Entrevista a Rodolfo Martín Villa

Madrid.- Rodolfo Martín Villa (Santa María del Páramo, 1934) dejó de lado su formación académica de ingeniero Industrial para desempeñar diferentes responsabilidades públicas en multitud de niveles administrativos. En todas ellas destacó por su buena hacer y su diligencia, lo que le llevó a ir asumiendo puestos de mayor responsabilidad con el paso del tiempo y tener que hacer frente a ocupaciones con un notabilísimo peso específico.

Gobernador civil de Barcelona, procurador en Cortes entre la séptima y la décima legislatura,  sus mayores encargos vinieron de la mano de la Transición. Al principio como máximo responsable de la cartera de Relaciones Sindicales y, en un segundo lugar y con la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno, como ministro de Gobernación (lo que hoy se denomina del Interior). Tras un parón en ese tipo de ocupaciones, volvió a la política con la condición de no volver a desempeñar la cartera anterior, de gran dificultad y desgaste, por lo que se encargó de la Administración Territorial, todavía con Suárez, y de la vicepresidencia primera, con Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con la entrevista realizada se conocerá, de primera mano, la ingente labor del Gobierno de Unión de Centro Democrático (UCD), las campañas electorales bajo el prisma del principal encargado de que el desarrollo de las mismas se llevara a cabo de manera legal y satisfactoria, y la opinión de uno de los protagonistas más relevantes de la Transición, como se percibe con el breve repaso a a su biografía.

Pregunta.- ¿Cuándo comenzaron sus labores al frente de un ministerio?

Respuesta.- El día de la muerte de Franco era gobernador civil de Barcelona. En el primer Gobierno de la Monarquía, que se constituyó en los primeros días de diciembre, veinte días después del fallecimiento y presidido por Carlos Arias, que había sido también el presidente del último Gobierno del Generalísimo, fui ministro de Relaciones Sindicales.

P.- ¿Cómo fue ese primer Gobierno? Lo tildaron como demasiado inmovilista.

R.- Ese Gobierno era denominado Arias-Fraga, en el sentido de que algunos de los ministros se debían a la iniciativa del propio presidente del Gobierno y otros a la de Manuel Fraga, que era el vicepresidente segundo y ministro de la Gobernación. El vicepresidente primero era un teniente general del Ejército y el segundo digamos que era el líder político.

Sin embargo, más bien creo que el Gobierno no fue tanto Arias-Fraga como Rey-Arias-Fraga. Pienso y considero que, con los acontecimientos que sucedieron posteriormente y con algunas de las personas que allí estaban o estábamos, los entonces jóvenes reformistas del Franquismo, que andábamos difícilmente cumplidos los cuarenta y que hoy ya nos acercamos peligrosamente a los ochenta, la iniciativa fue más bien del Rey que del propio presidente del Gobierno.

P.- ¿No se produjeron los cambios que se vislumbraban aún antes del fallecimiento de Franco, con el denominado espíritu del doce de febrero?

R.- Fue casi dos años antes de la muerte del Caudillo. Ese tiempo se puede considerar ahora que es un período político corto pero, en aquellos tiempos, los meses eran muy largos. Yo mismo estuve de gobernador en Barcelona entre julio de 1974 y diciembre de 1975, menos de un año y medio, pero un período muy extenso e importante.

Ahí hubo un intento de cambio político que se denominó el Espíritu del 12 de febrero porque coincidió con un discurso que el presidente Arias hizo ante las Cortes. Pero la verdad es que eso no digo que no quedó en nada porque sería ser demasiado severo, pero quedó en poco.

P.- En ese primer período tras la muerte de Franco, hasta el cambio en la presidencia del Gobierno por Adolfo Suárez, ¿cómo era la prensa del momento?

R.- En la prensa, desde el punto de vista formal, se vivía la Ley que Fraga había puesto en marcha en la primavera de 1966 pero, desde el punto de vista de la aplicación práctica de las sanciones, estaba en una situación mucho más abierta. En todo caso, hay que reconocerle a Fraga que la Ley de Prensa fue un avance muy importante. Entre otras cosas se cargó la censura previa.

P.- También varió en el nombramiento del director, que anteriormente necesitaba contar con el beneplácito de la Administración.

R.- Esa era una medida muy importante pero el consumidor de prensa, yo me considero eso aunque era un político en activo, no sé si era sensible a si el director del ABC o La Vanguardia lo nombraba la empresa. Sí lo era a que no hubiera censura previa.

P.- De su segunda labor ministerial, como responsable de Gobernación, lo que hoy en día se conoce como ministro de Interior, ¿qué destacaría hasta las primeras elecciones?

R.- Es un período pequeño en el tiempo, de julio de 1976 a junio de 1977, pero no sólo fue denso sino el más fructífero. No digo de toda la historia de España, que sería de cualquier manera un poco desmesurado, sobre todo discutible dicho por mí, pero fue una etapa muy importante. Donde no había partidos políticos, en julio de 1976, los había en julio de 1977, donde no había pluralismo sindical lo había al final o donde no había cámaras representativas elegidas por sufragio universal las hubo. Y, principalmente, algo que va más allá de la solución estrictamente política, que es la reconciliación nacional.

Al final de ese tiempo sucedió una cosa que yo incido en ella mucho, que es que no hay un solo preso político en las cárceles españolas ni un solo exiliado por razones políticas fuera de España.

P.- Uno de los cambios que se produjo en ese período fue la garantización de la libertad de prensa de manera legislativa. ¿Cómo vio ese cambio como lector asiduo de las publicaciones, ya fueran periódicos o revistas?

R.- Uno de los aspectos clave de la Transición fue la prensa. Primero ya era distinta a partir de 1967, también lo fue en el gobierno de Carlos Arias, aunque desde el punto de vista jurídico-formal no hubiera cambiado, y más en la Transición porque era libre.

P.- ¿Cómo resumiría y qué destacaría de la legislatura constituyente?

R.- Fundamentalmente, después de las elecciones del 15 de junio de 1977 creo que en España había un régimen democrático. No era aún constitucional porque todavía había que esperar un año y medio. Era la labor fundamental, no la única, de las Cortes constituyentes, las elegidas en ese mes. Pero ya era una situación en la que no sólo de hecho, sino de derecho, se respiraban todas las libertades fundamentales. Lo que es la parte dogmática de la Constitución, en cuanto a los derechos y libertades, no es que ya se ejercieran en España, sino que se disfrutaban legalmente porque había un proceso del cual no se habla muchas veces y es que, en esa primavera, ya suscribieron todos los convenios internacionales de esa materia, empezando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Es decir, hubo una labor que fundamentalmente se hizo desde el Ministerio de Asuntos Exteriores que pasó, por ser de política exterior, más desapercibida. Se acordaron esos convenios y, una vez firmados y suscritos por España, formaron parte de la legislación interna, con lo que en el año 1977 todas las libertades no sólo se disfrutaban sino que estaban reconocidas.

P.- Ya ha dado algún retazo,  pero ¿qué valoración hace de la Constitución?

R.- Desde su aprobación han pasado treinta y cuatro años. No nos tenemos que rasgar las vestiduras porque se pretenda reformar. Creo que los aspectos fundamentales, que son la declaración de derechos y deberes fundamentales a los que me refería, el hecho de poder disfrutar de un poder legislativo impecablemente representativo, un gobierno que nace de ese poder legislativo, por tanto democrático y constitucional, y una justicia independiente, resulta indiscutible. Puede que la organización del ejecutivo pueda hacerse de otra forma, las Cortes elegidas de otra manera o la justicia configurarse distinto también, pero lo fundamental no se discute.

