania. Pero tampoco fuimos un partido democristiano.

P.- Nos centramos en las elecciones. ¿Qué destacaría de las primeras, las del quince de junio de 1977?

R.- Por la izquierda un resultado muy significativo. El partido por antonomasia era el PCE. Es decir, el Franquismo tenía su partido único y el antifranquismo también, que eran los comunistas. Y, sin embargo, cuando se abren las urnas, lo cierto es que la izquierda vota al PSOE, que había tenido claramente un protagonismo mucho menos importante en los años anteriores pero representaba mucho mejor la tradición izquierdista.

En la derecha sucedió algo similar. Por un lado había un grupo en el que existía un liderazgo innegable de Fraga, pero que aparece, lo fuera o no lo fuera, menos reformista en relación con el Sistema que terminaba; y, por el otro, coexistía un grupo que aparecía claramente más reformista, más de libertades clásicas, más para la Constitución de todos, que era la UCD.

P.- ¿Por lo tanto ganó la moderación?

R.- Ganó la moderación tanto en la derecha como en la izquierda.

P.- ¿Por eso ganó UCD o también había que sumarle el bagaje del año anterior en el Ejecutivo?

R.- Todo se le parece como una gota de agua a otra. Es decir, el bagaje del primer año de Suárez como presidente del Gobierno se produce fundamentalmente por la moderación y ganó la mesura. ¿Qué es antes la moderación o el bagaje de Suárez? Normalmente el bagaje de Suárez es la consecuencia.

Una moderación que se ocupaba de salvaguardar determinadas cosas. Por ejemplo, en mi caso el orden público. Es decir, era importante el hacer ver a los españoles que era posible un régimen de libertades salvaguardando el orden, aunque hubiera libertad.

P.- En ese tiempo usted era el responsable de Gobernación y de que los comicios se llevaran a cabo de manera adecuada. ¿Alguna dificultad reseñable en estas primeras elecciones?

R.- Recuerdo lo mal que lo pasé a la hora de dar los resultados. Primero me equivoqué al cien por cien porque en el Ministerio me dijeron que no me preocupara, que teníamos un sistema informático perfecto que funcionaba muy bien con dos grandes ordenadores, uno de la Dirección General de Tráfico (DGT) y otro de Correos y Telecomunicación. Seguramente fuera verdad que el sistema era bueno, pero hicimos el ridículo porque me equivoqué en confiar en algo que objetivamente hablando era cierto, que el ordenador de Correos era buenísimo y capaz de digerir procesos más complicados que las elecciones, pero que no tenía experiencia en tareas como esas, al igual que el de la DGT.

Por otro lado pecamos de un exceso de purismo en el sentido de no querer contratar a nadie fuera de la Administración. Recuerdo aquella noche con horror porque resultó que cuando ya, por la vía de los partidos, incluida la UCD, sabíamos cómo estaban las elecciones, sólo podíamos dar resultados por unos porcentajes ínfimos. Como institución estábamos haciendo el ridículo.

A aquello colaboró también un aspecto. En virtud a una desconfianza en torno al Gobierno que organizaba las elecciones pro domo sua, resultaba que el Ejecutivo no tenía información de las mesas electorales. Así como ahora hay un delegado del Gobierno que toma los datos porque se los dan una vez terminado el escrutinio y lo pasa al sistema informático, que ya hay empresas que lo hacen, antes no. Entonces teníamos que esperar a que nos diera los resultados la Junta Electoral. Estaba presidida, a los niveles territoriales, por los jueces respectivos y recuerdo con espanto, dentro de todo, los resultados de Sevilla. El gobernador ya me los estaba dando, ya los sabía, pero no me llegaban los datos porque el presidente de la Audiencia se había retirado a dormir y hasta que no volvió a las diez de la mañana no pudimos darlos.

P.- ¿Se solventaron esos problemas en la segunda llamada a las urnas?

R.- Sí. Ya dije que metí la pata hace dos años y que no lo iba a volver a hacer. Por lo tanto, no lo hizo ni el ordenador de la DGT ni el de Correos. Lo hizo una empresa especializada. En aquel entonces, también por un exceso de purismo quizá, pero resultó muy bien, concertamos con una empresa de informática pública, que dependía del Instituto Nacional de Industria, y eso fue un avance.

Además, ya se permitió, porque los partidos, con independencia de la desconfianza respecto al Gobierno ya se dieron cuenta de que no podían exigir información si no la daban, que hubiera un delegado que iba a las mesas. Y, por último, que elección tras elección vas teniendo una base de datos que te aproxima mucho más. En aquel entonces te podías creer que el PCE iba a barrer en Palencia, cosa que hoy a nadie se le ocurre que pueda suceder.

P.- Y en los comicios de 1979 se obtienen unos resultados muy parejos con respecto a la anterior convocatoria.

R.- Lo más destacado es que desapareció el partido socialdemócrata de Tierno Galván, que se integró en el PSOE, y que UCD adjuntó algunas personalidades del mundo democristiano. Pero prácticamente la presencia es la misma y se sacaron los mismos resultados.

P.- ¿Por qué cree que se produjeron? No hubo, en la anterior legislatura, la verdadera confrontación política que se verá a partir de marzo de 1979.

R.- La hubo pero, fundamentalmente, la gran tarea de ese año largo fue la Constitución. Por lo tanto, creo que lo que tuvo el mayor valor fue el consenso constitucional.

P.- ¿Cómo encaró, comunicativamente hablando, el partido del que formaba parte la estrategia en las campañas electorales?

R.- No es una respuesta que pueda darle porque comprenda que, en ese tiempo, era el ministro de la Gobernación y bastante tenía ya entre manos para ocuparme también de la comunicación. Son acciones que correspondieron más al grupo de personas de la cercanía de Suárez en las que, por supuesto, el presidente era un activo muy importante. Además era muy adecuado para la comunicación, por lo tanto es lógico que se le diera mucha relevancia.

P.- Poniendo el foco en la personalidad, objeto central de la presente tesis doctoral, ¿qué importancia cree que posee que el electorado conozca esos aspectos de los candidatos políticos que se presentan a las elecciones?

R.- Creo que en general, no sólo en las primeras elecciones, en virtud de que tenemos para el Congreso un sistema que es proporcional, de listas cerradas y bloqueadas, creo que al que se está juzgando es al partido, más que al candidato. Sobre todo en aquellos momentos en los que buena parte de ellos eran absolutamente desconocidos. Ahora, para bien o para mal, son más conocidos.

Por un lado el sistema de listas cerradas y bloqueadas para el Congreso y, por el otro, el hecho de que, por aquel entonces, los políticos eran nuevos y poco conocidos, provocaba que lo que importaba no eran los candidatos, era el cabeza de cartel. El número uno.

Yo en alguna ocasión he insistido que aquí estamos en un régimen monárquico pero que, cada cuatro años, elegimos una especie de presidente de la república. Todos los partidos dicen que tal persona es candidato a la presidencia del Gobierno. Eso, desde el punto de vista jurídico-formal, no es verdad. Suárez y González eran el número uno de sus respectivos partidos por la circunscripción de Madrid. Pero, sin embargo, la costumbre política, lo que se enseña y los carteles políticos que circulaban en provincias eran del candidato número uno.

P.- ¿Eso puede justificar que, en prácticamente todas las formaciones, sea el líder el que monopolice esos contenidos?

R.- Sí. Sobre todo eso fue mucho más notorio en las primeras elecciones. En la actualidad tampoco se lo puedo decir con mucho conocimiento de causa porque ya llevo mucho tiempo no participando, pero comprendo que ahora puede tener alguna importancia el candidato local o provincial. Pero en las provincias hay mejor o peor resultado si en el conjunto nacional hay mejor o peor resultado.

P.- En un caso muy concreto y al hilo de lo que dice, ¿cree que el PCE se equivocó al presentar en las primeras elecciones a la vieja guardia, en lugar de los jóvenes que habían llevado a cabo la oposición dentro de las fronteras del país?

R.- Aquí el Franquismo era un sistema de monopartido, pero el antifranquismo también era, en términos reales, un monopartido. Y el partido por antonomasia en aquel entonces era el PCE. Eso servía para estar en la clandestinidad pero, cuando se llegó a la vida política libre, el PCE tenía la fuerza que tuvo antaño. El 18 de julio de 1936 apenas poseía diputados en el Congreso.

P.- ¿Considera que la sociedad demandaba esos contenidos personales relacionados con los principales líderes políticos?

R.- No sé si la sociedad lo demandaba pero el resultado fue ese, que fundamentalmente se votaba a los líderes.

P.- En otras entrevistas me han indicado que las apariciones del presidente Suárez con su familia en la revista Hola, como contenido de personalidad, le fue de gran ayuda para el conocimiento de su persona y de sus rasgos propios.

R.- Si influían mucho sus fotos en el Hola con su familia no lo sé. El que sí influía era él y el resto de los candidatos números uno. Algunos, sobre todo en esa constitución de UCD, que había líderes importantes de las distintas ideologías políticas, llegaron a creer que si tenían éxito era porque en una u otra provincia barría la democracia cristiana, el liberalismo o la socialdemocracia. En absoluto. Se demostró luego que quien barría o no era la UCD y, a título personal, Adolfo Suárez.

P.- ¿Los candidatos de UCD eran suficientemente conocidos en las elecciones?

R.- En las primeras no. Pero ni los de UCD, ni los del PSOE, ni los del PCE.

P.- Le enseño unos casos que llevó a cabo su formación en las segundas elecciones. Bajo la denominación de UCD informa realizó unas entrevistas de personalidad a diferentes candidatos. ¿Lo recuerda?

R.- Debo decirle con sinceridad que estas cosas las seguía muy poco. Comprenda que cada uno teníamos nuestros problemas. Fíjese que en las primeras elecciones no es que hubiera que montar la democracia, había que ensamblar el aparato de la democracia. Ahora todo eso de las urnas y de las papeletas ya está hecho. Pero montar por primera vez y preguntarse cómo se hacía lo de las papeletas y el secreto del voto era complejo. Todo eso que ahora forma parte de la ordinaria administración política había que montarlo y fue un problema.

P.- ¿En los UCD informa usted no participó por sus responsabilidades gubernamentales?

R.- A parte de que la responsabilidad era de UCD, tampoco quiero presumir de que no quería poner mis pecados a las manos del partido, sino que con hacerlo en el Gobierno ya tenía jornada para veinticuatro, cuarenta y ocho, y hasta setenta y dos horas.

P.- Hablando de las segundas elecciones, los casos no centrados en el principal líder centrista que abordaban la personalidad fueron un artículo sobre los candidatos en Guipúzcoa, en el que aparecía Marcelino Oreja; uno sobre mujeres aspirantes en las elecciones, con la representación de Carmela García Moreno; y un tercer producto basado en Joaquín Garrigues Walker. Es decir, casos puntualísimos y muy justificados.

R.- En el primer caso lo publicaron las revistas nacionales porque podía tener interés en que dos personalidades como ellas se presentaran en el País Vasco. UCD no había tenido candidato en Guipúzcoa en 1977. Lo de Marcelino no dejaba de ser un atrevimiento que se presentara allí.

Eran casos muy puntuales, de consumo nacional y de sectores muy determinados. Quizá una cosa tan singular como lo de Marcelino en Guipúzcoa no pasó desapercibido, vaya por delante, pero el resultado dependía del candidato número uno.

P.- El único caso meramente personal, el de Garrigues Walker, ¿estaba justificado por la singularidad del personaje?

R.- En las primeras elecciones se presentó en Murcia y en las segundas ya los líderes democristianos y liberales vinieron casi todos a Madrid. Pero era un poco lo que le decía. Con independencia de lo que le indicaba, el resultado en Murcia hubiera sido el mismo con usted de candidato, como demostró la historia. Yo no estoy discutiendo la validez política de estos líderes, ya que, por ejemplo Garrigues Walker era de primera, pero con escasos votos detrás. Los tenía la formación política en la que participaron y buena prueba de ello es que cuando los liberales o los democristianos se tratan de presentar por sí mismos no obtuvieron ningún escaño.

Si unas personalidades tan significadas de la democracia cristiana, como era Joaquín Ruiz-Giménez o José María Gil Robles, no sacan escaño, el primero en Madrid y el segundo en Salamanca, ese hecho le da una idea de la fuerza que tenían esas opciones políticas. Es decir, que la tuvieron cuando se metieron en una empresa más importante, que era la que dirigía Adolfo Suárez.

El único que acertó siempre fue Francisco Fernández Ordoñez, nunca se midió por sí mismo. O estuvo en UCD o estuvo en el PSOE.

P.- ¿Qué papel tiene para usted la prensa en todo este primer período de la nueva democracia?

R.- El verdadero protagonismo está en los españoles. Aquí había habido un cambio nada pequeño entre el año 1960 y 1975. El país socialmente, económicamente y culturalmente era ya moderno, pero coincidía con un Régimen político que no lo era. Por lo tanto, fue más sencillo de lo que parece hacer el cambio político porque antes la sociedad se había modernizado. Ahí está la clave del tema.

Dentro de eso muchos aspectos de la Transición no hubieran sido como fueron sin la prensa. Del mismo modo que la prensa no hubiera sido lo que fue sin la Transición. Se alimentan así.

P.- Le pido su opinión sobre el ABC. Hizo un cambio en ese período, en el pasado apoyaba al Régimen pero luego se pusieron en clave democrática.

R.- Dentro de un planteamiento siempre honesto que le ha caracterizado y le caracteriza, el ABC jugó más en la derecha de AP que en la UCD. Y en ese sentido claramente no conectó con la demanda del conjunto de la derecha española.

P.- ¿Cómo piensa que fue el cambio de la publicación con las modificaciones políticas que se estaban produciendo? ¿Le facilitó el hecho de tratarse de una variación hacia la Monarquía, que es el sistema que ellos defienden?

R.- Ha sido tradicionalmente un periódico monárquico. No sólo así, sino también dinástico y eso le honra. Pero, por las razones que fuera, dentro de haber optado más por UCD que por AP, lo hizo por los segundos. Pudo haber mantenido el equilibrio, pero en ese sentido no lo hizo.

P.- Usted participó en las Tertulias electorales de ABC. ¿Se acuerda de ellas?

R.- Fue la primera vez que pisé el ABC. Por las razones que fuera yo no había ido allí. Fueron bastante agradables. Me acuerdo como acontecimiento y pienso que por aquel entonces se discutiría el estado nacional, la lucha antiterrorista, etc. Aspectos normales de la campaña.

P.- ¿Respondía a la necesidad que tenía la sociedad española de debate?

R.- Había habido pocos debates y los periódicos buscaban esas salidas. En el caso de Suárez tenía cierta reacción contraria a esa serie de operaciones. Hace unos días hablaba con una persona que me preguntaba cuándo cambió la estrella de Suárez, a lo que le respondí que lo hizo en el momento de la investidura, que por otro lado no se produjo, tras las elecciones de 1979. Entonces ya había Constitución, el presidente del Gobierno tenía que salir de una investidura votada en el Congreso de los Diputados, pero no estaba clara la organización de esa votación, si antes había un sufragio del presidente del Gobierno o no. Por las razones que fueran, Suárez permaneció opuesto a esa operación previa y ese fue el punto de inflexión del presidente.

P.- A parte de que el PSOE anunciara que en esa segunda legislatura iba a comenzar la verdadera labor de oposición.

R.- Sí, pero encontró un filón de oposición desde el mismo día de la votación de presidente.

P.- ¿Cómo percibió el surgimiento de un diario moderno para la época como fue El País?

R.- Es un periódico más de la Transición que nadie, entre otras cosas porque los demás existían. Nació unos meses después de la muerte de Franco. Frente a la prensa existente, la del Movimiento, los vientos de la Transición fueron unos que le dieron de popa al barco de El País. Pero luego hicieron un buen periódico. Otra cosa es que la autoridad que le viene dada en función de esa situación, que nació en un momento en el que los vientos a su barco le dan de popa, al cabo de un cierto tiempo la pierde.

P.- ¿Ocupó el lugar necesario de cabecera representativa del centro-izquierda?

R.- Es que no había voz. El espacio político que rellenó El País era uno inexistente en el momento de su nacimiento.

P.- Y para terminar las revistas, que perdieron su importancia en detrimento de los periódicos.

R.- Fueron buen producto. Las revistas fueron consecuencia de aquella etapa singular. Les ha pasado como a los dirigentes políticos de las llamadas familias ideológicas de la UCD, que tenían a su frente, que eran muy importantes, pero que cuando llega la vida normal desaparecieron todas o casi todas.

P.- ¿Cambio 16 la recuerda como la más importante de aquel período?

R.- Sí.

P.- ¿Y Triunfo?

R.- Ya venía de antes. Hay que reconocer que ideológicamente era una izquierda muy presente. Más que de activismo político, que si lo tenía lo disimulaba, era más cultural e ideológica.

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(22 de enero de 2013 en la sede de Técnicas Reunidas)

Entrevista a Pilar Urbano Casaña

Madrid.- Es materialmente imposible entender la entrevista política en nuestro país sin nombrar a Pilar Urbano (Valencia, 1940). Pocos profesionales de la información, por no decir ninguno, se han desenvuelto con mayor brillantez en el genuino género de la pregunta y respuesta, y pocos también han logrado entrevistar a un mayor número de importantes representantes del poder ejecutivo y legislativo del país en un tiempo en el que las dificultades para acceder a ellos eran muy considerables.

Cursó periodismo en la Escuela Oficial, obteniendo el primer puesto de su promoción, y gran parte de su trayectoria ha estado vinculada al diario monárquico ABC, para después pasar por las páginas de Ya, El Mundo y Época, en diferentes responsabilidades. A todo ello hay que sumarle sus apariciones en radio y televisión, que no pasaron de ser meras colaboraciones, y su prolífica carrera como escritora. Las biografías sobre la Reina y el Rey, o la elaborada al juez Baltasar Garzón, constituyeron unas obras de gran trascendencia en la literatura de dicho género en nuestro país.

Contar con su opinión ha permitido conocer gran parte de los acontecimientos acaecidos en la Transición española, la labor del diario ABC en todo ese tiempo, con especial atención a las campañas electorales y a sus relevantes Tertulias, y comprender la estrategia seguida por las diversas formaciones políticas en la contienda. A todo ello, su buen hacer en el género de la entrevista en aquellos años también supone un contenido muy trascendente en su repaso biográfico.

Pregunta.- Llega al ABC de la mano de José Luis Cebrián, que le trajo junto con una serie de profesionales con los que ya había coincidido en el pasado. ¿Era entonces un rotativo cercano al Régimen?

Respuesta.- Sí. Mi llegada al periódico coincidió con el momento en el que Franco va a morir. No sé exactamente la fecha, pero sólo sé que pagaban dos reales, entonces muy poco porque tenían el hecho de que allí había estado Azorín. Yo decía que muy bien, pero que de tocar su pupitre no vivía. A mí me encargaron una sección que se titulaba La máquina de preguntar.

P.- ¿Cómo fueron esas últimas semanas de vida del dictador en el periódico?

R.- Durante mes y medio, desde que enfermó Franco oficialmente el 1 de octubre, tras la presentación ante los españoles en la plaza de Oriente, vamos sabiendo, siempre clandestinamente, off the record, que estaba más enfermo de lo que oficialmente se decía. Por ello empezamos a hacer dos periódicos diarios. Era curioso porque hacíamos uno, que era el periódico del día, y otro que era la previsión de muerte.

Eso es lo que se hace siempre pero aquí existía una especie de conciencia en la clase política de que Franco era inmorible y que era una blasfemia y una herejía hablar de él muerto estando en vida. De modo que a mí que me tocó hacer la tarea de realizar todos los días hacía la encuesta a los personajes principales: Laureano López Rodó, Gregorio López Bravo, Federico Silva o José María de Areilza, entre otros. Los que estaban entonces en la pomada. Yo les decía que se pusieran en situación de que Franco había muerto y que valorasen, pero conforme pasaban las semanas ya iban abriendo su opinión, sincerándola, y siendo no críticos hacia Franco, pero pasando página. Otros no decían eso.

P.- A eso iba. ¿Hizo en torno a trescientas entrevistas?

R.- Yo dejaba un montón de revistas y de publicaciones porque en ABC tenía que ser en exclusiva, pero pagaban dos reales. Entonces Cebrián me dijo que para que yo pudiera cobrar lo que cobraba tenía que demostrar que era Oriana Fallaci. Allí no era cuestión de la calidad sino de acceder. El primer viernes que me dijeron que tenía que entregar para la sección yo di entre siete y diez entrevistas a ministros. El único ex ministro que había allí era Manuel Fraga.

Las entregué y el director las extendió en su mesa. Llamó a un fotógrafo y le pidió que lo fotografiara. Entonces me dijo que por qué no había hecho una columna, a lo que le respondí que lo difícil era acceder pero que una vez que tenía al personaje delante o me recibía ya le hacía una entrevista. Eso es lo que ya me valió para que me dieran otro sueldo.

A donde quiero ir es a lo difícil que era entonces acceder al político enclasado. Luego eran entrevistas muy ortopédicas, muy censuradas por ellos, tanto en las preguntas como en las respuestas, tardías en la gestión, etc. Todavía no estábamos en las elecciones, ni podíamos intuir que se iba a abrir un político a contarte todo.

P.- ¿Qué importancia tenía la entrevista en ABC? ¿Sufrió un relanzamiento cuando usted llegó y comenzó a elaborar dichos productos?

R.- Sin presunción. La entrevista que tenía éxito entonces era la folclórica, a gente como Lola Flores, Antonio El bailarín o a Manuel Benítez El cordobés. Ahí se podía entrar en la entraña de su vida. Pero el político no hacía declaraciones porque tenía que autorizárselas el presidente del Gobierno. La entrevista política no tenía pelo.

Me acuerdo que la primera entrevista política que hago fue a José María Pemán, que me habló del libro prohibido número uno de Franco, de don Juan y de la oposición a Franco. Estuvo en la autocensura de Actualidad Española. Otro caso fue a Pilar Franco, hermana del Generalísimo, en una serie que se tituló Cuando Franco no era el Caudillo. Cuando El Pardo lo supo dijeron que no se podía producir. Como si Franco hubiese nacido ya con dientes y Caudillo.

P.- ¿Cuál fue el primer momento en el que se tuvo acceso a los políticos para entrevistarlos?

R.- La entrevista política no tuvo acceso hasta que cesa Carlos Arias Navarro, que concedió una primera cuando ya no era presidente y se presentaba para el Senado por AP, hecha por Pedro J. Ramírez. Pero hasta después de Arias, del que digo cesa porque fue una dimisión forzada, es cuando ya Adolfo Suárez se planteó que tenía que tener un partido para poder competir y ahí empezaron a llevarse a cabo con cierta frecuencia.

P.- Poco tiempo después de su llegada se produjo el fallecimiento del Generalísimo y el cambio de sistema. ¿Cómo varía el diario ABC? ¿Fue un proceso sencillo al transformarse hacia una monarquía, que es el sistema que siempre ha defendido el rotativo?

R.- Era un periódico monárquico pero muy búnker. Cuando llegó el 23-F, fíjate si pasó tiempo, en el ABC había una actitud de defensa de Jaime Milans del Bosch y de Alfonso Armada. No del golpe en sí, no de Antonio Tejero, pero sí de las personas que estaban implicadas en él.

Yo en el ABC encontraba la resistencia de que, aunque había cambiado el régimen, no lo había hecho la ideología, que seguía siendo de resistencia a una democracia con apertura a los partidos políticos de izquierdas, a una pluralidad sindical y con mucho temor capitalista, de los accionariados de los bancos, a que las izquierdas vinieran a dar la vuelta a esto. Yo me acuerdo de una frase de Guillermo Luca de Tena en 1982, había pasado ya tiempo, en la que dijo: la pasada por la izquierda puede ser una quedada. A finales del año 1982 tenía miedo todavía el ABC. Esa era la actitud.

El cambio de sistema supuso poder hablar del Rey. Pero éste me dijo que el diario, hablando de Luis María Ansón y de los Luca de Tena, era un periódico raro que durante el Franquismo era juanista, pero cuando llegó él seguía siendo juanista o franquista. No entendía su monarquismo.

P.- ¿No le castigó su público fiel esos cambios?

R.- No hacía las mediciones de audiencias. A mí me ha apasionado siempre el periodismo en sí, sin saber ni quién era el dueño ni quién me pagaba. Por aquel entonces la competencia era El País, que acababa de surgir. Pero el primero era liberal, no sesgado de izquierdas, de centro-derecha de accionariado, de capital. Ahí estaba Darío Valcárcel, Carlos Mendo, José María de Areilza o Joaquín Garrigues Walker. Era un periódico de derechas capitalista, que es la más inmóvil que puede haber. Pero no era búnker, no era falangista. A nosotros los periodistas nos gustaba que existiera El País porque así mi periódico se atrevería un poco más.

P.- Nos centramos en legislaturas, posteriormente lo haremos en las campañas electorales. ¿Cómo fue la de Arias Navarro desde el fallecimiento de Franco hasta que cesó en su cargo?

R.- El mismo día que estaba dimitiendo hubo Cortes y dos personas como Pilar Primo de Rivera o como Alejandro Rodríguez Valcárcel me respondieron a las tradicionales notas que les enviaba a los diputados para que me las devolvieran contestadas. La primera me aseguró (leyendo la nota) que no había razón para cambiar la Constitución y el segundo (también leyendo) habló de evolución perceptiva. Decían que no había que modificar nada, que habíamos sido muy grandes y muy felices.

Esa legislatura de Arias seguía siendo la del aplaudismo, donde no estaban acostumbrados al voto a enmiendas. Entonces cuando había una de régimen laboral, que estaba entonces haciéndose, o la Ley de Asociaciones Políticas o del Código Penal, en el momento de realizar alguna enmienda al proyecto del Gobierno no sabían la manera de votarla. Entonces solicitaban que los que dijeran sí que se levantaran y un personaje como Areilza decía que habían estado haciendo gimnasia, al levantarse y sentarse toda la mañana. Se hacía a ojeo, a ojo de buen cubero.

Seguían siendo las Cortes franquistas. Las mismas que cuando el Rey juró se volvieron y ovacionaron a la familia de Franco en el palco. Eran los mismos, pero fueron las Cortes del harakiri, término que me inventé yo. Realmente hubo una generosidad por parte de ellos, que es cuando se les convenció, uno a uno, para que no se opusieran a la reforma política.

P.- ¿Fue Arias un freno al proceso democrático que anhelaba gran parte de la sociedad española?

R.- Sí. Había dos tendencias, dos presiones importantes sobre el Rey y sobre Fraga y Areilza, que era el que viajaba. Una era Europa, nosotros queríamos entrar y ser reconocidos, y el continente deseaba la legalización incluyendo el PCE; y la otra era Estados Unidos, que sí la quería pero a un ritmo lento y no incluyendo al PCE. Ayer leía unas frases de Kissinguer a Areilza que le indicaba que no tuvieran prisa hasta que el Gobierno no tuviera su propio partido de centro muy amplio y las garantías de vencer. Hasta entonces que ganaran tiempo, no reformaran y no abrieran. Y ese era el mensaje que recibía Areilza, ministro de Exteriores, que se lo dio al Rey.

Tuvo que llegar el Monarca al Capitolio, en junio de 1976, y decir que quería una monarquía pluripartidista. Fue clave. El Rey dijo eso, con un discurso escrito por Areilza, y con ello sobrepasó las previsiones de los Estados Unidos. Esa misma tarde nuestro ministro de Exteriores se entrevistó con Kissinguer y es cuando le dijo que no tuvieran prisa, que hicieran lo que les convenga y que no dejaran que los demás les impusieran la hoja de ruta.

