El cercano Atarés

Reza una famosa campaña publicitaria de un club deportivo de la ciudad que “a Zaragoza la defiende su gente”. No podía estar más de acuerdo con dicha afirmación. Cada una de las personas residentes o vinculadas emocionalmente con la noble, leal y heroica, deben ser los principales activos de la misma. Ellos y sólo ellos la conocen, la quieren, la deben cuidar y deben buscar que el paso del tiempo no sea más que la excusa perfecta para hacer de nuestras calles un lugar más habitable, próspero y el emplazamiento perfecto para desarrollar lo que un día alguien llamó bienestar.

El pasado jueves 26 de septiembre una de las personalidades que mejor la encarnan falleció como consecuencia de esa “terrible enfermedad”, terminología a la que muchos aluden para no citar la palabra cáncer, quizá como un mecanismo de defensa del ser humano. Hablar de José Atarés es hacerlo de un dirigente político en toda su magnitud, en aquellos tiempos en los que no eran concebidos como un problema, como ocurre hoy en día. Su figura encarna perfectamente a ese ciudadano con mayúsculas, que personificaba la vocación de servicio público y cuya labor política, en sus múltiples responsabilidades, se podría resumir en la búsqueda incesante de la mejora de la ciudad de Zaragoza y, por ende, de la comunidad aragonesa.

Para el recuerdo y disfrute quedarán un buen número de obras, reformas y proyectos emprendidos por la ciudad y que supusieron un notable cambio tanto en la vieja Zaragoza como en la nueva, que ya comenzaba a vislumbrarse. Y en el recuerdo a su persona las innumerables manifestaciones de cariño y afecto, encumbrando una buena cantidad de las virtudes que poseía el bueno de Pepe. Que personas que se encuentran en las antípodas del pensamiento ideológico de Atarés lo recuerden de semejante manera y lo tilden como un buen alcalde es posiblemente una de las mejores muestras de su labor al frente del consistorio, con sus aciertos y sus errores, pero siempre desde la honradez y la cercanía, en unos años en los que el Partido Popular (PP) sufría en Aragón las consecuencias del intento del Transvase del Ebro.

Una de las palabras más repetidas para definir al ex alcalde es cercanía. La que evidenciaba día a día con la gente. Le encantaba conocer de primera mano la opinión de los ciudadanos, se mostraba verdaderamente afable con todo aquel que se acercara en las no pocas ocasiones que tenían de hacerlo y recibía en la Casa Consistorial a todos los que tuvieran algún motivo para hacerlo. Incluso si era un grupo de doce chavales de apenas dieciséis años que “sólo” acababan de ganar un campeonato de España de fútbol sala. Les agasajaba  como aquel que viene a tu casa de visita y le tienes un aprecio considerable, y les hacía sentir muy importantes para la ciudad de Zaragoza. Sin apenas luz y taquígrafos, pero hecho como manera de agradecer a unos zaragozanos que, como bien dijo aquel día del mes de julio de 2002, habían “dejado en lo más alto el nombre de nuestra ciudad”.

No es más que un ejemplo. Uno que yo viví y que aparece de nuevo en mi mente, con la nitidez del que lo recuerda como un hecho inolvidable en su todavía corta existencia y con las huellas del olvido que provoca el incesante paso del tiempo. Para la práctica totalidad de los habitantes de la ciudad serán otros muchos los recuerdos que tengan de él, pero yo me quedo con éste. El que supuso mi contacto directo con el entonces regidor, el que me permitió conocer al hombre y no al político, el que me mostró al cercano Atarés, ese que hoy todos recuerdan como un buen alcalde y una mejor persona. Lástima que el reconocimiento no hubiera sido en vida, error que suele producirse en la mayoría de los casos.

José Atarés
Imagen extraída de la web del Senado