P.- Pasamos a UCD, una formación que usted conoce bien. En ese tiempo se puso en marcha dicho partido político. ¿Cómo se concibió?

R.- Era la formación política que lideraba el Gobierno y Adolfo Suárez para presentarse a las primeras elecciones. Es decir, es evidente que nosotros, cuando nos nombran para el primer Ejecutivo que forma Suárez en 1976, no somos un Gobierno democrático, somos uno formado de acuerdo con la legislación vigente en el Régimen de Franco. Tenemos ese resultado que decía antes de las libertades políticas, sindicales o la reconciliación nacional, pero seguimos siendo no democráticos.

A partir de 1977 somos un Gobierno aún no constitucional, pero sí democrático porque hemos ganado las elecciones. ¿Cómo lo hicimos? Con la formación de la UCD y aprovechando, fundamentalmente, el capital político que suponía el patrimonio de aquel Ejecutivo y, en el orden político y personal, el de Suárez.

P.- ¿Quién ideó la formación? ¿Fue consecuencia de las circunstancias?

R.- Es un partido formado desde el Gobierno y por Suárez en el que había personalidades muy importantes a título individual del mundo democristiano, del liberal o del socialdemócrata, no PSOE, pero que fundamentalmente eran los reformistas del Franquismo, los que constituyeron el primer Gobierno de Suárez y los que cumplieron esa etapa que hemos dicho: la primera de la Transición.

P.- ¿Estaba toda la Transición planificada al milímetro?

R.- Hay personas que tratan de darle una pureza y una categoría que tampoco tenía porque aseguraban que fue milimétricamente concebida desde el principio hasta el final. Algunos llegaban a decir que todo el proceso estaba escrito en una servilleta de papel que habían escrito el Rey y Suárez en los años sesenta en un restaurante de Segovia cuando Suárez era gobernador. Eso es no conocer la política, España y a los dos personajes presuntamente escribidores de la servilleta.

En el otro extremo, la Transición era un conjunto de improvisaciones en los que hoy no sabíamos lo que teníamos que hacer mañana. Tampoco es cierto. Es decir, creo que Suárez en particular y el Gobierno de verdad de la Transición, que es el de 1976, sí sabía el punto de partida y el de llegada, que se alcanzó en 1977 con la democracia plena, aún no constitucionalizada.

P.- ¿UCD fue un producto político para un momento determinado o la idea principal era darle visos de continuidad en el tiempo y que fuera lo que hoy es el PP, el principal partido representativo del centro-derecha?

R.- Pudo pasar aquello que decía Adolfo Suárez de que sería un partido de ciento siete años. Esa cifra era una forma de hablar. Sin embargo no fue así. Al final lo que ha resultado de la reciente historia de España es que UCD, más que un partido político, era una empresa política para la Transición. Yo siempre insisto en que en las sociedades siempre hay una causa por las que se disuelven y es el cumplimiento del objeto social. Y, realmente, el desempeño del objeto social de UCD fue la Transición. Culminada ésta, terminó el partido.

Pero, bien es verdad, que es un análisis a posteriori y en función de lo que pasó. A lo mejor si hoy hubiera existido mi contestación habría sido distinta. Pero lo que pasó, pasó.

P.- ¿La importancia que tenía el presidente Suárez en la formación política hacía imposible que continuara sin su presencia?

R.- El tema tampoco es exactamente personal. Tal y como han sucedido las cosas, la explicación es más que era una empresa para la Transición y que, culminada ésta, concluyó UCD. Es evidente que el partido no hubiera sido posible sin Suárez, hubiera sido otro tipo de cosa, pero tampoco hay que ligar el declive de de UCD al de Suárez, o viceversa. No hay que hacer esa relación tan matemática y unívoca.

P.- ¿No era una formación política demasiado heterogénea?

R.- No era un tema de heterogeneidad. Si la historia posterior hubiera sido distinta sabe Dios lo que hubiéramos dicho. Pero como resulta que todas esas familias políticas ideológicas que estaban en UCD, con personalidades muy importantes todas y cada una de ellas, en virtud de los sucesos posteriores se quisieron medir por sí mismas y se vio que la fuerza que tenían era escasa, por no decir nula. Resultaba claro que la UCD también fueron esas personalidades y esas fuerzas políticas. Pero fundamentalmente fue el joven reformismo del Régimen de Franco, no al cien por cien.

Otra cosa es que, desde el punto de vista funcional, resultaba que la UCD cumplía en España, a la muerte de Franco, el papel que la democracia cristiana, al final de la Guerra Mundial, cumplió en Italia o en Alemania. Pero tampoco fuimos un partido democristiano.

P.- Nos centramos en las elecciones. ¿Qué destacaría de las primeras, las del quince de junio de 1977?

R.- Por la izquierda un resultado muy significativo. El partido por antonomasia era el PCE. Es decir, el Franquismo tenía su partido único y el antifranquismo también, que eran los comunistas. Y, sin embargo, cuando se abren las urnas, lo cierto es que la izquierda vota al PSOE, que había tenido claramente un protagonismo mucho menos importante en los años anteriores pero representaba mucho mejor la tradición izquierdista.

En la derecha sucedió algo similar. Por un lado había un grupo en el que existía un liderazgo innegable de Fraga, pero que aparece, lo fuera o no lo fuera, menos reformista en relación con el Sistema que terminaba; y, por el otro, coexistía un grupo que aparecía claramente más reformista, más de libertades clásicas, más para la Constitución de todos, que era la UCD.

P.- ¿Por lo tanto ganó la moderación?

R.- Ganó la moderación tanto en la derecha como en la izquierda.

P.- ¿Por eso ganó UCD o también había que sumarle el bagaje del año anterior en el Ejecutivo?

R.- Todo se le parece como una gota de agua a otra. Es decir, el bagaje del primer año de Suárez como presidente del Gobierno se produce fundamentalmente por la moderación y ganó la mesura. ¿Qué es antes la moderación o el bagaje de Suárez? Normalmente el bagaje de Suárez es la consecuencia.

Una moderación que se ocupaba de salvaguardar determinadas cosas. Por ejemplo, en mi caso el orden público. Es decir, era importante el hacer ver a los españoles que era posible un régimen de libertades salvaguardando el orden, aunque hubiera libertad.

P.- En ese tiempo usted era el responsable de Gobernación y de que los comicios se llevaran a cabo de manera adecuada. ¿Alguna dificultad reseñable en estas primeras elecciones?

R.- Recuerdo lo mal que lo pasé a la hora de dar los resultados. Primero me equivoqué al cien por cien porque en el Ministerio me dijeron que no me preocupara, que teníamos un sistema informático perfecto que funcionaba muy bien con dos grandes ordenadores, uno de la Dirección General de Tráfico (DGT) y otro de Correos y Telecomunicación. Seguramente fuera verdad que el sistema era bueno, pero hicimos el ridículo porque me equivoqué en confiar en algo que objetivamente hablando era cierto, que el ordenador de Correos era buenísimo y capaz de digerir procesos más complicados que las elecciones, pero que no tenía experiencia en tareas como esas, al igual que el de la DGT.

Por otro lado pecamos de un exceso de purismo en el sentido de no querer contratar a nadie fuera de la Administración. Recuerdo aquella noche con horror porque resultó que cuando ya, por la vía de los partidos, incluida la UCD, sabíamos cómo estaban las elecciones, sólo podíamos dar resultados por unos porcentajes ínfimos. Como institución estábamos haciendo el ridículo.