P.- En todo ese tiempo Torcuato Fernández-Miranda jugó un papel clave como presidente de las Cortes.

R.- De fondo era él haciendo la comisión de urgencias. Tenía calentando escaños y haciendo tiempo a los procuradores, mientras hacía trámites de urgencias para no reformar por Decreto-Ley e ir pasando cosas importantes para, de la ley a la ley, hacer la reforma. Podemos decir que era el revés de las Cortes. Torcuato era su presidente y como tal era el que las preparaba, las disponía, las manejaba y hacía que estuvieran dispuestas para aprobar la Ley de Asociaciones Políticas, la reforma del Código Penal, la mayoría de edad del Rey y para hacer la Ley para la Reforma Política, donde ya se hicieron el harakiri.

P.- ¿El ABC fue el mismo periódico en esta legislatura o hubo modificaciones de matices?

R.- No puedo incidir en eso porque era una redactora que no estaba mucho en el periódico. Estaba en la calle, en el Parlamento, en la sede de Castellana tres, en los ministerios o en los despachos. Yo hacía calle política y daba mi crónica por teléfono. Al periódico me iba los domingos para organizar papeles, cuando ya no había nadie allí. Por ello las mutaciones interiores de redacción para mí eran inapreciables

En el ABC hubo una apertura que era comenzar las tertulias del periódico para la pedagogía del quién es quién. Y luego unas comidas que teníamos off the record en el Black Bess, que estaba en la parte alta de Serrano, cerca de la sede del periódico, y allí estaban tres o cuatro prebostes del ABC, unos redactores, entre los que asistían Pedro J. o yo, los cuatro o cinco políticos y el director del rotativo. Los políticos eran lo que entonces se consideraba la oposición moderada, que podía ser Jordi Pujol, Joaquín Ruíz-Giménez, Areilza, Federico Silva Muñoz o Cruz Martínez Esteruelas.

Todo eso era nuevo. Yo tenía clara conciencia de que el periodista estaba haciendo una pedagogía de la democracia, de quiénes eran los que venían, qué es lo que venía y cómo será. Por ejemplo, llamando a La Zarzuela y preguntando si el Rey iba a votar el referéndum para la reforma política. Entonces se desconocía. Lo que quería el fotógrafo era saber a la hora que votaban para acudir, pero a la víspera todavía no se sabía. Luego se decidió que el Rey iba a votar los referéndums solamente.

P.- Hablamos de la legislatura Suárez antes de las primeras elecciones. ¿Qué valoración hace de ese Gobierno?

R.- El llamado Gobierno penene fue un gran Ejecutivo, con arrojo, con temeridad e, incluso, con valentía. Todos ellos estaban muy motivados en que había que hacer la apertura.

P.- Una de sus principales acciones fue la Ley para la Reforma Política.

R.- Hay mucha leyenda pero en efecto fue el Rey y Adolfo Suárez los que, en el Parador de Segovia, en una servilleta de papel no hacen la norma, sino los hay que necesarios. El príncipe entonces le preguntó cómo se pasaba a la democracia y Suárez, gobernador de Segovia, le dijo que había que abrir los sindicatos, legalizar las reuniones y los partidos políticos, realizar una reforma fiscal, etc.

Es un hay que que ya le entró en la cabeza al Príncipe y que coincidía bastante con lo que le dijo su padre, don Juan, y con lo que oía en Europa. La Ley fue luego un folio que Torcuato Fernández-Miranda le entregó a Suárez un día y le dijo que en ese texto estaban los pasos para ir de la ley a la ley. Torcuato no era Gobierno y no podía hacer la norma, por lo que le dijo que no tenía ni padre ni madre. Que si le servía que adelante.

Primero una servilleta, segundo un folio y tercero Adolfo le pidió a Torcuato que desarrollara ese texto. Eso ya entró bastante avanzado al Gobierno y luego es Landelino Lavilla el que la articuló. En esa Ley ya entró, por la vía del referéndum, la legalización de los partidos, las dos cámaras, la nueva Ley Electoral, el fin del monopolio sindical, la libertades de reunión y de asociación, etc. De matute estuvo también el referéndum a la Monarquía. Eran cinco artículos y se mencionaba cinco veces Rey o Monarquía. No se hablaba de jefatura del Estado. Rey o Monarquía.

P.- ¿Cómo la vio la izquierda?

R.- Fue bien vista, también por las izquierdas, que vieron que venían dos cámaras, que iba a haber participación ciudadana a través de los partidos y que iba a haber sindicatos plurales. Eso interesaba a todos porque los socialistas no querían que el sindicato fuera único porque lo iba a heredar CCOO. Era el miedo que había también en Europa. El sindicalismo había que romperlo para que hubiera muchos, no sólo uno.

P.- Otra de sus más destacadas acciones fue la legalización del PCE. ¿Estaba de acuerdo el Rey?

R.- En la legalización del PCE no es que se buscase una estrategia sibilina o maquiavélica de buscar que fuera el Sábado Santo. Es una responsabilidad del Gobierno. Entonces el Rey todavía era un Monarca absoluto, no era constitucional, por lo que hay que suponer que dijo que sí. No hay vestigio ninguno de la presencia, del aliento, del estímulo del Rey a la legalización del PCE. Lo que hay es el dato de que no estaba en España ese día.

P.- Posiblemente, para comprender el devenir de los acontecimientos y las fechas en las que se produjo era necesario hacer un repaso cronológico. ¿Cómo comenzó a dirimirse el asunto?

R.- El Lunes Santo el Tribunal Supremo, con razón, devolvió los estatutos del PCE al Gobierno y le dijo que vieran si eran aceptables según la ley pero que, de momento, era una decisión política, no judicial. Que entrarían cuando hubiera indicios de delito. De modo que ahí tienen razón, no es que tiraran la patata caliente sino que no le correspondía.

Suárez fue informado y llamó a los que tenían algo que hacer en esa situación. Al ministro de Justicia, Landelino Lavilla, al de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, al vicepresidente de la Defensa y del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado, y al vicepresidente segundo, Alfonso Osorio, que creía que no era oportuno todavía. A éstos se les informó y se les dio un encargo a cada uno. A Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, no le informó y sólo le preguntó que dónde iba a estar en esas vacaciones, a lo que respondió que en El Escorial. Cuando llegó la legalización, Oreja tuvo el encargo de hacer un comunicado a todas las delegaciones diplomáticas.

El presidente le preguntó a Landelino Lavilla qué hacer. El ministro propuso remitirlo a nuestro ministerio fiscal, para ver si había delito en los estatutos, y es lo que se hizo. Reunió a la junta de fiscales y éstos fueron los que evacuaron un informe rapidísimamente, quizá porque se querían ir de vacaciones, tampoco hay que ver ahí más historia.

A Gutiérrez Mellado le indicó que le comunicara a los ministros militares, todavía no había informe de los fiscales, que el Gobierno asumía la legalización, teniéndola que hacer ellos mismos. Lo que no les dijo es cuando, porque no se sabía, no había engaño. El miércoles no había todavía informe fiscal. Ese mismo día por la tarde adiós muy buenas, cada pájaro a su nido. Todo el mundo se fue a sus vacaciones de Semana Santa, el primero Martín Villa. También el gobernador de Madrid, Juan José Rosón, que estaba en Ibiza, Osorio en Andalucía y Landelino Lavilla a Manzanares el Real. Se queda sólo Suárez. El Rey y Carrillo tampoco están, el segundo se encontraba en Cannes, en la finca de Teodulfo Lagunero.

P.- ¿Cuándo se conoció la esperada decisión fiscal?

R.- El Viernes Santo dieron el informe de que no había delito, no delinquía. Era un partido que no tenía obediencia internacional, no promovía la subversión del Estado, reconocía la Monarquía y los símbolos españoles, y que quería participar libremente en el Sistema y en las instituciones. Y el sábado se produjo la noticia.

El Rey llamó por teléfono a Carmen Díez de Rivera, que era la secretaria de Suárez, a su apartamento y le dijo que se había legalizado el PCE. Ella llamó a Pilar Bravo, a Jaime Ballesteros y al presidente. Suárez, que, en vez de congratularse con ella, le preguntó cómo lo sabía y si había tenido hermetismo en esa decisión. Entre otras cosas era importante que no se supiera para que los ultras no se organizaran. Carmen le respondió que había sido el Rey y Adolfo no le contestó.

P.- Esa decisión, como por otra parte era esperado, produjo reacciones en los sectores más conservadores y progresistas del país.

R.- La reacción del búnker militar fue muy dura, muy peligrosa, y esa sí que tuvo que aplacarla el Rey. Dimitió Gabriel Pita da Veiga, ministro de Marina, pero también quisieron hacerlo Félix Álvarez-Arenas, ministro del Ejército, y Carlos Franco Iribarnegaray, que era el del aire. Con éste último fue la Reina la que le dijo que fingiera que estaba con un catarro o con una gripe y no fuera. Pero había militares que estaban dispuestos a sacar el espadón.

En esos momentos Carrillo reunió al Comité Federal y fue cuando dijo, José Mario Armero jugó aquí un papel maravilloso, estamos viviendo unas horas gravísimas que pueden ser de irreversible involución y que se pierda todo lo que se ha ganado. Entonces fue cuando les pidió lo que él le ha prometido a Suárez: visualizar el respeto a la bandera española y decir que estaban con la Monarquía. Todo eso supuso una moderación, una templanza, una prudencia y un arte político importante. Eso se merece una medalla al mérito civil. Fue importante porque la reacción del búnker fue muy dura.

A partir de ahí una de las cosas importantes es que Carrillo empezó a ser no un político de salón, pero se jugó su liderazgo en el partido porque dejó de ser un contestatario, un reivindicativo y un revolucionario, y pasó a ser un colaborador de lo que venía, de la democracia, como lo demuestran los Pactos de la Moncloa.

P.- Tras las primeras elecciones tuvo lugar la legislatura constituyente. ¿Qué tuvo de especial esos casi dos años?

R.- Fue maratoniana mañana, tarde y noche. Yo no tomé vacaciones porque no me interesó, quería estar ahí. Recuerdo las ponencias constitucionales en la sala María de la Pineda de las Cortes, con los padres de la Constitución, y estábamos dos o tres periodistas que nos turnábamos para estar siempre uno en vela y que no se fueran. A veces les preguntabas a los políticos a dónde iban y te respondían que al servicio. Hubo incluso portazos. Se iban y estaban diez días sin hablarse.

Era nuestra Constitución y había una implicación importante. No nos importaba si el que hablaba era un socialista, un comunista o un catalán. Nosotros estábamos en la Constitución para todos y ese era el clima político que había y se manifestaba en los periódicos también, con la excepción de Alcázar o Arriba. Pero hasta Nuestra Bandera o Mundo Obrero tenían ese clima.

Los redactores políticos dirigíamos más que el director. Tenemos para comer mañana a fulano y a mengano. Eso quería decir que cinco páginas. He quedado con Calvo-Sotelo que me va a decir que han fundado un partido político. Ya lo dábamos hecho. Ese era el periodismo que nosotros hacíamos, el de proponer. Había un dinamismo informativo que era el dinamismo político. Te lo ingeniabas tú. No era tampoco fácil porque había muchos partidos.

P.- Habría debates muy interesantes en ese período.

R.- Hubo algunos muy bonitos, de esos que se decían de jabalíes y tenores. Por ejemplo, todos tienen derecho a la vida, todos los nacidos tienen derecho a la vida o todos los españoles tienen derecho a la vida. En este caso en todos no había aborto. Ahí estaban Tierno Galván, Herrero de Miñón o López Bravo. Es decir, se lucían las oratorias desde el escaño, sin papel, distinto a ahora que leen todo. No había una obediencia al partido, había mucho más voto en conciencia. Pero incluido un Blas Piñar estaba en que se iba a eso, se sentaba junto a Juan María Bandrés en el grupo mixto.

En la mesa de edad, el día que empezaron las Cortes, estaba Pasionaria. Es que es muy fuerte. Le tocó presidir por edad junto con Rafael Alberti. ¿Qué se siente ahí? Es importante sentarse, pero es más sentirse. Había sido muy peligrosa su vuelta, llegó el mismo día que don Juan renunciaba. Había que templar, que no hubiera entusiasmo de sus partidarios ni reacción de los altos extremos.

P.- Antes de las primeras elecciones se llevaron a cabo unos productos periodísticos como Cien españoles para la democracia. ¿Respondía a la necesidad de presentar los candidatos políticos a la población española?

R.- Sí, porque muchos eran conocidos del Sistema pero no se habían manifestado en cuanto a su proyecto o ideas. Tenían que opinar ya al margen de la organización anterior. Otros eran nuevos y había que presentarlos en sociedad, nunca mejor dicho. Y hacerlo, por ejemplo, como con Joaquín Garrigues Walker, como liberal. Hasta entonces no se llamaban nada, eran abogados o el hijo del ministro Antonio Garrigues.

Nos encontramos con que, de pronto, había una serie de liberales que cada uno tenía su chiringuito pero ninguno tenía un logotipo, ni unas siglas, ni un ideario conocido. Quien dice eso dice democracia cristiana. No es lo mismo Gil-Robles, un jurásico que venía del tiempo de la República, que Gil-Robles Gil-Delgado, que es su hijo, o que Joaquín Ruíz-Giménez. O los socialdemócratas, como Francisco Fernández Ordoñez.

Por otra parte estaba el hecho de que se hizo el aglutinante de la UCD y el surgimiento de la Platajunta. Ahí estaban los líderes de los partidos de la oposición, no eran conocidos y había que presentarlos porque iban a ser votables.

P.- ¿Se percibía ya, antes incluso de la primera campaña electoral, la preponderancia del líder?

R.- En los partidos había una tendencia a los liderazgos fuertes. Ellos rivalizaban mucho las representaciones o reducían mucho el dramatis personae, el cartel. Alfonso Guerra no era conocido, ni Txiki Benegas o Guillermo Galeote. Era Felipe González. O Fraga. Estaban los Siete magníficos, pero era Fraga. No es lo mismo una entrevista con Cruz Martínez Esteruelas que con el líder de AP.

P.- ¿Estos textos pudieron ser el punto de partida para que los políticos vieran la importancia que tenía el hecho de presentarse a la sociedad?

R.- Yo pienso que influyó en la sinceridad. La impertinencia e insolencia del periodista, incluso la agresividad, les iba haciendo tomar conciencia de que eran un animal político para la gente. Tenían que ser para la población y que responder a todo aquello que los ciudadanos quisieran preguntar. Yo les decía que en Estados Unidos a un candidato le preguntaban hasta dónde había comprado la ropa interior, si su hijo se drogaba y cuánto había pagado a hacienda. Y a ti no te estaba preguntando si ibas a misa.

Este fue el punto en el que se les dijo que usted no sólo puede hablar sino que debe hacerlo. Tiene que desnudarse en público.

P.- Sobre todo con tantas siglas.

R.- Me acuerdo cuando les decía que nada de off the record. A mí no me interesa saber, me interesa informar. Me decían que no lo respetaba pero es que no lo quiero, no me importa. No quería conocer lo que este señor quería decirme, para eso me voy con mis amigos que cuentan chistes. Lo que tienen que contarme es un vehículo para los lectores.

P.- ¿Cómo fueron, informativamente hablando, las elecciones del 15 de junio de 1977?

R.- Era el tiempo de la sopa de letras. Se vivieron con mucho entusiasmo y poseían una falta de marketing llamativo. Los banqueros no se atrevían a dar dinero a los partidos políticos. El primero que lo dio fue Luis Valls Taberner del Banco Popular y fue al PCE, que decían que si no pagaban morían.

El día de las elecciones había que ir a todos los puestos y a ver cómo votaba cada personaje. Por la noche acudimos a los escrutinios y veíamos el ambiente en Cortes, en Zarzuela, en el Ministerio del Interior y en la sede de los partidos. El recuento era más lento y mientras había euforia, decepción, etc.

Yo hice una crónica de color, de pálpito, de mucho pulso. En mi caso iba transmitiendo en fragmentos. A tal hora esto, en otra aquello, aunque luego eso cambiaba con los resultados, que eran tardíos. Nosotros, los periodistas, no sabíamos cómo se tenía que hacer eso todavía y hubo una cierta americanización.

Al terminar las elecciones de 1977, Fraga dijo, al ver los resultados del PSOE, sin hablar de los suyos, que fueron pésimos, que este país ha demostrado que tiene buena memoria. Una frase muy gallega pero que estaba clara. Él indicó que habían vuelto a donde nos quedamos, en 1936.

P.- Y, con el perfeccionamiento lógico de un sistema que va engrasándose, ¿qué diferencias hubo en los comicios de 1979?

R.- Ya había Constitución y entonces ya había adversarios, contrincantes. Cada uno iba a afirmarse en lo suyo.

P.- ¿Hubo cambios en la relación entre los periodistas y los dirigentes políticos?

R.- Nosotros vivíamos mucho la vida de los partidos, de todos ellos, y donde había más simpatía, más fraternidad, era en el PSOE y en el PCE. No sé si se querían ganar a la prensa pero normalmente casi todo lo ventilábamos con unas copas de vino. Empezaba a haber un conocimiento personal, un tú a tú.

El periodista hubo acercarse al unte. No al económico sino al amistoso, a la confidencia, al off the record, al que yo te cargo la conciencia con este secreto, al amiguismo. Me acuerdo de estar huyendo de tener amigos. Te invitaban a muchas cosas: excursiones, montañismo o senderismo. Cosas inocentes. Pero es que había una personalización, en la que, por ejemplo, te decían que querían que conocieras a Felipe González de cerca. Te metían en su coche y hacías la campaña con él.  Yo me pegaba a ellos porque el partido quería y el periódico también. Era muy americano eso. Quería verle hasta afeitarse si era posible.

P.- En las segundas elecciones, dentro de mi análisis, hubo dos casos similares con una sombra al presidente del Gobierno y otra a Felipe González en Cambio 16. Se les siguió unos días en la intensa labor en la campaña electoral.

R.- La gente no leía los programas de los partidos, ahora siguen sin hacerlo. Había dos cosas que les interesaban: los mítines en el lugar y el spot final de televisión. Era el mensaje que quedaba a la gente. En Calahorra, por ejemplo, iba una señora que decía yo ya he oído a Osorio, Suárez, Ruíz-Giménez, Blas Piñar y González, me falta uno. Era el circo. Iba a un espectáculo, la diversión del lugar.

El ejemplo del spot electoral con el que se vence unas elecciones fue el de Adolfo Suárez con el discurso del miedo. Fueron tan importantes esos cinco minutos suyos en televisión, en los que ganó las elecciones, que la Internacional Socialista pidió el vídeo, lo analizó, y fue cuando en 1979 habló con la plana mayor del PSOE y les dijo que si querían tocar poder debían dejar en paz a la UCD. El activo político que tenían era Adolfo Suárez. Fue un acoso y derribo desde entonces centrado en él. Por eso llegó la moción de censura.

El discurso ese lo hizo Fernando Ónega. Fueron cinco minutos muy serios, cantando las maldades que podían ocurrir si ganaba el PSOE, que estaba en disposición de hacerlo. En el caso contrario estuvo Fraga Iribarne, al que le perjudicó. En el spot suyo de las primeras elecciones la silla que le pusieron era cuadrada y oscura. Parecía Frankestein. Yo lo vi con él y le dije que me había parecido muy bien, pero era terrible.

P.- En las dos elecciones estudiadas se llevaron a cabo las Tertulias electorales de ABC, verdadero producto estrella de la cabecera en aquellos días. ¿Cómo se concibieron?

R.- Se juntaron varios factores. Había un elemento externo importante e influyente que era El País, la competencia; un instinto periodístico en los jefes de que España cambiaba, entonces había que abrirse; el poco tiempo y mucho protagonismo, por el que no daba tiempo a cada día una entrevista; y la presencia de algo tan novedoso y nuevo que podía ocupar varias páginas, como podía ser el debate entre ellos, convirtiéndose en una especie de circo, en la arena, la contienda.

Nos adelantamos a los debates televisivos. Aquello se hacía en la antigua biblioteca del ABC, que también tenía redacción. Se disponía una mesa larga y ahí estaban ellos. El público preguntaba y los periodistas tomábamos nota. Era para nosotros, muy endogámica. Antes los entrevistábamos a pie de máquina.

Ahí iba la gente de lo más curioso porque podía asistir un político o un psiquiatra, como Juan Antonio Vallejo Nájera. Se sentaban para atraer gente y le preguntaban ellos mismos al político, también los de la mesa y el público, aunque siempre era más tímido. Esto funcionaba a la vez que el Club Siglo XXI, que era otra tribuna de apertura y de oralidad que había comenzado un poco antes.

Dicho de otra forma, periodismo y tribunas culturales iban dando aire y aliento a la apertura política. No eran sólo las revistas del destape. Con eso la gente decía que ya se podían hacer más cosas. Pero el mensaje político del quién es quién y usted que me vende no se complementaba con grandes programas, se hablaba siempre de una España abierta, pero no había acciones concretas que hablaran de cómo bajar la inflación, por citar un caso.

P.- ¿Por qué en no hubo representantes del PCE en el producto estrella de ABC en 1977?

R.- Porque eran demonios con cuernos. Ni en las tertulias ni en las entrevistas. Ni siquiera Nicolás Sartorius o Pilar Bravo. Ramón Tamames posiblemente fue de los primeros.

(Busca un libro de su excelsa biblioteca que me enseña, se trata de España cambia la piel. Entrevistas políticas). Muchas de estas entrevistas no pudieron publicarse, otras sí. Algunas no pudieron porque estaba el comienzo del Rey, la pre-transición o todo lo que me estás preguntando. A quien podíamos hacerlo entonces era a los del búnker. Por ejemplo, aquí hay una charla con Tierno Galván que no pudo salir.

P.- En los casos de las primeras elecciones, de todas las entrevistas analizadas, fuera de las existentes en las tertulias, el caso más progresista era el de Fernando Morán.

R.- Porque era diplomático, iba con cuello de pajarita y disimulaba ser del PSOE. Había un tope y donde la ley no la ponía estaba la ideología de los partidos.

ABC era muy de derechas. Yo hubo un momento en el que me tuve que ir. Me fui porque no iba a quedarme más en este periódico para estar todo el día zumbándole al PSOE, no dejándoles gobernar. Había que ser objetiva.

P.- ¿Era mucha la importancia de la personalidad en campaña?

R.- Se llamaba entonces carisma.

P.- De las estrategias de las formaciones políticas, en el caso de UCD estaba monopolizada por Adolfo Suárez como presidente, candidato y responsable de la obra pasada.

R.-  Él tenía a sus asesores políticos pero el que hizo la UCD fue Calvo Sotelo. Se descolgó del Gobierno para poder participar en elecciones. Suárez dijo que quien quisiera participar tenía que dejar de ser ministro, salvo él. Me acuerdo de aquella campaña en la que era presidente que llevábamos con él dieciséis coches. Pero luego tenía el encanto de la persona.

En medio hubo otras cosas, que eran también campañas, en las que estaban todos los partidos y todos los protagonistas. Eran las autonomías. Ahí no había rivalidad entre ellos, sino que cada uno iba a venderle el mismo producto: la autonomía. Se desvestían de las siglas del partido, lo importante ahora ahí era la España autonómica. Unos ponían un poco más de énfasis en el federalismo y otros en la unidad.

P.- ¿Le ayudó al presidente Suárez aparecer con su familia en otras publicaciones diferentes, caso de Hola?

R.- Posiblemente sí. Pero te voy a decir una cosa. A mí me ha ocurrido que he viajado con Osorio y en el mismo tren iba su mujer, pero él ha estado conmigo y la mujer estaba en otro lado. Con Fraga no he visto a su mujer y con Adolfo tampoco la he visto en campaña nunca, ni a los hijos.

En cambio con Carrillo, Carmen, su esposa, venía con nosotros cuando sabía que iba yo para que no me sintiera tan incómoda entre tantos escoltas, que eran todos hombres. Ella viajaba conmigo, traía una bandeja de bocadillos para los policías y los mecánicos del avión, y tanto a la ida como a la vuelta venían los hijos a despedirle y a recibirle, que de entonces los conozco. Para mi Carrillo era como un viajante de comercio que iba y venía, e imagino que estarían tan acostumbrados como mi familia a mí, que no venían a despedirme a cada viaje porque era mi modo de vida.

Yo he visto el tema familiar muy unido, muy armonioso, en Santiago Carrillo y a lo mejor no lo he visto tanto en Adolfo Suárez porque tenía otra independencia. Lo he visto con mucha gente alrededor.

P.- ¿Interesaban el resto de líderes centristas o es que no había tales?

R.- Interesaban algunos, por ejemplo Joaquín Garrigues Walker.

P.- En las elecciones de 1979 el único artículo personal en exclusiva, dejando de lado a los principales líderes, fue a él.

R.- Ahí sí que se veía que un hombre que podía ser el recambio de Suárez era Joaquín Garrigues Walker. Lo digo porque hubo una campaña que me la hice con él. Tenía una charme americana que gustaba, hablaba mucho off the record, decía muchas gansadas y luego otras on the record que eran muy jugosas.

Podría decir que tenía la democracia dentro, no necesitó leérsela en ningún manual y conservo fotocopias de las cartas que él enviaba a los distintos miembros del Gobierno de Suárez explicándoles la democracia o por qué era bueno que hubiera una Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), ayudar a la UGT, que hubiera una pluralidad sindical, porque los militares no debían participar en política y más cosas, no tan simples.

Veías que había un hombre de Estado que además podía permitirse que no tuviera grandes cosas que hacer en el Gobierno. Era lúdico, no estaba irritado, no era confrontante, ni agresivo, ni tenía la sensación de contrincantes. Al contrario, quería coincidir con el otro en un lavadero municipal donde estaban haciendo campaña.

Sus mítines eran una gansada, siempre eran pura risa. En Totana dijo al público que eran todos muy guapos pero que le hubiera gustado que viniese Bárbara Rey. Que cuando fuera el ministro de Obras Públicas, que era él, teníais que decirle que os arreglasen estas carreteras, que había sido un sobresalto venir hasta aquí. Todo esto en broma. Le daba a la confrontación electoral un bálsamo.

P.- Dentro de la UCD los otros casos personales fueron un pequeño retazo de Calvo-Sotelo en 1977 y dos referencias más en 1979 a Marcelino Oreja, por su candidatura en Guipúzcoa, y a Carmela García Moreno, como ejemplo de mujer que se presentaba a las elecciones, junto con representantes de las otras formaciones principales.

R.- El carisma era Adolfo Suárez y era el activo político. Su discurso era personal: puedo prometer y prometo.

P.- En las elecciones de 1979 se llevaron a cabo los espacios publicitarios UCD informa, que consistía en entrevistas de personalidad a los diferentes candidatos de la formación. No sé si lo recuerda.

R.- No interesaba. Seguía habiendo un pluralismo pero seguía siendo Suárez, que con sus últimos cinco minutos ganó las elecciones.

P.- ¿No cree que le dio réditos electorales dichas entrevistas de personalidad?

R.- No lo medí. La cuestión es que ni me acuerdo de esta publicidad, estaría viajando por ahí.

P.- ¿Sirvió para dar cierta uniformidad a las diferentes tendencias de UCD?