A aquello colaboró también un aspecto. En virtud a una desconfianza en torno al Gobierno que organizaba las elecciones pro domo sua, resultaba que el Ejecutivo no tenía información de las mesas electorales. Así como ahora hay un delegado del Gobierno que toma los datos porque se los dan una vez terminado el escrutinio y lo pasa al sistema informático, que ya hay empresas que lo hacen, antes no. Entonces teníamos que esperar a que nos diera los resultados la Junta Electoral. Estaba presidida, a los niveles territoriales, por los jueces respectivos y recuerdo con espanto, dentro de todo, los resultados de Sevilla. El gobernador ya me los estaba dando, ya los sabía, pero no me llegaban los datos porque el presidente de la Audiencia se había retirado a dormir y hasta que no volvió a las diez de la mañana no pudimos darlos.

P.- ¿Se solventaron esos problemas en la segunda llamada a las urnas?

R.- Sí. Ya dije que metí la pata hace dos años y que no lo iba a volver a hacer. Por lo tanto, no lo hizo ni el ordenador de la DGT ni el de Correos. Lo hizo una empresa especializada. En aquel entonces, también por un exceso de purismo quizá, pero resultó muy bien, concertamos con una empresa de informática pública, que dependía del Instituto Nacional de Industria, y eso fue un avance.

Además, ya se permitió, porque los partidos, con independencia de la desconfianza respecto al Gobierno ya se dieron cuenta de que no podían exigir información si no la daban, que hubiera un delegado que iba a las mesas. Y, por último, que elección tras elección vas teniendo una base de datos que te aproxima mucho más. En aquel entonces te podías creer que el PCE iba a barrer en Palencia, cosa que hoy a nadie se le ocurre que pueda suceder.

P.- Y en los comicios de 1979 se obtienen unos resultados muy parejos con respecto a la anterior convocatoria.

R.- Lo más destacado es que desapareció el partido socialdemócrata de Tierno Galván, que se integró en el PSOE, y que UCD adjuntó algunas personalidades del mundo democristiano. Pero prácticamente la presencia es la misma y se sacaron los mismos resultados.

P.- ¿Por qué cree que se produjeron? No hubo, en la anterior legislatura, la verdadera confrontación política que se verá a partir de marzo de 1979.

R.- La hubo pero, fundamentalmente, la gran tarea de ese año largo fue la Constitución. Por lo tanto, creo que lo que tuvo el mayor valor fue el consenso constitucional.

P.- ¿Cómo encaró, comunicativamente hablando, el partido del que formaba parte la estrategia en las campañas electorales?

R.- No es una respuesta que pueda darle porque comprenda que, en ese tiempo, era el ministro de la Gobernación y bastante tenía ya entre manos para ocuparme también de la comunicación. Son acciones que correspondieron más al grupo de personas de la cercanía de Suárez en las que, por supuesto, el presidente era un activo muy importante. Además era muy adecuado para la comunicación, por lo tanto es lógico que se le diera mucha relevancia.

P.- Poniendo el foco en la personalidad, objeto central de la presente tesis doctoral, ¿qué importancia cree que posee que el electorado conozca esos aspectos de los candidatos políticos que se presentan a las elecciones?

R.- Creo que en general, no sólo en las primeras elecciones, en virtud de que tenemos para el Congreso un sistema que es proporcional, de listas cerradas y bloqueadas, creo que al que se está juzgando es al partido, más que al candidato. Sobre todo en aquellos momentos en los que buena parte de ellos eran absolutamente desconocidos. Ahora, para bien o para mal, son más conocidos.

Por un lado el sistema de listas cerradas y bloqueadas para el Congreso y, por el otro, el hecho de que, por aquel entonces, los políticos eran nuevos y poco conocidos, provocaba que lo que importaba no eran los candidatos, era el cabeza de cartel. El número uno.

Yo en alguna ocasión he insistido que aquí estamos en un régimen monárquico pero que, cada cuatro años, elegimos una especie de presidente de la república. Todos los partidos dicen que tal persona es candidato a la presidencia del Gobierno. Eso, desde el punto de vista jurídico-formal, no es verdad. Suárez y González eran el número uno de sus respectivos partidos por la circunscripción de Madrid. Pero, sin embargo, la costumbre política, lo que se enseña y los carteles políticos que circulaban en provincias eran del candidato número uno.

P.- ¿Eso puede justificar que, en prácticamente todas las formaciones, sea el líder el que monopolice esos contenidos?

R.- Sí. Sobre todo eso fue mucho más notorio en las primeras elecciones. En la actualidad tampoco se lo puedo decir con mucho conocimiento de causa porque ya llevo mucho tiempo no participando, pero comprendo que ahora puede tener alguna importancia el candidato local o provincial. Pero en las provincias hay mejor o peor resultado si en el conjunto nacional hay mejor o peor resultado.

P.- En un caso muy concreto y al hilo de lo que dice, ¿cree que el PCE se equivocó al presentar en las primeras elecciones a la vieja guardia, en lugar de los jóvenes que habían llevado a cabo la oposición dentro de las fronteras del país?

R.- Aquí el Franquismo era un sistema de monopartido, pero el antifranquismo también era, en términos reales, un monopartido. Y el partido por antonomasia en aquel entonces era el PCE. Eso servía para estar en la clandestinidad pero, cuando se llegó a la vida política libre, el PCE tenía la fuerza que tuvo antaño. El 18 de julio de 1936 apenas poseía diputados en el Congreso.

P.- ¿Considera que la sociedad demandaba esos contenidos personales relacionados con los principales líderes políticos?

R.- No sé si la sociedad lo demandaba pero el resultado fue ese, que fundamentalmente se votaba a los líderes.

P.- En otras entrevistas me han indicado que las apariciones del presidente Suárez con su familia en la revista Hola, como contenido de personalidad, le fue de gran ayuda para el conocimiento de su persona y de sus rasgos propios.

R.- Si influían mucho sus fotos en el Hola con su familia no lo sé. El que sí influía era él y el resto de los candidatos números uno. Algunos, sobre todo en esa constitución de UCD, que había líderes importantes de las distintas ideologías políticas, llegaron a creer que si tenían éxito era porque en una u otra provincia barría la democracia cristiana, el liberalismo o la socialdemocracia. En absoluto. Se demostró luego que quien barría o no era la UCD y, a título personal, Adolfo Suárez.

P.- ¿Los candidatos de UCD eran suficientemente conocidos en las elecciones?

R.- En las primeras no. Pero ni los de UCD, ni los del PSOE, ni los del PCE.

P.- Le enseño unos casos que llevó a cabo su formación en las segundas elecciones. Bajo la denominación de UCD informa realizó unas entrevistas de personalidad a diferentes candidatos. ¿Lo recuerda?

R.- Debo decirle con sinceridad que estas cosas las seguía muy poco. Comprenda que cada uno teníamos nuestros problemas. Fíjese que en las primeras elecciones no es que hubiera que montar la democracia, había que ensamblar el aparato de la democracia. Ahora todo eso de las urnas y de las papeletas ya está hecho. Pero montar por primera vez y preguntarse cómo se hacía lo de las papeletas y el secreto del voto era complejo. Todo eso que ahora forma parte de la ordinaria administración política había que montarlo y fue un problema.

P.- ¿En los UCD informa usted no participó por sus responsabilidades gubernamentales?

R.- A parte de que la responsabilidad era de UCD, tampoco quiero presumir de que no quería poner mis pecados a las manos del partido, sino que con hacerlo en el Gobierno ya tenía jornada para veinticuatro, cuarenta y ocho, y hasta setenta y dos horas.

P.- Hablando de las segundas elecciones, los casos no centrados en el principal líder centrista que abordaban la personalidad fueron un artículo sobre los candidatos en Guipúzcoa, en el que aparecía Marcelino Oreja; uno sobre mujeres aspirantes en las elecciones, con la representación de Carmela García Moreno; y un tercer producto basado en Joaquín Garrigues Walker. Es decir, casos puntualísimos y muy justificados.

R.- En el primer caso lo publicaron las revistas nacionales porque podía tener interés en que dos personalidades como ellas se presentaran en el País Vasco. UCD no había tenido candidato en Guipúzcoa en 1977. Lo de Marcelino no dejaba de ser un atrevimiento que se presentara allí.

Eran casos muy puntuales, de consumo nacional y de sectores muy determinados. Quizá una cosa tan singular como lo de Marcelino en Guipúzcoa no pasó desapercibido, vaya por delante, pero el resultado dependía del candidato número uno.

P.- El único caso meramente personal, el de Garrigues Walker, ¿estaba justificado por la singularidad del personaje?

R.- En las primeras elecciones se presentó en Murcia y en las segundas ya los líderes democristianos y liberales vinieron casi todos a Madrid. Pero era un poco lo que le decía. Con independencia de lo que le indicaba, el resultado en Murcia hubiera sido el mismo con usted de candidato, como demostró la historia. Yo no estoy discutiendo la validez política de estos líderes, ya que, por ejemplo Garrigues Walker era de primera, pero con escasos votos detrás. Los tenía la formación política en la que participaron y buena prueba de ello es que cuando los liberales o los democristianos se tratan de presentar por sí mismos no obtuvieron ningún escaño.

Si unas personalidades tan significadas de la democracia cristiana, como era Joaquín Ruiz-Giménez o José María Gil Robles, no sacan escaño, el primero en Madrid y el segundo en Salamanca, ese hecho le da una idea de la fuerza que tenían esas opciones políticas. Es decir, que la tuvieron cuando se metieron en una empresa más importante, que era la que dirigía Adolfo Suárez.

El único que acertó siempre fue Francisco Fernández Ordoñez, nunca se midió por sí mismo. O estuvo en UCD o estuvo en el PSOE.

P.- ¿Qué papel tiene para usted la prensa en todo este primer período de la nueva democracia?

R.- El verdadero protagonismo está en los españoles. Aquí había habido un cambio nada pequeño entre el año 1960 y 1975. El país socialmente, económicamente y culturalmente era ya moderno, pero coincidía con un Régimen político que no lo era. Por lo tanto, fue más sencillo de lo que parece hacer el cambio político porque antes la sociedad se había modernizado. Ahí está la clave del tema.

Dentro de eso muchos aspectos de la Transición no hubieran sido como fueron sin la prensa. Del mismo modo que la prensa no hubiera sido lo que fue sin la Transición. Se alimentan así.

P.- Le pido su opinión sobre el ABC. Hizo un cambio en ese período, en el pasado apoyaba al Régimen pero luego se pusieron en clave democrática.

R.- Dentro de un planteamiento siempre honesto que le ha caracterizado y le caracteriza, el ABC jugó más en la derecha de AP que en la UCD. Y en ese sentido claramente no conectó con la demanda del conjunto de la derecha española.

P.- ¿Cómo piensa que fue el cambio de la publicación con las modificaciones políticas que se estaban produciendo? ¿Le facilitó el hecho de tratarse de una variación hacia la Monarquía, que es el sistema que ellos defienden?

R.- Ha sido tradicionalmente un periódico monárquico. No sólo así, sino también dinástico y eso le honra. Pero, por las razones que fuera, dentro de haber optado más por UCD que por AP, lo hizo por los segundos. Pudo haber mantenido el equilibrio, pero en ese sentido no lo hizo.

P.- Usted participó en las Tertulias electorales de ABC. ¿Se acuerda de ellas?

R.- Fue la primera vez que pisé el ABC. Por las razones que fuera yo no había ido allí. Fueron bastante agradables. Me acuerdo como acontecimiento y pienso que por aquel entonces se discutiría el estado nacional, la lucha antiterrorista, etc. Aspectos normales de la campaña.

P.- ¿Respondía a la necesidad que tenía la sociedad española de debate?

R.- Había habido pocos debates y los periódicos buscaban esas salidas. En el caso de Suárez tenía cierta reacción contraria a esa serie de operaciones. Hace unos días hablaba con una persona que me preguntaba cuándo cambió la estrella de Suárez, a lo que le respondí que lo hizo en el momento de la investidura, que por otro lado no se produjo, tras las elecciones de 1979. Entonces ya había Constitución, el presidente del Gobierno tenía que salir de una investidura votada en el Congreso de los Diputados, pero no estaba clara la organización de esa votación, si antes había un sufragio del presidente del Gobierno o no. Por las razones que fueran, Suárez permaneció opuesto a esa operación previa y ese fue el punto de inflexión del presidente.

P.- A parte de que el PSOE anunciara que en esa segunda legislatura iba a comenzar la verdadera labor de oposición.

R.- Sí, pero encontró un filón de oposición desde el mismo día de la votación de presidente.

P.- ¿Cómo percibió el surgimiento de un diario moderno para la época como fue El País?

R.- Es un periódico más de la Transición que nadie, entre otras cosas porque los demás existían. Nació unos meses después de la muerte de Franco. Frente a la prensa existente, la del Movimiento, los vientos de la Transición fueron unos que le dieron de popa al barco de El País. Pero luego hicieron un buen periódico. Otra cosa es que la autoridad que le viene dada en función de esa situación, que nació en un momento en el que los vientos a su barco le dan de popa, al cabo de un cierto tiempo la pierde.

P.- ¿Ocupó el lugar necesario de cabecera representativa del centro-izquierda?

R.- Es que no había voz. El espacio político que rellenó El País era uno inexistente en el momento de su nacimiento.

P.- Y para terminar las revistas, que perdieron su importancia en detrimento de los periódicos.

R.- Fueron buen producto. Las revistas fueron consecuencia de aquella etapa singular. Les ha pasado como a los dirigentes políticos de las llamadas familias ideológicas de la UCD, que tenían a su frente, que eran muy importantes, pero que cuando llega la vida normal desaparecieron todas o casi todas.

P.- ¿Cambio 16 la recuerda como la más importante de aquel período?

R.- Sí.

P.- ¿Y Triunfo?

R.- Ya venía de antes. Hay que reconocer que ideológicamente era una izquierda muy presente. Más que de activismo político, que si lo tenía lo disimulaba, era más cultural e ideológica.

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(22 de enero de 2013 en la sede de Técnicas Reunidas)

Entrevista a Alfonso Osorio García

Madrid.- Hablar de Alfonso Osorio (Santander, 1923) es hacerlo, sin ningún atisbo de duda, de uno de los personajes más relevantes de los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición española. Es imposible comprender la vida política de dicho período sin referirse, de manera mucho más notoria que sucintamente, a este cántabro cofundador del grupo Tácito, vital en el proceso democrático.