R.- En esos momentos ya empezaron los protagonismos y las luchas por el poder. Las baronías nacieron entonces. Es decir, que no se improvisaron en 1980. Ya estallaron en la casa de la pradera. Estaban en letargo, pero no aletargadas, estaban ahí como el rescoldo en las brasas.

Todos saben que es con UCD, con esa marca. Lo que pasa es que ahí sucedió algo que no era electoral. Suárez tenía dos problemas. Uno era el de las muelas, que al final resultó que le habían dejado gasas dentro y tenía una infección continua, lo que le hizo declinar responsabilidades de Gobierno en Abril Martorell, que era el verdadero alfil del presidente. Con la dimisión de su colaborador, Suárez se quedó sin protección, a parte del problema que iba teniendo con el Rey y los que poseía con la banca, algo con la Iglesia y bastante con el Ejército y los empresarios. No porque hubiera enfrentamientos, sino porque no los recibía al estar enfermo.

Y luego estaba el tema exterior, que no quería entrar en la OTAN. Estaba llevando una política exterior distinta de la que quería el Rey, con unas distonías fuertes y manifiestas.

P.- ¿Cómo eran las reuniones del partido?

R.- El otro día estuve leyendo los diarios de Pío Cabanillas y eran todo estrategias de cómo neutralizar a un díscolo. Era un partido que no tenía una orgánica, muy atomizado, muy fragmentado y cada uno con una taifa. Todo eso estaba en ebullición, más las tentaciones que tenían de seguir en el poder pasándose a otros sitios, como hicieron los socialdemócratas, no solamente Francisco Fernández Ordoñez. Había una dinámica centrífuga, por lo que es lógico que Suárez quisiera capitalizar y decir que aquí el palo era él.

Calvo-Sotelo lo ilustraba muy gráficamente. Él decía que era el varillaje de un abanico y que si lo quitabas se rompía.

P.- ¿Por qué cree que otras formaciones no hicieron esos productos?

R.- Esos anuncios pudieron atender a que dentro había reinos de taifas y mucho líder que quería ser de su propia camarilla. Había varios de los entrevistados que querían ser presidentes del Gobierno, por lo que atender a esas demandas era lógico, además de dar una imagen de pluralidad para, más que nada, calmar las ansias de protagonismo que tenían los barones. En otros partidos había más disciplina y el líder era el líder.

Yo lo sé porque en los desayunos del Ritz, un grupo de cinco mujeres periodistas, había veces que decíamos que teníamos que hacer hasta tres en una semana porque había mucho protagonista que quería participar. Gente de todos los partidos que querían venir, hasta los de ETA.

P.- Cambiamos al PSOE, con otra destacada cabeza de cartel como Felipe González, que también monopolizaba.

R.- Él no hizo estos repartos de la tarta.

P.- ¿Intentó dar una imagen de modernidad primero contra el resto de socialismos y luego contra UCD?

R.- Con los otros socialismos lo que hizo fue fagocitarlos, todos menos el andaluz y el PSUC, que era más comunista. Del PSOE histórico, cuando se acabaron esas siglas, asumió a algunos de esos nombres.

Felipe González era el líder y lo fue frente a Rodolfo Llopis y Tierno Galván. Había un momento, en el año 1976, que en Bruselas hubo una reunión de gente de la OCDE y estaba Areilza. Entonces le preguntó el holandés Andersen que quién de los tres (González, Tierno o Llopis) tenía más posibilidades de ganar el voto popular, a lo que respondió que Felipe. Ante esos les ganó González. Tierno lideraba un movimiento, el PSP, y tenía su propio carisma que desarrolló como alcalde, pero siempre era el incordio que tenía el PSOE.

González era un líder fabricado, a pesar suyo. No quería ser el primer secretario general en el congreso de Suresnes. Se le elaboró y no es que se le dijera la manera de actuar, pero sí lo que tenía que decir y la forma de comportarte. Por ejemplo él no participó en la Constitución, fueron Alfonso Guerra y Gregorio Peces Barba los que negociaron con Abril Martorell. No iba a las reuniones con el empresariado o con los banqueros, iba a que le conocieran y a quitarles miedos. No tenía tajadas del partido que le obligaran a retomar relaciones con el espectáculo, con la Iglesia o con la banca. Él no entraba. En los Pactos de la Moncloa no quería ir. Carrillo me dijo que lo llevaron de la oreja y Fuentes Quintana aseguró que no quería asistir. El motivo es que sabía que eso era una foto en la que iban a entrar gente como Carrillo, pero una instantánea para salvarle la cara de las averías económicas a UCD.

P.- En la campaña electoral, según las palabras de Joaquín Leguina, el responsable, que era Alfonso Guerra, tenía claro que el que vendía era González y que era él al que había que mostrar. Se refería también a la imagen de modernidad que escenificaba con una camisa de cuadros que no se volvió a poner.

R.- Hay un momento que sí. En Cien años de honradez, en blanco y negro con un puntito rojo, ahí estaba con camisa de cuadros y pana, el hombre de la pana. El otro día estuve viendo unas fotos de González en casa de José María Armero. En la primera estaba él con pana y en la segunda con un chaleco, un terno elegantísimo y una corbata de seda. Había pasado un año y fue un cambio.

Hubo un momento que fue a ver a Jaime Carvajal de Urquijo, amigo del Rey desde los estudios primarios, presidente del Banco Urquijo y mensajero del Monarca, que le dijo que lo que temía era la idea de que percibieran a un PSOE asilvestrado. Es cuando le comentó que había que cambiar la indumentaria. Tenía que entenderse con todos. Hubo gente como Miguel Boyer o Claudio Boada que los introdujeron en la sociedad económica y empresarial.

P.- En el PCE sí que se observa una diferencia en las primeras elecciones, en las que además de interesar Carrillo, también lo hicieron personalidades muy relevantes de los exiliados, caso de Pasionaria o Rafael Alberti. ¿Comparte con Cristina Almeida que pudo ser una equivocación en la estrategia comunicativa de la formación?

R.- Ellos jugaron la carta heroica pero la gente que había hecho aquí la oposición, a los que podían conocer como por ejemplo a Jorge Semprún, que, como todos los que habían estado aquí, lo habían hecho en la clandestinidad, no eran nadie, eran anónimos. A los otros se les conocía de la historia, eran héroes de la resistencia.

En otra ideología, por ejemplo, tenía más importancia un Josep Tarradellas que un Jordi Pujol o un Miquel Roca.

P.- ¿Provocó el rechazo del electorado moderado que presentaran a dichas personalidades exiliadas?

R.- Es que no iban a un electorado moderado. Lo que pasó ahí es que estaba el PSOE, que se llevó a mucho votante del PCE. Aquí lo que había organizado era CCOO y eso era la maquinaria. Cuando se legalizó el PCE uno de los objetivos era contarlos, saber los que eran porque tenían miedo de que fueran muchos. Cuando ocurrió el asesinato de los laboralistas de Atocha, en el entierro, que el propio Rey lo sobrevoló para verlo, vieron una procesión sepulcral en silencio, orden, que parecía un ejército. Avanzaban con las flores en forma de hoz y martillo y decían se siente, se siente, Carrillo está presente.

El PCE, por tanto, no es que sacaran a la Pasionaria, sino que a los comunistas ella les gustaba, al igual que Carrillo, Simón Sánchez Montero o Marcelino Camacho. Y esos eran los que tenían que votar.

P.- Compartieron protagonismo, por los motivos que fuera ¿no?

R.- Sí, pero el telonero era Carrillo. Se le votaba a él porque Dolores era una anciana, un icono vivo, pero venía mayor ya. Además era la soviética, para entendernos, aspecto que Carrillo tuvo que cortar para poder ser legalizado, que no hubiera dependencias ni económicas, ni ideológicas ni de directivas internacionales. Pero ella venía hablando de que tenía allí a sus hijos, sus nietos soviéticos y tenía casa en Moscú, por lo que tampoco querían lucirla mucho.

La historia luego continuó. Expulsaron al propio líder, luego vino Gerardo Iglesias y después Julio Anguita. Entre ellos mismos no había un acuerdo en el liderazgo porque el PCE tampoco es de líderes, es de masas. Y si no es así, no tiene razón de ser.

P.- Y en el caso de AP primero, CD después, la preponderancia era de Fraga para bien o para mal.

R.- Le pregunté a Fraga y me dijo que a los magníficos los hacía vicepresidentes y ponía a cada uno en su sitio. No es que repartiera poder, sino un cargo. Se notaba en ellos que el más demócrata de todos era Areilza, pero los demás no. Ni Martínez Esteruelas, ni Silva Muñoz, ni Enrique Tomás de Carranza, ni López Rodó. A lo mejor no querían que continuara el Franquismo, pero, posiblemente, no sabían lo que querían que viniera.

El propio Areilza hubiera sido partidario de hacer la reforma por Decreto-Ley, lo tiene puesto en sus diarios. No pensaba en dos cámaras elegidas por sufragio universal, sino una y la otra corporativa. Incluso  que continuara el Consejo Nacional del Movimiento. Areilza mismo y Fraga pensaban que, en vez de partidos, podrían ser familias, sindicatos y municipio. Seguían pensando lo mismo que José Antonio.

P.- La importancia de la prensa en el período parece esencial. En el caso de El País, ¿atendió a la necesidad de contar con un medio afín al centro-izquierda?

R.- Más tarde, no en aquel momento. A partir de 1982, un poco antes del Gobierno del PSOE. El País comenzó a diferenciarse entre 1980 y 1981, cuando se produjo el acoso a Suárez. Se veía que venían los socialistas y fue cuando hicieron la moción de censura y luego la de confianza. A partir de ahí el periódico sabía que sus lectores estaban en el centro, por lo que tenía mucho interés en que el PSOE se centrara. Había una dinámica de influencia mutua, una sinergia.

P.- Y para concluir la relevancia de las revistas, en especial las dos de mi estudio: Cambio 16 y Triunfo.

R.- Cambio 16 tenía mucha importancia. Por ejemplo, cuando el Rey hizo el primer viaje a los Estados Unidos, en el que iba a hablar de la apertura democrática en el Capitolio, corrió el riesgo de ser cerrada durante cuatro meses. Lo que hizo fue publicar una imagen del Monarca bailando claqué. Es un primer ejemplo. Sufrió muchas censuras.

Triunfo igual. Ellos tenían unos lectores, no eran de impacto nacional. Lo que pasa es que se repicaban cosas. Las radios lo hacían con informaciones publicadas por las revistas, curándose en salud.

Pilar Urbano

(23 de enero de 2013 en su estudio)

 

Entrevista a Manuel Vicent

Madrid.- Manuel Vicent (Villavieja, 1936) constituye el perfecto ejemplo de un prolífico escritor que ha desempeñado también su quehacer en el mundo del periodismo. A pesar de su primera formación en Derecho y Filosofía en la Universidad de Valencia, su traslado a Madrid trajo consigo aparejado su inscripción en la Escuela Oficial de Periodismo y su primer contacto con ese oficio.

Nunca ha pertenecido a la plantilla de un medio de comunicación, su tarea se centraba en colaboraciones o en redactar crónicas y columnas, dependiendo del medio en el que lo llevara a cabo. Empezó escribiendo novela, labor que sigue efectuando, y en sus planes nunca entró hacerlo en los periódicos, como finalmente ocurrió. Su primera incursión fue en el diario Madrid, tras ello hizo lo propio en Hermano Lobo y Triunfo, dos publicaciones del mismo grupo, y seguidamente en El País. Allí fue en donde más relevancia ha tenido su obra, como redactor de las Crónicas Parlamentarias, de unos artículos en la última página, unos daguerretipos en el semanal y, finalmente, unas entrevistas a dos páginas en el semanal y diversos artículos de opinión.

Con la conversación mantenida con él se ha podido conocer más y mejor dos publicaciones muy relevantes en la Transición y en las que trabajó: Triunfo y El País. Vicent, como una de las plumas más relevantes de ambas cabeceras, podía suministrar, así lo hizo, una gran información al respecto del semanario y del diario, respectivamente.

Pregunta.- Trabajó en la revista Triunfo. ¿Cuál era su labor allí?

Respuesta.- De colaborador y no de columnista, sino redactor de crónicas. Entré a través de Hermano Lobo, que era de la misma empresa. Siempre he sido colaborador, nunca he estado en plantilla en ningún periódico. Empecé escribiendo novela y no me imaginaba, ni estaba en mis proyectos, que iba a escribir en los periódicos. Pensaba que me dedicaría a crear obras narrativas.

P.- ¿Cómo empezó entonces su relación con el periodismo?

R.- En el periódico Madrid. Entonces era un rotativo de la tarde, del Opus Dei, pero de la parte aperturista y antifranquista. Ya estaba vigente la Ley Fraga, en la que se había suprimido la censura previa y no tenías la obligación de ir a que nadie te tachara, ni a publicar determinados artículos que te mandaban desde el Ministerio, pero sí tenías la opción, que es lo que más les fastidiaba al Régimen, de no escribir sobre determinados aspectos, de no ponderar algunos acontecimientos. Les fastidiaba más lo que no escribías que lo que sí. Por ejemplo, valorar poco un acontecimiento del 1 de mayo, del día de San José o de la inauguración de un pantano.

Yo empecé escribiendo una columna en la tercera página, muy crítica. Los clásicos pellizquitos de monja que se les podían dar entonces al Franquismo. Cualquier cosa que escribieras tenías la complicidad del lector.

P.- ¿Tras esa etapa inicia su actividad en Hermano Lobo, como paso previo a Triunfo?

R.- Cuando ese periódico desapareció, que fue dinamitado por la censura, se fundó la revista Hermano Lobo. Empecé a escribir artículos políticos allí, también con la complicidad del lector, que sabía leer entre líneas. La redacción estaba en la planta baja, en el sótano, mientras que la de Triunfo estaba en la primera planta. En ese momento yo entré por el sótano.

El primer artículo que escribí en Triunfo fue sobre la justicia democrática, la primera vez que se habló de ello. La revista previamente había sido una publicación de cine y espectáculos, y después de política extranjera y cultural. Lo que sucedía es que todo lo que se decía de fuera tenía una connotación interna. Eso ya sucedía en el Madrid, que fue cerrado por un artículo sobre de Gaulle. Con el mismo Cuco Cerecedo, que hacía las crónicas deportivas, el lector avisado sabía que Bernabéu era Franco en el palco y que las extremas izquierdas siempre eran más rápidas que las extremas derechas. Y que la defensa siempre era la Brigada Social.

En el mundo era lo mismo. La política internacional la escribía Eduardo Haro Tecglen y todo tenía una connotación política. En la parte cultural aparecía, en aquel momento, tanto en cine, teatro u arte, lo último que se llevaba.

P.- ¿Qué significaba leer Triunfo?

R.- Ideológicamente hablando, tenerla bajo el brazo, también Hermano Lobo, era un tic. Sabías que quién llevaba la revista era progresista, un antifranquista, por decirlo de alguna manera. Progre era un insulto de la derecha, algo despectivo.

P.- ¿Recuerda cuál fue el punto de inflexión de Triunfo para comenzar a abordar temas políticos?

R.- A medida que se fue abriendo la censura, más allá de la muerte de Franco, porque Triunfo estuvo cerrada un par de veces. A mí, a Francisco Umbral o a Manuel Summers nos llevaron un par de veces al juzgado. No les llegaron a condenar, aunque a mí lo llegaron a hacer por un artículo publicado en una revista llamada Personas, por desacato contra un juez que se llamaba Chaparro, que había sacado por la puerta falsa el asunto de Montejurra, con el hombre de la gabardina blanca. No me aplicaron la amnistía porque consideraron que ese desacato era del Código Penal normal, pero hasta el último momento logre escabullirme, ya cuando estaba sentado en el banquillo.

P.- Refiriéndonos a diferentes personajes de la revista, ¿qué diría de José Ángel Ezcurra?

R.- Era una persona que, en esos momentos sin él darse cuenta, arriesgó mucho. Él venía de Valencia, de un ambiente frívolo. La revista Triunfo era de espectáculos, de artistas de cine y de aspectos similares. Por una serie de circunstancias empresariales fue derivando hacia una revista política, cayó en manos de gente muy politizada como Haro Tecglen. Sin tener una idea muy amplia de la democracia y de la libertad se dejó seducir por ese proyecto, después se enamoró perdidamente de ese proyecto y tras ello se puso en cabeza de ese proyecto. Al final estaba como un timbre de gloria el haber conducido esa empresa primero a la polémica, después a la contienda y finalmente ha pasado como uno de los que arriesgó. Hay un momento en el que lo haces con el dinero y la cárcel.

Fue alguien que no se imaginaba donde le iba a llegar esa empresa y esa aventura. Era algo muy parecido, en otra dimensión, que lo que le pasó a Suárez. Ahora la aventura es lo que trae el viento. En ese momento nadie sabía dónde iba a traer el viento la libertad o la democracia. Y Ezcurra igual.

P.- Ha hablado de Haro Tecglen. ¿Cómo era?

R.- Era un superdotado para la escritura, con un talento extraordinario, que aparecía en Triunfo bajo cuatro pseudónimos. Era de esos todoterrenos que estaban siempre en la parte interior. Nunca daba la cara, ni estaba en un primer plano, pero tenía ese talento para estar en segundo plano dirigiendo. De esos que daban todo lo mejor de sí sentados.

De la parte progresista, en esos momentos nadie opinaba nada sin haber leído a Haro Tecglen. Era el que escribía lo que tenías que decir. Tenía una influencia enorme.

Después de ahí pasó a la sección de opinión de El País y, como muchas veces era contradictorio con la línea que adoptaba el periódico, se quedó un poco desbancado. Pasó a un rinconcito en la página de televisión, que estaba poco valorada, pero su talento hizo que la gente abriera el periódico por esa parte. Y, desde ese lugar, le permitían incluso disparar contra la propia Dictadura. A veces se lo decía, no sé si le sentaba bien o mal, pero era como ese maqui perdido en la guerra que no sabía que los aviones que pasaban eran de Iberia e iban a Mallorca.

P.- ¿Era de ese tipo de periodistas vitales para una redacción?

R.- Como la vida no le trató bien personalmente, tuvo muchos problemas familiares, él tenía una especie de desencanto muy profundo. A veces le llevaba a ser injusto en algunos juicios, pero siempre era lúcido y superdotado. Es de esos periodistas que para una redacción son irrepetibles e imprescindibles porque, muriera el que muriera a las once de la noche a punto de cerrar, fuera un político internacional o un artista, él siempre en media hora te escribía un artículo. Y en un periódico un ser de este calibre es importantísimo.

P.- Y hábleme de otra pluma importante como era Manuel Vázquez Montalbán.

R.- Tenía un talento enorme. Era un grafómano, no podía vivir sin escribir, ya fuera de pie, sentado o boca arriba. Poseía un pensamiento marxista, pero lo definiría como un marxista pop. Tenía una lucha política porque estuvo en la cárcel y se destapó en Triunfo, en esa Crónica sentimental de España que estuvo muerta en un cajón durante varios meses, hasta que alguien la leyó, comenzó a publicarlas y lo colocó en un primer plano.

Por otra parte era comunista, no dejó nunca de serlo y casi se quedó solo. Él decía: por lo menos dejadme que sea yo el que cierre la puerta. Era tímido, pero a la vez irónico. Un gran trabajador que cumplía con su obligación de escribir, no podía fallar nunca.

P.- ¿Dónde radicaba la importancia de Triunfo? Ha dicho que influía mucho ideológicamente.

R.- Había interpretado algo que estaba en el ambiente, que era lo que entonces se llamaba la alcantarilla política, los que estaban en la cárcel, en la clandestinidad, en la lucha de la universidad, los sindicatos o los estudiantes. Había una carga magnética en el ambiente, con las hormonas juveniles que rompieron las posturas y que veían que esto tenía salida, que era algo absolutamente cutre. Querían estar en Europa, con un horizonte de libertad, con el mercado común, etc. Todo eso lo sintetizó en un momento.

Después hubo otros como Cuadernos para el Diálogo, pero ya era más de partido, de la Democracia Cristiana, de Joaquín Ruíz-Giménez. Ya se sabía lo que querían. Era como el germen de un partido que después lo sería. Triunfo era la carga magnética que había en el aire y que la sustentaba.

P.- ¿Qué opinión le merecen las escisiones que hubo en Triunfo?

R.- Dentro de Triunfo hubo una escisión y se fundó La Calle, pero también como partido, así como los Cuadernos ya eran democristianos. También hubo otra en Hermano Lobo, que era un humor blanco, aunque la carga política era de profundidad. Este caso fue a una revista en Barcelona que ya era mucho más política, mientras que la primera apostaba por un humor, en principio, no comprometido en ninguna parte política, pero que la carga de profundidad era mucho más influyente porque estaba reventando los cimientos de la sociedad.

P.- ¿Esa importancia de Triunfo vino determinada también por su morfología, con artículos amplios, y su lenguaje?

R.- Sí, porque eran artículos que, en su momento, contenían todo. Estaban los mejores, los que en aquel momento se creía uno que eran los mejores. Y después, cada uno en su sitio, eran gente solvente.

P.- ¿Qué pasó con la muerte de Triunfo?

R.- Se extinguió porque salió El País y todos los que escribíamos en la revista. Es decir, el clima que rodeaba a Triunfo lo absorbió el nuevo rotativo. Ya no tenía sentido esperar a leer en la revista lo que leías todos los días en el periódico diario y escrito por las mismas personas.

P.- Ha hablado del surgimiento de El País como una de las causas que provocó el final de la revista. ¿Pudo ser también el hecho de ofrecer un producto más arcaico en relación con otras publicaciones como Cambio 16?

R.- Cambio 16 era más política, más de chismorreo político. Triunfo era una revista muy seria, como la parte formal de todo aquello. La apertura y el chismorreo político se fueron apoderando en la gente.

P.- ¿Hasta qué punto influyó el hecho de haber conseguido determinadas reivindicaciones democráticas?

R.- Mucho, porque dejó de ser un tic clandestino. Ya se había conseguido la libertad y sobre todo, porque lo que se escribía en Triunfo se hacía en El País.

P.- ¿Cómo inicia su labor en la cabecera de Prisa?

R.- Yo no entré en el primer momento. Estaba en Triunfo, que se solapó con el periódico algún tiempo. A mí un día, ya en 1976, me llamó el director, Juan Luis Cebrián, para decirme si quería escribir las crónicas parlamentarias. Era verano, estaba ya de vacaciones, y dudé, pero empecé a escribirlas desde el primer momento, desde que se reunieron y se produjo la entrada de Santiago Carrillo, Pasionaria y Manuel Fraga.

P.- Sería un periodo muy productivo e intenso, informativamente hablando.

R.- Fue, desde el punto de vista periodístico y literario, de una intensidad y una maravilla notables. Cebrián, en ese momento, me dijo que me diera una vuelta por las Cortes y después escribiera lo que quisiera. Tenía que hacer una crónica literaria de la sesión y de lo que me apeteciera. Era un género literario-periodístico muy utilizado en España, muy antiguo. Todos los grandes habían pasado por esa experiencia de hacer crónica parlamentaria, como por ejemplo Azorín o Wenceslao Fernández Flores. Y era muy leído porque era liviano.

Estuve solamente en la primera legislatura, que primero no era constituyente. Desde que se inició hasta el día que se proclamó la Constitución. Del primer discurso del Rey hasta el último. Después ya lo dejé y empecé a escribir artículos, primero en la última página, que era donde aparecíamos Rosa Montero, Juan Cueto y yo, turnándonos; después pasé a realizar unos daguerrotipos en el semanal y, tras ello, unas entrevistas a dos páginas los sábados y a realizar opinión.

P.- ¿Fue un periódico ideado por el centro-derecha que acabó convirtiéndose en progresista?

R.- Le pasó lo mismo que a Triunfo. Después de los escombros de la Guerra Civil, en el aire había quedado en suspensión el regeneracionismo, la institución libre de enseñanza, el orteguismo, una cultura burguesa que en España es rara avis, un burguesismo ilustrado, europeísta, demócrata, junto a la palabra república. Todo eso estaba. El País lo sintetizó, capitaneado empresarialmente al principio por una serie de personas.

Afortunadamente el Franquismo no le dejó salir a la calle. Si en ese momento hubiera aparecido habría surgido manchado porque tendría que haber publicado la muerte de Franco con los panegíricos y las exequias inevitables, con lo cual aquello hubiera nacido salpicado. Afortunadamente no se le dejó salir. Lo hizo fuera y a partir de ahí hubo muchas sacudidas empresariales para adueñarse de la línea del periódico. Primero por una derecha liberal, muy marcadamente de derechas, y segundo por otra más progresista. Ahí hubo una lucha bastante dura y, al final, cogió esa línea progresista, independiente, liberal y europeísta.

La parte que apostaban por la otra línea no tuvieron ningún motivo para adueñarse de él, porque la que finalmente triunfó ganó muchísimo dinero, con lo cual la otra voz fue quedándose sin representación en los Consejos de Administración.

P.- ¿Fue un periódico muy estudiado? ¿Modernizó el periodismo existente hasta la fecha?

R.- Fue un producto muy bien hecho. Era muy necesario y había también una experiencia de periódicos muy influyentes en el hecho de que fuera el primer presidente el hijo de Ortega y Gasset, que venía de El Imparcial y El Sol. Después el periódico lo hacían los periodistas. El director sabía hacerlo y, de hecho, enseguida el éxito económico le dio un bálsamo. Y era muy influyente en ese aspecto porque siempre se ha dicho que era un periódico del PSOE. Era al revés. El PSOE era de El País. Era mucho más importante que el partido político.

En él estaban todos los que tenían que estar. Después se consagró porque siempre hay un momento en la historia que te fuerza a dar la talla. Y ese hecho se produjo en el 23F. Se arriesgó. Ese día todos los periodistas que estaban en ese momento en la redacción dejaron de escribir mientras se reunía el staff para ver lo que se hacía y se pusieron cara a la puerta, esperando la entrada de los militares. Al ver que no lo hicieron se pensó que no sabían la dirección o que era una chapuza que no estaba claro. A las ocho o nueve de la tarde el periódico salió con el titular El País, con la Constitución. Ahora parece fácil pero no lo era y ahí se consagró. También el Rey lo utilizó para legitimarse, pero el diario se erigió ese día como un periódico que daba la cara. No es lo mismo salir ahí que hacerlo dos horas después de otro periódico.

P.- ¿Influyó en el éxito adelantarse a Diario 16 en sus planes de lanzar a los quioscos un periódico diario?

R.- En ese momento, que El País creó un vacío alrededor, succionó todo el talento periodístico que había en este país y acabó con Triunfo, con Cambio 16 y con Cuadernos para el Diálogo. En ese momento era El País, después hubo otros como Diario 16, pero era una línea que había marcado ya el periódico de Prisa. Ante todo era un rotativo bien hecho y eso es lo importante. A lo mejor Diario 16 sería más fácil de leer, más divertido y ameno, pero el diario en el que colaboraba estaba muy bien hecho en ese momento.

P.- Hablamos de las elecciones. ¿Cómo afrontó El País las primeras, las del 15 de junio de 1977?

R.- Como una oportunidad para que España fuera democrática, llegando con la máxima naturalidad y libertad. Apostó por lo que El País era, la libertad y la democracia. Yo no tengo una idea muy clara pero me sentía muy cómodo en ese momento. La verdad es que la primera Transición era una aventura, la palabra significa lo que te trae el viento, y en aquel momento era una empresa en la que toda la parte antifranquista estaba dispuesta a dar lo mejor de sí. Así como ahora hay una cosa tóxica, que todo el mundo da lo peor, entonces era a ver si lo sacábamos entre todos y había un espíritu positivo. Y El País se puso al frente de esto.

P.- En las primeras elecciones, ¿tomó partido el rotativo por alguna formación o era más a favor de la democracia?

R.- Era democracia y posiblemente con cierta reticencia a toda la parte de la UCD. Era antifraga y aquellos magníficos. Fraga fue el primero que ideó hacer el diario y capitaneó la facción que quería apoderarse del periódico. Jugaba a la contra porque ya era un fenómeno periodístico y El País disparaba, más que nada, contra este grupo de franquistas. Después a Suárez no lo tomaban en cuenta porque era un advenedizo y apostó por González, pero creo que no tomó una postura ideológica.

P.- ¿Qué diferencias percibió en las segundas elecciones, en la nueva victoria de Suárez?

R.- Creo que, en ese momento, ya estaba más decantada hacia el socialismo. Ya se definía más por un futuro contra Suárez, considerando que esa primera etapa había pasado y que había cumplido con su labor. De hecho, el presidente del Gobierno fue traicionado por los suyos y parte se fueron a los socialistas y otros con Fraga.

Ahí se dividió y El País apostó por la parte que se iban con los socialistas, como por ejemplo Francisco Fernández Ordoñez.

P.- Hablando de la personalidad. ¿Considera relevante conocer al personaje, su manera de ser o su trayectoria de cara a las elecciones?

R.- En política se ha vuelto al ágora. Es decir, a Pericles lo veías como personaje, cómo se movía, cómo hablaba y lo conocías personalmente. A través de los medios de comunicación ahora se ha vuelto a lo mismo. Tú al personaje lo ves, lo oyes y te cae bien físicamente. Después está toda la política americana de vender un personaje político como un producto. De hecho, los americanos lo han descubierto y lo han incorporado a su sistema, saben que cuando un candidato te toca o te da la mano consigue un voto. Pero eso ya es un marketing político.

Y después, que aquí también se ha aprendido, un candidato o incluso una idea política se lanza como un producto. De hecho las elecciones se ganan solamente con una frase porque la gente no está para dos. Por ejemplo, podemos o por el cambio. Y después saber que en un mitin tienes que hablar a la gente dependiendo del número. Cuanta más haya la psicología de la multitud se reduce. Es decir, a cincuenta mil personas en un recinto hay que hablarles como si lo hicieras a un niño de nueve años. Si le hablas como si tuvieran cincuenta años no te entienden, no te escuchan, se aburren.

Ahora se le da más importancia a la corbata. Esos que te dicen la que debes ponerte o que no muevas las manos. Eso es un producto que, junto con una idea madre, gana las elecciones. Pero, a la vez, el candidato sale de una cosa que está deseando la gente. No es el héroe el que conduce a una sociedad, sino que es la sociedad, el espíritu de un tiempo, el que fabrica un mito. No es Hitler el que enloquece a un público alemán, sino que es la locura del pueblo alemán el que fabrica en este caso a un dictador. La sociedad te va generando ese muñeco que sintetiza. Hay que saber venderlo y aquí lo hizo de maravilla Felipe.

P.- Mi tesis versa sobre los contenidos personales en las dos primeras campañas electorales. Salvo la excepción del PCE en las primeras elecciones, en las que mostró a más personajes que el líder, como Pasionaria o Rafael Alberti, en la mayoría de los casos estaba monopolizado por el principal candidato. ¿Cómo cree que lo enfocaron los distintos partidos políticos?

R.- Durante la clandestinidad del Franquismo el socialismo no existía. Los rojos eran comunistas todos. Había en el exterior unos socialistas de la guerra y también había unos comunistas. Los primeros, en el congreso de Suresnes, apostaron por unas nuevas caras.

Aquí todo el mundo se creía que iba a ser un comunismo tipo italiano, con Ramón Tamames o Nicolás Sartorius, que eran los jóvenes. Pero aquí viene la democracia y el socialismo, que no había sido nada, lo único que exhibe es una palabra mágica que es socialismo y una cara nueva, como un héroe que viene del sur, de la clandestinidad. Los comunistas se presentan con veinte caras que son las imágenes de la guerra, todos. Pasionaria, Simón Sánchez Montero, que había sido torturado un millón de veces en la cárcel, Rafael Alberti, Ignacio Gallego…

P.- ¿Se equivocó el comunismo con esa estrategia?

R.- Se equivocó totalmente. Era imposible que esta gente, que habían sido héroes de la guerra y de la clandestinidad, lograra unos buenos resultados. Era impensable pero eso fue, a su vez, la causa de que no tuvieran salida. Primero porque la sociedad española quería olvidar la guerra. Es decir, el proyecto fundamental de la Transición fue que esta vez no nos vamos a matar. Otros nostálgicos, de la derecha y de la izquierda sí, pero el grueso de la sociedad era de pensar en olvidar el enfrentamiento bélico porque la juventud no la conocía. Sabíamos que había habido una pero no la habíamos sufrido.

Y después si el socialismo te daba un izquierdismo que ya dejaba de lado el marxismo hacía que fuera una ideología digerible.

P.- El presidente era una persona que tenía mucha telegenia, vendía muy bien ante las cámaras. ¿Le ayudó el hecho de ser posiblemente el dirigente político que más se mostraba al electorado, incluso en revistas como Hola?

R.- Lo de Suárez puede ser. En ese momento había dos líderes: él y Felipe. Incluso físicamente. Eran dos formas contrapuestas de ser España. Uno aguerrido, valiente, un poco horterilla y catetillo, pero atractivo y audaz; y el otro más misterioso, más en el fondo de la sociedad. Uno venía del Franquismo, del Movimiento, y otro venía de la clandestinidad. Pero uno venía del Movimiento destinado a limpiar las cuadras del Franquismo.

Eran dos héroes, incluso físicamente tenían el diseño de dos héroes, dos jóvenes que se enfrentaban en las Cortes como dos personajes del oeste, a ver quien desenfundaba primero. Y después la historia te pone en tu sitio, como con el 23-F. Es como cuando en el mar viene una tempestad. El mar no quiere horteras que arriesgan, pero cuando viene la tempestad el mar te exige que des la talla. ¿Qué pasa con la tempestad política que hubo el 23-F? ¿Quién da la talla? Suárez, no solamente porque no se tiró al suelo, sino porque arriesgó el pellejo saliendo del escaño para salvar al amigo, que era Gutiérrez Mellado. Esa cosa ibérica de arriesgar la vida por un amigo y el haber sido traicionado por los suyos le convierte en un héroe romántico que cada día ha ido creciendo muchísimo más.

P.- Le hablo de unos casos concretos que se publicaron en ABC y en El País. Eran espacios publicitarios y, bajo la denominación de UCD informa, se realizaron entrevistas de personalidad a diferentes candidatos de la formación. ¿Cree que esas entrevistas pudieron ayudar a los centristas, presentando al segundo escalafón e, incluso, al tercero de sus dirigentes?

R.- No lo sé. No lo recuerdo. A mí si me das a elegir entre las dos opciones me quedo con la de El País porque está mejor hecho, es la forma moderna de un periódico, frente a la antigua de ABC.

P.- ¿Por qué en todas las formaciones eran muy conocidos los líderes y el segundo escalafón no se mostraba tanto?

R.- Aquí se apostó por las terribles listas cerradas. Eso que en aquel momento se hizo para congregar las fuerzas políticas en pocos partidos porque aquí había muchos. Pero ha producido una claustrofobia del partido. En la república y en cualquier país del mundo está prohibido leer. Aquí hay que hacerlo. Si lees no sabes la persona que ha escrito eso. Mientras que si hablas, improvisas y eres tú.

Imagínate qué pensaría si en el Parlamento inglés estuvieras allí leyendo. Es impensable. Aquí lo que se ha producido es una claustrofobia de los partidos y, de hecho, todo eso de la corrupción y de la política obedece a que, en los partidos, la política está poco ventilada. La sensación que ahora te produce cada partido es que es como una habitación cerrada.

P.- No sé si recuerda las Tertulias electorales de ABC. ¿Qué necesidad había de debate en aquellos días?

R.- En la pre-democracia había cenas, Gavilanes por ejemplo, y después las tertulias, que han derivado en las que se llevan a cabo en la radio y en la televisión, que son cloacas.

En ese momento la diferencia fundamental de la Transición con lo que hay ahora es el concepto que existía de adversario, pero amigo. Y eso funcionó durante la Transición, hasta que en el segundo período de Aznar volvió otra vez al amigo/enemigo. Es el concepto africanista de la política. A mi amigo leche de camella, a mi enemigo una patada en la barriga. Y estamos en eso.

P.- Para concluir, ¿cómo valoraría el papel de la prensa en la Transición?

R.- En la primera etapa muy bien, con todas las caídas que hubo, con la libertad unos lo hicieron mejor que otros. Valía todo y se podía perdonar todo porque era el momento en el que el maestro se va de la escuela y todos los niños empiezan a tirar tiza a la pizarra. Luego se ha ido degradando.

P.- ¿Cuánto dura ese primer momento?

R.- Toda la Transición hasta la mitad del socialismo. Durante el inicio de la nueva democracia entrabas en un bar y si estaban los del otro grupo bien. Salías de las Cortes y todos los periodistas de distintos medios eran amigos e iban al mismo pub y al mismo restaurante a comer juntos. A partir de un momento, en cuanto las infanterías se introducen e infectan el periodismo, es entrar en un lugar y tener cuidado con los profesionales de otro medio de comunicación.

P.- ¿La Ley Fraga cómo cambió el periodismo?

R.- Lo he dicho con una frase que escribí en Triunfo: Fraga cortó las alambradas, pero dejó las minas dentro. Cuando había alambradas tenías que ir al Ministerio y un infumable te decía lo que no podías publicar. No arriesgabas más que la humillación y el papel. Después había contenidos de inserción obligatoria.

Fraga eso lo quitó, pero dejó el campo sembrado de minas. De hecho, cuando ya tenías la edición podías saltar por los aires, como lo hizo el diario Madrid y su edificio.

P.- Hablemos de las dos publicaciones que aún no hemos comentado. El primero es el ABC, con ese cambio de sistema, que lógicamente defendió por la línea editorial que poseía.

R.- Era un periódico conservador, de derechas, pero siempre era un rotativo fiable, bien hecho literariamente, en el que escribían las mejores firmas, los académicos, etc. En esa segunda Transición periodística empezó a ser un periódico histérico. Esos buenos modales que siempre ha tenido, esa templanza del hombre conservador, los perdió en la última etapa.

P.- Ya ha hablado de la importancia de las revistas. ¿Su opinión de Cambio 16 como caso concreto?

R.- Cambio 16 e Interviú, en ese momento, fue un fenómeno de una apertura, de un erotismo suave en el caso de la segunda, de escándalos. No sé si Cambio 16 se publica ahora mismo.

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(24 de enero de 2013 en el Hotel Eurobuilding)

Entrevista a Manuel Campo Vidal

Zaragoza.- Manuel Campo Vidal (Camporrells, 1951) es uno de los personajes más relevantes del periodismo, tanto escrito como principalmente audiovisual. Pasará a la historia como el informador que moderó el primer debate electoral televisado entre dos candidatos a la presidencia del Gobierno en nuestro país, con Felipe González y José María Aznar como protagonistas, el 24 de mayo de 1993; y como el que más veces ha desempeñado esa función en dichos formatos durante la nueva democracia española.

La Cadena Ser, Antena 3 o Audiovisual Sports, y la revista Triunfo constituyen tres de los numerosos medios en los que ha ocupado diversas responsabilidades, desde las propias periodísticas hasta también directivas. El hoy presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión fue relevante para la investigación como consecuencia de su labor como corresponsal en Barcelona de la revista Triunfo. Su pertenencia y conocimientos le permitieron dar una visión fidedigna de una de las publicaciones más relevantes de la Transición española.

Pregunta.- Si no me equivoco llegó a Triunfo en el año 1978, cuando se fueron una serie de redactores que fundaron la revista La Calle. ¿Cómo fue su trayectoria la publicación primero semanal y después mensual?

Respuesta.- Yo estoy en ese período hasta que realmente cierra la revista Triunfo, primero era semanal y después mensual. Tuve la inmensa suerte de tener un profesor que se llamaba Manuel Vázquez Montalbán. Era mi profesor en la Escuela de Periodismo de la Iglesia de Barcelona, compartíamos la redacción, él como una persona ya de gran nombre en la sección de Internacional como comentarista y yo era becario en el mismo diario, el rotativo Tele-exprés. Cuando capital cercano al PCE monta una revista que se llama La Calle varias personas se van de Triunfo, cesa particularmente el redactor jefe, César Alonso de los Ríos, y Manuel Vázquez Montalbán, que era su estandarte, se van de una a otra. Entonces él tiene la inmensa generosidad de recomendarme al propietario, José Ángel Ezcurra, como el corresponsal en Cataluña. Manuel era mucho más que eso en dicha Comunidad pero yo quedo como el corresponsal en Cataluña.

Hace poco, en un homenaje a Vázquez Montalbán, Juan Cruz de El País decía: yo cuando empezó a escribir Manuel Campo Vidal pensé que era un pseudónimo de Manolo Vázquez, lo cual es un honor para mí que me confundieran con un pseudónimo de un personaje como era él.

P.- La tesis aborda, en lo que a las revistas se refiere, las publicaciones Triunfo y Cambio 16. ¿Qué diferencias existían entre una y otra?

Triunfo era mucho más analítica y Cambio 16 tenía dos particularidades: era una revista mucho más pegada a la actualidad inmediata, mucho más informativa, y además poseía una mejor información de uno de los grupos que aspiraba a liderar la Transición política española. Me refiero al mundo de los socialdemócratas, por tanto de Francisco Fernández Ordoñez, de Carlos Bustelo, etc., a través de su propietario y editor, que era un personaje realmente muy singular, digno de una novela, que era Juan Tomás de Salas. La diferencia estaba ahí: Triunfo era de izquierda analítica y la otra era una revista socialdemócrata pero mucho más pegada a la actualidad y centrada en el corto plazo de la información de esa semana.

P.- También el lenguaje influía ¿no?

R.- Sí. Cambio 16 tenía un lenguaje mucho más periodístico y  Triunfo tenía uno mucho más profesoral, analítico y reposado. Ésta última, en medio, tenía dos o tres grandes escritores: Eduardo Haro Tecglen, que era subdirector pero que también llenaba media revista con pseudónimos distintos, firmaba Pozuelo entre otras denominaciones; o Manuel Vázquez Montalbán, que era un prolífico escritor y se firmaba como la Baronesa de Orly, Luís Dávila para asuntos deportivos, Manolo V el Empecinado, etc. De ahí que Juan Cruz pensara que Manuel Campo Vidal era otro pseudónimo suyo.

P.- ¿Y por qué dejó de tener éxito? ¿Influyó mucho la prensa diaria o la llegada de la democracia y con ella la consecución de algunas de las reivindicaciones que se clamaban desde las distintas publicaciones?

R.- No. Yo creo que fundamentalmente en la crisis general de todos los semanarios, es verdad que Cambio 16 resistió algunos meses o años más, pero en unas condiciones bastante precarias,  el elemento fundamental fueron los dominicales de los periódicos. Es decir, el espacio que poseían los semanarios fue ocupado directamente por los dominicales de los periódicos. Y luego que los periódicos, particularmente El País, empezaron a dar una información que antes tenías que ir a buscar a los semanarios, con el ejemplo de Cambio 16, pero que a partir de aquel momento ya estaba en la prensa diaria.

P.- ¿No cree que la llegada de la democracia, con la que ya muchos de los principios que se defendían antes parece que se habían alcanzado, pudo haber influido en la despolitización de la sociedad y, por ende, en el consumo de un menor número de productos periodísticos centrados en ese tipo de contenidos?

R.- Puede ser pero yo creo que había razones sobretodo empresariales y de ciclo de información.  Aquellas que ibas a buscar a los semanarios porque eran los que más informaban ya la tenías día a día, con lo cual  podríamos decir que el semanario lo mataban, por un lado, los periódicos diarios y, en su parte más complementaria, los dominicales de los periódicos.

Yo creo que eso fue determinante porque los principios eran los mismos. Cuadernos para el Diálogo y Triunfo defendían la democracia, pero El País y otros rotativos también lo hacían. Con lo cual no era un tema de principios, sino editorial.

P.- Ya centrados en las elecciones, vivió unas como lector de Triunfo, las del 15 de junio de 1977, y otras como trabajador de la publicación, el 1 de marzo de 1979. ¿Qué diferencias percibió entre una y otra llamada a las urnas?

R.- Las elecciones de 1977 eran las de la sorpresa y las de 1979 las de la consolidación. De la sorpresa porque todavía había mucha gente en España que creía que el PCE iba a tener más diputados que el PSOE dada su gran actividad en los últimos años de la Dictadura y eso se demostró que no fue así. En las elecciones de 15 de junio Santiago Carrillo tuvo veinte diputados y Felipe González ciento dieciocho. Es decir, prácticamente le multiplica por seis, con lo que se ve claramente que la alternativa de poder a cualquier expresión de la derecha era el PSOE, pero en aquel momento previo a las votaciones no sabíamos lo que iba a suceder.

Hubo grandes sorpresas. Que quiénes invocaban la obra de Franco en junio de 1977, un Régimen que acababa de terminar no hacía ni dos años con la muerte del Generalísimo, es decir, Fraga Iribarne, Alianza Popular y una buena parte de su ex ministros, con los llamados Siete magníficos, resulta que obtienen sólo dieciséis diputados y que el último presidente del Gobierno de Franco y primero de la Monarquía, Carlos Arias Navarro, no salió elegido senador por Madrid. Era algo que no podía esperarse nadie.

P.- ¿Y las particularidades de los segundos comicios, primeros con una Carta Magna aprobada?

R.- Las elecciones de 1979, ya con un texto constitucional en la mano para sorpresa de todos y probablemente para desconcierto de muchos, fueron convocadas por el presidente Adolfo Suárez para el 1 de marzo y luego las municipales para el 3 de abril. Son los comicios de la consolidación. Felipe cree que puede ser presidente en aquel momento, pero sólo gana tres diputados; Suárez cree que puede tener mayoría absoluta, pero sólo gana tres diputados; y el PCE sólo gana tres diputados. Es curioso que las tres fuerzas principales avanzaran lo mismo.

Y se hunde el sector de Alianza Popular, que ya va con esa fórmula de CD que cree que ampliará y baja nueve, con Areilza, Osorio y Fraga como diputados, Las trillizas que les llamaban en aquel momento.

P.- ¿Cómo afrontó Triunfo las elecciones de 1979, en las que usted estuvo trabajando allí?

R.- No tengo una conciencia muy clara de la manera de plantear las elecciones y no me gustaría improvisar. Tengo mucho más claras las primeras elecciones catalanas del año 1980 porque me tocaba muy directamente. Pero con relación a los comicios nacionales yo no estaba en el núcleo de redacción, yo vivía en Barcelona y no sé, aunque hablé años después mucho y mantuve hasta su muerte una buena amistad con su propietario y director, José Ángel Ezcurra, pero no tengo la consciencia de cómo se las planteó.

Triunfo también vivió esa sorpresa por el hecho de que el PCE, que es verdad que había estado mucho más activo en la oposición democrática que el PSOE, tenía veinte diputados en 1977 y veintitrés después. Siempre hubo leyendas asociadas a la posición de la revista, que si estaba financiada por la Unión Soviética y cosas así, pero que son absolutamente impresentables e insostenibles. No tenía nada que ver.

P.- Como experto en comunicación que es, la importancia de dar a conocer el personaje político, los elementos personales como complemento a su labor política, ¿cómo de importante fue en aquellos años?

R.- Hubo un elemento que desconcertó probablemente a todos. Adolfo Suárez tenía una gran relación personal con la familia Sánchez Junco, propietarios de Hola. Y dicha publicación, que es un medio de comunicación de una gran influencia familiar en España, le dio apoyo y apareció en reportajes con toda su familia. Yo recomiendo que se busquen los ejemplares de la revista previos a ambas elecciones y verás la diferencia de tratamiento que había de Adolfo Suárez con otros líderes. Digamos que existía el pudor de yo no enseño mi familia. Eso se hacía mucho en el ámbito de la izquierda, aunque Fraga nunca apareció con su mujer, por lo tanto también la derecha. Suárez volvió a lo kennediano, no sólo entiende la televisión sino que entiende también la revista Hola. Y le ayuda mucho.

P.- Centrados ya en la revista Triunfo, con relación a un artículo suyo relativo a la ruptura de la Entesa, hay ejemplos de dos pequeños retazos personales, una clara muestra de lo que se encontraba en las páginas del medio. De Juan Benet destaca que lo calificó como caballo de la candidatura.

R.- Yo creo que lo digo en el sentido de caballo tractor. Josep Benet era una persona absolutamente respetada en los ámbitos intelectuales en Cataluña y fue un gran éxito del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) el poderlo incorporar allí. Luego fue candidato a las elecciones del Parlamento de Cataluña como independiente en las listas del PSUC y no ha habido elección posterior en la que dicha formación o cualquiera de sus derivados, en este momento Iniciativa per Catalunya (ICV), tuviera tanta presencia.

P.- Con respecto a Andreu Abelló se refirió a su currículum como presidente del Tribunal de Casación de la Generalitat.

R.- Era un hecho muy relevante. Era el único cargo del ámbito de la Generalitat que sobrevive políticamente, digámoslo así, para presentarse a las elecciones en la Entesa. No recordaba este artículo.

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(8 de noviembre de 2012. Colegio de Farmacéuticos de Zaragoza)

 

Entrevista a José Javier Aleixandre Ybargüen

Madrid.- José Javier Aleixandre (Irún, 1924) llama la atención por la coincidencia de su apellido con el genial escritor Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura en 1977. Sobrino y tío, el personaje que nos atañe pudo heredar de él las virtudes de las que su antepasado hizo gala, con una prolífica obra literaria. La narrativa, las obras de teatro, los cuentos infantiles y, sobre todo, la poesía le han hecho convertirse en uno de los mejores líricos del país en el siglo XX.

En el  periodismo su labor principal ha pasado por las cabeceras Ya, ABC, en la que fue enviado especial en la siempre difícil localización de Oriente Medio, y Actualidad Española, en la que llegó a ser redactor jefe. Muy conocidas fueron las charlas que llevaba a cabo, caracterizadas por realizarse sin ningún tipo de mecanismo de grabación, lo que le valió la incredulidad y alabanzas de buena parte de sus entrevistados.

En la tesis doctoral elaborada, el peso específico del personaje estaba fuera de toda duda. Es el autor de los productos informativos más presentes en la investigación, como fueron las entrevistas de personalidad a los candidatos centristas, aparecidas en los UCD informa. El hecho de querer conocer la manera de producirlas y las peticiones recibidas por parte de la formación de centro nos llevó a realizarle una entrevista muy específica al respecto.

Pregunta.- ¿Cómo se idearon los espacios UCD informa? ¿Fue un proyecto nacido de usted o propuesto por el propio partido?

Respuesta.- Me lo pidió UCD. Es decir, yo no fui a hacerles las entrevistas para llevárselas, sino que fue un personaje de dicho partido, que era amigo mío, el que me solicitó que llevara a cabo una serie de entrevistas a los candidatos que aparecieron finalmente, ya que estaba realizando unas charlas que tenían bastante fama. Yo respondí que encantado, que no tenía ningún inconveniente.

Lo que sí hice fue plantearlas como Así es y así piensa. Para el cómo son busqué los detalles más atractivos que podía haber en el personaje y en el cómo piensan lo que prometían y qué pretendían.

P.- ¿Se fijó en algún modelo que se había realizado en la prensa extranjera o fue completamente original por parte suya?

R.- Fue idea mía.

P.- ¿Tenía usted alguna vinculación con UCD?

R.- Ninguna. En absoluto.

P.- ¿Fue la única vez que ha trabajado para UCD?

R.- Sí.

P.- Entonces, ¿no hubo más productos similares a los UCD informa en posteriores convocatorias electorales, ya fuera de esa formación o de otra?

R.- Yo creo que fue la única vez aunque tuvieron mucho éxito.

P.- ¿Usted en aquel momento en qué estaba trabajando?

R.- Yo era periodista y en aquel año, ya superados los cincuenta años, estaba en Actualidad Española, de redactor jefe.

P.- ¿Y realizaba generalmente productos periodísticos similares?

R.- Hacía una entrevista cada semana a la persona que estaba en aquel momento en el candelero, ya fuera Boby Deglané, por ejemplo, que era un profesional de radio; ya fuera un poeta, un dramaturgo, etc. La persona de la que se hablaba en esa semana yo iba a realizarle una entrevista larga y procuraba acudir además al sitio donde radicaba. Es decir, a José María Pemán se la hice en su finca del Cerro Nuevo en Jerez o a Fernando Argenta se la hice en Castrourdiales.

P.- ¿UCD informa fue realizado de la misma manera o como era un producto diferenciado se llevó a cabo de una forma distinta?

R.- No fui a buscarles a su lugar específico sino que las hice en Madrid. Y además, en este caso, a diferencia de los otros mencionados anteriormente en los que yo no tenía tanta responsabilidad, pues era a un poeta, a un dramaturgo o a un cantante, yo quería tener una prueba de lo que me decían y por ahí tengo los casetes con las que tengo guardados su voz y sus respuestas.

P.- En los UCD informa también había pequeñas entrevistas a representantes de la cultura, del deporte o del periodismo. ¿Las hizo usted?

R.- No. Sólo me encargue de llevar a cabo las entrevistas a los candidatos políticos del partido.

P.- ¿Cómo era el proceso de elaboración de las charlas?

R.- Me hacía un guión, que no leía y me aprendía de memoria, y se lo iba preguntando. Posteriormente, no las escribía de acuerdo con el momento en el que me contestaban, sino que una empezaba por el final, otra por el principio y otra por el medio. Igual que en las entrevistas que yo hacía a los no políticos.

Es decir, cada vez usaba un camino distinto pero llegaba, al final, al mismo sitio.

P.- La mayoría de las entrevistas no están publicadas en el formato de pregunta-respuesta. ¿Qué buscaba con ello?

R.- Normalmente yo no he hecho entrevistas de pregunta y respuesta. Yo hacía una novela de la entrevista.

P.- ¿Qué buscaba conocer del personaje? Porque las entrevistas que aparecieron había elementos comunes como su lugar de origen, su familia, el interés por la política, el mensaje que lanzaban al electorado…

R.- Yo buscaba eso, que se supiera cómo era el personaje. Que el que leyera la entrevista tuviera constancia de cómo era ese candidato y para eso daba los detalles que pudiera hacerle más atractivo, eludiendo los que pudieran ir en contra del personaje. Y luego lo que tenía mucha importancia para mí en este caso era que dijeran qué pensaban, qué prometían, qué pensaban hacer y cómo efectuarlo.

En este caso era un empeño especial, que no tenía en otros casos, en los que era totalmente libre. Aquí tenía un cierto corsé.

P.- ¿Le dio UCD una serie de premisas a cumplir en las entrevistas?

R.- No, ninguna. Que hiciera lo que yo quisiera.

P.- ¿Eligió los personajes?

R.- No, me los dieron. La lista la decidieron ellos.

P.- ¿En ningún momento se planteó el hecho de incluir al presidente Suárez entre los protagonistas?

R.- No me lo propusieron.

P.- ¿Tiene constancia de los medios escritos en los que se introdujo dichos espacios publicitarios?