Licenciado en Derecho, monárquico convencido, procurador en Cortes por el tercio familiar y consejero del Reino, el cénit de su vida política llegó con su tarea al frente del Ministerio de Presidencia en el primer Ejecutivo tras el fallecimiento de Franco y con la vicepresidencia segunda en el equipo formado por Adolfo Suárez, cuando asumió la máxima responsabilidad gubernamental. Con la libertad política, engrosó las listas de Unión de Centro Democrático (UCD) en un primer momento y las de Coalición Democrática (CD) en los segundos comicios, por las discrepancias con el presidente Suárez y ante el encargo de moderar los posicionamientos de Manuel Fraga.

Osorio constituye para la investigación un testimonio verdaderamente relevante. Con sus palabras se puede conocer los últimos años del Franquismo, los primeros de la democracia y la trayectoria de los partidos conservadores más importantes del período, UCD y CD.

Pregunta.- Una época muy destacada en su trayectoria fue la ingente labor del “Grupo Tácito”, antes de pasar a labores ejecutivas en el Gobierno monárquico. ¿A qué se dedicaba ese conjunto de personas tan influyentes en ese período?

Respuesta.- En los últimos años del Régimen de Franco no estaba en la política activa en ningún cargo de representación, pero había fundado, con Abelardo Algora en la Asociación Nacional de Propagandistas, el Grupo Tácito. Lo formábamos fundamentalmente gente de la asociación y algunos que no lo eran. Estaban Marcelino Oreja, Landelino Lavilla, Íñigo Cavero en la primera parte, aunque luego se apartó, etc. Y publicábamos un artículo semanal en Ya, que luego también se introdujo en todos los periódicos de la cadena de la editorial católica y en los de Colpisa, de manera que tuvo una difusión y una influencia muy grande.

Desde ahí hasta la muerte de Franco, en el primer Gobierno de la Monarquía yo fui ministro de la Presidencia y dejé de intervenir, como es lógico, en el Grupo Tácito, aunque tenía un contacto constante y permanente conmigo. En ese momento hizo un documento muy importante que entregué personalmente al Rey sobre lo que nosotros considerábamos que debía de ser la evolución política de España. Texto que me entregó José Luis Álvarez y que transmití personalmente al Jefe de Estado. Es obvio que  conocía el documento antes de su elaboración.

P.- Falleció el Generalísimo Franco y usted entró a formar parte de los dos primeros Gobiernos del nuevo sistema político, de nuevo en Monarquía, primero con Arias Navarro y después con Adolfo Suárez.

Estuve en el primer Ejecutivo, donde entable una muy buena y gran amistad con Adolfo Suárez. Y luego en el segundo Gobierno, primero de Suárez, fui vicepresidente político. Había dos, uno militar, que primero fue Fernando de Santiago y luego fue Manuel Gutiérrez Mellado, y uno político que fui yo.

En ese segundo período elaboramos la Ley para la Reforma Política sobre un texto inicial que había redactado Torcuato Fernández Miranda, pero existiendo diferencias notabilísimas entre lo que redactó Torcuato y lo que apoyamos definitivamente, puesto que el original contemplaba dos cámaras, una elegida por sufragio universal, el Congreso, y una corporativamente, que sería el Senado, con la particularidad de que ésta última era la decisiva en los casos en los que hubiera discrepancias entre ambas. Ese precepto fue eliminado en la comisión que se formó al efecto y naturalmente optamos por un Senado elegido por sufragio universal directo y secreto y además eliminamos también el principio de que impusiese su criterio sobre el Congreso de los Diputados.

Se celebró la sesión parlamentaria con las Cortes de Franco para que aprobasen la Ley, lo hicieron, la sometimos a referéndum, se aprobó, y ya sobre esa base se habló con los distintos partidos políticos de la oposición llamémosla democrática, caso del PSOE, PCE, etc.

P.- ¿El cambio del vicepresidente militar a qué fue debido?

R.- Fernando de Santiago, que era una gran persona y un caballero, era un hombre del viejo Régimen de la cabeza a los pies. La reforma política la comprendía pero no la acababa de asimilar. Nosotros estábamos avanzando por dos caminos distintos, uno por la transformación política y otro, que lo hacía Enrique Mata como ministro de Sindicatos, por la sindical. Es decir, esta última organización del Régimen de Franco se había ido al garete, sobre todo después de los sucesos de Vitoria, y estaba naciendo, cada vez con más fuerza, CCOO y UGT.

A Fernando de Santiago lanzar la reforma política y la sindical al mismo tiempo le parecía demasiado y entonces le planteó a Suárez que no se podía seguir por ese camino, a lo que el presidente le aseguró que iba a hacerlo. El ministro le dijo que si se iba por ahí él no podía estar en ese Gobierno y presentó la dimisión, Suárez la aceptó y nombró a Manuel Gutiérrez Mellado. De manera que no tuvo nada que ver con el PCE. La legalización vino mucho después, tras haberse aprobado la Ley de la Reforma Política y de haberse celebrado el referéndum.

P.- ¿Hasta qué punto fue cierto el hecho de que usted propusiera una gran parte de los nombres del primer Gobierno de Suárez? Es de sobras conocido que estaba costando componerlo.

R.- Es tan cierto como que estamos aquí. Yo le propuse a Marcelino Oreja, Landelino Lavilla, Enrique de la Mata, Andrés Reguera, Leopoldo Calvo-Sotelo y José Lladó. Eran ya ministros Francisco Lozano y Carlos Pérez Bricio. Al de Trabajo, Álvaro Rengifo, no lo planteé yo, lo hizo directamente el Rey. Después, para ministro secretario general del Movimiento no tenía nombre, lo designó Suárez, y el de Agricultura, que fue Fernando Abril Martorell, lo eligió él mismo porque era muy amigo suyo. De manera que realmente a casi todos los miembros del Gobierno los propuse yo y además los llamé para concertar una entrevista con el presidente.

P.- En las primeras elecciones no fue candidato por ninguna formación, a pesar de ser cercano en aquel tiempo a la UCD. ¿A qué se debió?

R.- En esas elecciones del año 1977 no fui diputado porque el Gobierno tomó la decisión, que apoyé incondicionalmente y hubo muchos miembros que no estaban de acuerdo, de incompatibilizarnos. Habíamos declarado, al iniciarse el curso de ese Ejecutivo, que nos considerábamos legítimos representantes para el cambio y por lo tanto creía, al igual que algunos, que debíamos estar fuera de la lucha política de 1977. Pero el Rey me nombró senador real e incluso pretendió que fuese presidente del Senado por UCD, que había fundado con Suárez, pero dije categóricamente que no porque naturalmente un senador elegido por el Monarca, cuando se iniciaba un proceso democrático, no era lo adecuado.

P.- ¿Cómo fue su labor como senador real? ¿Era más un cargo simbólico que poseedor de gran contenido?

R.- Era una responsabilidad más simbólica. Ahí tuvimos una actividad muy importante que no prosperó por la falta de visión política de Abril Martorell, que no entendía el problema vasco. Todos los senadores, incluso los militares, que eran tres, hicimos una propuesta de solución para la situación en relación con las leyes políticas e históricas del pueblo de esa Comunidad y fue una enmienda que aceptó el PNV. Pero, sin embargo, el ministro lo hizo imposible y tengo que decir que fue una pena.

Luego los senadores reales en conjunto intervinieron en algún asunto pero ya la Constitución estaba prácticamente hecha.

P.- De esta legislatura dos cuestiones: ¿cuál fue su papel personal en la elaboración de la Constitución y por qué no entró en un nuevo Ejecutivo si continuaba el presidente del Gobierno en su cargo?