R.- No me acuerdo en absoluto.

P.- ¿Por qué no ha habido más casos? ¿Por qué no se ha repetido en más ocasiones?

R.- No lo sé. No tengo ni idea.

P.- Mi tesis gira en torno a la personalidad de los candidatos políticos. ¿Cómo de importante es que el pueblo conozca a sus dirigentes políticos en ese sentido?

R.- Yo lo considero importantísimo. Fundamental. Es esencial que para votar a una persona se sepa cómo es y qué quiere hacer.

P.- ¿Hoy en día se sabe?

R.- Se sabe en cierto modo. En mi caso concreto puedo asegurar que todo lo que se me dijo era cierto. Supongo que habrá algunas entrevistas que son mentira y en las que se ha inventado algo para que la gente pique. En mi particular no hubo tal situación. Todo lo que conté era verdad.

P.- ¿Y por qué antes sí tuvo lugar un caso como el que realizó y hoy en día no existen? ¿Tiene algo que ver la dificultad para acceder al personaje, en comparación con un período, el primero en democracia, en el que la política parecía mucho más de andar por casa, si se permite la expresión?

R.- No lo sé porque yo estoy retirado desde hace mucho tiempo y no sé lo que ocurre ahora.

P.- Hubo un caso similar en CD, que un día en concreto hizo una entrevista a Ramón País. Mantenía la similitud con su ejemplo en el hecho de tratarse de un espacio publicitario contratado pero la entrevista era informativa. ¿Cree que es un ejemplo de que se han desaprovechado oportunidades por parte de los partidos políticos?

R.- Yo creo que se han desaprovechado muchas oportunidades.

P.- ¿Y la izquierda especialmente, al provenir de fuera de las estructuras del Régimen?

R.- No lo sé porque yo nunca he sido político. Y como no lo he sido no he pertenecido nunca a ninguna formación, aunque ideológicamente he sido más próximo a la derecha que a la izquierda. Por ese motivo he tenido más contacto con gente de derechas que con gente de izquierdas.

P.- ¿Influyeron los UCD informa para el resultado final de las elecciones de 1979?

R.- Espero que sí pero no tengo ninguna constancia de ello. Supongo porque todos confiamos en la obra que hacemos, sino no la llevaríamos a cabo. Pero no tengo ninguna evidencia ni he vuelto a hablar con toda esta gente porque, de todos ellos, conocía personalmente a dos. A Leopoldo Calvo-Sotelo, debido a la amistad que me unía a Pepe Calvo-Sotelo, el hijo de José Calvo-Sotelo, que fue protomártir. Además también lo era de Luis Emilio, su hermano, y por ello era conocido de esa familia. Y a Antonio Fontán, que también era muy amigo porque yo era redactor jefe de Actualidad Española y él era el director.  Pero de los demás no.

P.- Hablando en clave interna de UCD. ¿No cree que con estos productos buscaran obtener una cierta homogeneidad en unas siglas que tenían bajo sí una gran cantidad de tendencias políticas en algunos aspectos dispares?

R.- Lo desconozco porque no estaba dentro de la formación. No convivía con ellos, ni los conocía, ni sabía quiénes eran.

P.- En temas más genéricos, ¿cuál es su opinión sobre el papel de la prensa en la Transición española?

R.- El papel de la prensa lo considero siempre, en cualquier momento, muy importante. Es fundamental porque creo que, a pesar de todo y todavía, el periódico manda en las casas. Es decir, en un domicilio lo que más cuenta es el periódico, más que la televisión. Me refiero a este momento. No sé si dejará de ser así. Pero todavía creo que sí es.

P.- ¿Y en ese momento concreto de la Transición?

R.- Fue fundamental y creo que se hizo bien.

P.- ¿Qué opina de la aventura del diario El País?

R.- Es un periódico muy importante, muy bien hecho que, cuando salió, era muy importante un diario que no fuera ABC. Es decir, que hubiera un contraste entre dos periódicos importantes de la mañana. Y creo que lo hizo muy bien.

P.- ¿Y el papel de las revistas? Ahora ocupan un lugar más secundario, algo que no ocurre en la actualidad

R.- Entonces la revista era muy importante. Actualidad Española, que era en la que trabajé muchos años, tenía muchos lectores y muchos seguidores, y estaba al día de todo.

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(28 de noviembre de 2012 en su domicilio)

 

Entrevista a Joaquín Leguina Herrán

Madrid.- Joaquín Leguina Herrán (Villanueva de Villaescusa, 1941), doctor en Economía, es uno de los personajes políticos más relevantes de la política española en general y la madrileña en particular, con compromisos muy destacados en los tres niveles competenciales, en representación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). De su extensa biografía en cargos de responsabilidad destaca la presidencia de la Comunidad de Madrid, que ejerció entre 1983 y 1995, convirtiéndose en el primer dirigente de la región de nueva creación; su tarea como concejal de Hacienda en el Ayuntamiento de la capital, entre 1979 y 1983; y su labor como diputado en dos etapas diferenciadas, una primera entre 1982 y 1983, y una segunda bastante más amplia, de 1996 a 2008.

Además de lanzar al mercado diversas obras literarias, ha colaborado puntualmente en diversos medios de comunicación. Fueron especialmente significativos sus textos en la revista semanal Cambio 16, la publicación de dicha índole más destacada del momento por su tipología, lenguaje y estilos empleados, en un período en el que las novedades estaban a la orden del día.

La trascendencia de Leguina con mi proceso investigador venía fundamentado por dos vertientes: la periodística, por su labor en Cambio 16 y su conocimiento de los primeros pasos dados por la revista ideada y puesta en funcionamiento por Juan Tomás de Salas; y la política, merced a su pertenencia al PSOE y su participación en los diferentes actos de la campaña electoral, especialmente la primera, en junio de 1977.

Pregunta.- ¿Cómo surge la revista Cambio 16?

Respuesta.- Era una idea de Juan Tomás de Salas, al que yo he conocido toda mi vida como Juan Salas, lo de Tomás vino después. De familia noble, en el sentido tradicional, aunque nunca lo exhibió, mi primer contacto con él fue en París y ya tenía esa idea. Estaba haciendo, creo que ya la tenía, una tesis con el historiador francés, Pierre Vilar. Estuvimos dos años y cuando él volvió a España enseguida se puso a montar la revista.

La puso en marcha con gente como José Luis Leal, hijo de almirante, compañero de estudios del Rey de niños, presidente de la Asociación Española de Banca Privada (AEB) y ministro con Suárez; y con mucha más personas. Con problemas como había y hay para montar una empresa de este tipo, nació antes de la muerte de Franco pero cuando se disparó fue después de su fallecimiento. Pero ya de entrada Juan Tomás impuso un estilo que era completamente nuevo en España, al que creo que colaboré algo en crear.

P.- ¿Influyeron mucho sus viajes por Europa a la hora de idear y poner en marcha la publicación?

R.- Él trabajó en France Press una temporada y se exilió en Colombia. Le sacó el embajador del país en Madrid cuando Franco le quiso meter en la cárcel porque pertenecía al grupo político Frente de Liberación Popular (FLP), que era del que formaba parte yo, por eso lo conocía. Pero no lo hice en España, aunque curiosamente estábamos en la misma organización, muy de izquierdas.

Su salida se produjo a instancias de un periódico que se llamaba, creo que sigue haciéndolo, El Tiempo, propiedad de la familia Santos. Qué casualidad, el presidente de la República de Colombia en la actualidad se llama Santos. Es el hijo del responsable de sacar a Juan Salas, que viajó directamente a Colombia para trabajar en ese periódico. Juan tenía la carrera ya terminada de abogado, pero se dedicó desde ese momento al periodismo.

P.- ¿Cómo fueron esos primeros pasos de una forma rudimentaria en el piso de Salas en Madrid?

R.- Vivía entonces cerca del Hospital del Niño Jesús, en el barrio de La Estrella. Cuando lo montó empecé a trabajar con él, poco porque yo nunca he dependido económicamente de Cambio 16, y publiqué en el número cero un artículo. Pero en las previas con la gente que tenía dinero, entre ellos creo que estaba Luis González Seara, que fue ministro y es catedrático de la Universidad Complutense, no intervine porque no tenía un duro. Estaba haciendo las oposiciones.

Colaboré muchos años en la publicación, escribiendo, por ejemplo cuando estuve en Chile, varios artículos incendiarios sobre el golpe de estado de Pinochet.

P.- ¿Cómo fue su labor personal en Cambio 16?

R.- Hice colaboraciones semanales, unas tiras y algún reportaje. Todo ello a mi estilo y opinión, porque era ya estadístico y hacía trabajos de dicha área que eran un rompedero de cabeza. Estoy hablando antes de que falleciera el difunto. Tras su muerte seguí colaborando pero ya no te metías en líos.

P.- ¿Revolucionó el periodismo el lenguaje que empleaba Juan Tomás de Salas?

R.- El lenguaje y el estilo muy moderno era copyright de este señor.

P.- ¿Lo considera un visionario?

R.- Lo era en general para muchas cosas.

P.- En esta primera época que comenzó como semanario de información económica ¿se vislumbraba que iba a acabar centrado en política?

R.- La intención era esa. Él creía que Franco se iba a morir, el resto de los españoles pensábamos que era inmortal.

P.- La segunda época se inició cuando le permitieron publicar contenidos políticos, tras la muerte del presidente del Gobierno, Carrero Blanco, y el consiguiente cambio de Gobierno. ¿Ese fue el paso definitivo al éxito que alcanzó, con tiradas de hasta 340.000 ejemplares semanales?

R.- Sí parece. Los datos son concluyentes. Tuvo mucha influencia Cambio 16 en la creación de un ambiente. No era una revista partidaria, ni socialdemócrata ni de otra ideología.

P.- Durante la tercera época, alrededor del bienio 1976-1977, se convirtió en un semanario de información general. ¿Ese cambio se produjo por la llegada de los periódicos, que ofrecieron un producto que podría asemejarse con el de las revistas?

R.- Ahí es cuando Juan Tomás de Salas se quedó atrás porque tenía que haber liderado la creación de un periódico como El País. Pero se le adelantaron gente que tenía menos experiencia que él.

P.- ¿No supuso la última modificación de Cambio 16 una huida hacia delante, porque se centraron en aspectos diferentes como elementos más sociales de la política?

R.- Eso no lo percibí en ese momento. El gran fracaso fue el no haberse convertido en periódico a tiempo. Con Diario 16 ya se le habían comido el espacio.

P.- ¿Pudo influir en su declive que se estaban consiguiendo determinadas reivindicaciones que defendía Cambio 16?

R.- Yo creo que no. La sociedad siguió demandando información en forma de periódico diario. El problema fue la no transformación, ya que El País mató a todos los semanarios, entre ellos a Cambio 16, que era el más importante, pero también a todos los demás. Sobrevivió Interviú porque ponía a chicas hermosísimas desnudas, que siempre es muy agradable, pero el periodismo político, que sigue siendo el más importante, se lo comió el diario de Prisa y, en la medida que fuera, también los otros periódicos que supieron transformarse o permanecieron por tradición familiar, como es el caso de ABC.

En el momento en el que estamos hablando hay dos periódicos de ámbito nacional, que son El País y El Mundo. El primero es el asesino de Cambio 16 y el segundo el sucesor.

P.- Ahondando en su vida política, ¿cuál fue su labor en las dos primeras elecciones?

R.- Fui en las listas del PSOE en las elecciones generales de 1977 y en 1979 fui concejal de Hacienda y Patrimonio del Ayuntamiento de Madrid, con Tierno Galván. El siguiente paso fue ser presidente de la Comunidad de Madrid.

P.- ¿Cómo eran las campañas políticas de entonces? ¿Mucho más rudimentarias y cercanas con relación a ahora?

R.- Muy rudimentaria pero más auténtica, más de contacto. No había tantos errores de diseño porque el encargado del partido, que era Alfonso Guerra, ya sabía bastante de este asunto. Tenían más autenticidad porque el hecho de llevar a unos jóvenes a los que has pagado dinero para que se pusieran detrás del líder porque ya no tienes jóvenes que poner propios no se llevaba. Entonces eran de verdad.

P.- ¿Cuál fue la manera de afrontar el PSOE los primeros comicios? ¿Estaba ya preparado para ello a pesar de la premura en el tiempo?

R.- Los andaluces, los sevillanos más concretamente, Alfonso Guerra y Felipe González, sabían para qué estaban en el mundo, que era intentar ganar unas elecciones. En las primeras, que era todo improvisado, la idea que tenían era ser el segundo y lo consiguieron. No les interesaba ser el primero.

P.- ¿No era el momento?

R.- Por eso no les interesaba.

P.- Hábleme de la pelea en el socialismo, porque hubo varias vertientes entre el PSOE, su ramificación histórica o los populares, personificados en Tierno Galván.

R.- Ese aspecto lo tenía muy claro Felipe González. Le hice una entrevista para una revista teórica que era Zona Abierta, con el director de la publicación, y ya nos lo dijo sin ningún problema: nosotros vamos a conseguir unificar a todo el socialismo y vamos a ser generosos. En efecto, lo hicieron. En las primeras elecciones desaparecieron prácticamente todas las vertientes, incluido el PSP, que tenía un líder muy potente, y antes habían pactado también con otros, otorgándoles puestos.

Fueron generosos y en muy poco tiempo consiguieron la unidad, menos del PCE, de todos.

P.- ¿Qué rasgos fueron los esenciales en la estrategia de comunicación socialista en las primeras elecciones?

R.- Tenía un mensaje muy claro y todo giraba en torno a él: la juventud del líder. Iba con camisa de cuadros, que no se ha vuelto a poner en su vida, jamás he visto a Felipe González con una prenda así excepto en las fotografías de la propaganda; y el mensaje aglutinaba lo viejo y lo nuevo. Intentaron enganchar al viejo socialismo, anterior a la guerra, de gente como Julián Besteiro, sin hacer distingos, aunque entre él e Indalecio Prieto había una diferencia, y entre éste y Francisco Largo Caballero una diferente.

En resumen, era un batido entre lo nuevo y lo viejo. Y funcionó.

P.- Mi tesis ahonda en los contenidos personales de los candidatos. ¿Cómo vendieron, políticamente hablando, a Felipe González?

R.- Es evidente que la diferencia era el PCE. En dicha formación todos habían estado en la guerra y habían sido por lo menos generales, Carrillo más que eso. Mientras que los principales candidatos socialistas no habían nacido por aquel entonces y eran de familias incluso vinculadas a la Dictadura. Por ejemplo, el padre de Alfonso Guerra era un obrero de la empresa pública militar sevillana La Maestranza de Artillería, propietaria de la plaza de toros, y de izquierdas era lo mínimo. El padre de Felipe González, que era de Izquierda Republicana, había hecho la guerra emboscado, con muy buen criterio, a las órdenes de un noble sevillano que era militar. Es decir, que no habían tenido nada que ver, ni sus padres ni ellos, con la Guerra Civil.

La guerra para nosotros era un referente nada familiar, sino lejano, ideológico, pero no lo teníamos metido en los huesos. El mensaje del momento sacó, a la vez, al PSOE de la guerra y reivindicó algunos pensamientos minoritarios de diversos personajes del partido antes del conflicto, como fueron los de Fernando de los Ríos o de Luís Jiménez de Asúa. Rescataron el pensamiento socialdemócrata de antes de la Guerra y lo pusieron al día, olvidándose de los pujos revolucionarios del año 1934, en el que hay que recordar que el PSOE se levantó en armas contra la República. Lo que pasó aquí, que fue una tragedia enorme, también lo fue para el propio partido político.

P.- ¿Qué importancia tuvieron en estas elecciones los aspectos personales? En la derecha muchos de los candidatos procedían de los aparatos del Régimen, que podrían ser más o menos conocidos, pero en el PSOE eran gente desconocida.

R.- Éramos gente desconocida pero no en nuestro ámbito de influencia. Yo lo era, pero había sido dirigente estudiantil, y puedo poner muchos ejemplos. Todo el mundo había hecho algo durante la Dictadura y además lo había llevado a cabo contra ella, ya fuera un abogado laboralista, un ingeniero de caminos, etc. Éramos profesionales prestigiosos en nuestro ámbito, aspecto del que adolece el partido en la actualidad.

P.- No sé si conoce los espacios publicitarios UCD informa, que se llevaron a cabo en los segundos comicios, los de 1979. ¿Qué opinión le merece? ¿Se lo planteó el PSOE?

R.- Es una idea que está bien. No creo que le hubiera ayudado al PSOE porque esto está bien, como información es decente, pero en este país todavía es el líder el que ocupa todo.

P.- En ese período aparecieron contenidos variados de personalidad sobre Felipe González y muy puntuales sobre Enrique Múgica o Carmen García Blaise. ¿Era la intencionalidad de la formación sólo vender al líder?

R.- No lo sé, pero era un aspecto que tenía claro Alfonso Guerra, el encargado de la estrategia electoral, que el líder era el que vendía. Eso tiene sus problemas porque detrás de él es diferente colocar a Leopoldo Calvo-Sotelo, ingeniero de caminos, que a una persona que no haya finalizado la carrera, caso de José Blanco.

P.- ¿A Suárez le ayudó el hecho de ser personalmente conocido y sus apariciones en publicaciones como Hola?

R.- Sin duda que le ayudó porque era muy mediático. Lo había sido siempre. Había sido director de Televisión Española. Sabía de eso.

P.- Para finalizar con el papel de las cuatro publicaciones que analizo en la tesis, ¿qué opinión le merece el cambio de ABC de un régimen dictatorial, al que apoyaba a grandes rasgos, a una democracia como la concebida en la Transición?

R.- Apoyaban al Régimen ma non troppo fanático. Ellos siempre han sido monárquicos de derechas, muy de derechas, porque también hay monárquicos de izquierdas. Yo soy juancarlista y soy de izquierdas. No es un periódico que haya querido jamás. Ahora está mejor, tiene unos colaboradores excelentes.

P.- ¿Dónde se colocaba El País en ese período?

R.- Era mucho más objetivo antes que ahora. En la actualidad ha tomado la deriva de un periódico de trinchera y así le va, que ha perdido credibilidad.

P.- ¿El éxito de El País pudo venir justificado por el hecho de convertirse, en cierta manera, en el altavoz del centro-izquierda, que en ese momento lo necesitaba?

R.- ¿Si analizas El País de aquella época sacas la conclusión de que es de centro-izquierda? Yo tengo dudas. Es demócrata.

P.- ¿Y cómo fue la relación del rotativo de Prisa con el PSOE en aquellos años?

R.- Con algunos bien y con otros mal. El País, como era el jefe entonces de verdad, no estoy hablando de Jesús de Polanco, sino Juan Luis Cebrián, este gran empresario que ha hundido una empresa importante él solito cobrando trece millones de euros al año, siempre ha sido un poco chulo, en el sentido que se le da a esa palabra en Madrid. Es decir, que pasa de todo, insulta a todo el mundo, etc. Entonces con unos se ha portado mejor que con otros.

Cuando llega el PSOE al gobierno, sé que esta no es la etapa que estás investigando, cogió a cuatro ministros a los que iba a sacudir y los otros eran los buenos. A priori éstos eran los que vamos a defender y éstos los que vamos a sacudir.

P.- Llama la atención que Fraga comenzó siendo accionista de El País.

R.- No, es lógico. Fraga ya había dado el paso, se había puesto en la hipótesis democrática, que era la que sucedió. De tonto tenía muy poco. Era su sitio estar allí. Luego es otro que tomaron como el payaso de las bofetadas, le dieron leña y se salió.

Fraga cometió muchos errores en la vida pero no merecía los palos que le dieron desde que él tenía sus acciones ahí metidas.

P.- ¿Y Triunfo?

R.- Era una revista antigua, ideológica, donde había unos colaboradores muy valiosos como Haro Tecglen, Vázquez Montalbán o Alonso de los Ríos. Eran gente de alta calidad pero no entendieron que una revista era otra cosa.

Coge la colección de Triunfo de antes y después de la muerte de Franco. Tú no verás, antes del fallecimiento, un escote o unas bragas de una muchacha, y después de la defunción ni un desnudo. Y una revista tiene que sacar también eso.

P.- ¿Tenía relación con el PCE?

R.- El PCE era más moderno que Triunfo, que ya es decir.

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(29 de noviembre de 2012 en el Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid)

 

Entrevista a Cristina Almeida Castro

Madrid.- Cristina Almeida Castro (Badajoz, 1944), abogada, ha sido uno de los personajes más relevantes del comunismo de los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición. Su vinculación con esa ideología comenzó en la universidad, a la que entró para cursar Derecho, y en donde tenían un gran protagonismo, entre las juventudes universitarias, dichos prelados ideológicos. A partir de ahí llegó a ocupar una concejalía en el Ayuntamiento de Madrid, siendo expulsada de esas siglas por desavenencias con su líder, Santiago Carrillo.

Desde entonces, participó en la formación de Izquierda Unida (IU), siendo diputada en la cuarta y la sexta legislatura, abandonando la coalición las siglas de Almeida, el Partido Democrático de Nueva Izquierda (PDNI). Su última aventura fue como candidata independiente por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) a la Asamblea de Madrid en la legislatura de 1999 a 2003, descartando pasar a engrosar las filas de dicho partido político.

Su conocimiento de la formación liderada por Carrillo y su ingente labor en las campañas electorales, siendo incluso protagonista de algunos productos periodísticos analizados en la tesis doctoral, la hacen especialmente interesante. Con ella se podrá conocer la estrategia seguida por el Partido Comunista (PCE) y la tarea de dicho partido en los primeros años de la nueva democracia.

Pregunta.- Usted estudió Derecho ¿Cómo inicia su vinculación con el Partido Comunista (PCE)?

Respuesta.- Yo había hecho ciencias porque quería hacer Medicina, rama de Psiquiatría, pero aquí no había la especialidad y tenía que estudiar muchos años, por lo que decidí cambiarme a Derecho. Tuve que pedir permiso y estudié la carrera de 1961 a 1966 en la Facultad de Madrid. Primero entré en Federación Universitaria Democrática Española (FUDE), en segundo de carrera, cuando ya me fui espabilando, luego en el Sindicato Democrático de Estudiantes ya más tarde y en el año 1964 ingresé en el PCE en la Facultad, que era lo que había.

P.- ¿Se fraguaba ya una sociedad crítica?

R.- Por supuesto. En el año 1965 fue cuando detuvieron a José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo o Mariano Aguilar Navarro, una serie de catedráticos que encabezaron una manifestación a favor de la libertad de asociación. A partir de ese momento cayó el Servicio Español Universitario (SEU), se inventaron otra cosa que eran las AP, que no llegaron, y a cambio nosotros creamos el Sindicato Democrático de Estudiantes.

P.- ¿Cómo se veía el periodismo de esos años? Llegó durante ese período la Ley Fraga de Prensa.

R.- Él le llamaba la ley de la libertad de censura, pero aquí la censura era el país, no sólo la prensa, ya que si no hay libertades no las hay ni para las publicaciones ni para nadie. Pero como todos rompíamos lo que podíamos la información, la prensa también lo hacía en muchísimos casos, por ejemplo Cambio 16, Triunfo, Hermano Lobo, Cuadernos para el Diálogo, etc. Eran todo apuestas para lograr la libertad. Creo que todo el mundo que quería ayudar lo hacía en donde fuera y la prensa no fue ni mucho menos ajena. Hubo de todo, pero estaban más por una apertura democrática, de avance. Incluso el ABC porque quería apoyar al Rey y no quedarse fuera, como se había quedado don Juan.

Creo que sí se notaba la misma apertura que logramos conseguir la sociedad, aunque en teoría y en las leyes era imposible, pero todo el mundo ayudaba a romperla, como los jueces con Justicia Democrática. Entonces todos querían apostar por una sociedad democrática. Y en la prensa había la misma discusión, en Cambio 16, en Triunfo, hasta en La Codorniz. En todos se metía una parte de democracia y se perseguía a la prensa. Con Fraga cerraron muchas publicaciones en varias ocasiones, pero todos partíamos de la base de que la censura ya estaba y que las libertades había que conseguirlas poco a poco, mediante entrevistas, leyendo entre líneas o haciendo artículos.

Recuerdo que era una época apasionante de la prensa, que sí nos comunicaba cosas, y sabíamos leer entre líneas. Por eso sacábamos de todos lados lo mejor que había.

P.- ¿Cómo fue su trayectoria en el PCE?

R.- El partido ha sido lo mejor que me ha pasado, no porque sea comunista, si hubiera vivido en la Unión Soviética igual habría estado en la oposición. Estuve en el PCE hasta el año 1981, que me expulsó Santiago Carrillo. Lo hicieron porque mandaban más, no porque tuvieran más razón. La prueba es que a los dos meses le expulsaron a él.

Tras las primeras elecciones municipales estuve gobernando con el PSOE y Tierno Galván, en coalición con el PCE, y fue una etapa estupenda, pero se planteó entonces un problema en el País Vasco, en donde se quería fusionar el Partido Comunista de Euskadi (EPK) con EE. El partido estaba apoyando esa fusión pero al final, con los intransigentes del País Vasco, se negaron y expulsaron a Roberto Lertxundi y a todo el secretariado de allí. Nosotros hicimos un acto en Madrid para informar sobre ello en el Centro de Investigaciones Científicas. Salió un anuncio en El País con todos los cargos públicos que estábamos en ese acto, nos llamó la dirección y nos dieron una carta de expulsión.

Con motivo de dicha decisión ganamos un recurso en el Tribunal Constitucional. Yo no tenía ningún deseo de volver, pero me parecía que no se podía dejar a los ciudadanos porque hubiera convocado o participado en un acto. Si me echaban por choriza todo hubiera estado muy bien, pero como era por una cuestión diferente no. Fue una sentencia clave porque una vez que los partidos te meten te pueden dar poder pero no te dan la democracia. Ésta te la dan los ciudadanos y no puede ser un responsable del partido el que te eche, sino que tendría que ser la ciudadanía.

P.- Pero volvió a la escena política para ayudar a formar IU.

R.- En el año 1986 me llamó de nuevo Gerardo Iglesias, por aquel tiempo secretario general del PCE, y me pidió que viniera a fundar IU. Fui a llevar a cabo esa labor, en la que también estaba el PCE, aunque mantenía que debía disolverse y que sólo quedara IU como partido y no cada uno con una formación. En este caso fue Julio Anguita el que me expulsó de allí.

Nunca he sentido la represión, excepto cuando tenías la obligación de votar. Si por algo prescindieron de mí y no me pusieron en las listas fue porque me negué a votar una proposición del fútbol, que yo sabía que estaba amañada, y dije que no. Por ello nos castigaron para no ir a las próximas elecciones. Querían que fuera en torno al veintiocho, pero le dije que si éramos malos no nos podías poner en las listas y entonces nos fuimos Pablo Castellano, Nicolás Sartorius y yo, que renunciamos.

P.- ¿Y la aventura del Partido Democrático de Nueva Izquierda (PDNI)?

R.- Es complicado hacer un partido si no tienes financiación y decidí, tras la salida de IU, un acuerdo con el PSOE para estar en la Asamblea de Madrid y ser candidata contra Alberto Ruíz-Gallardón en 1999. Cuando salí me ofrecieron pasar al PSOE porque se había decidido que la gente de mi formación lo hiciera, pero dije que no quería pasarme a otro partido.

P.- ¿Qué modelo de partido era el PCE?