R.- Con relación al primero de los interrogantes planteados, participé relativamente poco en la Constitución porque en el Senado, como era una cámara de segunda audiencia, teníamos poco que decir.

De la segunda cuestión, la razón fue muy sencilla y clara. Suárez, que pensaba que iba a obtener la mayoría absoluta, yo no lo creí nunca, me dijo que iba a gobernar en centro-izquierda, por lo que tuvimos una conversación muy simpática pero muy clara en la que le dije claramente que yo no era de esa ideología, que no lo había sido en mi vida y que no lo pensaba ser. Él me respondió diciendo que yo era un socialdemócrata, lo que negué claramente y pusimos punto final.

P.- ¿Ese fue su motivo para salir de UCD?

R.- Habíamos tenido ya una discrepancia bastante profunda sobre la forma de ver la organización del Estado. Yo soy santanderino, estaba casado en mi primer matrimonio con una vasca, por lo tanto era vecino de ellos, conocía muy bien su historia y le dije que el problema que teníamos en España era el vasco y el catalán. Y eran los dos que había que resolver en lo que se refería a la territorialidad. Pero Suárez no era muy partidario de solucionarlo. Yo le dije cuarenta veces que había que traer a Josep Tarradellas para que actuase como árbitro en la Transición final y el que le comentó que el Rey tendría que haber ido a Guernica a devolver los conciertos económicos, por cierto con el apoyo del ministro de Hacienda, nunca ese cargo había apoyado eso, pero Marcelino Oreja también era medio vasco.

Pero no hubo forma de convencerle. No entendía ni el problema catalán ni el vasco. Consideraba que había que hacer una organización, que él todavía no llamaba así, pero de café para todos. Y a mí me parecía una estupidez porque, naturalmente, en el momento que hubiera una autonomía generalizada, Andalucía querría tener el mismo nivel que Cataluña, entonces Cataluña querría tener más y entrábamos en una espiral diabólica de la que no saldríamos nunca. Como ha pasado.

Basándonos en el hecho de querer gobernar en centro-izquierda y en el tema de las autonomías, yo me fui alejando poco a poco hasta que me marché, aunque Suárez me nombró consejero presidencial.

P.- ¿Qué motivos hubo para pasar a una formación más conservadora de la que había fundado y apoyado inicialmente?

R.- Quien podía decírmelo, no quiero dar su nombre, me comentó que ya que me había separado de Suárez moderara a Manuel Fraga. Y allá que me fui a hacerlo en CD, junto con José María de Areilza, y a sacarle de las posiciones extremistas que había tomado al principio. Fraga era intelectualmente un hombre de centro aunque temperamentalmente no. Era el gran problema.

Creamos CD, para lo que hice una formación que se llamaba Partido Demócrata Progresista (PDP), que fue una birria, y obtuvimos un resultado peor que el que había cosechado AP. Pero lo cierto es que, las cosas como son, ese principio de partido de centro-derecha poco a poco fue cuajando y en las elecciones de 1982 se dio la vuelta y el electorado de dicha ideología volvió hacia lo que era CD, yéndose UCD por el escotillón. Leopoldo Calvo-Sotelo, que era el presidente del Gobierno, no salió elegido diputado.

P.- Ha hablado del PDP que tuvo que fundar para pasar a formar parte de CD. ¿Qué ideología defendía este partido?

R.- Del PDP mejor no hablar. Era una formación democristiana pero no vinculada a la Iglesia. Era lo que quería ser pero fueron unas siglas que se fundaron casi en vísperas de las elecciones y salí yo, de los demás ninguno. Fue un pequeño desastre.

P.- ¿Por qué se fue de CD, denominado en la actualidad PP?

R.- Estuve una larga temporada, primero se llamaba AP y luego PP, hasta que me aburrí de caciqueos, zancadillas y sapos y me marché allá por el año 1990. A partir de ese momento no quiero saber nada de la política.

P.- En la segunda legislatura, la transcurrida entre 1979 y 1982, ¿se comenzó a ver que la UCD era una coalición de partidos insostenible?

R.- Rodolfo Martín Villa, Suárez y yo queríamos plantear la UCD como un partido de centro-derecha. Me acuerdo que le dijimos al presidente que le había tocado representar en esta gran obra del mundo un papel determinado y era el del centro-derecha. Además debía ser de una tipología que se pudiera desarrollar en Europa. A Felipe González le tocó el centro-izquierda y a Carrillo otra posición.

Pero él empezó a incluir en el partido una serie de gente que venía del llamado partido de Francisco Fernández Ordoñez que verdaderamente eran socialistas de pensamiento y formación, no de militancia. Todos terminaron en el PSOE. Pero como por entonces no tenían oportunidad en el partido que se estaba formando alrededor de Felipe González y del clan de Sevilla, Suárez y Abril Martorell los metieron en UCD.

Una vez se produjeron las elecciones, se empezaron a ver discrepancias muy serias entre el sector derechista y el izquierdista de la formación. Incompatibilidades que se manifestaban en las reuniones del partido o del Gobierno, y que terminó acabando con UCD.

Recuerdo que le escribí una carta a Adolfo Suárez cuando estaba en el partido en la que le decía que como no se diera cuenta de cuál era su electorado le iba a estallar entre las manos. Y le estalló.

P.- ¿UCD fue concebido como un partido para un momento determinado o para perdurar en el tiempo?

R.- Hay dos teorías. Leopoldo Calvo-Sotelo consideraba que UCD era un partido que se pensó ocasionalmente para cumplir una misión. Yo, por el contrario, al igual que Martín Villa, opinaba completamente lo contrario, que debía de ser el germen de lo que después ha sido el PP. Yo estaba pensando en un partido como el popular, Fernández Ordoñez, Calvo-Sotelo y Abril Martorell lo hacían como una solución oportunista para ganar las elecciones. No nos engañemos.

P.- En los comicios de 1979 CD tuvo unos resultados muy malos, alcanzando sólo nueve diputados. ¿A qué se debió?

R.- A que Suárez hizo un quiebro político electoral muy inteligente, hay que reconocerlo. Él se había puesto como meta gobernar en centro-izquierda y quitarle el electorado a González. Cuando se acercaron las elecciones y tuvo las encuestas sobre la mesa, se dio cuenta de que eso no le resultaba rentable y que tenía que quitarle votos a AP, no a los socialistas. Por ello dio un giro.

Suárez era un gran experto en los discursos televisivos, sobre todo porque los preparaba muy bien, y viró hacia la derecha diciendo que la amenaza era el socialismo, que venía la izquierda, los rojos y se llevó medio electorado de AP. Lo hizo muy bien y Fraga, desgraciadamente, muy mal.

P.- ¿CD no supo transmitir su ideología o adaptarse a las nuevas circunstancias?

R.- Areilza y yo lo intentamos pero el electorado de AP no nos entendió y, por otra parte, los votantes de centro-derecha de AP, que había, al ver el cambio de posición de Suárez se fueron con él. Por tanto el partido se rompió en dos, unos se fueron con el presidente y otros se quedaron con el líder de CD.

Me acuerdo que tuvimos una conversación en el despacho de Fraga en la que decía que habíamos perdido y fracasado, y que se iba a ir. Nos dijo a Areilza y a mí que nos quedásemos, a lo que le respondimos que nuestro posible electorado se había ido con Suárez, que el que se había quedado era el tuyo y, por lo tanto, debía continuar.

P.- Mi tesis profundiza sobre los aspectos personales de los candidatos en las dos primeras elecciones. ¿Considera importante conocer esos datos?

R.- Si claro. Por ejemplo en mi caso, yo era un monárquico constitucional que estaba convencido de que la monarquía era el régimen ideal para España. En mi primera fase universitaria estaba en unas posiciones bastante contrarias al Régimen y fui evolucionando poco a poco porque llegué a la conclusión, con algunos amigos míos, de que o Franco traía la monarquía o no vendría. Y entonces había que jugar dentro del Régimen para poder traerla.

En el momento en el que falleció el Caudillo volví a mis puntos de origen. Pero eso le ha pasado a mucha gente también, a personas que colaboraron con el orden establecido entonces y lo hicieron porque creían que no había otra solución, ya que opinaban que derribar a Franco enseguida era imposible. Y, sin embargo, había otros ciudadanos que pensaban muy seriamente que el Sistema podía continuar in eternum, aunque esos fueron barridos por la evolución democrática y, aunque se presentaron a las elecciones, en una primera fase sí salieron elegidos algunos, pocos, y luego ya desaparecieron.

Hubo además otros, por ejemplo, desde el campo de falangismo. Martín Villa era un evolutivo típico, pero jugando desde dentro de las estructuras del Régimen, y Suárez no era un falangista común, le gustaba la política, quería hacer carrera y la hizo en su juventud dentro de lo que había, pero no consideraba que aquello fuese definitivo.

P.- También existían los que consideraban que no se podía participar en el Sistema.

R.- Ha habido otros, muy amigos míos, que pensaban que no se podía colaborar bajo ningún concepto con Franco y mantuvieron siempre una posición contraria, caso de Íñigo Cavero o Fernando Álvarez de Miranda, que bajo ningún concepto aceptaron ninguna cooperación.

Hubo de todo. Lo que pasa es que al final del Régimen, a partir de los años setenta, había una tertulia colectiva. Es muy poco acertada la expresión pero es muy fácil de entender. Hablábamos todos con todos. Los que estábamos en una posición evolutiva, dentro y fuera del Régimen, conversábamos con todo el mundo. Yo recuerdo muchas comidas en las que había gente del PSOE o de la democracia cristiana. Dialogábamos con gran fluidez en Barcelona, yo iba con alguna frecuencia alrededor del círculo de economía de la ciudad condal, que dirigía entonces Carlos Ferrer y Joan Mas Cantí. De manera que había una especie de tertulia colectiva.

P.- ¿No les faltó a ustedes, a los socialistas y a los comunistas presentarse más al electorado, cómo eran, su trayectoria…? Los primeros espadas eran conocidos pero no los que iban detrás, por ejemplo Alfonso Guerra en el PSOE.

R.- O de la vida de los Solana, que eran muy amigos míos.

P.- ¿Y le ayudó a Suárez el conocimiento de su personalidad e, incluso, de su familia? Ésta última tenía mucho protagonismo en la revista Hola.

R.- Lo que pasa es que Suárez era muy amigo del propietario y director de Hola. Y por eso salió bastantes veces cuando fue vicesecretario general del Movimiento o director general de Televisión Española. Le ayudó muchísimo en su carrera.

P.- ¿Cree que en aquellos años la gente demandaba ese tipo de información? Referirse al hecho de conocer mejor a sus dirigentes políticos o a los aspirantes a serlo, como complemento a la especificación del programa.

R.- Yo creo que poco. Hubo una serie, que yo no me acuerdo quien la publicó, que se llamaba Políticos para el futuro, en la que aparecieron muchísimos personajes, entre ellos yo. Eran unas revistas que se vendían en los quioscos, las realizó creo que Joaquín Bardavío y se publicaba todas las semanas, pero creo que fue un desastre, que no se vendió o lo hizo poco. Recuerdo que estaba Manuel Fraga, Federico Silva, Felipe González, Alfonso Guerra no lo recuerdo, José Miguel Ortí Bordás, Rodolfo Martín Villa, Federico de Carvajal, los Solana creo que no salieron, o Rovira Tarazona, que fue luego ministro con Adolfo Suárez.

P.- Del triunvirato de CD, Fraga, Areilza y usted, ¿considera que eran los tres perfectamente conocidos para el electorado?

R.- Fraga era suficientemente conocido, había sido ministro y embajador en Londres; Areilza también lo era, había sido embajador en Washington, Buenos Aires y París, y luego había sido jefe de la secretaría de don Juan; y con respecto a mí más o menos, pero no mucho. Yo realmente, en esa primera época, salvo el tiempo que fui subsecretario de Comercio o presidente de Renfe, no había ostentado cargos públicos. Primero había hecho las oposiciones a abogado del Estado, luego me había dedicado al mundo empresarial y estaba en el mundo del petróleo, en Petromed. Por lo tanto era conocido, pero el menos de los tres, aunque, por otra parte, también era el más joven.

P.- En las elecciones de 1979 se publicaron unos anuncios bajo la denominación de UCD informa, que eran unas entrevistas a candidatos políticos con alto contenido personal. ¿Cree que les ayudó en estos comicios en los que se partía, incluso al principio de la campaña y según algunas encuestas, en un empate técnico con el PSOE?

R.- Creo que sí les ayudó aunque considero sinceramente que lo que más lo hizo, a unos y otros, lo que fue decisivo en las elecciones, tanto de 1977 como las de 1979, fue la televisión. Es decir, su uso como arma electoral. En primer lugar no había habido elecciones en España en mucho tiempo pero el descubrimiento de la televisión en la campaña fue verdaderamente trascendental.

P.- En ese sentido había mucha polémica con el reparto de espacios publicitarios y su ubicación en la primera o la segunda cadena.

R.- Lo que pasa es que algunos los utilizaban muy bien, Suárez lo hacía maravillosamente bien, y otros la empleaban muy mal, Fraga lo hacía fatal. Porque Suárez lo hacía a conciencia de cómo tenía que ser su intervención televisiva, se aprendía el discurso, si podía lo repetía hasta que saliese bien; y Fraga con su potencia creía que no tenía que preparar nada, que iba a salir todo muy bien, y no se daba cuenta de que la televisión era un arma potentísima en aquel instante. Ahora ha perdido mucha relevancia, pero entonces era importantísima.

De los otros líderes principales, Felipe González cuidaba muy bien ese medio y Santiago Carrillo también.

P.- ¿Y por qué, con lo bien que aparecía en televisión el presidente Suárez, no aceptó ningún debate en televisión?

R.- Porque nos tenía miedo por una razón sencilla: era capaz de estudiarse, prepararse y elaborar un discurso que luego lo interpretaba muy bien pero tenía un gran temor a la confrontación directa con otro personaje. Es decir, a Suárez le costaba improvisar y a González no. Entonces él sabía que estaba en inferioridad en el caso de que se produjese un debate y por eso no lo aceptó nunca. Le comprendo perfectamente.

P.- Que UCD hiciera estos productos anteriormente citados ¿a qué se debe? Mayor cantidad de recursos económicos, una visión diferente de la contienda electoral…

R.- Yo no le doy demasiada importancia a ello. Tanto es así que el presupuesto de UCD en 1977 y el de CD en 1979, que son los casos que viví, se gastaba absurdamente. Creo que casi todos los partidos derrocharon el presupuesto de una manera digamos que estúpida. Para aquella España de 1977 y 1979 existía una especie de mirada embobecida hacia lo que eran las campañas electorales de Estados Unidos, como los carteles o las grandes concentraciones, no dándose cuenta de que allí eso es una parte muy pequeña. Allí el candidato va a buscar el voto persona a persona y en la calle, aquí no se ha hecho nunca y sigue sin hacerse prácticamente.