R.- Era un modelo de gente afiliada y que daba ideas. Nosotros teníamos más democracia que nunca porque la hacíamos nosotros, entre ellos los que eran abogados. Después vinieron las viejas glorias, el propio Santiago Carrillo, que se inventó la territorialización para que no tuvieran los grupos profesionales poder porque pensaba que por ahí le iba a venir la competencia. Hubo un desmadre cuando nos echaron en el 1981, que también fue un desastre para el partido.

Pero el modelo de partido lo inventábamos nosotros. Cedíamos, quitábamos, criticábamos, etc. La organización era de una solidaridad infinita, de haber pasado lo mejor de mi vida luchando y haciendo cosas en todos los frentes. Siendo más culta, descubriéndome como mujer y teniendo que luchar en el partido, en el que eran todos unos machistas, que fue cuando me di cuenta que las mujeres no teníamos derecho, ni yo que me creía más roja que nadie. Eran experiencias que me han enriquecido en lo político, personal, humano, en relación a mi independencia y en feminismo. Por eso no tengo rencores. Hay otros que cuando no les ponen en una lista ya se vuelven de derecha de toda la vida.

P.- ¿Cómo fue la labor del PCE en los últimos años del Franquismo hasta su legalización?

R.- Estábamos en todos lados. Nosotros lo que queríamos era conseguir la democracia y los abogados, por citar mi ejemplo, poníamos el título. En mi caso defendía a presos políticos y a trabajadores en el Tribunal de Orden Público, en el Consejo o en las detenciones. El partido estaba muy introducido en el Colegio de Abogados, éramos más de cien del PCE.

Cuando había manifestaciones íbamos todos a ellas, apoyando a los obreros en sus reclamaciones. Si era en la facultad haciendo cursos o propagandas, como cuando en 1968, en la de Económicas, vino Raimon a dar un festival; o en el veinte aniversario de la declaración de derechos humanos, en el año 1968, en un acto masivo que se hizo en el Paraninfo de Sevilla y en el que estaba todavía Felipe de Isidoro entre el público. Y no era el principio de la Transición ni nada, que parece que estaba todo el mundo en París haciendo el mayo francés y aquí no salió nadie. Estuvieron los que vivieron exiliados. No es verdad que ninguno de todos estos participaran y menos los de aquí.

Para transformar una sociedad tenías que luchar en todos los frentes. Era una continua intervención mediante charlas, ocupando iglesias o peleando por los matrimonios, el padre Gamo casaba a todos los que querían hacerlo y no por la iglesia. Es decir, ocupaba toda una visión de la sociedad y luchábamos para que eso tuviera un reflejo rápido en la libertad. Combatíamos también por las elecciones, creando CCOO en la clandestinidad, antes de que fueran legalizados durante años.

P.- Llegaron los primeros comicios y no se consiguieron los resultados que se esperaban desde la formación.

R.- Yo no me llevé tal batacazo porque pasar de una Dictadura a votar al PCE era complicado. Todavía estaban muy vinculados a la guerra. Ellos pensaban que iban a tener muchos y sacaron veinte diputados. Cometieron el error de poner de cabeza de lista a todos los que se habían ido de sus sitios al extranjero. Es verdad que era gente sana y trabajadora, pero era para gobernar el país.

En las primeras elecciones era una cuestión de inteligencia de este país. El PCE creo que tenía derecho a esperar más, pero haciendo mejor las cosas. Entonces a mí no me lo pareció, la ilusión mía era ver a Dolores Ibárruri y a todos éstos presidiendo las Cortes con Alberti, de donde ella había salido para el exilio. Era emocionante pero no eran los que iban a dar la visión nueva del Gobierno, por lo tanto creo que el desencanto de entonces fue casi una exigencia de compensación de lo que habías hecho y no se puede hacer las cosas para exigir resarcimiento, sino para ganarte el respeto. Y en ese momento yo creo que lo teníamos, que hubo incluso intentos de no legalizar al PCE, porque incluso el PSOE quería que ellos lo estuvieran antes para poder trabajar más, porque también se temían que se iba a llevar todos los laureles el PCE, que era el que había estado toda la vida aquí luchando.

Me dio pena pero es que ganó la UCD, que no existía hasta tres días antes. Lo hizo porque la gente iba pasito a pasito. Luego tocaba la Constitución. Y cuando ya vino el golpe de Estado de 1981, que yo estaba en el Ayuntamiento de Madrid, es cuando la gente tenía más confianza, pero votó al PSOE porque en ese año el PCE se había cargado a todos los dirigentes más conocidos.

P.- ¿Qué fue lo que más le sorprendió de esos resultados electorales?

R.- Lo que más me impresionó es que Arias Navarro, que se presentó a esas elecciones, no saliera elegido, habiendo sido el que leyó el testamento de Franco. Los votos fueron a la UCD porque Suárez se había opuesto más a estas cosas y legalizó el PCE después del asesinato de Atocha. La gente estaba sensibilizada, pero en muchos sitios todavía existía el miedo, por lo que había los suficientes reparos para no pasar del Franquismo al PCE.

P.-  Por lo tanto influyó que no estuviera la gente joven que había trabajado por instaurar la democracia desde dentro del país.

R.- Ese fue un error de estrategia porque a todos los que habían estado fuera les haces un homenaje o les pones méritos de lo que quieras, pero si lo que tú quieres es tener iniciativa en el país debes contar con la gente que había estado aquí todo el tiempo, que era la que había estado metida en las fábricas, en los colegios de abogados, en todas las luchas y que la sociedad identificaba con un cambio. Si tú te vas al pasado, son personas respetabilísimas, pero yo me acuerdo que Víctor Manuel y yo estábamos en la Comisión Electoral de las primeras elecciones y empezaron a dar nombres y no conocíamos a ninguno, siendo dirigentes del partido. Era la gente que había estado todo el tiempo fuera y eso no me pareció una buena estrategia.

P.- A eso iba, a la planificación comunicativa de la formación. ¿Cómo la afrontó? Porque en resultados parece evidente que se equivocó.

R.- Hubo una estrategia que, frente a la falta de libertad, corrupción y una sociedad libre, nosotros teníamos las cuentas claras, fuera de los bolsillos, con mucha aceptación en las campañas y mucho movimiento. Pero el fondo del voto estaba equivocado porque se relacionaba mucho el pasado con un momento nuevo y eso fue un error de estrategia, en lo que era una forma de querer compensar a la gente del exilio. Para iniciar una actividad de gobierno debía tener una estrategia la gente que había estado en todos los sitios, en las cárceles, luchando por los derechos de la mujer, etc.

El partido tenía gente en todos los sectores, en toda la prensa, en la más progresista y en la más reaccionaria, por ejemplo en Pueblo había profesionales muy válidos, que militaban y ayudaron en todo lo que pudieron haciendo manifiestos, entre otras labores. Es decir, creo que teníamos suficientemente aprecio en tantos sectores que la estrategia debía ser movilizarlos. Pero si les pones a una gente que no vinculas con la lucha cotidiana aquí, con el esfuerzo que se ha hecho en la Dictadura, te encuentras con que les falta esa garra. El resultado fue que se formó un partido casi para las elecciones y otro para trabajar.

P.- Llegó la labor en las Cortes constituyentes. ¿Cómo fue esa legislatura?

R.- Yo no estuve en ellas. En el 1977 fui candidata a las elecciones generales en la circunscripción de Madrid pero no salí finalmente elegida.

Es verdad que las Cortes constituyentes primero fueron el esfuerzo para conseguir una Constitución. Era tal su importancia que el día que fui a votarla pedí un certificado porque me parecía que estaba haciendo historia. Decidimos no empezar a pegarnos otra vez tiros y hubo una confluencia de gente muy diversa para poder llevar adelante la Transición y para hacer una Carta Magna que yo he criticado mucho porque no había ninguna madre de la patria, eran todos padres, no sé como la habrán parido. Supuso un momento muy acelerado, en el que se dijo vamos a trabajar juntos en la Constitución para sacar al país de la cutrería en la que vivíamos.

Iniciamos una etapa que llevó a renuncias también por la izquierda, pero nos parecía que era muy importante. Quizá se fue un poco débil en la exigencia a los otros, en el sentido de la bandera o de un estado laico, muchos aspectos que se podían haber marcado porque entonces tenían más miedo y hubiera sido más posible hacer una sociedad democrática más abierta y no tan mezclada al pasado.

La tensión en el proceso constituyente fue muy grande,  posteriormente también con el golpe de estado, pero eso nos llevó a no querer empezar de nuevo sin marcar una pauta en común para poder ir a las constituyentes. Y a mí me pareció muy importante. Lo digo porque eran tiempos en los que nadie quería volver a vivir lo que había pasado en este país, pero luego no se supo compensar a la gente que había muerto por esa lucha.

P.- Y en los segundos comicios, los de 1979, en los que subieron tres diputados, ¿qué tiene que destacar? En este caso se presentó como el número ocho por la circunscripción de Madrid.

R.- Lo más destacado es que, después de una Constitución, se hicieron unas elecciones, de acuerdo a lo que ponía la Carta Magna.

P.- ¿Hubo cierta renovación en su partido?

R.- Hubo muchas disensiones en el partido. Aunque no nos alcance, se había ido Jorge Semprún o Ignacio Gallego. Había gente antigua que ya estaba peleándose entre ellos y entonces ahí se fueron más. Pero el hecho de que en la Constitución se renunciara a la república, se aceptara la monarquía y se cambiara la bandera, eso creó, entre los militantes antiguos, muchos problemas. Yo estaba menos afectada porque todo lo de la bandera no me ha parecido una cuestión de empeño pero sí que el reconocimiento de la lucha me parecía más importante.

En el 1979 en casi todos los sitios fue otra gente, no lo hizo ni Dolores Ibárruri ni Rafael Alberti ni nadie de esos. Pero en ese año, ya con la Constitución, al abrir los ayuntamientos ya se cambió el giro de la izquierda y entonces era enfrentarte a los de la derecha. Se vio en cómo Felipe González se metía con Adolfo Suárez, porque aún ganó éste. Ya en 1979 hubo más abertura y coincidió que al mes siguiente, que eran las municipales, cambió la estructura del país. Hubo cientos de ayuntamientos de comunistas y de la izquierda, vino el golpe militar que no cuajó y en la siguiente legislatura dejaron a UCD tirada y ganó el PSOE.

Por supuesto que habían hecho una transformación interna en el socialismo mucho mayor que la que había hecho el PCE, que luego la llevó a golpe de expulsión. Ahí hubo más apertura, ganamos en 1979 pero en el 1981 empezó a expulsar Carrillo a todo el mundo y ahí hubo una bajada de haber hecho las cosas mal. Creía que la disidencia tenía que estar siempre fuera y entonces lo que estaba haciendo era un partido de gente callada y cerrada que no le discutiera. Y esa fue su equivocación porque eso fue lo que llevó a perder en la sociedad. Y se lo he dicho, yo que he estado con él hasta dos días antes de morirse.

P.- La tesis versa sobre los contenidos personales, la forma de ser de los candidatos o los rasgos más relevantes de su vida. Vistos los ejemplos, ¿no habría sido mejor por parte del partido presentar más a su gente?

R.- Creo que los que presentaron eran todo buena gente pero eran personas que no habían estado aquí en la lucha por la democracia, sino en el exilio, que también fue importante y una vida muy dura. Entonces es verdad que había gente que tenía respeto. Es más, pienso que entre tanta flaqueza de líderes metes ahora a algunos de aquellos y ganan más que cualquier jovencito emprendedor que haya por allí.

En la primera convocatoria se equivocó la estrategia, mandando a todos aquellos que tenían un peso histórico, aunque había otros que no lo poseían, aún teniendo una vida muy dura. Yo sí que creo que hubo un mayor respeto a los líderes democráticos de entonces, incluso de cualquier partido, que el que había para otra gente.

P.- Me refería a los aspectos más personales: a conocer su vida, a qué se dedicaba por aquel entonces, etc. Un caso de ello fue los UCD informa, elaborados para las elecciones de 1979 por la formación centrista.

R.- Posiblemente esto lo tendrían que hacer porque no eran conocidos. La izquierda no lo era mucho menos, era mucho más que la propia UCD, que trajo una gente que no tenía ni arte ni parte. Yo tenía constancia de personas de UCD pero eran desconocidos. Lo que pasa es que estaba Adolfo Suárez y centró el voto de la derecha por encima del que presentaran.

Los casos que me citas son anuncios pagados y eso no es estrategia, si acaso una de campaña y de dinero. Nosotros no íbamos a hacer un anuncio en El País gastándonos un millón de pesetas para ponernos a nosotros. Lo que sí te digo que aunque fuera supuestamente más conocida la gente que había estado con el Franquismo, en la sociedad lo era mucho más la que había luchado por las cosas.

P.- ¿También de cara al global de la ciudadanía, no sólo en la capital?

R.- Por lo menos en Madrid y en muchos sitios, en los pequeños por otros aspectos. Pero sí creo que aunque parezca que son las personas lo importante también lo es la lucha de la gente. Por tanto, si tú tienes que hacer publicidad no me extraña que se gastasen el dinero en que los conocieran, porque no eran personas que habían estado en la lucha democrática. Habían estado en su sitio, no haciendo mal, pero es como si dices que yo me tengo que presentar por ese.

P.- ¿Cree que ayuda que se conozca a la persona en una campaña electoral?

R.- Las personas son fundamentales. Me parece que eso es esencial y los partidos han hecho que se crean que sólo por las siglas les va a votar todo el mundo. Por eso quieren que el escaño sea de ellos, como si los ciudadanos no representaran nada. Y tú puedes elegirlas, ponerlas, darles poder y estar gobernando.

P.- ¿Cree que los UCD informa les favorecieron a los candidatos de dicha formación?

R.- No creo. Las cosas pagadas obtienen un cierto valor, que tú los tienes que dar a conocer porque no se han dado antes; y tiene un contravalor, que te conozcan, aunque eso no aumenta el sentimiento de la gente ni la empatía.

Eso me parece muy bien pero si tiene que ser pagado había que priorizar los gastos. Lo pudo hacer UCD con ese presupuesto o lo podía haber el PSOE en 1982, que contó con ayuda de Alemania. De nosotros decían que teníamos el oro de Moscú, aunque se lo debieron llevar porque no teníamos el dinero.

Tienes que elegir pero ya te digo que creo que cuando uno hace eso es porque no es conocido y lo tienes que presentar. Y otros pudieron exhibir la candidatura con gente que todo el mundo sabía dónde estaba y lo que había hecho. Es muy distinto estar en la izquierda en un momento de Dictadura que donde estaba Suárez, que fue presidente de Televisión Española. Sabían que tenían que darse a conocer para dejar de confundirse con el Franquismo y nosotros no teníamos ni que disimular porque estaba claro.

P.- Una de sus apariciones más relevantes fue la Tertulia electoral en la que participó junto con el líder de Unión Nacional, Blas Piñar, de cara a los comicios de 1979. ¿Qué recuerdos tiene de ese día y de la portada de ABC con motivo de ello?

R.- Fui porque era cabeza de lista y me tocó ir a un debate por esa posición. Además se creó una tensión porque yo llegué y estaba la silla de mi lado libre. Era la única que lo estaba, todavía no había llegado Blas Piñar y estaba todo el mundo nervioso, pensando en lo que iba a hacer. O yo cuando se sentara a mi lado o él cuando lo hiciera.

Esa foto hizo más por la reconciliación que muchas otras acciones. Lo comentaba el otro día con Luis María Ansón, que no estaba todavía en ABC. Entonces parte de la democracia era dar la tranquilidad a la ciudadanía. Con el diálogo, no con el enfrentamiento. Yo era suficientemente conocida en todos los sitios y engendraba una persona que sabía todo el mundo que era del PCE, que iba a las elecciones, que era abogada, que había defendido a muchas personas en la magistratura, en todas las huelgas y que encima estaba luchando por los derechos de la mujer.

P.- ¿Notó más interés hacia su persona a raíz de su aparición en los medios?

R.- Más que por mediática, esta era una época proclive por la cantidad de acciones que realizábamos, ya que la mayoría de las veces no estábamos en la prensa. Estaba en los juicios que hacía, en magistratura, en las fábricas… Es decir, era una luchadora de la ciudadanía, no una persona mediática. Pero claro, entonces cuando había libertad ya nos llevaban a muchos más sitios. Yo he estado moviéndome en mítines, charlas, institutos y colegios. No mediática de ese momento, sino de lo que realizaba.

Eso hizo mucho. Me conocían pero porque he estado trabajando en los sitios. Me llevaban a un colegio a dar charlas a los jóvenes para hablarles de la igualdad o con los ancianos para contarles cosas. Yo he hecho mucha vida no sólo en las elecciones, en éstas cuando había que elegir yo era también una voz pensante. Y luego he tenido miles de programas, por ejemplo con Hermida. Empecé en La Clave y en muchísimos sitios, que siempre he ido a opinar, no a vender.

P.- Con la perspectiva del tiempo, ¿le repercutió favorablemente aparecer en los medios de comunicación?

R.- A mi sí. Pero no es aparecer en los medios, es que alguno se cree que una es mediática. El opinar en los sitios es una forma de comprometerme con la sociedad. Pero algunos, por ejemplo Ruiz-Gallardón, que he sido tertuliana con él varios años, cuando he estado en la Asamblea y él hablaba siempre el último, en todas ocasiones me soltaba una puya de mediática. Y yo he estado de tertuliana con él en La Ventana de la SER  con José Barrionuevo.

Opinar es distinto que ir a vender no se qué cosa. Yo no he ido nunca a vender nada de mi vida sino a dar opinión democrática. Y a mí eso me ha hecho que siempre me conozcan en todos los sitios y no porque sea una persona que sale en la televisión, sino porque hablo y digo lo que pienso. Eso para todo es bueno y es malo. Pero a mí me da igual porque elijo, no tengo que pedir.

P.- Ya para terminar nos centramos en el papel de la prensa. ¿Qué opinión le merece ABC a partir del fallecimiento del general Franco y del paso a una democracia?

R.- Son cambios relativos. En aquel momento era muy importante facilitar la democracia con un cierto tope. Y a mí me parece que la prensa, en general los medios de comunicación, son muy importantes cuando son capaces de trascribir también el sentimiento de la sociedad. El ABC no lo hizo directamente. Podía hablar de don Juan, como tenía siempre esa contradicción permanente entre él y don Juan Carlos.

Nosotros leíamos entre líneas algunas cosas porque había periodistas que, aun estando en ese medio, escribían así para que te enteraras. No era un hecho fundamental, era un periódico conservador de mucho tiempo, tuvo momentos de más compromiso en toda esa etapa pero representaba lo que representaba, que no era precisamente la democracia. La ayudó cuando supo que era un sentimiento ya colectivo.

P.- ¿Y las Tertulias electorales de ABC? Un producto novedoso, generador de debate en la sociedad.

R.- Hubo muchísimas tertulias en todos los sitios. En la campaña había una participación de todos en todo y la televisión lo reflejaba. Estos foros en otros lugares también se hicieron, como en las cámaras de comercio o universidades, pero en el ABC eran más importantes porque íbamos toda la gente. Luego no opinaban de todos lo mismo. Es decir, sabían a quien tenían que defender y a quien tenían que atacar.

Pero a mí sí que me parece importante que se refleje la opinión pública y la pluralidad de opiniones. Y esto tuvo su importancia aunque el resumen posterior del contenido de los foros tuviera sus más y sus menos. Por eso te digo que no me creo que tenga que ser de izquierdas o no, sino que tenga pluralidad.

En la actualidad, en nuestro país no noto que la haya porque todos los medios son de su padre y de su madre y todos en torno a lo mismo. Hay cada vez más manos y menos información.

P.- ¿Cómo vivió el surgimiento de El País? ¿Hacía falta un medio que actuara de altavoz del centro-izquierda?

R.- Como Cambio 16 o Interviú, que empezó a sacar chicas en pelotas, pero lo que comenzó a haber fue otra línea editorial e informativa que lo mismo te informaba de la chica boom que sobre un asunto de la corrupción. Y en El País necesitábamos una prensa democrática, no vinculada a todos los valores anteriores. Yo creo que incluso La Codorniz cambió de sentido.

Los medios fueron muy importantes, por ejemplo cuando salió El País, del que muchos éramos socios para sacarlo adelante. Ahora me parece un desastre. Hay una manipulación de los medios informativos y una falta de pluralidad informativa que es tremenda.

P.- ¿Qué relación tuvo la cabecera de Prisa con el PCE?

R.- Muchos estábamos y aportamos dinero. El partido en sí no. Pero Carrillo y otra mucha gente tuvieron su papel de líder político, que ahí sí que lo hacía. Poco le llevaban al ABC.

Me parece muy importante El País, no porque fuera de izquierdas, sino porque era moderno y democrático. Para periódico de un partido ya tenía Mundo Obrero. Parecía que la gente necesitaba no tener que leer entre líneas sino hacerlo abiertamente y que hubiera un mundo de opinión en torno a eso, que es lo que creaba la información.

P.- ¿Qué opinión tiene sobre el panorama de las revistas en España en aquellos años?

R.- Hubo un surgir importante. Incluso Triunfo, que estaba ya dentro del Franquismo, pero hacía sus pinitos democráticos; o Cuadernos para el Diálogo, en la que yo trabajé en 1964. Afloró incluso el humor satírico en El Hermano Lobo, como ahora está El Jueves.

El avance fue indudable. Ahora lo han hecho otras, las revistas del corazón. Pero de éstas cada vez hay menos.

P.- ¿El surgimiento de los periódicos en libertad les hizo mucho daño?

R.- Les hizo un daño relativo porque no cubrían todos el mismo espacio. Triunfo era muy importante para leer artículos culturales, no sólo políticos, que el periódico no tenía tanto. Pero ahora lo que lo hace es la desinformación global, aunque entonces la prensa con las revistas se combinaban bastante.

Y los artículos de Cambio 16 sobre montones de asuntos eran muy importantes. Eran revistas que salieron con mayor o menor suerte pero enseguida surgieron grupos editoriales.

P.- ¿Cómo valora la revista con mayor seguimiento en aquellos años: Cambio 16?

R.- Yo la leía todos los días, con José Oneto que era entonces el director. Y es verdad que la gente tenía una ansiedad de información que se fue acomodando. Al principio estábamos a la búsqueda de la democracia y la información política se quería tener y luego se tuvo, a parte, la necesidad de una información cultural.

P.- Y la última publicación del estudio es Triunfo.

R.- Era una revista que generaba confianza para todos. Si queríamos saber de cine íbamos a ella. Todo el mundo la leíamos para tener la orientación de gente en la que confiábamos sobre hechos que no conocíamos, como un teatro determinado o una obra. Buscábamos siempre esas publicaciones a donde teníamos que ir porque medio entre líneas siempre aconsejaba hechos culturales importantes de obras de teatro.

Todas estas revistas nos ayudaban a tener una visión democrática del cine y de todas las cosas. Yo me acuerdo de haberla leído siempre. Creo que el choque no fue tanto con los periódicos sino con la acomodación con la democracia que hicieron dejar de valorarlas. O se le dieron menos importancia. La democracia ha ido perdiendo en unos cuantos años y ahora mismo lo estamos viendo.

P.- ¿Qué relación tenía Triunfo con el PCE?

R.- El PCE estaba en todos los lados, pero no por dinero, sino por militancia. La mayoría de todos, Vázquez Montalbán incluido, eran gente del partido pero que eran periodistas fundamentalmente. Pero no por el poder del dinero, formaban parte por propio mérito del periodista y por la conciencia democrática que tenían aunque militaran en el PCE. Ninguno iba a vender la moto del partido pero todos lo hacían con la de la democracia.

Ese era el interés que tenían estas revistas porque creo que siempre la pluralidad y la libertad informativa es lo mejor para la sociedad. Y lo que llega menos son los monopolios de la información, como están ahora.

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(29 de noviembre de 2012 en la sede de ABA Abogadas)

 

 

Entrevista a Alfonso Osorio García

Madrid.- Hablar de Alfonso Osorio (Santander, 1923) es hacerlo, sin ningún atisbo de duda, de uno de los personajes más relevantes de los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición española. Es imposible comprender la vida política de dicho período sin referirse, de manera mucho más notoria que sucintamente, a este cántabro cofundador del grupo Tácito, vital en el proceso democrático.

Licenciado en Derecho, monárquico convencido, procurador en Cortes por el tercio familiar y consejero del Reino, el cénit de su vida política llegó con su tarea al frente del Ministerio de Presidencia en el primer Ejecutivo tras el fallecimiento de Franco y con la vicepresidencia segunda en el equipo formado por Adolfo Suárez, cuando asumió la máxima responsabilidad gubernamental. Con la libertad política, engrosó las listas de Unión de Centro Democrático (UCD) en un primer momento y las de Coalición Democrática (CD) en los segundos comicios, por las discrepancias con el presidente Suárez y ante el encargo de moderar los posicionamientos de Manuel Fraga.

Osorio constituye para la investigación un testimonio verdaderamente relevante. Con sus palabras se puede conocer los últimos años del Franquismo, los primeros de la democracia y la trayectoria de los partidos conservadores más importantes del período, UCD y CD.

Pregunta.- Una época muy destacada en su trayectoria fue la ingente labor del “Grupo Tácito”, antes de pasar a labores ejecutivas en el Gobierno monárquico. ¿A qué se dedicaba ese conjunto de personas tan influyentes en ese período?

Respuesta.- En los últimos años del Régimen de Franco no estaba en la política activa en ningún cargo de representación, pero había fundado, con Abelardo Algora en la Asociación Nacional de Propagandistas, el Grupo Tácito. Lo formábamos fundamentalmente gente de la asociación y algunos que no lo eran. Estaban Marcelino Oreja, Landelino Lavilla, Íñigo Cavero en la primera parte, aunque luego se apartó, etc. Y publicábamos un artículo semanal en Ya, que luego también se introdujo en todos los periódicos de la cadena de la editorial católica y en los de Colpisa, de manera que tuvo una difusión y una influencia muy grande.

Desde ahí hasta la muerte de Franco, en el primer Gobierno de la Monarquía yo fui ministro de la Presidencia y dejé de intervenir, como es lógico, en el Grupo Tácito, aunque tenía un contacto constante y permanente conmigo. En ese momento hizo un documento muy importante que entregué personalmente al Rey sobre lo que nosotros considerábamos que debía de ser la evolución política de España. Texto que me entregó José Luis Álvarez y que transmití personalmente al Jefe de Estado. Es obvio que  conocía el documento antes de su elaboración.

P.- Falleció el Generalísimo Franco y usted entró a formar parte de los dos primeros Gobiernos del nuevo sistema político, de nuevo en Monarquía, primero con Arias Navarro y después con Adolfo Suárez.

Estuve en el primer Ejecutivo, donde entable una muy buena y gran amistad con Adolfo Suárez. Y luego en el segundo Gobierno, primero de Suárez, fui vicepresidente político. Había dos, uno militar, que primero fue Fernando de Santiago y luego fue Manuel Gutiérrez Mellado, y uno político que fui yo.

En ese segundo período elaboramos la Ley para la Reforma Política sobre un texto inicial que había redactado Torcuato Fernández Miranda, pero existiendo diferencias notabilísimas entre lo que redactó Torcuato y lo que apoyamos definitivamente, puesto que el original contemplaba dos cámaras, una elegida por sufragio universal, el Congreso, y una corporativamente, que sería el Senado, con la particularidad de que ésta última era la decisiva en los casos en los que hubiera discrepancias entre ambas. Ese precepto fue eliminado en la comisión que se formó al efecto y naturalmente optamos por un Senado elegido por sufragio universal directo y secreto y además eliminamos también el principio de que impusiese su criterio sobre el Congreso de los Diputados.