En cartelería se gastaban cifras absolutamente increíbles. Hasta el punto de decir que como puede usted tirar tanto dinero en una estupidez tan grande como los carteles de las grandes avenidas de las ciudades, en las que se peleaban unos y otros. En el tramo de la Castellana aparecía UCD y en el siguiente el PSOE. Pero si la gente desde el coche no los miraba, si les importaba un pito.

Las cuñas en la radio tenían más eficacia. Eran caras y, efectivamente, los partidos políticos estaban en función del presupuesto. Algunos tenían uno muy amplio y otros uno más pequeño. Pero luego los mítines electorales, por ejemplo, o las intervenciones en la televisión pública valían muy poco dinero.

P.- Un ejemplo similar es el único caso encontrado de su formación, en la que se entrevistaba a Ramón País sobre aspectos meramente informativos y que apareció en El País. ¿Por qué sólo un caso y no a uno de los tres principales personajes?

R.- Probablemente saldríamos todos. Pero no lo leía nadie.

P.- Durante la investigación de mi tesis, tomando como fuente los medios ABC, El País, Cambio 16 y Triunfo, fue el único caso encontrado.

R.- Habrá más, seguro.

P.- Después de la recopilación hecha en toda la investigación se vislumbra que únicamente Fraga, de los tres principales líderes de su partido, aparecía en los medios para detallar aspectos personales. ¿No quisieron aparecer o no lo consideraron oportuno los medios de comunicación?

R.- La personalidad de Fraga era tan particular que naturalmente quitaba de en medio a todo el mundo. Eso es así.

P.- Otro caso de personalidad fue el artículo publicado en Cambio 16 para profundizar en la incorporación de la mujer a la política, en la que la representante de CD fue Marta Pastor.

R.- La verdad, con toda la sinceridad, no me acuerdo de ella.

P.- Para concluir, ¿qué podría decir del papel de la prensa en aquellos años de la Transición española?

R.- Muy importante. Desde el punto de vista de periódicos en su edición de Madrid, a mi juicio y por este orden, el que más influyó fue El País, después Ya, que apoyó mucho a UCD, tras él ABC y Diario 16 el que menos. En Barcelona creo que fue La Vanguardia la que más lo hizo.

Y en las revistas fue Cambio 16 más que ninguna. Y Cuadernos para el Diálogo, que fue el más combativo contra UCD curiosamente, creo que tenía una tirada más bien corta.

P.- Por medios, ¿cómo fue el cambio de ABC de la Dictadura, de la que era relativamente cercano, a la democracia?

R.- Para ABC era un cambio natural por una razón muy sencilla: porque no era el cambio de una dictadura a una democracia, sino que era el cambio de una dictadura a la monarquía. Y naturalmente bajo las alas de la monarquía ABC metió todo.

A parte de eso es evidente que ABC tuvo una época en el Régimen, en la que dirigió el periódico Torcuato Luca de Tena, con Gonzalo Fernández de la Mora de principal colaborador y principal auxiliar porque era íntimo amigo de Torcuato, de defensa de la democracia frente a la Dictadura que nadie se lo cree ahora, teniendo en cuenta que Fernández de la Mora ha sido uno de los representantes más claros de la derecha autoritaria. En aquel período recuerdo que no se podía decir el nombre de Franco delante suyo.

En esa época con Torcuato la posición era muy abierta. La censura le sacudió bastante y ya se apaciguó. En el momento en el que se produjo la muerte de Franco ya cambió y con la Monarquía democrática ellos representaron, como es lógico, la derecha.

P.- Uno de sus productos más destacados en las campañas electorales fueron sus reputadas tertulias.

R.- Eran muy entretenidas porque además había una mezcla muy curiosa de políticos y de folklore. Intervine bastantes veces en este tipo de tertulias pero recuerdo una en la que estaba una paisana mía que se llamaba Mercedes Alonso, que era una actriz muy famosa de la época, muy guapa y simpática, y la alegró mucho. Participaba todo el mundo, aunque creo que el PCE no.

P.- Los comunistas, en las relativas a las elecciones de 1977, no tuvieron a ningún representante, pero en las de 1979 sí (mientras le enseño la portada en la que aparecieron Blas Piñar y Cristina Almeida).

R.- Me acuerdo perfectamente de esta portada como si la estuviese viendo.

P.- Ha hablado de El País como el medio más importante del período. ¿Atendía a la necesidad que tenía el centro-izquierda de tener un rotativo de dichas características?

R.- Lo curioso de El País fue que lo fundó el centro-derecha. Yo estuve a punto de ser accionista y no lo fui porque no estaba en buen momento económico, sino lo hubiese sido y me hubiese hecho riquísimo porque todos los fundadores ganaron muchísimo dinero. Era muy amigo de Pancho Pérez, el socio y amigo de Jesús Polanco, santanderino y cabeza económica del líder de Prisa. Estaban muy interesados en que interviniera.

El director del periódico iba a ser Carlos Mendo, estaba decidido. Y en una de esas salidas particulares de Fraga, teniendo en cuenta que Mendo era íntimo amigo suyo, decidió que no fuese él y sí Juan Luis Cebrián porque había sido director de informativos en TVE en el Régimen y además era hijo de otro íntimo amigo, un falangista muy simpático y muy inteligente, pero tremendo. Y nombró a Cebrián, sin saber que militaba en el otro bando. Luego El País lo hicieron muy bien, lo estudiaron muy bien, analizaron muy bien la prensa internacional y realmente alcanzó en seguida una influencia enorme.

Además Fraga puso como condición para ser ministro con Carlos Arias que saliese El País. Fue un periódico para Fraga que se le escapó de las manos.

P.- ¿Cree que El País se le adelantó a Cambio 16 a la hora de sacar el diario y eso provocó que el éxito fuera a la primera cabecera y no a la segunda?

R.- No lo creo. El País fue un periódico que lo meditaron muy bien, muy estudiado en todas las cuestiones, en las económicas, en su proyección editorial, en el tipo de periódico que había que hacer, etc. Es decir, hay que reconocer que Polanco, Pancho y todos hicieron un trabajo muy bueno. Otra cosa fue la proyección periodística. Pero técnica y económicamente El País estaba muy bien.

Por su parte, Juan Tomás de Salas era muy inteligente desde el punto de vista de proyección periodística pero económicamente no tenía los pies en el suelo.

P.- ¿Qué relevancia tuvieron las revistas?

R.- La que más importancia tuvo fue Cambio 16. Cuadernos para el Diálogo era más elitista y tenía menos tirada e impacto. Era una revista que los políticos la leíamos todos, pero, sin embargo, Cambio 16 la leía todo el mundo, estaba muy bien hecha y tuvo la habilidad de no ser sólo política, sino que también tenía otras secciones que a la gente le interesaban. Y como estaba muy bien hecha tuvo un gran éxito.

P.- Triunfo era una publicación completamente diferente a la otra revista.

R.- Lo leía bastante, aunque no diré que asiduamente. Era una buena revista, más divulgativa. A mí me gustaba pero me parece que no era una revista para la gran masa. Yo no creo que Triunfo tuviese gran éxito en los quioscos. Me da la impresión.

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(Celebrada el 29 de noviembre de 2012 en su domicilio)