Se celebró la sesión parlamentaria con las Cortes de Franco para que aprobasen la Ley, lo hicieron, la sometimos a referéndum, se aprobó, y ya sobre esa base se habló con los distintos partidos políticos de la oposición llamémosla democrática, caso del PSOE, PCE, etc.

P.- ¿El cambio del vicepresidente militar a qué fue debido?

R.- Fernando de Santiago, que era una gran persona y un caballero, era un hombre del viejo Régimen de la cabeza a los pies. La reforma política la comprendía pero no la acababa de asimilar. Nosotros estábamos avanzando por dos caminos distintos, uno por la transformación política y otro, que lo hacía Enrique Mata como ministro de Sindicatos, por la sindical. Es decir, esta última organización del Régimen de Franco se había ido al garete, sobre todo después de los sucesos de Vitoria, y estaba naciendo, cada vez con más fuerza, CCOO y UGT.

A Fernando de Santiago lanzar la reforma política y la sindical al mismo tiempo le parecía demasiado y entonces le planteó a Suárez que no se podía seguir por ese camino, a lo que el presidente le aseguró que iba a hacerlo. El ministro le dijo que si se iba por ahí él no podía estar en ese Gobierno y presentó la dimisión, Suárez la aceptó y nombró a Manuel Gutiérrez Mellado. De manera que no tuvo nada que ver con el PCE. La legalización vino mucho después, tras haberse aprobado la Ley de la Reforma Política y de haberse celebrado el referéndum.

P.- ¿Hasta qué punto fue cierto el hecho de que usted propusiera una gran parte de los nombres del primer Gobierno de Suárez? Es de sobras conocido que estaba costando componerlo.

R.- Es tan cierto como que estamos aquí. Yo le propuse a Marcelino Oreja, Landelino Lavilla, Enrique de la Mata, Andrés Reguera, Leopoldo Calvo-Sotelo y José Lladó. Eran ya ministros Francisco Lozano y Carlos Pérez Bricio. Al de Trabajo, Álvaro Rengifo, no lo planteé yo, lo hizo directamente el Rey. Después, para ministro secretario general del Movimiento no tenía nombre, lo designó Suárez, y el de Agricultura, que fue Fernando Abril Martorell, lo eligió él mismo porque era muy amigo suyo. De manera que realmente a casi todos los miembros del Gobierno los propuse yo y además los llamé para concertar una entrevista con el presidente.

P.- En las primeras elecciones no fue candidato por ninguna formación, a pesar de ser cercano en aquel tiempo a la UCD. ¿A qué se debió?

R.- En esas elecciones del año 1977 no fui diputado porque el Gobierno tomó la decisión, que apoyé incondicionalmente y hubo muchos miembros que no estaban de acuerdo, de incompatibilizarnos. Habíamos declarado, al iniciarse el curso de ese Ejecutivo, que nos considerábamos legítimos representantes para el cambio y por lo tanto creía, al igual que algunos, que debíamos estar fuera de la lucha política de 1977. Pero el Rey me nombró senador real e incluso pretendió que fuese presidente del Senado por UCD, que había fundado con Suárez, pero dije categóricamente que no porque naturalmente un senador elegido por el Monarca, cuando se iniciaba un proceso democrático, no era lo adecuado.

P.- ¿Cómo fue su labor como senador real? ¿Era más un cargo simbólico que poseedor de gran contenido?

R.- Era una responsabilidad más simbólica. Ahí tuvimos una actividad muy importante que no prosperó por la falta de visión política de Abril Martorell, que no entendía el problema vasco. Todos los senadores, incluso los militares, que eran tres, hicimos una propuesta de solución para la situación en relación con las leyes políticas e históricas del pueblo de esa Comunidad y fue una enmienda que aceptó el PNV. Pero, sin embargo, el ministro lo hizo imposible y tengo que decir que fue una pena.

Luego los senadores reales en conjunto intervinieron en algún asunto pero ya la Constitución estaba prácticamente hecha.

P.- De esta legislatura dos cuestiones: ¿cuál fue su papel personal en la elaboración de la Constitución y por qué no entró en un nuevo Ejecutivo si continuaba el presidente del Gobierno en su cargo?

R.- Con relación al primero de los interrogantes planteados, participé relativamente poco en la Constitución porque en el Senado, como era una cámara de segunda audiencia, teníamos poco que decir.

De la segunda cuestión, la razón fue muy sencilla y clara. Suárez, que pensaba que iba a obtener la mayoría absoluta, yo no lo creí nunca, me dijo que iba a gobernar en centro-izquierda, por lo que tuvimos una conversación muy simpática pero muy clara en la que le dije claramente que yo no era de esa ideología, que no lo había sido en mi vida y que no lo pensaba ser. Él me respondió diciendo que yo era un socialdemócrata, lo que negué claramente y pusimos punto final.

P.- ¿Ese fue su motivo para salir de UCD?

R.- Habíamos tenido ya una discrepancia bastante profunda sobre la forma de ver la organización del Estado. Yo soy santanderino, estaba casado en mi primer matrimonio con una vasca, por lo tanto era vecino de ellos, conocía muy bien su historia y le dije que el problema que teníamos en España era el vasco y el catalán. Y eran los dos que había que resolver en lo que se refería a la territorialidad. Pero Suárez no era muy partidario de solucionarlo. Yo le dije cuarenta veces que había que traer a Josep Tarradellas para que actuase como árbitro en la Transición final y el que le comentó que el Rey tendría que haber ido a Guernica a devolver los conciertos económicos, por cierto con el apoyo del ministro de Hacienda, nunca ese cargo había apoyado eso, pero Marcelino Oreja también era medio vasco.

Pero no hubo forma de convencerle. No entendía ni el problema catalán ni el vasco. Consideraba que había que hacer una organización, que él todavía no llamaba así, pero de café para todos. Y a mí me parecía una estupidez porque, naturalmente, en el momento que hubiera una autonomía generalizada, Andalucía querría tener el mismo nivel que Cataluña, entonces Cataluña querría tener más y entrábamos en una espiral diabólica de la que no saldríamos nunca. Como ha pasado.

Basándonos en el hecho de querer gobernar en centro-izquierda y en el tema de las autonomías, yo me fui alejando poco a poco hasta que me marché, aunque Suárez me nombró consejero presidencial.

P.- ¿Qué motivos hubo para pasar a una formación más conservadora de la que había fundado y apoyado inicialmente?

R.- Quien podía decírmelo, no quiero dar su nombre, me comentó que ya que me había separado de Suárez moderara a Manuel Fraga. Y allá que me fui a hacerlo en CD, junto con José María de Areilza, y a sacarle de las posiciones extremistas que había tomado al principio. Fraga era intelectualmente un hombre de centro aunque temperamentalmente no. Era el gran problema.

Creamos CD, para lo que hice una formación que se llamaba Partido Demócrata Progresista (PDP), que fue una birria, y obtuvimos un resultado peor que el que había cosechado AP. Pero lo cierto es que, las cosas como son, ese principio de partido de centro-derecha poco a poco fue cuajando y en las elecciones de 1982 se dio la vuelta y el electorado de dicha ideología volvió hacia lo que era CD, yéndose UCD por el escotillón. Leopoldo Calvo-Sotelo, que era el presidente del Gobierno, no salió elegido diputado.

P.- Ha hablado del PDP que tuvo que fundar para pasar a formar parte de CD. ¿Qué ideología defendía este partido?

R.- Del PDP mejor no hablar. Era una formación democristiana pero no vinculada a la Iglesia. Era lo que quería ser pero fueron unas siglas que se fundaron casi en vísperas de las elecciones y salí yo, de los demás ninguno. Fue un pequeño desastre.

P.- ¿Por qué se fue de CD, denominado en la actualidad PP?

R.- Estuve una larga temporada, primero se llamaba AP y luego PP, hasta que me aburrí de caciqueos, zancadillas y sapos y me marché allá por el año 1990. A partir de ese momento no quiero saber nada de la política.

P.- En la segunda legislatura, la transcurrida entre 1979 y 1982, ¿se comenzó a ver que la UCD era una coalición de partidos insostenible?

R.- Rodolfo Martín Villa, Suárez y yo queríamos plantear la UCD como un partido de centro-derecha. Me acuerdo que le dijimos al presidente que le había tocado representar en esta gran obra del mundo un papel determinado y era el del centro-derecha. Además debía ser de una tipología que se pudiera desarrollar en Europa. A Felipe González le tocó el centro-izquierda y a Carrillo otra posición.

Pero él empezó a incluir en el partido una serie de gente que venía del llamado partido de Francisco Fernández Ordoñez que verdaderamente eran socialistas de pensamiento y formación, no de militancia. Todos terminaron en el PSOE. Pero como por entonces no tenían oportunidad en el partido que se estaba formando alrededor de Felipe González y del clan de Sevilla, Suárez y Abril Martorell los metieron en UCD.

Una vez se produjeron las elecciones, se empezaron a ver discrepancias muy serias entre el sector derechista y el izquierdista de la formación. Incompatibilidades que se manifestaban en las reuniones del partido o del Gobierno, y que terminó acabando con UCD.

Recuerdo que le escribí una carta a Adolfo Suárez cuando estaba en el partido en la que le decía que como no se diera cuenta de cuál era su electorado le iba a estallar entre las manos. Y le estalló.

P.- ¿UCD fue concebido como un partido para un momento determinado o para perdurar en el tiempo?

R.- Hay dos teorías. Leopoldo Calvo-Sotelo consideraba que UCD era un partido que se pensó ocasionalmente para cumplir una misión. Yo, por el contrario, al igual que Martín Villa, opinaba completamente lo contrario, que debía de ser el germen de lo que después ha sido el PP. Yo estaba pensando en un partido como el popular, Fernández Ordoñez, Calvo-Sotelo y Abril Martorell lo hacían como una solución oportunista para ganar las elecciones. No nos engañemos.

P.- En los comicios de 1979 CD tuvo unos resultados muy malos, alcanzando sólo nueve diputados. ¿A qué se debió?

R.- A que Suárez hizo un quiebro político electoral muy inteligente, hay que reconocerlo. Él se había puesto como meta gobernar en centro-izquierda y quitarle el electorado a González. Cuando se acercaron las elecciones y tuvo las encuestas sobre la mesa, se dio cuenta de que eso no le resultaba rentable y que tenía que quitarle votos a AP, no a los socialistas. Por ello dio un giro.

Suárez era un gran experto en los discursos televisivos, sobre todo porque los preparaba muy bien, y viró hacia la derecha diciendo que la amenaza era el socialismo, que venía la izquierda, los rojos y se llevó medio electorado de AP. Lo hizo muy bien y Fraga, desgraciadamente, muy mal.

P.- ¿CD no supo transmitir su ideología o adaptarse a las nuevas circunstancias?

R.- Areilza y yo lo intentamos pero el electorado de AP no nos entendió y, por otra parte, los votantes de centro-derecha de AP, que había, al ver el cambio de posición de Suárez se fueron con él. Por tanto el partido se rompió en dos, unos se fueron con el presidente y otros se quedaron con el líder de CD.

Me acuerdo que tuvimos una conversación en el despacho de Fraga en la que decía que habíamos perdido y fracasado, y que se iba a ir. Nos dijo a Areilza y a mí que nos quedásemos, a lo que le respondimos que nuestro posible electorado se había ido con Suárez, que el que se había quedado era el tuyo y, por lo tanto, debía continuar.

P.- Mi tesis profundiza sobre los aspectos personales de los candidatos en las dos primeras elecciones. ¿Considera importante conocer esos datos?

R.- Si claro. Por ejemplo en mi caso, yo era un monárquico constitucional que estaba convencido de que la monarquía era el régimen ideal para España. En mi primera fase universitaria estaba en unas posiciones bastante contrarias al Régimen y fui evolucionando poco a poco porque llegué a la conclusión, con algunos amigos míos, de que o Franco traía la monarquía o no vendría. Y entonces había que jugar dentro del Régimen para poder traerla.

En el momento en el que falleció el Caudillo volví a mis puntos de origen. Pero eso le ha pasado a mucha gente también, a personas que colaboraron con el orden establecido entonces y lo hicieron porque creían que no había otra solución, ya que opinaban que derribar a Franco enseguida era imposible. Y, sin embargo, había otros ciudadanos que pensaban muy seriamente que el Sistema podía continuar in eternum, aunque esos fueron barridos por la evolución democrática y, aunque se presentaron a las elecciones, en una primera fase sí salieron elegidos algunos, pocos, y luego ya desaparecieron.

Hubo además otros, por ejemplo, desde el campo de falangismo. Martín Villa era un evolutivo típico, pero jugando desde dentro de las estructuras del Régimen, y Suárez no era un falangista común, le gustaba la política, quería hacer carrera y la hizo en su juventud dentro de lo que había, pero no consideraba que aquello fuese definitivo.

P.- También existían los que consideraban que no se podía participar en el Sistema.

R.- Ha habido otros, muy amigos míos, que pensaban que no se podía colaborar bajo ningún concepto con Franco y mantuvieron siempre una posición contraria, caso de Íñigo Cavero o Fernando Álvarez de Miranda, que bajo ningún concepto aceptaron ninguna cooperación.

Hubo de todo. Lo que pasa es que al final del Régimen, a partir de los años setenta, había una tertulia colectiva. Es muy poco acertada la expresión pero es muy fácil de entender. Hablábamos todos con todos. Los que estábamos en una posición evolutiva, dentro y fuera del Régimen, conversábamos con todo el mundo. Yo recuerdo muchas comidas en las que había gente del PSOE o de la democracia cristiana. Dialogábamos con gran fluidez en Barcelona, yo iba con alguna frecuencia alrededor del círculo de economía de la ciudad condal, que dirigía entonces Carlos Ferrer y Joan Mas Cantí. De manera que había una especie de tertulia colectiva.

P.- ¿No les faltó a ustedes, a los socialistas y a los comunistas presentarse más al electorado, cómo eran, su trayectoria…? Los primeros espadas eran conocidos pero no los que iban detrás, por ejemplo Alfonso Guerra en el PSOE.

R.- O de la vida de los Solana, que eran muy amigos míos.

P.- ¿Y le ayudó a Suárez el conocimiento de su personalidad e, incluso, de su familia? Ésta última tenía mucho protagonismo en la revista Hola.

R.- Lo que pasa es que Suárez era muy amigo del propietario y director de Hola. Y por eso salió bastantes veces cuando fue vicesecretario general del Movimiento o director general de Televisión Española. Le ayudó muchísimo en su carrera.

P.- ¿Cree que en aquellos años la gente demandaba ese tipo de información? Referirse al hecho de conocer mejor a sus dirigentes políticos o a los aspirantes a serlo, como complemento a la especificación del programa.

R.- Yo creo que poco. Hubo una serie, que yo no me acuerdo quien la publicó, que se llamaba Políticos para el futuro, en la que aparecieron muchísimos personajes, entre ellos yo. Eran unas revistas que se vendían en los quioscos, las realizó creo que Joaquín Bardavío y se publicaba todas las semanas, pero creo que fue un desastre, que no se vendió o lo hizo poco. Recuerdo que estaba Manuel Fraga, Federico Silva, Felipe González, Alfonso Guerra no lo recuerdo, José Miguel Ortí Bordás, Rodolfo Martín Villa, Federico de Carvajal, los Solana creo que no salieron, o Rovira Tarazona, que fue luego ministro con Adolfo Suárez.

P.- Del triunvirato de CD, Fraga, Areilza y usted, ¿considera que eran los tres perfectamente conocidos para el electorado?

R.- Fraga era suficientemente conocido, había sido ministro y embajador en Londres; Areilza también lo era, había sido embajador en Washington, Buenos Aires y París, y luego había sido jefe de la secretaría de don Juan; y con respecto a mí más o menos, pero no mucho. Yo realmente, en esa primera época, salvo el tiempo que fui subsecretario de Comercio o presidente de Renfe, no había ostentado cargos públicos. Primero había hecho las oposiciones a abogado del Estado, luego me había dedicado al mundo empresarial y estaba en el mundo del petróleo, en Petromed. Por lo tanto era conocido, pero el menos de los tres, aunque, por otra parte, también era el más joven.

P.- En las elecciones de 1979 se publicaron unos anuncios bajo la denominación de UCD informa, que eran unas entrevistas a candidatos políticos con alto contenido personal. ¿Cree que les ayudó en estos comicios en los que se partía, incluso al principio de la campaña y según algunas encuestas, en un empate técnico con el PSOE?

R.- Creo que sí les ayudó aunque considero sinceramente que lo que más lo hizo, a unos y otros, lo que fue decisivo en las elecciones, tanto de 1977 como las de 1979, fue la televisión. Es decir, su uso como arma electoral. En primer lugar no había habido elecciones en España en mucho tiempo pero el descubrimiento de la televisión en la campaña fue verdaderamente trascendental.

P.- En ese sentido había mucha polémica con el reparto de espacios publicitarios y su ubicación en la primera o la segunda cadena.

R.- Lo que pasa es que algunos los utilizaban muy bien, Suárez lo hacía maravillosamente bien, y otros la empleaban muy mal, Fraga lo hacía fatal. Porque Suárez lo hacía a conciencia de cómo tenía que ser su intervención televisiva, se aprendía el discurso, si podía lo repetía hasta que saliese bien; y Fraga con su potencia creía que no tenía que preparar nada, que iba a salir todo muy bien, y no se daba cuenta de que la televisión era un arma potentísima en aquel instante. Ahora ha perdido mucha relevancia, pero entonces era importantísima.

De los otros líderes principales, Felipe González cuidaba muy bien ese medio y Santiago Carrillo también.

P.- ¿Y por qué, con lo bien que aparecía en televisión el presidente Suárez, no aceptó ningún debate en televisión?

R.- Porque nos tenía miedo por una razón sencilla: era capaz de estudiarse, prepararse y elaborar un discurso que luego lo interpretaba muy bien pero tenía un gran temor a la confrontación directa con otro personaje. Es decir, a Suárez le costaba improvisar y a González no. Entonces él sabía que estaba en inferioridad en el caso de que se produjese un debate y por eso no lo aceptó nunca. Le comprendo perfectamente.

P.- Que UCD hiciera estos productos anteriormente citados ¿a qué se debe? Mayor cantidad de recursos económicos, una visión diferente de la contienda electoral…

R.- Yo no le doy demasiada importancia a ello. Tanto es así que el presupuesto de UCD en 1977 y el de CD en 1979, que son los casos que viví, se gastaba absurdamente. Creo que casi todos los partidos derrocharon el presupuesto de una manera digamos que estúpida. Para aquella España de 1977 y 1979 existía una especie de mirada embobecida hacia lo que eran las campañas electorales de Estados Unidos, como los carteles o las grandes concentraciones, no dándose cuenta de que allí eso es una parte muy pequeña. Allí el candidato va a buscar el voto persona a persona y en la calle, aquí no se ha hecho nunca y sigue sin hacerse prácticamente.

En cartelería se gastaban cifras absolutamente increíbles. Hasta el punto de decir que como puede usted tirar tanto dinero en una estupidez tan grande como los carteles de las grandes avenidas de las ciudades, en las que se peleaban unos y otros. En el tramo de la Castellana aparecía UCD y en el siguiente el PSOE. Pero si la gente desde el coche no los miraba, si les importaba un pito.

Las cuñas en la radio tenían más eficacia. Eran caras y, efectivamente, los partidos políticos estaban en función del presupuesto. Algunos tenían uno muy amplio y otros uno más pequeño. Pero luego los mítines electorales, por ejemplo, o las intervenciones en la televisión pública valían muy poco dinero.

P.- Un ejemplo similar es el único caso encontrado de su formación, en la que se entrevistaba a Ramón País sobre aspectos meramente informativos y que apareció en El País. ¿Por qué sólo un caso y no a uno de los tres principales personajes?

R.- Probablemente saldríamos todos. Pero no lo leía nadie.

P.- Durante la investigación de mi tesis, tomando como fuente los medios ABC, El País, Cambio 16 y Triunfo, fue el único caso encontrado.

R.- Habrá más, seguro.

P.- Después de la recopilación hecha en toda la investigación se vislumbra que únicamente Fraga, de los tres principales líderes de su partido, aparecía en los medios para detallar aspectos personales. ¿No quisieron aparecer o no lo consideraron oportuno los medios de comunicación?

R.- La personalidad de Fraga era tan particular que naturalmente quitaba de en medio a todo el mundo. Eso es así.

P.- Otro caso de personalidad fue el artículo publicado en Cambio 16 para profundizar en la incorporación de la mujer a la política, en la que la representante de CD fue Marta Pastor.

R.- La verdad, con toda la sinceridad, no me acuerdo de ella.

P.- Para concluir, ¿qué podría decir del papel de la prensa en aquellos años de la Transición española?

R.- Muy importante. Desde el punto de vista de periódicos en su edición de Madrid, a mi juicio y por este orden, el que más influyó fue El País, después Ya, que apoyó mucho a UCD, tras él ABC y Diario 16 el que menos. En Barcelona creo que fue La Vanguardia la que más lo hizo.

Y en las revistas fue Cambio 16 más que ninguna. Y Cuadernos para el Diálogo, que fue el más combativo contra UCD curiosamente, creo que tenía una tirada más bien corta.

P.- Por medios, ¿cómo fue el cambio de ABC de la Dictadura, de la que era relativamente cercano, a la democracia?

R.- Para ABC era un cambio natural por una razón muy sencilla: porque no era el cambio de una dictadura a una democracia, sino que era el cambio de una dictadura a la monarquía. Y naturalmente bajo las alas de la monarquía ABC metió todo.

A parte de eso es evidente que ABC tuvo una época en el Régimen, en la que dirigió el periódico Torcuato Luca de Tena, con Gonzalo Fernández de la Mora de principal colaborador y principal auxiliar porque era íntimo amigo de Torcuato, de defensa de la democracia frente a la Dictadura que nadie se lo cree ahora, teniendo en cuenta que Fernández de la Mora ha sido uno de los representantes más claros de la derecha autoritaria. En aquel período recuerdo que no se podía decir el nombre de Franco delante suyo.

En esa época con Torcuato la posición era muy abierta. La censura le sacudió bastante y ya se apaciguó. En el momento en el que se produjo la muerte de Franco ya cambió y con la Monarquía democrática ellos representaron, como es lógico, la derecha.

P.- Uno de sus productos más destacados en las campañas electorales fueron sus reputadas tertulias.

R.- Eran muy entretenidas porque además había una mezcla muy curiosa de políticos y de folklore. Intervine bastantes veces en este tipo de tertulias pero recuerdo una en la que estaba una paisana mía que se llamaba Mercedes Alonso, que era una actriz muy famosa de la época, muy guapa y simpática, y la alegró mucho. Participaba todo el mundo, aunque creo que el PCE no.

P.- Los comunistas, en las relativas a las elecciones de 1977, no tuvieron a ningún representante, pero en las de 1979 sí (mientras le enseño la portada en la que aparecieron Blas Piñar y Cristina Almeida).

R.- Me acuerdo perfectamente de esta portada como si la estuviese viendo.

P.- Ha hablado de El País como el medio más importante del período. ¿Atendía a la necesidad que tenía el centro-izquierda de tener un rotativo de dichas características?

R.- Lo curioso de El País fue que lo fundó el centro-derecha. Yo estuve a punto de ser accionista y no lo fui porque no estaba en buen momento económico, sino lo hubiese sido y me hubiese hecho riquísimo porque todos los fundadores ganaron muchísimo dinero. Era muy amigo de Pancho Pérez, el socio y amigo de Jesús Polanco, santanderino y cabeza económica del líder de Prisa. Estaban muy interesados en que interviniera.

El director del periódico iba a ser Carlos Mendo, estaba decidido. Y en una de esas salidas particulares de Fraga, teniendo en cuenta que Mendo era íntimo amigo suyo, decidió que no fuese él y sí Juan Luis Cebrián porque había sido director de informativos en TVE en el Régimen y además era hijo de otro íntimo amigo, un falangista muy simpático y muy inteligente, pero tremendo. Y nombró a Cebrián, sin saber que militaba en el otro bando. Luego El País lo hicieron muy bien, lo estudiaron muy bien, analizaron muy bien la prensa internacional y realmente alcanzó en seguida una influencia enorme.

Además Fraga puso como condición para ser ministro con Carlos Arias que saliese El País. Fue un periódico para Fraga que se le escapó de las manos.

P.- ¿Cree que El País se le adelantó a Cambio 16 a la hora de sacar el diario y eso provocó que el éxito fuera a la primera cabecera y no a la segunda?

R.- No lo creo. El País fue un periódico que lo meditaron muy bien, muy estudiado en todas las cuestiones, en las económicas, en su proyección editorial, en el tipo de periódico que había que hacer, etc. Es decir, hay que reconocer que Polanco, Pancho y todos hicieron un trabajo muy bueno. Otra cosa fue la proyección periodística. Pero técnica y económicamente El País estaba muy bien.

Por su parte, Juan Tomás de Salas era muy inteligente desde el punto de vista de proyección periodística pero económicamente no tenía los pies en el suelo.

P.- ¿Qué relevancia tuvieron las revistas?

R.- La que más importancia tuvo fue Cambio 16. Cuadernos para el Diálogo era más elitista y tenía menos tirada e impacto. Era una revista que los políticos la leíamos todos, pero, sin embargo, Cambio 16 la leía todo el mundo, estaba muy bien hecha y tuvo la habilidad de no ser sólo política, sino que también tenía otras secciones que a la gente le interesaban. Y como estaba muy bien hecha tuvo un gran éxito.

P.- Triunfo era una publicación completamente diferente a la otra revista.

R.- Lo leía bastante, aunque no diré que asiduamente. Era una buena revista, más divulgativa. A mí me gustaba pero me parece que no era una revista para la gran masa. Yo no creo que Triunfo tuviese gran éxito en los quioscos. Me da la impresión.

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(Celebrada el 29 de noviembre de 2012 en su domicilio)

Abstract

The arrival of democracy in Spain in 1977 marked the beginning of a new era in our country. Almost forty years of dictatorship were left behind along with the days in which expressing a contrary view to that of the established order was considered to be a dangerous objective -to say the least- due to the consequences it might have brought. There was only one accepted opinion whereas discrepancies were either kept silent, forced to struggle underground -with the hope of sowing a seed that might result in a change in the system one day in the not too distant future- or forced into exile.

The date of 20th November 1975 marked the initial event of a changing process that led to the general free elections almost two years later on 15th June 1977. After the elections, the main tasks of the Spanish political class consisted in providing a supreme legislative framework -embodied in the Constitution passed in the last month of 1978- for the new system of liberties introduced in Spain.

Once the situation was fully protected within a regulatory system recognising the basic fundamental rights of the individual -a utopian aspect not so long ago-, it allowed for democratic life in the country to develop through the normal channels which characterised this type of organisation, in the image of neighbouring states that were more developed in this regard. In view of this, the second general elections of the Transition, held on 1st March 1979, were intended to provide a sense of normalcy to a situation that had not been such in recent times due to the enormous transformations addressed on all levels.

Freedom was already a reality and the first two polls confronted a large number of political parties. Some of them were newly founded whereas others had very extensive experience. All were personified in leaders with diverse lives and backgrounds. The press emerged as the perfect loudspeaker for performing an educational role at the polls, for displaying the parties’ political programmes as well as the personal traits of the candidates, which played a fundamental role in society’s voting choice.

It is precisely these last elements which are analysed in the present doctoral thesis using the press issues dedicated to the election campaigns in two daily newspapers; ABC and El País and in two weekly magazines; Cambio 16 and Triunfo. The four of them provide a good example of written journalism during those years. Furthermore, the investigation is supplemented with interviews with relevant people of the time, from a journalistic and a political viewpoint. The journalistic scope is provided by Manuel Campo Vidal, José Javier Aleixandre, Pilar Urbano and Manuel Vicent; the political scope is provided by Joaquín Leguina, Cristina Almeida, Alfonso Osorio and Rodolfo Martín Villa.

Contents of the research

Covering such a unique period in Spain, in which many of its orders became modified, obliges us to offer a sufficiently wide-ranging theoretical framework that will allow to acquire a deep understanding in several of its main areas, an understanding that is necessary for this type of research. We refer to general history, to the history of journalism and the history of legislation in printed media. We supplement the latter with a specification on the interview genre and the relevance of political communication in periods such as the one under analysis as well as political campaigns. All this will provide a context for a later analysis in which the specific themes of both elections, addressed separately, will serve as an introduction into the study of all the journalistic products worthy of mention due to their outstanding human contribution.

The twofold historical perspective allows to make a detailed description of the situation in which a majority of orders were being substantially modified. From the death of the Generalissimo Francisco Franco until the date of the second call to the ballot boxes for general elections, several events changed the course of the country. Just a few examples are; the coronation of King Juan Carlos (22nd November 1975); the change of the Government Presidency from Carlos Arias Navarro to Adolfo Suárez (3rd July 1976); the approval, not without effort, of the Law of Political Reform (18th November 1977); the beginning of negotiations with the opposition (11th January 1977) leading to the legalisation of the Communist Party in Spain (9th April 1977); the first free general elections in forty years (15th June 1977); the election of a meeting to draft a constitution (1st August 1977) and; the approval of the Magna Carta in Parliament (31st October 1978) and its approval by the Spanish people in a referendum (6th December 1978). During those three years practically no essential aspect remained unchanged regarding the Dictatorship -and the media was no exception to it.

As will be appreciated during the research, the link between the historic events, which have a direct influence on the recognition of rights, and the legislation of the period is the key aspect in the implementation of one journalistic model or another. From the Restoration until that moment, Spain had lived through a certain a number of experiences in supposedly democratic systems such as those mentioned in the late 19th and early 20th centuries, two republics, two dictatorships and a civil armed conflict, right up to the democracy we know today. In this context, the freedom of the press along with the freedom of speech had experienced peaks and lows, which allowed the media to perform their task with more or less difficulties. A number of periodicals were to adapt and modify their product according to the new situation: the ABC newspaper, with its conservative and monarchist tendency, founded on 1st January 1903, which introduced at the time a renovation to the more archaic broadsheet headlines; El País -which must necessarily be considered the newspaper par excellence during the Spanish Transition-, born in the new democratic era from a study which led to a modern media exemplifying the new times, Cambio 16; the most important magazine during the end of the Dictatorship and the beginning of democracy, offering a language and informative style that changed anything known to date and which included the undeniable relevance of Juan Tomás de Salas and; Triunfo, originally a film magazine that eventually evolved into a progressive weekly paper with extensive and popular articles and a strong link to national politics and international information thanks to the work of people such as José Ángel Ezcurra, Enrique Haro Tecglen or Manuel Vázquez Montalbán, as may be appreciated in his own stories.

The different Constitutions are a good example to assess the situation but the specific press laws, within the journalistic field analysed in the present doctoral thesis, are more relevant to this issue. A large variety of laws have been passed since the distant times of the Restoration -an example of which are the Constitutions of 1879 or 1883- but the most relevant pursuant to this study is the law known as Ley Fraga (Fraga Act) of 1966. The Fraga Act superseded the legislation of 1938 developed by Ramón Serrano Súñer in the heat of the Civil War which set stringent control mechanisms such as prior- and a posteriori censorship, the election of the newspaper director and many more.

The 1966 Act introduced a step forward that eliminated the previous censorship and guaranteed the freedom of speech -provided that the Principles of the National Movement remained untouched. The former legislation -which during the early years allowed to penalise many publications due to their non-compliance- was finally abolished by Royal Decree 24/1977, which eventually guaranteed the freedom of speech together with the Constitution of 1978.

The media were thus able to make an unhindered informative approach on the events taking place on a national and international level, to interview all the key players they deemed necessary and to publish the contents they chose, whatever the views held by the successive governments in office. Within this context -set during the first two election campaigns- interviews came to be regarded as an indispensable genre and were therefore published as such or in any other appropriate format for the purpose of obtaining insight into the personalities and private aspects of the candidates, which became a necessary task for setting distinctions between them during these early years. Personal talks or similar contents presented in more general formats allowed citizens to access one of the three basic elements of a candidate’s image, a necessary element towards gaining votes: his personality. The other two are their convictions and communication.

In both calls for elections, the written media positioned themselves as truly relevant elements for the public. In 1977, they generated debates between the different political options thanks to the Electoral Talk Shows (Tertulias electorales) of the ABC newspaper, they took charge of introducing the different contending political options and functioned as a medium in shaping society for the new democracy. Two years later, they were one of the main actors in informing about the creation of political groupings, consolidating the democratic model and starting the fully-fledged political game in view of reaching an agreement and a common ideal which were to be set down in the Moncloa Accords (Pactos de la Moncloa).

From a thematic point of view, there were logically certain differences between both elections. The first elections focussed on assessing the consolidation of democracy, the advisability or not of calling for a Constituent Assembly, the end of the difficult economic situation -being the main issues the deficit, unemployment and nationalisations-, the manifestation of logical viewpoints to achieve the best possible result or the development of the first campaign with the distribution of television advertisements and the participation of the Government President as the main concerns.

In 1979 there was already an exponential growth in the number of subject matters. It was the time for a solidly based legislature with a four-year horizon in which concerns were focussed on the Basque and Catalan territorial issues -besides the economic aspects that still concerned society as well as the normal messages typical of electoral periods. Focus was also centred on ever increasing terrorism, on perfecting and differentiating the new campaign from the previous one, on the integration into the European Economic Community (EEC) and into NATO as well as on several distinct issues such as divorce, abortion and social services.

As for the journalistic aspects, with a focus set on interviews and personality, the tendency of the media generally remained as a permanent element during both calls for elections. The greater presence of interviews published in the written press -dealing with the state of affairs regarding the elections- came by the hand of the ABC newspaper thanks to the Electoral Talk Shows (Tertulias electorales) which contained a great number of such topics, although these were also very often presented in diverse contents provided by this publication. Meanwhile, El País was not as prone to interviews, except for the special issues of 1977; the Electoral Guide (Guía electoral), the Special Edition on Elections (Especial elecciones) or the Sunday edition, which presented a very important report on the Suárez family at the Palace of La Moncloa after their recent transfer there. In practically all of them, with the exception of the latter, contents regarding personal aspects were anecdotal and were most often included in the headers or in the opening paragraphs as well as the occasional answer given to questions specifically concerning those issues. The provided information seldom exceeded a brief reference to their biography or comments regarding aspects such as divorce or abortion, to name a couple of topics.

The main difference between the two elections was the presence of advertisement sections UCD informa (UCD Informer). They contain the most relevant personality interviews included in the research. Written by Javier Aleixandre, they were introduced into both headers, with obvious typographic differences allowing them to adapt to each different case. Their main contents were biographies, marital status, hobbies and professional curricula. In essence, we are dealing with true interviews on personality, presented in a popular format, as well as the most relevant contents of the research. A selection was made of a total of thirteen conversations with several centrist members, though not with President Suárez.

In the case of weekly issues, the creation of different products which were more reflexive in nature and less attached to current affairs led to the proportion of personal contents to increase in comparison to that of newspapers. In Cambio 16 these issues were presented mainly in personal articles dealing with one or several protagonists (for example, Rafael Alberti, Pilar Primo de Rivera or Joaquín Garrigues Walker, among others), analyses of shades (Adolfo Suárez and Felipe González), comparative analyses (Santiago Carrillo and Manuel Fraga) or in a modest number of interviews (Alfonso Guerra and Manuel Fraga were two of such cases). In Triunfo talks were more numerous (examples of which were Enrique Fuentes Quintana, José Aumente or Alejando Rojas Marcos, among others) whereas personal articles were much less common (Federica Montseny or Fernando Sagaseta were two of the three characters available for the research). There were however instances of more generic texts which analysed a specific topic such as the distribution of candidates in Andalusia. No major differences in informational tendencies can be perceived between the first and the second campaign regarding the applied genres.

In this respect, the presence of personal contents was more varied. In some cases there were few of such contents or even none at all whereas others were strongly targeted towards personal issues. The stand-firsts, the opening paragraphs or even large portions within the texts were the main parts containing these aspects. However, no rules applying to all cases may be established. Therefore it is better to address them individually.

Conclusions

A task of such magnitude including diverse areas requires that the conclusions drawn from the work must also be addressed independently in concordance with the mentioned disparity in contents detailed in the present research. The history of Spain, the legislative background in terms of journalism and printing and the specification of journalistic contents pursuant to the political communication exemplified in the analysed texts make up the themes from which specific conclusions will be presented.

Following this order, we find ourselves before a period in history that witnessed the advancements in establishing a State that would guarantee the fundamental rights and liberties that allowed for free elections to be held. The first elections carried the difficulties common to all new processes whereas the second call showed a positive evolution and also increased the topics of discussion. They were the starting point for normalisation on all the Spanish administrative levels and gave rise to the political game in its highest form.

In terms of legislation it has proved to have been the start of the longest and most stable period, in which rights and liberties -including those related to the press- obtained recognition and were applied to their full extent. This situation led to a series of very important events: the establishment of an editorial approach on behalf of the media, the development of information in accordance to their own interests and the impossibility of being prosecuted for expressing opinions which opposed those of the leaders of the country. The latter aspect, analysed in a total of three publications, is not a fact to be overlooked during that period.

Concerning the area of journalism, the different paths and forms taken by the four very divergent publications led to the existence of very different products. Interviews were considerably more prominent in ABC than in El País, and magazines produced minor though not numerous differences and focussed on other types of texts: the so-called personal or generic articles, comparatives or shadows. Personal contents in the press were anecdotal and in the majority of cases did not go further than stand-firsts introducing the protagonists or very concrete aspects such as the already mentioned divorce and abortion. Weekly publications offered a far greater number due to the type of texts and the necessity to provide a different product than that of the daily papers.

Special mention must be made of the UCD informa, which have constituted the most important contents in this study; advertising spaces of the centrist group which provided a medium for introducing and bringing a good number of candidates to the open, especially in certain cases.

Concerning political communication, a set of seemingly parallel strategies may be observed, albeit with different nuances. In all cases, the person they were most interested in introducing was the main candidate. Regarding the remaining protagonists, only the special particularity of the protagonist himself, as was the case of Joaquín Garrigues Walker, or his special situation managed to create a similar case. In the case of the communists, this happened in 1977 with Rafael Alberti and La Pasionaria representing a divergence in tactics in which they both shared prominence with the leader. As for the winning party, the UCD informa may be seen as a unique project carried out by the party in order to win the elections or also to silence the leaders’ lust for prominence in a rather heterogeneous group.

Resumen

La llegada de la democracia a España en 1977 supuso el comienzo de un tiempo nuevo en nuestro país. Atrás habían quedado los casi cuarenta años de Dictadura y los días en los que manifestar un parecer contrario al orden establecido se antojaba como un objetivo cuanto menos peligroso, por las consecuencias que podría deparar. Sólo había una opinión aceptada y las discrepantes permanecían o silenciadas, o trabajando en la clandestinidad para sembrar una semilla que provocara el cambio de modelo en un futuro más o menos próximo, o exiliadas.

El 20 de noviembre de 1975 fue la efeméride inicial de un proceso de cambios que provocaron la celebración de unas elecciones generales y libres casi dos años después, el 15 de junio de 1977. Tras ella, las principales ocupaciones de la clase política española pasaron por dotar de un marco legislativo supremo, a través de la Constitución aprobada en el último mes de 1978, al nuevo régimen de libertades implantado en España.

Con la coyuntura totalmente amparada en un sistema normativo que reconocía los derechos fundamentales básicos de la persona, aspecto utópico poco tiempo atrás, se permitía que la vida en democracia del país se desarrollara por los cauces normales de una organización de dicha tipología, a imagen y semejanza de los estados de nuestro entorno más desarrollados en ese sentido. Ante ese hecho, las segundas elecciones generales de la Transición, el 1 de marzo de 1979, pretendieron dotar de normalidad una situación que no lo había sido en los últimos tiempos, por las ingentes transformaciones afrontadas a todos los niveles.

La libertad era ya una realidad y en los dos primeros comicios se enfrentaron un buen número de partidos políticos, unos de nueva creación y otros con una trayectoria muy extensa, personificados en unos líderes con vidas y biografías diversas. La prensa se erigió como el altavoz perfecto para ejercer una labor pedagógica de los comicios, mostrar los programas de las formaciones y los elementos personales de los aspirantes, que jugaban un papel fundamental para la decisión del voto por parte de la sociedad.

Son precisamente éstos últimos elementos los analizados en la presente tesis doctoral, mediante los ejemplares de las campañas electorales en dos periódicos diarios, ABC y El País, y en dos revistas semanales, Cambio 16 Triunfo. Los cuatro constituyen un buen ejemplo del panorama periodístico, en su perspectiva escrita, que se vivía en aquellos años. Junto a ello, la investigación se complementa con la entrevista a diversos personajes relevantes del período desde el prisma periodístico y político. Del primero, Manuel Campo Vidal, José Javier Aleixandre, Pilar Urbano y Manuel Vicent son sus exponentes; mientras que del segundo los protagonistas fueron Joaquín Leguina, Cristina Almeida, Alfonso Osorio y Rodolfo Martín Villa.

Contenido de la investigación

El hecho de abordar un período temporal tan singular de España, en la que múltiples órdenes fueron modificados, obliga a exponer un marco teórico lo suficientemente amplio que permita tener un conocimiento cuanto menos notorio en varias de las áreas principales que un estudio de esta tipología requiere. Nos referimos a la historia general, la del periodismo y la de la legislación en prensa, para complementarlos con una especificación del género de la entrevista y de la relevancia de la comunicación política en períodos como los abordados, las campañas electorales. Todo ello servirá como contextualización a un análisis posterior en la que la especificación temática de las dos elecciones, abordadas por separado, servirán de antesala para el estudio de todos los productos periodísticos dignos de mención por su evidente componente personal.

La doble perspectiva histórica sirve para detallar una situación en la que gran parte de los órdenes estaban siendo alterados sustancialmente. Desde el fallecimiento del Generalísimo Francisco Franco, hasta la fecha de la segunda llamada a las urnas para unos comicios generales, varios fueron los acontecimientos que cambiaron el camino que transitaba el país. La coronación del Rey don Juan Carlos (22 de noviembre de 1975), el cambio en la presidencia del Gobierno de Carlos Arias Navarro por Adolfo Suárez (3 de julio de 1976), la aprobación, no sin esfuerzo, de la Ley para la Reforma Política (18 de noviembre de 1977), el inicio de las negociaciones con la oposición (11 de enero de 1977), que deparó la legalización del Partido Comunista de España (9 de abril de 1977), las primeras elecciones generales libres en cuarenta años (15 de junio de 1977), la elección de la ponencia para la elaboración de una Constitución (1 de agosto de 1977) y la aprobación de la Carta Magna en el Parlamento (31 de octubre de 1978) y por el pueblo español en referéndum (6 de diciembre de 1978), son sólo algunos de ellos. En esos tres años prácticamente ningún aspecto esencial fue mantenido de igual manera que en la Dictadura, sin ser el panorama periodístico una excepción.

Como se percibirá a lo largo de la investigación, la vinculación entre los acontecimientos históricos, que influyen directamente en el reconocimiento de los derechos, con la legislación del momento, es el aspecto esencial para la implantación de uno u otro modelo periodístico. España, desde la Restauración hasta aquí, ha vivido experiencias particulares en sistemas supuestamente democráticos, como el mencionado de finales del siglo XIX y comienzos del XX, dos repúblicas, dos dictaduras y un enfrentamiento bélico civil, hasta la democracia que conocemos. En ese contexto, la libertad de prensa e imprenta, unida a la de expresión, vivió momentos de mayor o menor apogeo que posibilitaron el desempeño de la tarea de los medios de comunicación seleccionados, con mayores o menores dificultades. En el ABC, rotativo gráfico, de tendencia conservadora y monárquico, nacido el 1 de enero de 1903 y que supuso una renovación en su momento de las cabeceras más arcaicas y de formato sábana; en El País, que debe ser considerado como el diario por excelencia de la Transición española, nacido en el nuevo tiempo democrático, fruto de un estudio que dio como consecuencia un medio moderno y que ejemplificaba el nuevo tiempo; en Cambio 16, la revista más importante del final de la Dictadura y del comienzo de la democracia, con un lenguaje y estilo informativo que variaba lo conocido hasta la fecha, con el indudable protagonismo de Juan Tomás de Salas; y en Triunfo, revista tradicionalmente de cine, que acabó derivando en un semanario progresista con artículos extensos y divulgativos, muy vinculados con la política nacional e información internacional debido a la labor de personajes como José Ángel Ezcurra, Enrique Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán; como se percibirá en sus historias particulares, debieron adaptarse e ir modificando sus productos conforme a la coyuntura del momento.

Las diversas Constituciones son un buen ejemplo para conocer el estado de la cuestión, pero es más relevante, en el campo del periodismo en el que se mueve la presente tesis doctoral, las leyes específicas de prensa. Muy variadas han sido las aprobadas desde los lejanos tiempos de la Restauración, ejemplificadas en la de 1879 o 1883, pero la verdaderamente relevante en el estudio es la conocida como Ley Fraga, del año 1966. Aquella que dejaba atrás el ordenamiento de 1938, elaborado por Ramón Serrano Súñer en plena Guerra Civil, y que establecía fuertes mecanismos de control como la censura previa y a posteriori, y la elección del director, entre otras muchas.

La Ley de 1966 supuso un paso adelante que eliminó la censura previa y garantizaba la libertad de expresión, siempre que no se atentaran contra los Principios del Movimiento Nacional. Ese aspecto, que permitió en los primeros años sancionar a muchas publicaciones por no ser acorde a ello, acabó por ser suprimido por el Real Decreto 24/1977, que acabó por garantizar la libertad de expresión, junto con la Constitución de 1978.

De esta manera, los medios de comunicación pudieron afrontar informativamente los sucesos acaecidos en el panorama nacional e internacional de manera libre, entrevistar a cuantos protagonistas consideraran oportunos y publicar los contenidos que estipulasen, fueran o no acorde a los pensamientos del Gobierno de turno. En ese contexto, concretado en las dos primeras campañas electorales, las entrevistas se antojaban como un género indispensable para publicarlas como tal o en otros formatos, y dar a conocer la personalidad y aspectos íntimos de los candidatos, en esa tarea de diferenciación necesaria en esos primeros años. Las charlas personales, o los contenidos similares en otras más genéricas, permitían a los ciudadanos percibir uno de los tres elementos básicos de la imagen del candidato, tan necesaria para propiciar el voto, como es su personalidad. Los otros dos son las convicciones y la comunicación.

En ambas convocatorias, los medios de comunicación escritos se posicionaron como unos elementos muy relevantes para la ciudadanía. En 1977, como generadores de debate entre las distintas opciones políticas, gracias a las Tertulias electorales del ABC, como los encargados de presentar a las diferentes opciones en liza o como vehículo para formar a la sociedad ante la novel democracia. Dos años más tarde, fueron uno de los principales altavoces para informar de la concentración de formaciones, de la consolidación del modelo democrático y del comienzo del juego político en su plenitud, con el fin del consenso y del espíritu de los Pactos de la Moncloa.

Temáticamente hablando, como es lógico, hubo diferencias entre ambos comicios. Las primeras abogaban por abordar la consolidación de la democracia, la conveniencia o no de conformar unas Cortes constituyentes, la resolución de la difícil situación económica (con el déficit, el paro o las nacionalizaciones como principales preocupaciones), la manifestación de pareceres lógicos para lograr el mejor resultado posible o el desarrollo de la primera campaña, con el reparto de los anuncios televisivos o la participación del presidente del Gobierno como principales preocupaciones.

Ya en 1979, el número de temas aumentó exponencialmente. Llegaba el turno a una legislatura con las bases sólidas y un horizonte de cuatro años, por lo que las preocupaciones se trasladaron, además de a los aspectos económicos que seguían inquietando a la sociedad y a los mensajes propios de los períodos electorales, a los aspectos territoriales vasco y catalán, a la seguridad ciudadana ante el creciente terrorismo, al perfeccionamiento y diferencias de esta nueva campaña electoral con respecto a la anterior, a la integración en la Comunidad Económica Europea (CEE) y en la OTAN, o a diversos aspectos muy concretos, como el divorcio, el aborto o los servicios sociales.

Centrados en aspectos periodísticos, con el punto de mira puesto en la entrevista y en la manifestación de la personalidad, la tendencia de los medios de comunicación se mantuvo, en líneas generales, en ambas llamadas. La mayor presencia de charlas en la prensa escrita, vinculadas a la actualidad de los comicios, se produjo en el ABC, gracias a las Tertulias electorales, que contenían un gran número de ellas, aunque también en los contenidos distintos del propio ejemplar aparecían con cierta frecuencia. Mientras, en El País no eran proclives a ellas, salvo los productos especiales de 1977, la Guía electoral, el Especial elecciones o el dominical, en el que hubo un reportaje muy personal de la vida de la familia Suárez en el Palacio de la Moncloa, tras su reciente traslado. En la práctica totalidad de ellas, salvo en el último caso, los contenidos inherentes a la interioridad fueron anecdóticos, casi siempre presentes en las entradillas o primer párrafo, y en ocasiones en las respuestas a preguntas que se preocupaban de esos elementos. Los datos no pasaban, generalmente, de una breve referencia a su biografía o sus comentarios sobre aspectos como el divorcio o aborto, por citar dos temáticas.

La principal diferencia entre ambas elecciones fue la presencia, en las segundas, de los espacios anunciadores UCD informa. En ellas se contienen las entrevistas de personalidad más relevantes de la investigación. Elaboradas por José Javier Aleixandre, fueron introducidas en las dos cabeceras, con diferencias tipográficas evidentes para adaptarse a cada caso, y la biografía, estado civil, aficiones y currículum profesional eran sus principales contenidos. Estamos hablando, en definitiva, de las verdaderas entrevistas de personalidad, presentadas en formato romanceado, y los contenidos más relevantes de la investigación. En total fueron trece conversaciones con diferentes miembros centristas, no el presidente Suárez.

En los casos semanales, la elaboración de productos diferenciados, menos apegados a la actualidad y más reflexivos, provocaron que los contenidos personales aumentaran porcentualmente con relación a los diarios. En Cambio 16, eran introducidos principalmente mediante artículos personales, con uno o varios protagonistas (por ejemplo Rafael Alberti, Pilar Primo de Rivera o Joaquín Garrigues Walker, entre otros), sombras (Adolfo Suárez y Felipe González), comparativas (Santiago Carrillo y Manuel Fraga) o entrevistas, en un número no muy elevado (Alfonso Guerra o Manuel Fraga fueron dos de los casos); y en Triunfo las charlas eran más numerosas (ejemplificadas en Enrique Fuentes Quintana, José Aumente o Alejando Rojas Marcos, entre otros) y los artículos personales mucho menores (Federica Montseny o Fernando Sagaseta, fueron dos de los tres encontrados), aunque también había casos en los textos genéricos que analizaron una situación concreta, como la distribución de candidatos en Andalucía. No se perciben grandes diferencias entre la tendencia informativa de una y otra campaña, en lo relativo a los géneros empleados.

En estos particulares, la presencia de contenidos personales era más dispar. Desde casos con muy pocos o ninguno, hasta otros eminentemente de dicha morfología. Las entradillas, los primeros párrafos o, incluso, una gran parte del interior de los textos, eran los lugares en donde se encontraban mayoritariamente, sin poder establecer normas que se mantuvieran en todos los casos. Por ello, mejor abordarlos individualmente.

Conclusiones

Una labor de dicha magnitud, con áreas diversas, requiere que las conclusiones que se formulen se aborden también de manera diferenciada, acorde a esa disparidad de contenidos que se han detallado en la presente investigación. La historia de España, la legislativa en materia periodística y de imprenta, la especificación de los contenidos periodísticos encontrados al respecto y los aspectos referentes a la comunicación política ejemplificada en los textos analizados, son las temáticas sobre las que se enunciaran determinadas conclusiones al respecto.

Siguiendo ese orden, nos encontramos ante un período en la historia en el que se produjeron los avances para el establecimiento de un Estado que garantizara los derechos y libertades fundamentales, que permitieron la celebración de unas elecciones libres. Unas primeras con los problemas comunes de un proceso nuevo, pero unas segundas que evolucionaron positivamente, aumentando también los temas de discusión. Fueron el punto de partida para la normalización de todos los niveles administrativos españoles y que daba inicio al juego político en su máxima expresión.

En materia legislativa se ha podido comprobar que se trató del inicio del período más largo y estable en el que los derechos y libertades, entre los que se incluyen los relacionados con la prensa, estaban reconocidos y se aplicaban en su máxima amplitud. Esa situación provocó unos hechos muy importantes: el establecimiento de la línea editorial por parte del medio, la elaboración de las informaciones de acuerdo a sus propios intereses y la imposibilidad ser sancionados por manifestar opiniones contrarias a los de los gobernantes del país. Este último aspecto, en el caso de hasta tres de las publicaciones analizadas, no es un hecho carente de importancia en aquel tiempo.

Referido al área periodística, la diferente trayectoria y morfología de las cuatro publicaciones, todas muy dispares, provocaba la existencia de productos muy desiguales. La entrevista era bastante más notoria en ABC que en El País, y en las revistas se produjeron pequeñas diferencias, pero no cuantiosas, centrándose en otro tipo de textos, los denominados artículos personales o genéricos, las comparativas o las sombras. Los contenidos personales en la prensa diaria eran testimoniales, sin pasar, en la mayoría de los casos, de las entradillas que presentaban los protagonistas o aspectos muy concretos como los ya citados divorcio y aborto; y en la semanal mucho más cuantiosos, por la tipología de sus textos y por la necesidad de ofrecer un producto diferenciado con respecto a los diarios.

Mención aparte merecen los UCD informa, que se han convertido en los contenidos más importantes del estudio. Espacios publicitarios de la formación centrista que sirvieron como contenido para presentar y dar a conocer, más si cabe en algunos casos, a un buen número de candidatos de la formación.

Y con respecto a la comunicación política se vieron estrategias muy parejas, aunque con diferencia de matices. En todos los casos el que más interesaba y el que más querían mostrar era al candidato principal. Del resto de protagonistas, sólo la peculiaridad propia del personaje, como ocurrió con Joaquín Garrigues Walker, o su situación particular pudo provocar un caso similar. En los comunistas ocurrió en 1977 con Rafael Alberti y La Pasionaria, percibiéndose como una disparidad en la táctica empleada, al querer repartir el protagonismo del líder con ellos; y en el partido ganador los UCD informa pueden entenderse como una tarea singular del partido para ganar las elecciones o para acallar las ansias de preponderancia de los dirigentes de una formación ciertamente heterogénea.